

- Título: La ciudad de las luces muertas
- Autor: David Uclés
- Año de publicación: 2026
- Editorial: Ediciones Destino
- Páginas: 288
La ciudad de las luces muertas, cuando la oscuridad ilumina.
Desperté una mañana con una extraña inclinación hacia la luz. No diré, porque sería una exageración impropia de un lector que presume de escepticismo, que me hubiese transformado de inmediato en insecto alguno, pero sí advertí, mientras sostenía entre las manos La ciudad de las luces muertas, que algo en mí comenzaba a oscilar con una frecuencia ajena, me daba la impresión que las páginas no reflejaban claridad sino que la exhalaran, y esa exhalación, paradójica, pues brotaba de la oscuridad que la novela convoca, me llamara con la obstinación silenciosa con que la lámpara convoca a la polilla.
Al principio fue en especie de temblor en la voluntad, una sospecha de que leía demasiado cerca, demasiado inclinado sobre el resplandor que emergía de aquella ciudad apagada y, sin embargo, encendida por dentro con una intensidad casi moral. Luego vino la certeza de que no era yo quien iluminaba el texto con mi supuesta inteligencia laboriosamente entrenada tras décadas de lecturas, sino el texto el que me estaba reduciendo, simplificando, despojando de mi presunta superioridad crítica hasta dejarme en la condición elemental del ser atraído, del ser convocado, del ser que no comprende del todo la naturaleza de la luz que lo llama y, aun así, avanza.
No me convertí en polilla de golpe, sino que me fui afinando hacia ella. La razón, que hasta entonces había sido mi herramienta más confiable, empezó a experimentar esa leve humillación que produce el deslumbramiento, cuando uno no deja de ver, pero ve demasiado, las formas se superponen, los tiempos se pliegan, las voces se entrecruzan con una densidad que no oscurece, sino que hiere dulcemente la mirada, obligándola a parpadear no por confusión sino por exceso de claridad. Y en ese parpadeo, que es ya una rendición, comprendí que la oscuridad que articula la novela no es ausencia de luz, sino su condición de posibilidad, el fondo necesario para que la iluminación sea tan violenta que casi duela.
Algunos libros se dejan recorrer con la serena dignidad del paseante que mide las distancias, este, en cambio, me fue transformando en criatura nocturna, atraída por una fuente luminosa cuya lógica no coincide con la del mundo ordinario. Cuanto más avanzaba en sus páginas, más advertía que la ciudad sin electricidad brillaba con una intensidad interior que no podía explicarse mediante categorías cómodas, ni realismo, ni fantasía, ni mero artificio, sino mediante esa ambición secreta que algunos textos poseen y que consiste en desbordar el marco que los contiene, en convocar tiempos, presencias y resonancias hasta que el lector, desarmado, deja de preguntarse si lo que tiene delante es verosímil y empieza, sencillamente, a orbitar en torno a ello.
Y así, sin una grotesca mutación visible, me descubrí girando alrededor de la lámpara narrativa que David Uclés ha encendido en esta novela, aunque no como si buscara calor, sino como si aceptara que hay luces cuya función no es iluminar, sino transformar, luces que, al obligarnos a entrecerrar los ojos, nos revelan que quizá llevábamos demasiado tiempo mirando el mundo con una claridad insuficiente.
Si esta es una confesión, lo es en el sentido más íntimo, el de admitir que, después de tantos años creyéndome lector inmune al asombro, necesité parpadear. Y en ese parpadeo supe que ya no era exactamente el mismo que había abierto el libro, porque algo en mí, delicado y obstinado, seguía buscando la lámpara.
La ciudad de las luces muertas
Esa confesión inicial, esa metamorfosis íntima y silenciosa en criatura atraída por una luz excesiva, no es un simple capricho retórico ni un juego de artificio, sino que es más bien, el único modo honesto que he encontrado para aproximarme a una novela que no admite ser abordada con la prosa limpia y ordenada de la reseña convencional. Porque lo que me ocurrió al leer La ciudad de las luces muertas fue precisamente eso, una alteración de la mirada, una leve pero irreversible modificación en la forma de situarme frente al texto, como si la lectura no se hubiera limitado a discurrir ante mí, sino que me hubiera implicado hasta el punto de exigirme una transformación proporcional a su ingenio.
La ciudad de las luces muertas fue reconocida con el Premio Nadal, aunque en este caso el reconocimiento institucional apenas alcanza a explicar la naturaleza de lo que aquí sucede. Porque más allá del premio, más allá de la etiqueta editorial o del eco crítico, lo que asoma en estas páginas es una voluntad de ir más lejos, de tensar la forma novelesca hasta un límite en el que la ciudad que se apaga comienza, paradójicamente, a iluminarlo todo con una claridad incómoda y fascinante.
