La dalia negra y el monstruo que preferimos no reconocer
Hay algo que me resulta más aterrador que un asesino, una sociedad que consigue acostumbrarse a ellos. Aunque no me refiero a esa costumbre evidente que consiste en leer una noticia sobre un cadáver mientras desayunamos y pasar después a la sección de deportes. Hablo de algo más profundo, hablo de la capacidad que tenemos para convivir con la injusticia sin que la injusticia nos quite el sueño, hablo de nuestra extraordinaria habilidad para establecer categorías entre las vidas que importan y las que pueden esperar.
Nos gusta pensar que un asesino es un monstruo porque los monstruos nos permiten dormir tranquilos. Son ellos, no nosotros, ellos cruzaron una frontera que nosotros jamás cruzaríamos, ellos dejaron de ver a una persona, nosotros no. Pero quizá esa frontera no sea tan nítida, porque antes de matar a alguien hay que dejar de verlo como alguien, hay que quitarle algo, su nombre su dignidad su historia, su derecho a ser considerado igual. Convertirlo en un cuerpo, en un objeto, en un obstáculo, en una propiedad, en una cifra. El asesino lleva esa operación hasta el extremo, pero no la inventó, la humanidad lleva siglos perfeccionándola.
Lo hemos hecho para conquistar territorios, para justificar guerras, para explotar trabajadores, para esclavizar pueblos, para someter mujeres, para expulsar a los pobres de los lugares donde queremos vivir, para sacrificar vidas en nombre de beneficios económicos, para llamar “daños colaterales” a personas que jamás conoceremos y para convertir el sufrimiento de millones en una cifra que pueda soportarse mejor que el rostro de una sola víctima.
El lenguaje ayuda, siempre ayuda. Un muerto es terrible, cien mil muertos son una estadística. Un niño hambriento produce compasión, millones de personas pasando hambre producen un informe. Una mujer asesinada tiene nombre, fotografías, una familia y una vida que podemos imaginar, miles de mujeres asesinadas son un porcentaje.
Quizá la civilización consista, en parte, en haber descubierto formas cada vez más elegantes de no mirar, y entonces aparece un hombre que mata, y todos señalamos al monstruo. Resulta curioso, porque algunos asesinos están perturbados, algunos son crueles, algunos son enfermos, algunos sienten placer con el sufrimiento, otros matan por dinero, por celos, por odio o por miedo. No existe una explicación única para el mal, y probablemente sea un error buscarla.
Pero hay algo que sí comparten, en algún momento, la víctima deja de ser una persona, y eso debería inquietarnos mucho más de lo que nos inquieta, porque esa operación mental no pertenece exclusivamente al asesino. La encontramos en los despachos donde se decide quién puede ser sacrificado para que una empresa gane más dinero, en los gobiernos que calculan cuántas vidas están dispuestos a perder para conservar el poder, en quienes contemplan la pobreza desde el otro lado de una ventanilla y encuentran siempre una razón administrativa para no intervenir, en quienes prefieren la comodidad a la justicia, en quienes saben que alguien está siendo explotado y deciden que no es asunto suyo, en quienes ven a una mujer vulnerable y, en lugar de protegerla, preguntan qué hizo ella para encontrarse en esa situación.
Hay una forma de violencia que no necesita sangre, le basta con mirar hacia otro lado. Y quizá ahí esté la parte más cruel de todo esto, el asesino es, en cierto sentido, una caricatura monstruosa de una lógica que la sociedad utiliza a diario. Él lleva la deshumanización hasta sus últimas consecuencias, nosotros podemos detenernos antes, ya que él convierte a una persona en un objeto, nosotros podemos convertirla en una cifra, el destruye un cuerpo, nosotros podemos destruir una vida mediante la indiferencia, el ejerce la violencia con sus propias manos, nosotros podemos delegarla en instituciones, mercados, leyes, órdenes o excusas. La diferencia es enorme, pero el mecanismo moral merece ser observado. Tal vez por eso el caso de Elizabeth Short, la Dalia Negra, sigue resultando tan perturbador, ya que Elizabeth no fue solamente asesinada, sino que fue despojada de todo aquello que hacía de ella una persona.
