Saltar al contenido

Extraños en un Tren. El Juego Psicológico de Patricia Highsmith

22/03/2025
Portada de la novela de patricia highsmith "Extraños en un tren" en la que sobre un fondo negro se ve un rotulo amarillo con el título de la obra y el nombre de la autora.
Portada de la novela de patricia highsmith "Extraños en un tren" en la que sobre un fondo negro se ve un rotulo amarillo con el título de la obra y el nombre de la autora.
  • Título: Extraños en un tren
  • Autora: Patricia Highsmith
  • Año de publicación: 1950
  • Editorial: Anagrama
  • Edición: Enero 2015
  • Páginas: 360
Índice

    El comienzo de lo irreparable.

    Salió de la librería con los libros sujetos contra el pecho, como si fueran los restos de un botín rescatado de un naufragio. Afuera, la noche exudaba un letargo denso, las farolas, mustias, coagulaban destellos en el asfalto húmedo, mientras el viento, saturado de presagios y humo rancio, reptaba entre los cuerpos anónimos.

    Entonces lo vio. A través de la vidriera de un bar, encorvado sobre la mesa, una chaval con el resplandor espectral de un teléfono que se le adhería al rostro como un segundo pellejo. Sus dedos, prestidigitadores de lo efímero, se deslizaban sobre la pantalla con la celeridad de quien pulsa teclas en un piano roto. Había café, pero no había libro. Solo la incandescencia fría de un mundo encapsulado.

    Se detuvo. Lo contempló con la melancolía de quien advierte, en la distancia, que el otoño ya ha despojado de hojas al árbol. Él, a esa edad, habría tenido un tomo abierto entre las manos, desmenuzando cada frase. Pero el tiempo había adulterado el rito, suplantando el oro del asombro por la hojalata de la inmediatez.

    Sintió un cosquilleo en la nuca, un destello de travesura intelectual serpenteándole en la conciencia. No tenía prisa. No tenía nada que perder. Así que empujó la puerta del bar y sintió la calidez viciada del interior adherírsele a la piel. Caminó con la cadencia de quien mide el peso de cada paso y, sin pedir permiso, tomó asiento frente al muchacho.

    Depositó los libros sobre la mesa con el sigilo de un conspirador y, con una media sonrisa, dejó caer las palabras como si fueran fichas en una partida ya trazada:

    —Disculpa la intromisión, pero tengo un juego en mente -dijo ante la sorprendida mirada del chaval

    El joven levantó la vista con un parpadeo cauteloso, como si despertara en un lugar desconocido y fuera incapaz de decidir si la vigilia es mejor que el sueño.

    —¿Un juego? —murmuró, con una ceja apenas alzada.

    El hombre asintió con la serenidad de un destino cumplido.

    —Uno que ya comenzó.

    El joven cerró los dedos alrededor del teléfono, como si de pronto se sintiera desnudo. Al otro lado del ventanal, la ciudad se estiraba en su letargo de luces mortecinas y sombras encogidas.

    —¿Has oído hablar de la predestinación?

    El muchacho frunció el ceño.

    —¿En el sentido religioso?

    El hombre sonrió, pero la sonrisa tenía la cualidad de una grieta en el mármol, apenas perceptible, pero evidente.

    —En el sentido más humano. Creemos que elegimos, pero en realidad cada decisión que tomamos está determinada por lo que vino antes. Si empujo una ficha de dominó, la caída de la última ya está sellada, aunque todavía no haya ocurrido.

    El joven dejó el teléfono sobre la mesa, junto a la taza intacta de café.

    —No estoy seguro de entender.

    —Piensa en un tren —continuó el hombre, trazando un círculo invisible sobre la superficie de la mesa con la yema del índice—. Dos desconocidos se encuentran en un vagón. Uno lanza una idea, una proposición, una alternativa a lo que el otro considera su vida inalterable. Solo eso. No insiste, no presiona. Pero la idea queda ahí, flotando, como una semilla en tierra fértil.

    El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

    —¿Y qué crees que ocurre con una semilla, cuando encuentra la tierra adecuada?

    El joven sintió un escalofrío reptándole la columna.

