Saltar al contenido

La montaña mágica de Thomas Mann. La obra que convirtió el tiempo en laboratorio moral.

26/02/2026
portada de la novela la montaña mágica de Thoma Mann, en la que bajo el título y sobre un fondo blanco aparece el dibujo de una tumbona de madera
portada de la novela la montaña mágica de Thoma Mann, en la que bajo el título y sobre un fondo blanco aparece el dibujo de una tumbona de madera
  • Título: La montaña mágica
  • Autor: Thomas Mann
  • Año de publicación: 1924
  • Año de edición: 2005
  • Editorial: Editora y Distribuidora Hispano Americana, S.A.
  • Páginas: 1056
Índice

    Mann en una imposible conversación con Tolstói y Dostoievski.

    TOLSTÓI: Thomas, ¿a qué viene tanta prisa?. Tienes toda la eternidad para visitarnos.

    DOSTOIEVSKI: Sí, Thomas, ¿tan grave es lo que ocurre allá abajo como para interrumpir la calma del más allá?

    MANN: No es que sea grave, es más bien incomodo. Cada vez que miro a la humanidad, incluso desde aquí, siento un malestar que no esperaba.

    TOLSTÓI: ¿Malestar? ¿Moral, estético, metafísico?

    MANN: De todos los tipos a la vez. Pensé que la eternidad me permitiría cierta ligereza, una distancia serena. Pero no, cada gesto, cada noticia o locura que sucede ahí abajo me golpea con fuerza.

    DOSTOIEVSKI: Eso suena como algo que solo un muerto con conciencia literaria puede experimentar.

    MANN: Exactamente. Por eso os he citado, no se trata de simple curiosidad trivial, sino por que necesitaba compartir esta sensación de malestar exquisito.

    TOLSTÓI: Así que la eternidad no te ha protegido del mundo, sino que te lo ha traído más cerca.

    MANN: Y yo pensaba que aquí, lejos de montañas y sanatorios, podría sentirme ligero. Pero cada vez que miro a los vivos, siento que algo ha fallado.

    DOSTOIEVSKI: Interesante. Tanta claridad en un solo vistazo, y aún así te atreves a sentir culpa.

    MANN: Sí. Culpa, malestar, impaciencia. Todo mezclado. Y con vosotros aquí, pensaba que al menos podría compartirlo sin sentirme ridículo.

    TOLSTÓI: Bienvenido al club. La eternidad no viene con inmunidad frente a la conciencia.

    DOSTOIEVSKI: Ni la lucidez. Solo con café imaginario y compañía.

    MANN: Entonces estamos listos para enfrentar lo que queda de la humanidad… aunque sea desde la distancia. Veréis, he estado observando el mundo actual. Y cuanto más lo observo, más me pregunto si todo lo que hicimos fue… decorativo.

    TOLSTÓI: ¿Decorativo?. ¿Llamas decoración a desvelar la enfermedad moral de una época?

    MANN: Sí. Porque tengo la impresión de que la enfermedad no desapareció, sino que sofisticó y se amplificó. La desigualdad persiste, la injusticia es el pan de cada día, la violencia adopta formas más limpias y, lo que es peor, más justificadas. Y la cultura… la cultura convive con todo ello sin inmutarse demasiado.

    DOSTOIEVSKI: ¿Esperabas que la literatura aboliera la miseria?.

    MANN: No. Pero esperaba que al menos la conciencia creciera al mismo ritmo que la técnica. Han perfeccionado máquinas prodigiosas, han conquistado derechos impensables en nuestro tiempo, han derrotado enfermedades que nosotros temíamosy, sin embargo, cuanto más dominan la técnica, más renuncian al pensamiento, cuanto más hablan de derechos, menos toleran la duda, cuanto más se exhiben, menos se conocen. Todos parecen convencidos de estar sanos mientras observan arder el mundo con una locura digna de Nerón.

    TOLSTÓI: El mundo siempre ha ardido, lo que cambia es el modo de mirar el fuego.

    MANN: No, Lev Nikoláievich, no me consuele con formas de mirar. Hay algo distinto. La velocidad, la superficialidad orgullosa, lo indignante como espectáculo, la desigualdad como sistema o la compasión convertida en gesto interesado y rentable.

    DOSTOIEVSKI: Ah, entonces el pecado sigue vivo. Qué alivio.

    MANN: ¿Alivio?

    DOSTOIEVSKI: Por supuesto. El día que el hombre deje de pecar dejará de ser hombre. Lo inquietante no es que el mal persista, sino que deje de inquietar.

    MANN: Precisamente, parece inquietar cada vez menos. Se denuncia, se comenta, se comparte… y luego se normaliza.

    TOLSTÓI: Eso también ocurría en nuestro tiempo. Los campesinos morían, los ejércitos marchaban, los aristócratas brindaban. No idealices el pasado.

