Skip to content

Estructuras narrativas que no conocías: kishotenketsu, jo-ha-kyu y otras formas de contar historias

19/03/2026
elementos simbólicos orientales en paisaje místico
elementos simbólicos orientales en paisaje místico

Cuatro formas de contar historias que rompen con todo lo que creías saber sobre narrativa.

Hace poco, Andreu, un amigo al que quiero como a un hermano, del que aprendo casi sin darme cuenta y al que, en este punto de mi vida, sospecho que le debo bastante más de lo que podría devolverle en tres vidas, me envió un enlace a un artículo. Uno más, podría parecer. Pero claro, cuando Andreu te manda algo, no se puede abrir sin más, hay que abrirlo con curiosidad y con una ligera sospecha de que, de alguna manera, vas a salir de ahí sabiendo algo que hasta ese momento no sabías que necesitabas saber.

El artículo hablaba del kishotenketsu, una de las estructuras narrativas de las que, lo confieso sin demasiado orgullo y con cierta incomodidad lectora, no tenía ni la más remota idea. Lo leí con calma y, de pronto me encontré con una forma de contar historias que no encaja del todo con los esquemas que llevo años viendo repetirse con la puntualidad de un reloj suizo: planteamiento, conflicto, clímax, desenlace… ese recorrido tan familiar que casi podríamos seguir con los ojos cerrados (y que, siendo honestos, a veces seguimos incluso con ellos abiertos).

Así que, diez minutos después estaba leyendo sobre estructuras narrativas japonesas, tradiciones poéticas chinas y modelos que parecen diseñados por alguien con una paciencia infinita y un amor sospechoso por organizar el caos. El clásico “solo voy a mirar esto un momento” convertido en una pequeña expedición intelectual sin mapa ni hora de regreso.

De este modo, llevado por esa mezcla de curiosidad y entusiasmo he decidido reunir algunos de los modelos narrativos que más me han llamado la atención, como el propio kishotenketsu, el elegante ritmo jo-ha-kyu, la sugerente estructura en espiral y el refinado sistema dan–fu–bi–xing. No son los únicos, ni probablemente los más famosos, pero sí los que, al menos en mi caso, han conseguido ese pequeño milagro lector de hacerme parar y pensar: oye, aquí hay algo muy interesante.

No sé si después de esto leeré mejor, peor o exactamente igual, pero al menos ahora sé que hay historias que funcionan siguiendo caminos bastante distintos a los que solemos dar por sentados… y que, en el fondo, todo esto empezó con un simple enlace que me envió Andreu, que probablemente no imaginaba que iba a meterse —y meterme— en este pequeño lío narrativo. Y, sinceramente, menos mal.

Index

    Kishotenkentsu

    Empecemos por el responsable de todo este pequeño desvío narrativo: el kishotenketsu. Sí, lo sé, suena a hechizo de Harry Potter o a algo que podrías pedir en un restaurante japonés sin tener muy claro qué te van a traer, pero en realidad es una de esas estructuras que, una vez la entiendes, te hace mirar muchas historias con otros ojos.

    El kishotenketsu es una estructura narrativa en cuatro partes muy utilizada en China, Japón y Corea, y se organiza así:

    • Ki (inicio) → se presenta la situación.
    • Sho (desarrollo) → se amplía esa idea inicial.
    • Ten (giro) → aparece un cambio o un personaje inesperado.
    • Ketsu (conclusión) → todo encaja y cobra sentido.

    Hasta aquí, podría parecer que estamos ante el típico esquema narrativo de siempre con nombres exóticos para darle un toque internacional. Pero no. La clave, y lo que lo hace realmente interesante, es que no necesita conflicto para funcionar.

    Es decir, no hay necesariamente un problema que resolver, ni un villano al que derrotar, ni una tensión creciente que explote en un clímax. Y claro, esto al principio desconcierta un poco, porque llevamos años acostumbrados a que toda historia tenga que ser, en el fondo, una pelea elegante entre algo y otra cosa. Aquí no, aquí la historia avanza de otro modo.

    Primero se te muestra algo sencillo, luego se desarrolla con calma, después aparece ese giro del ten, que no es un “¡sorpresa!” exagerado, sino más bien un cambio de perspectiva, algo que en principio parece no tener mucho que ver con lo anterior, incluso puede ser la aparición de un personaje nuevo. Y finalmente, en el ketsu, entiendes la relación entre todo. Es como si la historia no quisiera enfrentarte a nada, sino hacerte ver algo.