    —Crece.

    —Exacto. Crece. Y para cuando el segundo hombre quiere negarse, ya es demasiado tarde. La decisión se tomó en el instante en que la idea fue sembrada.

    El muchacho tamborileó los dedos contra la mesa, su incomodidad volviéndose palpable, como una cuerda tensándose en el aire.

    —¿Está diciendo que alguien puede ser arrastrado a hacer algo sin darse cuenta?

    El hombre inclinó la cabeza.

    —Esa es la manipulación. No te dicen qué hacer. Te hacen creer que lo decidiste tú.

    El tintineo de una cucharilla contra la porcelana pareció acentuar el silencio que se instauró entre ellos.

    —Pero incluso cuando el acto se ha cometido —prosiguió el hombre, con la voz dosificada como el veneno en un frasco de cristal—, no significa que termine. ¿Has oído hablar del encadenamiento?

    El joven negó con la cabeza, casi con resignación.

    —Es el mecanismo por el cual un crimen nunca es un solo crimen. Se expande. Se ramifica. Como las ondas en el agua cuando arrojas una piedra. Un acto lleva al siguiente, y a otro, y a otro. Una mentira exige otra mentira. Un asesinato reclama otro asesinato para cubrirlo. Hasta que, al final, el mundo deja de ser sólido y se convierte en un territorio de sombras donde ya no distingues lo real de lo que inventaste.

    El joven tragó saliva.

    —Eso suena… aterrador.

    El hombre lo miró con fijeza.

    —Oh, sí. Lo es. Porque lo que sigue es la alienación.

    Fuera, en la calle, alguien encendió un cigarro. La brasa roja titiló en la oscuridad.

    —Cuando cruzas ciertas líneas —dijo el hombre—, ya no puedes volver. No porque te lo impidan, sino porque tú mismo dejas de reconocerte. Te miras al espejo y el reflejo es otro. Más frío. Más calculador. Alguien que jamás pensaste que podrías ser.

    El joven apretó los labios, sintiendo un nuevo peso en los hombros.

    El hombre apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.

    —Y cuando ya no puedes sentir culpa —susurró—, cuando todo lo que queda es una lógica implacable y vacía… entonces llegas a la última estación: la deshumanización.

    El café se había enfriado.

    El joven sintió la garganta seca.

    —¿Por qué me está contando todo esto?

    El hombre se inclinó apenas.

    —Porque quiero hacerte una propuesta.

    —¿Y si me niego?

    —Ah, esa es la cuestión. —El hombre apoyó la espalda contra la silla y lo observó con la calma de un depredador que sabe que su presa ya está dentro de la jaula—. ¿Realmente puedes negarte?

    El joven frunció el ceño.

    —Por supuesto que puedo.

    —¿Y qué te lo garantiza?

    El silencio se alargó.

    El hombre dejó la cuchara sobre el platillo con un sonido seco y continuó:

    —¿Sabes lo que viene después del encadenamiento? La paranoia. Porque aunque no aceptes, aunque te marches de aquí sin mirar atrás, una parte de ti se quedará preguntándose: “¿Por qué yo? ¿Qué vio en mí? ¿Estoy realmente fuera de esto?” Y cuando esa idea eche raíces, todo a tu alrededor cambiará.

    El joven quiso reírse, pero su boca estaba demasiado seca.

    —Eso es absurdo.

    —¿Seguro? Piénsalo. No soy más que un desconocido, alguien que se sentó en una mesa y te habló de cosas que creías abstractas. Pero ahora, cuando camines por la calle, cada sombra te parecerá más alargada. Cada mirada tendrá un matiz distinto. Dime… ¿quién sale ganando aquí?

    El joven se sintió mareado.

    —¿Y si digo que sí?

    El desconocido lo miró con un destello de satisfacción.

    —Entonces habrás cruzado la línea. Y cuando lo hagas, nunca más volverás a ver el mundo de la misma forma.

    Un reloj en la pared marcó la hora con un sonido metálico. El joven sintió la necesidad urgente de salir de allí, de respirar aire fresco, de comprobar que la ciudad seguía siendo la misma.