    MANN: No lo idealizo. Lo escribí con suficiente severidad. Pero al menos existía una conciencia trágica. Ahora veo una ligereza casi deportiva, ya que se juega con ideas como si fueran fichas intercambiables, se destruyen reputaciones en minutos, se acumulan fortunas obscenas con una sonrisa filantrópica. Y todo funciona.

    DOSTOIEVSKI: Siempre ha funcionado. El mal no necesita caos, necesita eficacia.

    MANN: Entonces ¿qué hicimos? ¿Para qué escribimos? Yo creí que con mi pequeña montaña y mi joven Hans midiendo la fiebre de Europa, aportaba algo. Que señalar la enfermedad era una forma de responsabilidad. Ahora temo que fue solo un ejercicio estético admirablemente inútil.

    TOLSTÓI: Confundes resultados con sentido.

    MANN: Explícate.

    TOLSTÓI: El sentido de una obra no se mide por la obediencia del mundo. Se mide por la transformación silenciosa de quienes la leen. Tú no escribiste para corregir la historia, escribiste para despertar conciencias individuales. Y esas conciencias, aunque no cambien el curso de los imperios, cambian vidas.

    MANN: Eso suena insuficiente.

    TOLSTÓI: Lo es. Pero es real.

    DOSTOIEVSKI: ¿Sabes cuál es tu problema, Thomas? Que querías ser clínico y ahora te duele como a un creyente. Diseccionaste la enfermedad con frialdad admirable, pero en el fondo esperabas que el paciente reaccionara con gratitud.

    MANN: No esperaba gratitud. Esperaba lucidez.

    DOSTOIEVSKI: La lucidez no garantiza virtud. Un hombre puede comprender perfectamente su miseria y seguir abrazándola. Eso lo escribí yo, por si lo has olvidado.

    MANN: No lo he olvidado. Pero esperaba que, al menos, la humanidad aprendiera de sus abismos.

    TOLSTÓI: Aprende, aunque lo hace lentamente, con retrocesos y con contradicciones. La historia no es una línea ascendente ni descendente. Es una lucha.

    DOSTOIEVSKI: Y la lucha es interior. Siempre lo fue. No es en los parlamentos, ni en las pantallas, ni en los mercados. Es en el alma.

    MANN: ¿Y si el alma se ha vuelto superficial?

    DOSTOIEVSKI: No puede. Puede disfrazarse, puede mentirse, puede huir. Pero no desaparece.

    MANN: Entonces, me podéis explicar esta sensación. Esta impresión de que la humanidad ha aprendido a convivir con su propia crítica, que puede consumir novelas, ensayos, denuncias… y seguir igual.

    TOLSTÓI: Porque la crítica no sustituye a la voluntad. Nosotros no podíamos dar voluntad. Solo podíamos ofrecer verdad.

    DOSTOIEVSKI: Y la verdad nunca es sencilla, ni cómoda. Muchos la leen como quien visita un museo, con respeto, incluso con admiración, pero sin dejar que altere su vida cotidiana.

    MANN: Entonces sí era decorativo.

    TOLSTÓI: No. Decorativo es lo que adorna. Lo nuestro duele, y que algunos aprendan a soportar el dolor no significa que no exista.

    DOSTOIEVSKI: Además, estás cometiendo un error muy humano, que es el de juzgar el presente con la impaciencia del testigo y el pasado con la indulgencia del recuerdo.

    MANN: Tal vez. Pero me inquieta ver que la desigualdad se ha normalizado, que la injusticia se racionaliza y que la agresividad se celebra como autenticidad. Si hoy escribiera mi novela, tal vez no bastaría un sanatorio. Supongo que tendría que internar a mi protagonista en un psiquiátrico moderno. Y aun así sospecho que no estaría rodeado de quienes deberían acompañarlo.

    DOSTOIEVSKI: Siempre fue así. Los verdaderamente enfermos rara vez se reconocen.

    TOLSTÓI: Y los verdaderamente sanos dudan constantemente de sí mismos.

    MANN: Entonces, ¿mi error ha sido esperar demasiado?

    TOLSTÓI: Tu error es olvidar que la responsabilidad del escritor termina en la honestidad.

    DOSTOIEVSKI: Y empieza en la incomodidad.

    MANN: ¿Pensáis, entonces, que no fue inútil?

    TOLSTÓI: Nada que obligue a un hombre a pensar durante horas, días, años, es inútil.

    DOSTOIEVSKI: Si un solo lector cerró tu libro y se preguntó si estaba sano, ya hiciste más que suficiente.

    MANN: Quizá el problema no es que el mundo esté peor.

    DOSTOIEVSKI: ¿Sino?

    MANN: Que yo esperaba que estuviera mejor.

    TOLSTÓI: Quizá nuestro grano de arena no detuvo la tormenta. Pero, tal vez, sin él, la tormenta habría sido aún más inclemente.

    DOSTOIEVSKI: ¿Es suficiente?

    MANN: No lo sé

    TOLSTÓI: Bueno, mientras lo terminas de considerar, pidamos otro café imaginario.

