

- Título: Nazarena
- Autora: Karina Sainz Borgo
- Año de publicación: 2026
- Editorial: Alfaguara
- Páginas: 200
Nazarena o las formas que tiene una familia de destruirse
En la casa de Nazarena no se entra, sino que se es admitido. Y una vez dentro, el tiempo no avanza, se espesa, se arremolina en las esquinas, se adhiere a las paredes, se posa sobre los cuerpos como una segunda piel. Ocho hermanas lo respiran a diario, aunque cada una lo haga a su manera, con resignación, con furia, con una fe que ya ni tan siquiera redime o con un deseo que no encuentra salida.
La madre preside ese aire detenido, aunque no gobierna desde la vida ni desde la muerte, sino desde un territorio intermedio donde la autoridad no necesita justificarse. Está, y eso basta. Su presencia resulta incuestionable, se acata, como se acatan las leyes antiguas cuya violencia ha dejado de percibirse por costumbre.
Aquí la sangre no es linaje, sino que más bien es persistencia. No une, ni explica, ni construye. Insiste, se repite en los gestos, en las palabras, en los silencios que pesan más que cualquier confesión. Y lo que debería ser origen se convierte en encierro, una raíz que no alimenta, sino que, simplemente, sujeta.
Afuera, el mundo promete desplazamientos, futuros, otras formas de existir. Pero al cruzar el umbral de esta casa, todo se contamina de una quietud inquietante. Los hombres llegan como ráfagas, dejan un temblor, una herida, a veces un cuerpo y desaparecen sin alterar el fondo de las cosas. Nada se transforma de verdad. Todo vuelve a su sitio, como si obedeciera a una lógica anterior a la voluntad.
Y en medio de ese orden inmóvil, Nazarena barre. Barre con la obstinación de quien intuye que el desastre no está en lo visible, sino en lo que se deposita sin ruido, en la herencia, en la culpa, en esa forma de tiempo que no transcurre, sino que se acumula. Cada movimiento suyo parece un intento de negociar con lo inevitable, de trazar una línea —aunque sea mínima— entre lo que fue y lo que todavía insiste en ser.
Pero en La Araira no hay líneas, sino que hay círculos. Círculos que se cierran sobre sí mismos, que devuelven cada gesto a su origen, que convierten la vida en una repetición apenas desplazada de lo anterior. Y así, lo que podría haber sido historia se vuelve condena; lo que parecía familia, mecanismo; lo que debía crecer, permanece.
Porque esta no es una casa donde las generaciones se suceden. Es un lugar donde el tiempo se arrodilla y empieza a girar sobre sí mismo, hasta olvidar que alguna vez existió la idea de salida. Y desde ese lugar —cerrado, inmóvil, sin salida clara— es desde donde habla Nazarena.
Nazarena
No todas las novelas empiezan contando una historia, ya que algunas empiezan lanzándote una frase que te obliga a decidir, desde la primera línea, si estás dispuesto a seguir escuchando.
Eso es lo que ocurre aquí. Desde el inicio, la voz de Nazarena irrumpe sin ofrecer contexto, sin preocuparse por resultar verosímil. Dice, afirma, nos arrastra a un territorio donde lo que se cuenta importa menos que la forma en que se sostiene. Y ahí aparece la primera duda, que no es tanto qué está pasando, sino si puede creerse.
Mientras avanzaba, esa incertidumbre no desaparecía, más bien al contrario, se volvía parte de la experiencia. Todo parecía moverse en un equilibrio extraño entre lo tangible y lo alucinado, entre lo que podría explicarse y lo que simplemente se impone. Por eso este inicio. Y también porque no es una irrupción aislada dentro de la obra de Karina Sainz Borgo, autora que con Nazarena firma su tercera novela tras La hija de la española y El tercer país.
A partir de ahí, la novela ya no se lee, sino que se atraviesa.
Sinopsis
En La Araira, una casa familiar encierra a ocho hermanas que viven bajo la sombra de una madre cuya presencia, a medio camino entre la vida y la muerte, sigue gobernando cada gesto. Allí, Nazarena —la séptima— barre obsesivamente el patio como si en ese acto pudiera contener algo que amenaza con desbordarse, la violencia latente entre las hermanas, el peso de una herencia marcada por la culpa y las fisuras de un pasado que nunca termina de desaparecer.
A través de su voz, la novela abre un espacio donde lo cotidiano se ve atravesado por lo inquietante, con presencias que regresan, creencias que deforman la realidad y una tensión constante entre lo que ocurre y lo que podría estar siendo imaginado. Mientras tanto, un Cadillac detenido frente a la casa introduce una inquietud silenciosa, casi augural, que atraviesa la vida de las hermanas sin explicarse del todo.
En paralelo, la historia de Brígida, una joven marcada por un incendio en la infancia y recluida en un entorno religioso donde la expiación rige cada aspecto de su vida, se entrelaza con la de Nazarena. Su relación con Mendito, un violinista errante, y las visiones que la persiguen construyen otra línea narrativa donde la realidad también se resquebraja.
Entre ambas voces, la novela configura un mundo cerrado y asfixiante en el que los vínculos familiares se tensan hasta el límite, el deseo se vive en la clandestinidad y la muerte se integra como una presencia más. En ese espacio reducido, la casa, el pueblo, sus alrededores, todo parece repetirse, como si los personajes estuvieran atrapados en una estructura de la que resulta imposible salir.
Estilo
Tras la lectura de Nazarena, me he quedado con la sensación de que Karina Sainz Borgo construye una escritura que parece menos interesada en ser descifrada que en ser atravesada. Más que comprender con claridad todo lo que ocurre, la novela invita a permanecer dentro de una incertidumbre cuidadosamente sostenida, donde el lenguaje termina adquiriendo una fuerza casi poética.