Llevo más de treinta años leyendo novelas. Lo digo no como quien presume, sino como quien ha aprendido a detectar las costuras, ya que reconozco estructuras antes de que se desplieguen, anticipo recursos con una mezcla de admiración y cansancio, huelo las trampas narrativas a varias páginas de distancia. La experiencia, ese sedimento de lecturas acumuladas, suele protegerme del asombro ingenuo y me instala en una cómoda lucidez crítica.
Y, sin embargo, hay veces, muy pocas, demasiado pocas, en que un libro me obliga a parpadear. Aunque no por confusión, sino por deslumbramiento. Eso fue lo que me ocurrió con la novela de David Uclés, ya que, en lugar de ofrecerme un territorio reconocible para recorrer con la solvencia del lector veterano, me expuso a una intensidad narrativa que no se deja domesticar con facilidad, una proliferación de tiempos y voces que no aspiran a ser meramente comprendidas, sino experimentadas. Y entonces entendí que aquella polilla en la que decía convertirme no era una metáfora excesiva, sino la imagen más precisa de mi estado: el de quien, tras años creyéndose a salvo del asombro, vuelve a acercarse a la lámpara con una mezcla de cautela y fascinación, sabiendo que la luz, si es verdadera, siempre comporta un riesgo.
Aunque ese deslumbramiento no me resulta del todo desconocido, puesto que ya me había sucedido algo similar con La península de las casas vacías, la novela anterior de David Uclés. Allí también tuve la sensación de estar ante una imaginación narrativa fuera de lo común, ante un escritor capaz de levantar un mundo propio con una naturalidad que desarma cualquier resistencia crítica. Aquí te dejo un enlace a la reseña que le hice https://vocesdelibros.com/la-peninsula-de-las-casas-vacias/. Si entonces sospeché que estaba ante un autor con una voz singular dentro de la narrativa contemporánea, La ciudad de las luces muertas no hace sino reforzar esa intuición. No repite exactamente el mismo gesto creativo, pero confirma algo quizá más importante: que el deslumbramiento de aquella primera lectura no fue un accidente.
Sinopsis
La novela se abre con Carlos Ruiz Zafón en New York City, donde intenta llevar una vida más tranquila lejos del reconocimiento constante que tiene en Barcelona. Mientras trata de leer en Central Park, una explosión sacude la ciudad. Pronto se corre la voz de que algo terrible ha sucedido al otro lado del océano, Barcelona ha quedado cubierta por una oscuridad inexplicable que parece expandirse.
La narración se traslada entonces a Barcelona, en 1941. Allí, una joven Carmen Laforet encuentra en una biblioteca un ejemplar oculto de Flores marchitas, de Josefa Massanés. Entre sus páginas descubre una invitación para asistir esa misma noche a unos misteriosos Juegos Florales, una reunión literaria clandestina.
El encuentro literario, acompañado por la música de Pau Casals, reúne a escritores y amantes de la literatura en una velada cargada de simbolismo. Allí, una anciana entrega a Laforet una hoja con un poder extraordinario, ya que le dice que todo lo que escriba en ella se hará realidad, siempre que después la queme.
Intrigada, la joven escribe un deseo aparentemente inocente: contemplar la catedral de la ciudad envuelta en el misterio de una noche eterna. Pero cuando quema el papel, Barcelona queda sumida en una oscuridad total.
A partir de ese momento, la ciudad empieza a comportarse de una forma muy extraña. Surgen muros donde antes no los había, los edificios cambian y comienzan a aparecer personas procedentes de épocas distintas. Escritores, artistas y pensadores de diferentes generaciones se encuentran de pronto compartiendo las mismas calles.
En medio de ese desconcierto aparecen figuras como Julio Cortázar, George Orwell, Simone Weil, Vázquez Montalbán o Pablo Picasso, que, al igual que muchos otros, intentan comprender qué está ocurriendo en la ciudad. Barcelona se convierte así en un escenario imposible donde pasado, presente y futuro se mezclan.
Mientras la inquietud crece y la ciudad vive momentos de creciente tensión, intelectuales, estudiantes y periodistas comienzan a organizarse para investigar el origen del apagón. A través de reuniones clandestinas, mensajes enviados por toda la ciudad y arriesgadas expediciones, tratarán de descubrir qué ha provocado la oscuridad y si existe alguna forma de devolver la luz.
En medio de ese proceso, y mientras los intelectuales creen que la falta de luz se debe a un motivo, Carmen Laforet piensa que no y empieza a sospechar que el fenómeno podría estar relacionado con el deseo que escribió aquella noche. Con Barcelona atrapada en una noche interminable y poblada por voces de distintas épocas, la joven escritora tendrá que enfrentarse a las consecuencias de aquel gesto para tratar de revertir la situación.
Estilo
Me he encontrado con una novela escrita con un estilo muy original, ingenioso y profundamente lírico. David Uclés construye la narración con una prosa que, en muchos momentos, se vuelve casi poética, muy centrada en la atmósfera y en la emoción. Es una escritura que no se limita a contar lo que sucede, sino que busca sugerir imágenes y sensaciones, algo que da al conjunto una personalidad muy marcada.
