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El halcón maltés, un clásico que nunca pierde el vuelo.

03/02/2025
Portada de la novela El halcón maltés en la que sobre una figura roja se observa el rostro de un hombre con un gorro.
Portada de la novela El halcón maltés en la que sobre una figura roja se observa el rostro de un hombre con un gorro.
  • Título: El halcón maltés
  • Autor: Dashiell Hammett
  • Año de publicación: 1930
  • Editorial: Alianza Editorial
  • Edición: Mayo 2014
  • Páginas: 320
Índice

    El halcón maltés: intriga al acecho.

    El año 1959, al igual que sus predecesores, se negó en rotundo a traer un clima más benévolo a los Urales. Un viento helado ululaba entre los pinos, levantando cortinas de nieve que flotaban en la oscuridad como espectros indecisos. La tienda de campaña, solitaria en la inhóspita y helada inmensidad blanca, parecía un animal herido. No había sido abierta, sino desgarrada desde dentro, como si algo hubiera obligado a sus ocupantes a huir a la intemperie, a la gelida noche, descalzos, casi desnudos, dejando atrás la cordura y la única protección que tenían contra un frío capaz de matar en minutos. Un éxodo en mitad de la nada, con la desesperación de quien escapa de algo que no puede nombrar.

    Los primeros cuerpos aparecieron bajo las nudosas ramas de un cedro, acurrucados el uno contra el otro, con las manos crispadas en garras congeladas, los dedos morados por el frío, la piel rasgada como si hubieran intentado trepar desesperadamente al árbol y, sus pies, descalzos, lacerados, ennegrecidos por la gangrena del hielo. Pero lo peor fue lo que encontraron más adelante.

    En la hondonada de un barranco, yacían los otros. Uno con el cráneo resquebrajado, como si un martillo lo hubiera golpeado desde dentro. Otro con las costillas hundidas, aplastadas como por una presión titánica, pero sin un solo moretón, sin una sola marca en la piel. Una mujer con el rostro del revés, vuelto hacia el cielo, con la boca abierta en un grito mudo… sin lengua. Los cadáveres parecían haber sido arrojados ahí desde una altura imposible. Y sus ropas, cuando las examinaron, emitían un rastro de radiación. Débil, pero innegable. No hubo signos de lucha. No hubo señales de otra presencia en la montaña. No hubo huellas más allá de las suyas, como si hubieran intentado escapar de algo que no podía dejar marcas en la nieve.

    Los montañistas más veteranos hablaban de la Kármán Vortex Street, un fenómeno de vientos huracanados que en ciertas noches aúlla como si fuera la voz de los muertos. Otros comentaban sobre armas secretas, experimentos que el gobierno nunca admitiría. Hubo quienes hablaron de luces en el cielo, y otros, de una presencia no humana observando desde las sombras del bosque. Los informes oficiales no sirvieron de nada. Avalanchas, dijeron. Hipotermia, confusión. Pero la piel sin heridas sobre huesos pulverizados, la radiación, la lengua arrancada… Todo quedó como un pie de página en la historia de esos enigmas que nadie puede…o quiere resolver.

    Una tienda de campaña rasgada en mitad de la nieve.
    Un sendero de huellas que se pierde en la nada.
    Nueve cuerpos, nueve preguntas sin respuesta.

    Intrigante, ¿verdad?

    He decidido empezar con esta historia real porque, aunque sin nieve y sin un escenario digno de un relato de Lovecraft, recrea perfectamente la misma sensación que logra despertar en nosotros desde las primeras páginas Dashiell Hammett con El halcón maltés: intriga. Y vaya si lo consigue. Intriga de la que te agarra por el cuello y no te suelta. De la que te obliga a leer con los ojos entrecerrados, sospechando de todo y de todos. Aquí no hay héroes impolutos ni villanos caricaturescos, tan solo gente con turbios intereses ocultos, mentiras envueltas en verdades a medias y un detective que sabe que confiar en la persona equivocada puede costarle muy caro.

    Publicada en 1930, esta obra convirtió a su autor en un referente absoluto de la literatura de detectives y al protagonista, Sam Spade, en un arquetipo del investigador duro, cínico y con un código propio, digamos…que un tanto peculiar. Fue un éxito inmediato, tanto que el cine la recibió con los brazos abiertos, y la adaptación de 1941 con Humphrey Bogart terminó de sellar su lugar en la historia. Pero más allá de su impacto, ¿qué hace que El halcón maltés siga atrapando lectores casi un siglo después? Vamos a adentrarnos en ello.

    Sinopsis

    San Francisco, años 20 del siglo pasado. Todo comienza con una mujer que se hace llamar Miss Wonderly, su voz es de terciopelo, su historia, una arpillería de medias verdades. Quiere que los detectives, Spade y su socio Mlies Archer, sigan a un tal Floyd Thursby, un hombre peligroso que, según ella, ha secuestrado a su hermana. Un encargo sencillo, en apariencia. Pero cuando Miles Archer, aparece con un agujero de bala como única respuesta, y poco después el propio Thursby cae muerto, el caso se convierte en un pasillo infinito donde cada puerta que se abre conduce a otra mentira.

    Las piezas del tablero se multiplican. Joel Cairo, un hombre que oculta puñales entre sus formas de cortesía. Kasper Gutman, un gigante afable con una sonrisa que huele a traición y obsesionado con una estatuilla dorada. Wilmer Cook, un pistolero joven, un mercenario volátil, con una mecha corta siempre lista para arder. Todos buscan lo mismo, un objeto que no solo vale una fortuna, sino que despierta una codicia capaz de corroer el alma, y cuyo nombre suena a maldición: El halcón maltés.