Después de su muerte llegó el nombre que acabaría devorando su verdadero nombre: la Dalia Negra. Una mujer real se convirtió en una leyenda, una vida se convirtió en un misterio, un cadáver se convirtió en espectáculo, y la sociedad hizo algo que conoce muy bien, tomó una tragedia humana y la transformó en una historia que pudiera consumir. Ahí comienza otra forma de violencia más limpia, más elegante y más fácil de justificar, la violencia del relato.
Porque una vez que alguien deja de ser Elizabeth Short y pasa a ser La Dalia Negra , resulta mucho más sencillo olvidar que detrás de ese nombre hubo una mujer que tuvo miedo, deseos, decepciones, amistades, ambiciones y probablemente una colección de pequeñas esperanzas que jamás llegarán a interesarnos tanto como las circunstancias de su muerte.
El cadáver tiene una historia, la persona tenía una vida. Nosotros preferimos la historia, la historia es más cómoda, la historia tiene principio, misterio y final, la vida no. La vida es desordenada, no posee sentido narrativo, está plagada de cosas insignificantes, como una conversación, una comida, una discusión, un vestido, una canción, una carta que nunca contestamos. Todo aquello que constituye una existencia humana y que desaparece en cuanto convertimos a alguien en personaje.
Quizá esa sea la segunda muerte de Elizabeth Short, la primera ocurrió en 1947. La segunda ocurre cada vez que alguien pronuncia La Dalia Negra y olvida que antes de ser un caso, antes de ser un mito y antes de ser una de las historias criminales más famosas de Estados Unidos, fue Elizabeth, una mujer.
Y esto me lleva a una cuestión todavía más incómoda. ¿Por qué tantas veces la violencia contra las mujeres termina convertida en espectáculo? ¿Por qué el cuerpo femenino asesinado produce fascinación? ¿Por qué una mujer muerta puede convertirse en un icono de la cultura popular con una facilidad que resulta mucho más difícil de explicar que el propio crimen?
Quizá porque durante demasiado tiempo hemos vivido en sociedades donde el cuerpo de la mujer ha sido considerado territorio ajeno, propiedad, objeto de deseo, objeto de castigo, objeto de consumo, objeto de miedo. Primero se la mira, después se la juzga, después se la posee y, cuando muere, se la convierte en leyenda., la mujer desaparece en todas las etapas, pero permanece el cuerpo, permanece la imagen, permanece el relato. Pero ella, la persona, vuelve a quedar en segundo plano, y eso debería hacernos sentir bastante menos tranquilos de lo que normalmente nos sentimos ya que, quizá, el problema no sea únicamente preguntarnos qué clase de hombre pudo hacer algo así, tal vez debamos preguntarnos qué clase de sociedad necesita convertir a ciertos seres humanos en menos humanos para poder vivir tranquilamente con las consecuencias.
Aquí es donde James Ellroy encuentra un territorio extraordinariamente fértil, porque La dalia Negra no funciona únicamente como una investigación alrededor de un asesinato. El crimen es el centro de gravedad de una sociedad entera que parece girar alrededor de la violencia, el poder, el sexo, la corrupción, la ambición y el deseo de controlar a los demás.
Los Ángeles aparece como una ciudad que vende sueños mientras fabrica pesadillas, Hollywood promete convertir a cualquiera en alguien, la policía promete proteger, el dinero promete libertad, el éxito promete felicidad. Y debajo de todo eso hay hombres intentando demostrar que son más fuertes que otros hombres, mujeres intentando sobrevivir dentro de un mundo construido para ellos y una cantidad considerable de personas dispuestas a hacer prácticamente cualquier cosa con tal de conservar su posición.
El sueño americano tiene aquí algo de chiste macabro, te promete que puedes llegar a ser quien quieras, pero nunca termina de explicar qué ocurre con quienes quedan debajo, porque toda pirámide necesita gente abajo, y la literatura negra siempre ha entendido algo que la literatura complaciente suele olvidar, y es que una sociedad puede ser perfectamente legal y profundamente injusta. No hace falta romper todas las leyes para comportarse como un bárbaro, a veces basta con obedecerlas, a veces basta con aceptar las reglas, a veces basta con hacer nuestro trabajo, cobrar a fin de mes y no preguntar demasiado.