    —¿Y qué quiere? ¿Qué… qué tendría que hacer? —preguntó el chaval sintiéndose cada vez más perdido

    —Leer esto— dijo el hombre mientras ponía delante de él uno de los tres libros que había comprado hacía poco.

    El joven leyó el título en la portada.

    Extraños en un tren… —murmuró.

    El desconocido asintió, con una media sonrisa.

    —Si quieres saber más sobre todas estas cosas de las que te he hablado, te recomiendo que lo leas. Ahí se dan todas ellas. Manipulación, obsesión, alienación, deshumanización… Todo lo que hemos discutido está ahí, en sus páginas, esperando a que tú decidas si solo vas a leerlo… o a entenderlo.

    El joven levantó la vista, pero el asiento de enfrente ya estaba vacío.

    Fuera, entre la bruma de la noche, un tren pasó a toda velocidad.

    Extraños en un tren

    Pues me estoy acostumbrando a empezar las recomendaciones con un relato, y este es el que se me ha ocurrido en esta ocasión. Me parece apropiado porque, de algún modo, encarna algunos de los temas que Patricia Highsmith destila en Extraños en un tren.

    Highsmith entendía mejor que nadie que los encuentros fortuitos rara vez lo son. Que las palabras intercambiadas en apariencia sin peso pueden ocultar en sus entrañas la semilla de lo irremediable. En su novela, la coincidencia no es sino un ardid del destino—o de la voluntad de alguien más fuerte—para arrastrar a un hombre común a un acuerdo del que no hay escapatoria. Me fascina esa tensión, cómo una frase inocente puede convertirse, sin que nadie lo note al principio, en el nudo corredizo de una soga.

    Y es precisamente esa sensación de peligro latente lo que hace de Extraños en un tren una obra tan inquietante. Highsmith nos sumerge en un juego psicológico donde la culpa, el azar y la manipulación se fusionan hasta volverse indistinguibles. Pero antes de adentrarnos en todo eso, empecemos por el principio: la sinopsis.

    Sinopsis

    Guy Haines, joven arquitecto en ascenso, se dirige a su ciudad natal para cerrar, de una vez por todas, el capítulo más incómodo de su vida, su matrimonio con Miriam. El divorcio parece inminente, y con él, la promesa de un futuro junto a Anne, la mujer que realmente ama. Pero en ese viaje se cruza con Charles Bruno, un extraño tan extrovertido como inquietante. Bruno es un tipo encantador en la superficie, pero su charla inofensiva pronto deriva en un terreno mucho más oscuro. Mientras el tren avanza, Bruno le plantea a Guy una idea digna de novela policíaca: el asesinato perfecto.

    Su plan es sencillo y aterrador: Bruno se encargará de Miriam, y a cambio, Guy solo tendrá que hacer lo propio con el padre de Bruno. Sin conexiones entre víctimas y asesinos, sin móviles evidentes, un crimen limpio, sin cabos sueltos. Para Bruno, es casi un juego. Para Guy, una aberración. Horrorizado, rechaza la oferta y baja del tren creyendo que ha dejado atrás a aquel personaje inquietante.

    Pero el destino, o la psicopatía de Bruno, tienen otros planes.

    Semanas después, Miriam aparece muerta. Y aunque Guy nunca aceptó el trato, la realidad lo golpea con la certeza de que Bruno ha cumplido su parte. A partir de ese momento, su vida deja de ser suya. Bruno lo acecha con llamadas, cartas y apariciones cada vez más invasivas. Le recuerda, con una insistencia asfixiante, que él también tiene una deuda que saldar. La presión, el miedo y la culpa van minando a Guy, hasta que la única escapatoria parece ser ceder.

    Pero el asesinato no pone fin a la pesadilla. Al contrario. Ahora, la sombra de Bruno lo sigue a cada paso. Porque en este juego, una vez que entras, ya no hay forma de salir.

    Opinión

    Desde las primeras páginas de Extraños en un tren, sentí que Patricia Highsmith no estaba interesada en contar una historia de crimen convencional. No es una novela negra al uso, ni siquiera un thriller psicológico corriente. Es una disección meticulosa de la culpa, de la fragilidad moral, del poder devastador de la sugestión. Y me atrapó, no por el suspense —que lo tiene, y de sobra—, sino por la forma tan precisa en que desmenuza la mente humana.