    Por ejemplo, una historia muy simple podría ser: alguien te habla de su rutina diaria (ki), la desarrolla con más detalle (sho), de repente introduce un elemento inesperado, pongamos, que todo eso ocurre en un lugar que no esperabas (ten), y al final comprendes el significado de esa rutina (ketsu).

    Y ya está. No hay conflicto, pero hay sentido. Y ahí está la gracia del kishotenketsu, no intenta impresionarte con grandes explosiones narrativas, sino con algo mucho más discreto y, si me apuras, más elegante. Te cuenta algo, se desvía un poco… y cuando vuelve, te das cuenta de que todo tenía más sentido del que parecía al principio.

    Dan-fu-bi-xing

    El siguiente tiene nombre elegante, cierto aire misterioso y, por supuesto, más profundidad de la que parece a simple vista: el dan–fu–bi–xing.

    Aquí conviene ir despacio, porque no estamos exactamente ante una “estructura narrativa” al uso, sino más bien ante una forma de construir significado dentro del texto, muy arraigada en la tradición poética china. Es decir, no te dice tanto cómo ordenar una historia, sino cómo contarla para que diga más de lo que parece que dice.

    El modelo se divide en cuatro elementos:

    • Dan (exposición directa) → se presenta una idea de forma clara, casi literal.
    • Fu (desarrollo o expansión) → esa idea se amplía, se describe, se detalla.
    • Bi (comparación) → se introduce una analogía o metáfora.
    • Xing (evocación) → se sugiere algo más profundo, una emoción o significado indirecto.

    Dicho de otra forma, empiezas diciendo algo, lo desarrollas, lo comparas… y terminas sugiriendo mucho más de lo que has dicho explícitamente.

    La clave del dan–fu–bi–xing está en ese último paso. Porque mientras que en muchas tradiciones narrativas se tiende a explicar, cerrar y dejar todo bastante claro, aquí ocurre justo lo contrario: se abre el sentido. El texto no termina en lo que dice, sino en lo que provoca.

    Un ejemplo clásico podría ser El viejo y el mar de Ernest Hemingway, gran parte del peso del relato no está en la acción (que, siendo honestos, es bastante sencilla), sino en todo lo que simboliza: la lucha, la dignidad, la resistencia. Eso es muy cercano al espíritu del bi y el xing, o sea, decir poco y sugerir mucho.

    También puedes rastrear algo parecido en autores como Haruki Murakami, donde las imágenes, los objetos o las situaciones aparentemente triviales acaban funcionando como puertas hacia significados más amplios que nunca se explican del todo.

    Lo interesante del dan–fu–bi–xing es que cambia completamente la relación con el lector. Aquí no se trata de entender una historia paso a paso, sino de interpretarla, de completarla. El texto no te lo da todo hecho, sino que te deja espacio, te obliga a participar, casi a sospechar que hay algo más detrás de cada imagen.

    Y claro, esto tiene su encanto… pero también su trampa. Porque cuando funciona, es sutil, elegante y profundamente evocador. Pero cuando no, puede dejar esa sensación incómoda de “creo que aquí había algo importante… pero no estoy seguro de qué”. Aun así, cuando está bien utilizado, tiene algo difícil de igualar, ya que convierte una historia en una experiencia que no termina al cerrar el libro, sino que se queda dando vueltas.

    Jo-Ha-Kyu

    El siguiente modelo tiene un nombre que, de entrada, parece igual de impronunciable que el anterior —porque la tradición manda—, pero en cuanto lo entiendes, todo empieza a encajar con una naturalidad casi sospechosa: el jo-ha-kyu.

    A diferencia del kishotenketsu, aquí sí hablamos de ritmo, de cómo se mueve una historia en el tiempo, de la velocidad a la que respira. No es tanto una estructura de “qué pasa”, sino de cómo pasa. Y eso, aunque suene más abstracto, en realidad es mucho más fácil de reconocer de lo que parece.

    El jo-ha-kyū se divide en tres fases muy claras:

    • Jo (inicio lento) → la historia comienza con calma, casi sin prisa, asentando el tono y el contexto.
    • Ha (desarrollo o ruptura) → el ritmo se acelera, las cosas empiezan a moverse, a complicarse, a crecer.
    • Kyu (final rápido) → todo se precipita hacia un cierre ágil, intenso y breve.

    Dicho de otra forma, empieza despacio, se anima por el camino y termina casi sin darte tiempo a reaccionar.