Esa es quizá la forma de mal que más debería preocuparnos, no el mal del asesino que aparece en las portadas, sino el mal que aprende a sentarse en una oficina, el que firma documentos, el que utiliza palabras correctas, el que habla de eficiencia mientras alguien pierde su casa, el que habla de seguridad mientras otros pierden su libertad, el que habla de beneficios mientras otros pierden la vida, el que mira a una mujer golpeada y encuentra una razón para preguntarse qué habrá hecho ella. Ese mal no necesita estar loco, ni siquiera necesita odiar, simplemente necesita no sentir.
Y quizá ahí podamos comprender algo sobre los asesinos que nos resulta insoportable admitir, no siempre son seres completamente ajenos a nuestra naturaleza, son seres humanos que, por diferentes razones, han llevado determinados impulsos hasta un lugar donde nosotros no queremos mirarlos.
Eso no significa comprenderlos, mucho menos justificarlos, significa negarnos a convertirlos en criaturas mitológicas porque hacerlo sería demasiado sencillo. El monstruo nos tranquiliza, el hombre nos inquieta, porque al monstruo podemos encerrarlo en una jaula conceptual. al hombre tenemos que preguntarle qué ocurrió, y después tenemos que preguntarnos algo todavía peor: ¿cuántas pequeñas deshumanizaciones hacen falta antes de que una sociedad entera deje de reconocer el sufrimiento de los demás?
No todas conducen al asesinato, por supuesto que no, pero todas apuntan en una dirección parecida, hacia un mundo en el que la vida de los otros vale exactamente lo que estamos dispuestos a concederle. Y ahí está quizá la verdadera acusación que puede hacerse a la humanidad, y no me refiero a que sea malvada, eso sería demasiado sencillo, sino que es capaz de acostumbrarse, acostumbrarse a la desigualdad, a la violencia, al abuso, a la pobreza, a la discriminación, a la muerte, al dolor de quienes tienen menos poder. Nos acostumbramos y después inventamos palabras para no sentirnos responsables. No es mi problema, no podía hacer nada, así funciona el mundo, siempre ha sido así, son solo números, son daños colaterales, es una excepción, es un monstruo.
Y quizá la última de esas frases sea la más peligrosa, porque mientras señalamos al monstruo podemos dejar de mirar todo lo que hay alrededor. La dalia negra empieza con un cadáver, pero lo verdaderamente inquietante no es solo preguntarse quién lo puso allí, lo verdaderamente inquietante es preguntarse qué clase de mundo permite que una mujer termine convertida en un cuerpo abandonado, y qué clase de mundo somos nosotros cuando, ochenta años después, seguimos acercándonos a ese cadáver no únicamente para hacer justicia a Elizabeth Short, sino también porque su muerte nos fascina.
Tal vez la literatura negra sirva precisamente para eso, para quitarnos durante unas horas la venda de los ojos, para recordarnos que la civilización no es una victoria definitiva, sino un trabajo diario, que la dignidad humana no se conserva sola, que una sociedad empieza a enfermar cuando decide que determinadas vidas valen menos, y que la distancia entre un hombre que mata y una sociedad que permite el sufrimiento de otros no está en que uno sea humano y la otra no, está en cuánto estamos dispuestos a mirar, y cuánto estamos dispuestos a dejar de mirar.
La dalia negra
No me gusta empezar las reseñas de una manera demasiado normal. Nunca he sabido muy bien qué hacer con ese primer párrafo en el que hay que decir quién escribió el libro, cuándo se publicó y de qué trata. Me parece que, antes de hablar de una novela, hay que encontrar el lugar desde el que merece la pena hablar de ella. Y con La dalia negra no encontraba ninguno que me pareciera suficiente. Solo sabía que no quería pasar por encima de algunas cosas que preferimos no mirar demasiado, coom la violencia, la desigualdad, el poder, la forma en que una sociedad puede acostumbrarse al sufrimiento ajeno y, sobre todo, esa facilidad con la que dejamos de ver a determinadas personas como personas. Así que decidí empezar por ahí.