La prosa se mueve en un territorio muy particular, con claras reminiscencias del realismo mágico, pero despojado de cualquier atisbo de complacencia o de exotismo. Aquí lo extraño ni irrumpe, ni rompe la realidad, sino que forma parte de ella desde el inicio. Lo espectral, lo simbólico y lo físico conviven sin jerarquías, generando una atmósfera en la que todo parece ligeramente desplazado, como si la realidad hubiera sido tensada hasta perder su forma original.
El lenguaje es profundamente sensorial, cargado de imágenes que no buscan embellecer, sino incomodar, sugerir, insistir. Hay una densidad muy consciente, una cadencia que arrastra, que obliga a leer desde otro lugar, más intuitivo que racional. No es una prosa transparente ni ágil en el sentido convencional, sino que es deliberadamente opaca en ciertos momentos, insistente en su melancolía, casi obsesiva en su forma de volver una y otra vez sobre las mismas sensaciones.
Esa manera de escribir conecta de forma natural con una tradición literaria reconocible, los ecos de Juan Rulfo o la atmósfera opresiva de La casa de Bernarda Alba, pero no se limita a reproducirla, ya que aquí hay una voluntad de empujar esos códigos hacia un territorio más áspero, más incómodo, donde el realismo mágico deja de ser un recurso estilístico para convertirse en una extensión inevitable de un mundo fracturado.
La estructura narrativa refuerza esa sensación de inestabilidad. Las dos voces que sostienen el relato —Nazarena y Brígida— no se dedican a ofrecer certezas, sino fisuras, la duda atraviesa cada página, y no termina de saberse si lo que se cuenta pertenece al plano de lo vivido o de lo imaginado, una ambigüedad que no se resuelve, sino que se cultiva. Es, de hecho, uno de los motores de la novela.
Por otro lado, los personajes no están diseñados para evolucionar en un sentido clásico, sino para habitar esa misma tensión. Nazarena se sitúa en el centro, con una mirada atravesada por la sospecha constante, la suya y la que genera, mientras que Brígida introduce una dimensión paralela marcada por el dolor físico y la visión. A su alrededor, las hermanas conforman un bloque cerrado, casi coral, donde las individualidades se diluyen en una experiencia compartida de encierro y desgaste.
Más que personajes que avanzan, lo que aparece es un conjunto de presencias que insisten, que se repiten, que permanecen atrapadas en una lógica que no permite la salida. Y precisamente ahí es donde la escritura y los personajes terminan de encajar, en esa sensación persistente de que todo, incluso el lenguaje, forma parte de un mismo mecanismo del que no es fácil escapar.
Opinión
Me ha parecido magnifico el oscuro y asfixiante mudo de mujeres que ha construido Karina Sainz Borgo, un espacio donde las relaciones no son limpias ni cómodas, donde el afecto convive con la violencia y donde la muerte no es un final, sino casi una forma más de presencia. Hay algo realmente fascinante en esa convivencia constante con lo oscuro, con lo que no se dice pero se intuye en cada gesto.
Y luego está esa sensación de no tener nunca del todo claro qué está pasando, ya que la historia se deja entrever, pero rara vez se ofrece de forma directa. Lejos de ser un problema, es precisamente eso lo que sostiene la lectura. Esa incertidumbre constante, esa duda sobre si lo que se está viendo es real o nace de una mente atravesada por el trauma, acaba convirtiéndose en el verdadero motor de la novela. Cuanto más se resiste a ser comprendida del todo, más difícil resulta apartarse de ella.
También me ha interesado mucho cómo se filtran ciertas ideas de fondo sin necesidad de subrayarlas. La incultura, el peso de unas creencias religiosas llevadas al extremo, casi deformadas, actúan como un mecanismo de control que atraviesa a los personajes. No es una fe que apoye, sino una que oprime, que limita, que justifica comportamientos y decisiones que terminan por encerrar aún más a quienes viven dentro de ese sistema. Todo se mezcla, la superstición, la culpa, el castigo, la penitencia… y el resultado es un ambiente todavía más asfixiante.
Es una novela dura, pero también extrañamente hermosa. Cercana en lo que cuenta —porque al final habla de vínculos, de familia, de heridas—, pero al mismo tiempo distante en la forma en que lo presenta, siempre envuelto en ese velo de extrañeza que lo desplaza todo. Y ahí es donde creo que reside gran parte de su fuerza.
El final, además, termina de redondear la experiencia, ya que no se limita solo a cerrar, sino que obliga a mirar hacia atrás, a recomponer lo leído, a replantearse muchas cosas que parecían claras, si es que algo llega a serlo del todo en esta historia.
Al terminarla, la sensación que me queda es curiosa puesto que no se trata de una novela que se deje querer de forma inmediata, pero sí de las que crecen con el tiempo. De las que vuelven. De las que, casi sin darte cuenta, sigues pensando días después, como si algo de ella se hubiera quedado contigo.
NOTA: 4,1/5
Karina Sainz Borgo

Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) es una escritora y periodista venezolana afincada en España. Licenciada en Comunicación Social, desarrolló buena parte de su carrera en el ámbito del periodismo cultural, colaborando con distintos medios y especializándose en la crónica y el análisis literario.
Saltó al panorama internacional con La hija de la española (2019), una novela que fue traducida a numerosos idiomas y recibió una gran acogida tanto de la crítica como de los lectores, consolidándola como una de las voces más destacadas de la narrativa latinoamericana contemporánea. A esta le siguieron El tercer país (2021) y Nazarena (2026)
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