    En esta busqueda desesperada los asesinatos se acumulan, los aliados se convierten en traidores y, en medio de este carnaval de mentiras y deseos desbocados, Spade sigue con su propio código, ambiguo, flexible, pero inquebrantable en su esencia. Al fin y al cabo, sabe que el halcón es más que una reliquia exótica. Es la prueba de que algunos matarían por un sueño y otros morirían por una mentira.

    La prosa de Hammett

    A lo largo de toda la obra, Dashiell Hammett, ofrece una prosa funcional, ajena a cualquier devaneo con lo superfluo, no encontramos arabescos estilísticos ni digresiones filosóficas que entorpezcan el ritmo. Se trata de una escritura sin un ápice de grasa, en la que cada línea empuja la trama con la determinación de un tren de carga. Aunque su economía verbal no me ha parecido un simple rechazo de la ornamentación, sino una búsqueda de la máxima expresividad con los mínimos recursos. Se nota que cada frase esta cuidadosamente medida para transmitir información de una forma efectiva, sin recurrir a descripciones extensas. Por ejemplo, en lugar de explicar que un personaje se encuentra nervioso, lo muestra tamborileando con los dedos sobre una mesa o encendiendo un cigarrillo tras otro.

    Este uso del detalle significativo me ha parecido una de las marcas del estilo Hammett en El halcón Maltés, selecciona elementos precisos que, en pocas palabras, definen una situación o un personaje sin necesidad de explicaciones adicionales, de este modo, la tensión y la atmósfera se construyen a partir de pequeños gestos, objetos y acciones que tienen un peso narrativo muy concreto.

    Por su lado, el diálogo en El halcón maltés es un arte en sí mismo. Hammett prescinde de las redundancias del discurso literario convencional y nos entrega conversaciones en las que la información real no se dice, sino que se sugiere. Las frases cortas, secas, aparentemente inofensivas, están cargadas de implicaciones, ya que en ellas se desarrolla toda la psicología de los personajes. Aunque claro, en esta novela nadie dice lo que realmente piensa, porque en el mundo que Hammett retrata, la franqueza es una moneda sin valor.

    Sam Spade

    Si Sherlock Holmes representa el intelecto puro y Philip Marlowe la dignidad cínica, creo que Sam Spade es la aceptación sin reparos de un mundo corrupto. Su sentido de la moralidad es tan elástico como su conveniencia, y su código ético, si es que existe, parece más un reflejo de su pragmatismo que de una creencia en el bien y el mal. Su ironía, su desprecio por las emociones ajenas y su tendencia a la manipulación lo convierten en un espécimen fascinante dentro de la literatura detectivesca ¿Héroe? Difícilmente. ¿Villano? Tampoco. Spade es simplemente un jugador, no acostumbrado a ganar siempre, sino a ver como todos los demás pierden… sea como sea.

    Conclusión

    Como ves, aquí no hay lirismo, no hay adornos, no hay concesiones, El halcón maltés es una clase magistral de concisión y un testimonio del poder de la prosa desnuda. Pero, ¿es una lectura placentera? Eso depende del lector. Si lo tuyo son los pasajes introspectivos, los párrafos que se detienen en el fluir de la conciencia o la riqueza sensorial de una prosa exuberante, este libro puede parecerte un paisaje baldío, sin rastro de esas sutilezas. Pero si buscas una trama adictiva, esta novela no solo es una cumbre del género negro, sino una de las piezas fundamentales de la literatura del siglo XX.

    A mí, lo confieso, me suelen atraer más las prosas pausadas, con cierto aliento lírico, donde las palabras crean atmósferas densas y los detalles dibujen imágenes nítidas. Y sin embargo, Hammett me atrapó. Me enganché desde las primeras páginas y devoré la novela en dos sentadas, completamente absorbido por la trama. Al principio, sí, eché de menos algo más de «chicha» narrativa, esa profundidad descriptiva en la que tanto me gusta perderme, pero pronto entendí que Hammett juega en otro terreno. Su profundidad está en los gestos mínimos, en los silencios que gritan y en los diálogos que esconden más de lo que dicen.

    Así que, si buscas una historia que te sacuda, que te obligue a leer con los ojos bien abiertos y el pulso acelerado, esta es tu novela. No te va a regalar metáforas delicadas ni monólogos existenciales, pero te aseguro que cuando la cierres, Sam Spade seguirá acechando en algún rincón de tu memoria, tan ambiguo, implacable y enigmático como siempre.

    Dashiell Hammett

    Imagen frontal de Dashiell Hammett en la que aparece con traje y corbata

    Dashiell Hammett nació en 1894 en Maryland, y antes de escribir historias sobre detectives, fue uno de ellos. Trabajó para la Agencia Pinkerton, un oficio que le dio material de sobra para sus tramas. No fue un autor prolífico, pero tampoco lo necesitó. Con unas pocas novelas y relatos, redefinió el género policial y sentó las bases del hard-boiled con frases cortantes como cuchillas, diálogos donde lo importante es lo que no se dice y personajes que no buscan justicia, sino salir del lío con la piel intacta. Entre sus obras más icónicas están Cosecha roja (1929), La maldición de los Dain (1929), La llave de cristal (1931) y El hombre delgado (1934), pero su gran legado es El halcón maltés (1930), la historia que convirtió a Sam Spade en el detective definitivo.

    Hammett no ganó premios importantes en vida, pero su influencia es incuestionable. Sin él, el género negro moderno no sería lo que es. Fue adaptado, imitado y homenajeado hasta el infinito. Murió en 1961, pero sus novelas siguen siendo lectura obligada para cualquiera que quiera entender el noir en su forma más pura, sin concesiones, sin artificios y con el peso de la realidad golpeando en cada página.

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