Después de todo, La dalia negra no es una novela cualquiera dentro de la trayectoria de James Ellroy. Publicada originalmente en 1987, fue la primera entrega del llamado Cuarteto de Los Ángeles, una tetralogía que acabaría convirtiéndose en una de las grandes obras de la novela negra estadounidense contemporánea. Es, además, una novela profundamente ligada a la obsesión de Ellroy con el crimen y con las zonas más oscuras de la sociedad estadounidense. El asesinato de su propia madre, Jean Hilliker, cuando Ellroy tenía diez años, marcó profundamente su vida y su literatura, años después, el escritor encontraría en el caso de Elizabeth Short un reflejo literario especialmente perturbador de aquella experiencia. No es que ambas historias sean la misma, pero resulta difícil no leer La dalia negra teniendo presente esa relación entre pérdida, violencia, obsesión y necesidad de comprender lo incomprensible.
La novela, además, llegó a convertirse en uno de los títulos fundamentales de Ellroy y en una obra que cambió la manera de abordar el crimen dentro de la ficción negra. No es una lectura complaciente ni pretende serlo. Tampoco busca ofrecernos la comodidad de separar con facilidad a los buenos de los malos, a los culpables de los inocentes o a los monstruos de las personas normales.
Pero antes de entrar en todo eso, y antes de contaros qué me ha parecido la novela, creo que lo mejor será empezar por el principio. Vamos con la sinopsis.
Sinopsis
Los Ángeles, 1947. En un solar aparece el cadáver de una joven de veinticinco años. Está desnuda, ha sido brutalmente torturada y su cuerpo ha sido seccionado. La prensa no tardará en ponerle un nombre que acabará siendo mucho más famoso que el suyo: la Dalia Negra.
El caso cae en manos de Bucky Bleichert y Lee Blanchard, dos policías y antiguos boxeadores que forman una pareja tan eficaz como peligrosa. Conocidos como Hielo y Fuego, son amigos, rivales y están enamorados de la misma mujer, Kay Lake, ambos se lanzan a una investigación que pronto dejará de ser un trabajo más, porque hay casos que se resuelven y casos que se meten dentro de quien los investiga.
Mientras intentan averiguar quién era realmente Elizabeth Short y quién pudo hacerle algo semejante, Bucky y Lee comienzan a internarse en un Los Ángeles muy distinto al de las postales de Hollywood, una ciudad de prostitutas, chantajes, corrupción, pornografía, políticos sin demasiados escrúpulos, policías que saben más de lo que cuentan y hombres poderosos acostumbrados a que sus secretos permanezcan enterrados.
La Dalia Negra se convierte rápidamente en un espectáculo, ya que la prensa necesita titulares, aparecen confesiones que no conducen a ninguna parte, las pistas se multiplican y la investigación comienza a contaminarse con intereses que tienen muy poco que ver con la justicia. Cuanto más intentan acercarse a Elizabeth Short, más difícil resulta separar a la víctima del personaje que otros han construido alrededor de ella. Y entonces aparece la obsesión.
Bucky y Lee ya no buscan únicamente a un asesino, quieren saber quién fue Elizabeth, qué escondía su vida y qué ocurrió realmente durante sus últimos días. Pero también quieren poseer una parte de esa verdad. Y cuando una investigación deja de pertenecer a la policía para convertirse en una necesidad personal, las fronteras entre justicia, venganza, deseo y locura comienzan a desaparecer.
A partir de ahí, Ellroy nos lleva por los bajos fondos y las zonas más oscuras del Hollywood de posguerra, siguiendo el rastro de una mujer que, incluso después de muerta, continúa provocando deseos, ambiciones y obsesiones. Y cuanto más se acercan los investigadores a la verdad, más evidente resulta que quizá el verdadero peligro del caso no esté únicamente en descubrir quién mató a la Dalia Negra, sino en todo aquello que puede destruirse mientras se intenta descubrirlo.
Algunos cadáveres piden justicia. Otros exigen una obsesión. El de Elizabeth Short parece exigir ambas cosas.
Estilo
Si tuviera que definir la experiencia de leer La dalia negra con una sola palabra, probablemente elegiría «agotadora». Y lo digo como un elogio.
Algunas novelas nos permiten mantener cierta distancia respecto a lo que sucede, que ofrecen pausas, momentos de calma o espacios para ordenar las piezas antes de continuar. No es el caso de La dalia negra, ya que desde sus primeras páginas tuve la sensación de estar ante una obra que avanza como una avalancha, arrastrando consigo a los personajes, la investigación y al propio lector.