    Lo interesante aquí es que este patrón no solo se utiliza en literatura, sino también en teatro tradicional japonés, en música, en poesía… incluso, si me apuras, en muchas historias que consumimos sin darnos cuenta. Porque, siendo honestos, ¿cuántas veces has leído o visto algo que arranca con cierta calma, va cogiendo velocidad poco a poco y de pronto entra en una recta final que parece ir cuesta abajo y sin frenos? Pues eso.

    La clave del jo-ha-kyu está en esa aceleración progresiva. El jo no tiene prisa, presenta, sugiere, coloca las piezas con una tranquilidad que, bien llevada, resulta hasta elegante. El ha rompe esa calma inicial, introduce cambios, movimiento, tensión si hace falta, como si la historia dijera “vale, ahora empezamos en serio”. Y el kyu es el remate, breve, intenso, directo, sin rodeos.

    Y aquí viene lo curioso, ya que este modelo funciona especialmente bien porque respeta algo muy humano, que es nuestra forma natural de experimentar las cosas. Rara vez algo importante en la vida empieza a toda velocidad, normalmente arranca despacio, se complica por el camino y, cuando te quieres dar cuenta, todo se resuelve (o se desmorona) bastante más rápido de lo que esperabas.

    Por eso el jo-ha-kyu tiene ese aire de familiaridad inmediata, ya que no necesitas estudiarlo demasiado para reconocerlo, lo has visto mil veces. Solo que ahora, de pronto, tiene nombre… y, como pasa con todas estas estructuras, una vez lo nombras, ya no puedes dejar de verlo en todas partes.

    Estructura en espiral

    Y para terminar nos occidentalizamos un poco. La estructura en espiral suena muy bien, casi poética, incluso, pero conviene bajarla a tierra, porque si no corremos el riesgo de pensar que es algo etéreo cuando en realidad es bastante concreta.

    Aquí la idea clave es esta: la historia no avanza en línea recta, sino que vuelve varias veces sobre los mismos elementos (temas, recuerdos, conflictos o ideas), pero cada vez con más profundidad o desde una nueva perspectiva. No es repetir por repetir, es volver para entender mejor.

    A diferencia de otras estructuras más “ordenadas”, donde cada parte sustituye a la anterior, en la espiral lo anterior nunca desaparece. Se queda ahí, y la narración regresa a ello una y otra vez, ampliándolo. Es como si la historia dijera: “esto ya lo has visto… pero no lo has entendido del todo todavía”.

    Un ejemplo muy claro lo tienes en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Aunque a primera vista parece una saga familiar más o menos lineal, en realidad funciona con una lógica circular y en espiral, ya que los mismos nombres, los mismos errores, los mismos patrones se repiten generación tras generación, pero cada vez con pequeñas variaciones que van construyendo un significado más amplio. No es solo repetición, sino que es acumulación de sentido.

    La clave, por tanto, está en entender que la estructura en espiral no busca sorprender con giros bruscos ni avanzar a toda velocidad, sino profundizar. Cada vuelta añade algo, como contexto, emoción, significado. Eso sí, aquí no hay escapatoria, puesto que este tipo de estructura exige paciencia. Ni es inmediata, ni es explosiva, y desde luego no está pensada para quien quiere que “pasen cosas” todo el tiempo. Pero cuando funciona, tiene algo muy difícil de conseguir, ya que hace que lo importante no sea solo lo que lees, sino cómo va cambiando tu forma de entenderlo mientras avanzas.

    Y hasta aquí hemos llegado

    Y así termina nuestro viaje por estas formas de contar historias que no se parecen a nada de lo que creías saber. Si has llegado hasta aquí, felicidades, has sobrevivido a giros, espirales y nombres impronunciables sin perder la cabeza. Todo gracias a Andreu, que me envió aquel enlace y que, sin saberlo, volvió a ponerme en modo explorador literario… que haría yo sin él,.

    Y si todo esto te ha dejado con ganas de más rarezas, quizá te interese este otro viaje por mundos aún más extraños: Géneros literarios extraños. Advertencia: es posible que termines mirando tus libros con los mismos ojos sospechosamente curiosos que yo.

    Aviso

    Este artículo contiene enlaces de afiliados. Si realizas un compra a través de ellos, «Voces de Libros» recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti. Esto me ayuda a seguir creando contenido. ¡Gracias por tu apoyo!





    Configurar