    Siempre me han fascinado las historias donde el verdadero peligro no está en un asesino con un cuchillo, sino en la psique de un personaje que se resquebraja poco a poco. Y aquí, la angustia no viene del acto violento en sí, sino de lo que sucede después. La culpa de Guy se convierte en una especie de enfermedad, una fiebre que lo consume. No hay explosiones ni persecuciones frenéticas, solo una espiral descendente en la que cada decisión lo encadena más a su propio verdugo. Highsmith logra que la verdadera tortura no sea el miedo a ser atrapado, sino el miedo a no poder huir de uno mismo.

    Me resultó imposible no sentir una mezcla de lástima y frustración por Guy. Su caída es desesperante porque, en el fondo, parece querer convencerse de que sigue siendo un hombre decente. Pero, ¿realmente lo es? Highsmith juega con esa ambigüedad de manera magistral. Por un lado, tenemos a Bruno, un psicópata manipulador, caprichoso, un niño malcriado con instintos asesinos. Por otro, Guy, que intenta aferrarse a su identidad de hombre recto, pero cuya resistencia es tan frágil que parece esperar cualquier excusa para ceder. Y aquí es donde la novela se vuelve inquietante: ¿qué tan diferente es Guy de Bruno? Highsmith me obligó a cuestionarme si el bien y el mal son absolutos o si, en el fondo, todos llevamos dentro un pequeño Bruno esperando la oportunidad adecuada.

    La novela va mutando de tono, ya que empieza con un aire casi mundano, dos desconocidos conversando en un tren, y antes de que uno se dé cuenta, la tensión se ha instalado como una sombra persistente. El ritmo es pausado, sí, pero nunca aburrido. De hecho, creo que si la novela fuera más breve, perdería toda su fuerza. La degradación de Guy no ocurre de la noche a la mañana, y si Highsmith nos metiera prisa, no sentiríamos el peso de su culpa, su paranoia creciente, su agotamiento emocional.

    Al final, lo que más me impactó de Extraños en un tren no fue el crimen, ni siquiera su desenlace, sino la idea que queda flotando después de la última página, la certeza de que el mal no siempre irrumpe en nuestras vidas con estruendo. A veces llega en forma de una conversación casual, de un pacto que parece inofensivo, de una pequeña concesión moral que se convierte en una pendiente resbaladiza. Y lo peor de todo es que, cuando nos damos cuenta, ya estamos demasiado hundidos como para volver atrás.

    Estilo y personajes

    El estilo de Highsmith en Extraños en un tren es tan meticuloso como perturbador. Su fuerza radica en la precisión con la que desentraña la psicología de sus personajes. Su prosa es sobria, introspectiva y funcional, pero está cargada de una tensión latente que se filtra en cada diálogo. No es una narración de golpes de efecto, sino un veneno de acción lenta, que se desliza imperceptible hasta que ya es demasiado tarde.

    A diferencia de la novela negra tradicional, donde la acción y la resolución del crimen dominan el relato, aquí la violencia se cocina a fuego lento. Hay largas secuencias de introspección, conversaciones que parecen triviales pero que van enroscándose en una espiral de manipulación y angustia. No se trata de un misterio que se resuelve, sino de una pesadilla psicológica que se descompone en cámara lenta. La autora juega con la perspectiva de Guy de una forma muy interesante, ya que su descenso es gradual, y Highsmith nos hace sentir cada uno de sus titubeos, cada fisura en su moral, cada intento inútil de aferrarse a su antigua vida.

    Los diálogos son otro de los puntos fuertes de la novela. Highsmith los usa como una herramienta de disección psicológica. Bruno, en particular, domina cada conversación con su discurso errático y envolvente, donde la lógica y la locura se entremezclan. Guy, en cambio, parece perder terreno con cada palabra que pronuncia, atrapado en frases que lo delatan más de lo que lo protegen.