La prosa de Ellroy tiene mucho que ver con ello, puesto que nos encontramos ante una escritura seca, afilada y extremadamente eficaz, que no pierde tiempo en adornos ni en descripciones innecesarias. Cada escena parece escrita con la intención de empujar la historia un poco más hacia adelante, de aumentar la tensión o de profundizar en la obsesión que acaba devorando a prácticamente todos los personajes. En otras manos, una trama tan compleja podría haberse convertido en un laberinto confuso. Aquí, sin embargo, el caos está cuidadosamente controlado.
Lo que más me ha llamado la atención es cómo la forma y el contenido terminan fusionándose. La novela habla constantemente de obsesión, y la propia escritura acaba resultando obsesiva. Cuanto más avanzaba la investigación, más difícil me resultaba abandonar la lectura, pero no porque necesitara descubrir quién era el culpable, sino porque tenía la misma sensación que los protagonistas, la impresión de que detrás de cada respuesta se escondía otra pregunta todavía más inquietante.
La novela está además impregnada de jerga policial, lenguaje callejero, referencias al mundo del boxeo y expresiones propias de la época. Ellroy no trató de maquillar el contexto histórico para hacerlo más agradable al lector contemporáneo. El racismo, la homofobia, el machismo o la brutalidad policial aparecen reflejados con toda su crudeza. Habrá lectores a los que esto pueda incomodarles, pero personalmente creo que la novela perdería gran parte de su fuerza si intentara dulcificar ese mundo.
También me ha gustado mucho la forma en que el autor utiliza la violencia, pero no porque resulte agradable de leer —más bien todo lo contrario—, sino porque jamás da la impresión de estar ahí únicamente para escandalizar. Hay escenas realmente perturbadoras y algunas imágenes que permanecen en la memoria durante mucho tiempo, pero siempre están al servicio de la historia y de la atmósfera moralmente degradada que la novela pretende construir. La violencia no funciona como espectáculo, sino que funciona como una herida que contamina todo lo que la rodea.
Si tuviera que señalar algún aspecto menos convincente, diría que el tramo final acumula tal cantidad de revelaciones, conexiones y giros que por momentos puede resultar algo excesivo. No llega a estropear la experiencia, ni mucho menos, pero sí tuve la sensación de que Ellroy se deja llevar en ocasiones por su entusiasmo a la hora de complicar la trama.
Aun así, hablamos de una novela que me ha parecido absorbente, incómoda y extraordinariamente poderosa. De esas que te golpean una y otra vez sin darte tiempo a recuperarte del golpe anterior. Y quizá ahí resida una de sus mayores virtudes, en no intenta que observemos la oscuridad desde una distancia segura, sino que nos sintamos obligados a atravesarla junto a los personajes.
Personajes
Si tuviera que destacar algo de los personajes de La dalia negra, no sería su profundidad psicológica ni su complejidad moral, aunque ambas están presentes. Lo que más me ha impresionado es la forma en que Ellroy utilizó el caso para transformarlos.
Bucky Bleichert y Lee Blanchard aparecen inicialmente como dos hombres muy distintos, apodados como Hielo y Fuego. Dos policías, dos ex boxeadores, dos personalidades que parecen avanzar en direcciones opuestas. Sin embargo, a medida que la investigación se adentra en terrenos cada vez más turbios, esas diferencias comienzan a perder importancia.
Lo fascinante es observar cómo el caso de la Dalia Negra va erosionando poco a poco a ambos personajes. La obsesión, la frustración, la violencia y la necesidad de encontrar respuestas terminan convirtiéndose en fuerzas capaces de deformar sus personalidades. Lo que al principio parece una investigación criminal acaba transformándose en un descenso hacia las zonas más oscuras de ellos mismos.
De hecho, una de las cosas que más me han gustado de la novela es que Ellroy no parecía especialmente interesado en la justicia, ya que parece que lo que más le interesa es la obsesión. Y Bleichert y Blanchard son, ante todo, dos hombres obsesionados. Conforme avanzaba la lectura tuve la sensación de que el asesinato importaba cada vez menos y que lo verdaderamente importante era observar lo que la búsqueda de la verdad estaba haciendo con quienes la perseguían.
A ello se suma una galería de personajes secundarios que contribuyen a reforzar la sensación de estar ante una ciudad profundamente enferma. Policías, delincuentes, periodistas, políticos, aspirantes a actrices, millonarios y oportunistas de toda clase componen un mosaico humano donde casi nadie parece completamente inocente.