También hay espacio para ciertos destellos de humor que rompen esa atmósfera más lírica. Aparecen, por ejemplo, pequeños guiños como la mención fugaz a Eduardo Mendoza o el divertido juego con el universo de Manuel Vázquez Montalbán y su detective Pepe Carvalho, detalles que aportan ligereza y complicidad al lector.
Otra de las cosas que más he notado es la enorme libertad con la que el autor se mueve entre lo real y lo fantástico. En varios momentos me he preguntado si lo que estaba leyendo podía considerarse realismo mágico o si estamos ante una forma de fantasía muy personal. Sea como sea, lo cierto es que la imaginación narrativa de Uclés resulta deslumbrante. No es extraño encontrarse con cruces imposibles entre figuras de distintas épocas que conviven dentro de la historia con total naturalidad.
La estructura del libro también contribuye a esa sensación de libertad narrativa. La novela está dividida en veinticuatro capítulos y dos interludios, y avanza de un modo tan original e ingenioso que hace que distintas épocas se entrelacen dentro del mismo relato. El resultado es una narración que funciona casi como un mosaico literario.
En todo ese entramado, la ciudad de Barcelona tiene una presencia muy fuerte. El texto está lleno de referencias culturales, históricas y artísticas que revelan un trabajo de documentación notable y un evidente amor por la ciudad. Calles, monumentos, episodios históricos y figuras culturales aparecen constantemente, hasta el punto de que la propia Barcelona termina adquiriendo una dimensión casi literaria dentro del relato.
En conjunto, lo que me he encontrado es una novela muy libre desde el punto de vista estilístico: lírica, imaginativa, llena de referencias culturales y con una estructura que juega continuamente con el tiempo y con la memoria de la ciudad.
Conclusión
Después de leer La ciudad de las luces muertas, me queda claro que David Uclés posee un talento narrativo muy poco común. Ya me había ocurrido al leer La península de las casas vacías, y esta novela me lo ha confirmado, no parece una casualidad, sino la señal de un escritor con una voz propia muy definida.
No diría que esta obra alcanza la dimensión mayúscula de aquella novela anterior, pero sí me ha parecido un libro memorable, divertido, culto, sensible y, por momentos, abiertamente mágico. En buena medida funciona también como un homenaje literario a Barcelona y a muchas de las figuras culturales que han formado parte de su historia.
He sentido además que aquí el autor se muestra todavía más lírico y más interior. Es una novela escrita desde la emoción y desde la contemplación, donde los elementos cercanos al realismo mágico siguen presentes, aunque tratados de una manera distinta, menos explosiva y más atmosférica.
La imaginación de Uclés vuelve a ser uno de los grandes motores del libro. Esa capacidad para hacer convivir en una misma historia a figuras como Antoni Gaudí, Pablo Picasso o Carlos Ruiz Zafón, o incluso permitir la aparición inesperada de personajes como el atleta Fermín Cacho, no se siente como un simple juego caprichoso, sino como una forma muy creativa de reflexionar sobre la memoria cultural de la ciudad.
En el fondo, me parece una novela muy libre, donde la imaginación, la cultura y la historia se mezclan con naturalidad. Un libro que utiliza la literatura, el arte y la palabra como formas de resistencia frente a las distintas sombras que atraviesan la historia. Y que, además, confirma algo que ya sospechaba: que Uclés es uno de esos escritores que perfectamente podrían terminar convirtiéndose en un clásico del futuro, incluso más allá de nuestras fronteras.
NOTA: 4,2/5
David Uclés

Lo normal es que, con su tercera obra, un escritor tan joven se convierta en una promesa. Pero Uclés no, ya que con La península de las casas vacías (Siruela, 2024), y con tan solo 33 años, se ha convertido en toda una realidad y una de las voces más destacadas de la actualidad. Escritor, músico, pintor y traductor, Uclés es un creador en el sentido más amplio de la palabra. Toca la guitarra, el arpa, el acordeón y pinta obras que reflejan su particular visión del mundo. A lo largo de su trayectoria, ha acumulado logros que avalan su talento. Ha sido galardonado con la beca Leonardo y la beca Montserrat Roig, y en 2019 recibió el Premio Complutense de Literatura por su novela El llanto del león. Un año después, publicó Emilio y Octubre, y ahora, con su obra más reciente, demuestra que su capacidad narrativa no tiene límites. Además de su carrera literaria, su formación lingüística como licenciado y máster en Traducción e Interpretación le ha permitido trabajar como profesor de español, alemán, francés e inglés en países como Alemania, Suiza y Francia.
En su página web puedes descubrir aún más sobre este artista multidisciplinar, desde vídeos donde lo verás interpretando música con distintos instrumentos, hasta una selección de sus pinturas. A continuación te dejo el enlace a su web: https://www.daviducles.com/