    En cuanto a los personajes, la relación entre Guy y Bruno es el eje que sostiene la historia, pero lo interesante no es solo su dinámica, sino cómo está construida. Guy no es un protagonista heroico ni un hombre sin fisuras, su caída es tan creíble porque se desarrolla con una precisión implacable. Lo vemos intentar justificar lo injustificable, negociar consigo mismo, convencerse de que puede mantener el control cuando en realidad ya lo ha perdido. Su transformación no ocurre en un solo instante, sino que se va acumulando en pequeñas concesiones, en titubeos que parecen insignificantes hasta que ya no hay vuelta atrás.

    Bruno, por su parte, no es solo un antagonista. Es un personaje que escapa de la caricatura del villano manipulador para convertirse en algo más inquietante, un hombre profundamente roto que, en su distorsionada visión del mundo, realmente cree que ha encontrado en Guy a su otro yo. Se odian, se temen, se necesitan, se persiguen en un juego en el que los roles no están del todo claros. La relación evoluciona con cada encuentro, mutando de la amenaza velada al acoso descarado, de la manipulación psicológica al vínculo casi simbiótico.

    El final de Extraños en un tren no busca un cierre fácil ni una resolución tranquilizadora. Highsmith nos deja con una sensación de inquietud, con la certeza de que el mal no es un ente externo, sino una posibilidad latente en cualquier persona.

    Coclusión

    Si algo deja claro Extraños en un tren es que el horror no siempre toma la forma de un asesino con un cuchillo en la mano. A veces, es una voz amable en un compartimento de tren. Una conversación que parece inofensiva. Un gesto de cortesía que, sin que lo notes, te coloca en una trampa de la que no podrás salir. La verdadera pesadilla de Guy no es Bruno, sino la revelación de que una parte de él—por insignificante que parezca—estaba dispuesta a escuchar.

    Y eso es lo más perturbador de la novela, la sensación de que, en el momento adecuado y con la presión suficiente, cualquiera podría caer. Highsmith no nos da héroes ni redenciones, solo un retrato brutal de cómo una vida puede desmoronarse con una sola elección mal calibrada. Un recordatorio inquietante de que el destino, en ocasiones, no es más que la suma de las casualidades a las que les dimos la oportunidad de prosperar.

    Patricia Highsmith

    Foto de frente de Patricia highsmith en la que se la ve dando una calada a un cigarro con media sonrisa en el rostro.

    Patricia Highsmith nació el 19 de enero de 1921 en Fort Worth, Texas, y murió el 4 de febrero de 1995 en Locarno, Suiza. Escritora a la que se recuerda especialmente por su dominio del thriller psicológico y la novela negra. Estudió en la Universidad de Barnard en Nueva York, donde desarrolló un profundo interés por la literatura, la psicología y la filosofía, campos que influirían directamente en su escritura.

    A lo largo de su vida, publicó más de 20 novelas, 5 colecciones de relatos cortos, y numerosas obras de teatro y guiones. Su éxito fue internacional, pero el reconocimiento más rotundo lo alcanzó con la serie de novelas protagonizadas por el personaje de Tom Ripley, el brillante pero perturbador criminal creado por ella en El talento de Mr. Ripley (1955), una obra que marcó su salto a la fama. Ripley se convirtió en un personaje recurrente en sus obras, y la saga continuó con títulos como La máscara de Ripley (1970) y El juego de Ripley (1989).

    Además de Extraños en un tren y la serie de Ripley, Patricia Highsmith escribió otras obras destacadas como Carol (1952), Crímenes imaginarios (1982) y El diario de Edith (1977) A lo largo de su carrera, también fue galardonada con varios premios importantes, como el Edgar Award y el Grand Master Award de la Mystery Writers of America.

    Patricia Highsmith falleció en 1995, dejando un importante legado literario que sigue siendo influyente en la literatura de misterio y suspenso, una autora cuya mirada penetrante y su estilo único continúan siendo admirados por lectores y escritores por igual.

    Aviso

    Este artículo contiene enlaces de afiliados. Si realizas un compra a través de ellos, «Voces de Libros» recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti. Esto me ayuda a seguir creando contenido. ¡Gracias por tu apoyo!

    Configurar