Y luego está Elizabeth Short.
Resulta curioso que el personaje alrededor del cual gira toda la novela sea también el más inaprensible. La Dalia Negra funciona casi como una ausencia, como un vacío que todos intentan llenar con sus propias fantasías, teorías y obsesiones. Cuanto más se esfuerzan los personajes por descubrir quién fue realmente Elizabeth, más parece alejarse la mujer real y más crece el mito.
Quizá por eso su figura termina resultando tan poderosa, porque mientras los vivos intentan apropiarse de su historia, ella permanece fuera de su alcance, convertida en un misterio que nadie consigue poseer del todo.
Conclusión
Llegados a este punto, creo que resulta evidente que La dalia negra me ha parecido una novela extraordinaria, aunque no solo se trata de una de las mejores novelas negras que he leído en los últimos años, sino que es una de las mejores aproximaciones literarias al crimen que he encontrado.
Y lo curioso es que no creo que se deba únicamente a la calidad de su trama, aunque esta sea magnífica. Tampoco a la resolución del misterio, a sus giros o a la solidez de su investigación. Todo eso funciona, y funciona muy bien, pero lo que realmente eleva la novela es su ambición.
Ellroy no solo contó la historia de quién mató a una mujer, sino que utilizó ese crimen para hablar de obsesión, de poder, de corrupción, de violencia, de deseo, de la facilidad con la que construimos mitos sobre los muertos y de la dificultad de encontrar a la persona que se esconde detrás de ellos. El asesinato es el punto de partida, no el destino.
Quizá por eso la novela sigue resultando tan poderosa casi cuarenta años después de su publicación, porque bajo la investigación policial hay algo mucho más dificil, hay una reflexión constante sobre las personas, sobre las instituciones y sobre las sociedades que construimos, además de sobre lo que estamos dispuestos a tolerar, a ignorar o a justificar.
Y debo reconocer que eso es algo que echo de menos en buena parte de la novela negra actual. Con demasiada frecuencia encuentro libros obsesionados con mantener al lector enganchado mediante giros constantes, cadáveres cada vez más extravagantes o misterios diseñados para ser consumidos con rapidez. No tengo nada contra ese tipo de lecturas cuando están bien hechas, pero rara vez permanecen conmigo después de cerrar el libro.
La dalia negra, en cambio, sí lo ha hecho.
Porque además de ofrecer una investigación absorbente, consigue que el crimen signifique algo, consigue que el cadáver no sea simplemente una pieza del rompecabezas y que la víctima no exista únicamente para poner en marcha la trama. Consigue que detrás del misterio aparezcan preguntas mucho más incómodas que la identidad del asesino.
Cuando terminé la novela seguía pensando en Elizabeth Short, seguía pensando en Bucky y Lee. Seguía pensando en esa ciudad enferma que Ellroy construye alrededor de ellos. Y, sobre todo, seguía pensando en algunas de las preguntas que plantea el libro y que no admiten una respuesta sencilla.
Creo que eso es exactamente lo que le pido a la gran literatura. Que me entretenga, por supuesto, pero también que me obligue a pensar y que permanezca conmigo una vez terminada la lectura.
La dalia negra lo ha conseguido. Y por eso, al menos para mí, ocupa ya un lugar entre las mejores novelas negras que he leído.
James Ellroy
James Ellroy nació en Los Ángeles en 1948 y está considerado uno de los grandes renovadores de la novela negra estadounidense. Su consagración llegó con el Cuarteto de Los Ángeles, iniciado con La dalia negra y completado por El gran desierto, L.A. Confidential y Jazz blanco. En estas novelas convirtió el Los Ángeles de la posguerra en un territorio literario dominado por el crimen, la corrupción, la violencia y las ambiciones de quienes viven al margen de la ley.
Posteriormente continuó explorando las zonas más oscuras de la historia estadounidense con obras como América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda, además de abordar su propia historia marcada por el asesinato de su madre en Mis rincones oscuros. Su trayectoria ha sido reconocida con importantes galardones, entre ellos el Edgar Grand Master en 2015 y el Premio Pepe Carvalho en 2018. Hoy es considerado una figura fundamental de la novela negra contemporánea y uno de los escritores estadounidenses que más ha contribuido a llevar el género mucho más allá del simple misterio criminal.
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