    La montaña mágica

    Como siempre, no sabía cómo empezar la reseña. Y cuando uno no sabe cómo empezar, suele hacer dos cosas: o recurre a la comodidad de la sinopsis, ese salvavidas académico que nos evita mojarnos, o se expone. Yo he optado por lo segundo, y por eso he decido invocar a Thomas Mann, y a otros dos gigantes de la literatura a los que Mann admiraba, Tolstói y Dovstoievski.

    Creo que era necesario, por que en la Montaña Mágica, la literatura no se limita a desplegar una trama, sino que levanta un mundo con tal densidad que terminamos habitándolo más que leyéndolo. Una obra que nació en 1924, sí, pero cuyo latido no pertenece a una fecha concreta, sino a un estado espiritual de Europa, a una enfermedad moral previa a la catástrofe. Un libro que no pretende entretener ni seducir con artificios inmediatos, sino algo mucho más ambicioso y, por eso mismo, más incómodo, detener el tiempo para examinarlo.

    Hace años intenté leerla. Y no pude. No conseguí conectar con ella. Y una novela así, si no te afecta, se convierte en una masa inerte, admirable pero distante. La cerré con una mezcla de respeto y frustración, convencido de que el problema era mío. Así que la dejé reposar. Hasta hace poco.

    Esta vez la experiencia ha sido distinta. No diré que más fácil, sería una traición a la naturaleza misma del libro, pero sí más reveladora. La novela no ha cambiado, he cambiado yo. Y desde esa nueva posición, más escéptica quizá, más consciente de los socavones de nuestro presente, he comprendio que estaba ante uno de los grandes clásicos. No en el sentido reverencial del término, sino en el único que importa, su fuerza, que radica en que nos interpela hoy con la misma intensidad, sin concesiones ni revisiones oportunistas.

    Por cierto, como ya señalé en su reseña correspondiente, esta obra dejó su huella, visible y deliberada, en la última novela de Olga Tokarczuk, Tierra de empusas. Aquí te dejo el enlace: https://vocesdelibros.com/tierra-de-empusas-olga-tokarczuk/

    Respira. Subimos a la montaña.

    Sinopsis

    La trama de La montaña mágica puede resumirse, en apariencia, en una sola premisa: un joven ingeniero hamburgués, Hans Castorp, viaja a los Alpes suizos para visitar durante tres semanas a su primo Joachim Ziemssen, internado en el Sanatorio Internacional Berghof, en Davos. Aquella visita provisional se prolonga, primero unos meses y finalmente siete años.

    El argumento no se articula en torno a grandes acontecimientos externos, sino alrededor de una experiencia de permanencia. El sanatorio funciona como un espacio aislado, una comunidad suspendida en lo alto de la montaña, regida por rutinas médicas, horarios de reposo, lecturas de temperatura y una disciplina que combina amabilidad institucional y autoridad casi invisible. Los pacientes pueden abandonar el lugar si lo desean, ya que no hay rejas ni coerción explícita. Sin embargo, la permanencia adquiere un carácter ambiguo, ya que quienes afirman querer marcharse demuestran, en la práctica, una resistencia silenciosa a regresar a la vida ordinaria.

    A Hans, inicialmente visitante, se le diagnostican síntomas que justifican su ingreso formal como paciente. En la montaña, lejos de las responsabilidades profesionales y sociales de las “llanuras”, Hans descubre una libertad peculiar, la del enfermo exento de obligaciones, la del individuo sustraído al ritmo productivo del mundo.

    Este aislamiento repercute directamente en el tratamiento del tiempo, ya que el sanatorio se presenta como un espacio donde el calendario pierde su tensión habitual y el presente se dilata hasta convertirse en una experiencia casi autónoma. Los días se repiten con variaciones mínimas, las semanas se confunden, y la duración subjetiva sustituye a la cronología exterior.

    En ese entorno cerrado, las ideas adquieren una intensidad particular, ya que los residentes encarnan posiciones ideológicas, filosóficas y políticas que entran en debate constante. Las discusiones intelectuales, a menudo extensas, coexisten con rivalidades personales, celos y tensiones afectivas. También encontramos sexualidad, aunque expresada de una forma indirecta, canalizada a través de convenciones sociales, gestos mínimos y equívocos cargados de significado. Por ejemplo, la relación entre Hans y una paciente rusa llamada Clavdia Chauchat se desarrolla en ese registro de insinuación y desplazamiento simbólico.

    El sanatorio también es escenario de rituales médicos casi ceremoniales, visitas al cine, sesiones de espiritismo y la introducción de tecnologías como la máquina de rayos X, tratadas con mezcla de fascinación y recelo. Mientras tanto, ajena a la percepción cotidiana de los internos, Europa avanza hacia una transformación decisiva. El mundo exterior, del que los habitantes del Berghof se consideran temporalmente apartados, continúa su curso histórico. En las páginas finales, la narración abandona el espacio protegido del sanatorio y sitúa a Hans en el Frente Occidental, en el contexto del estallido de la Primera Guerra Mundial. El tiempo, que parecía suspendido, demuestra no haberse detenido.

    La novela concluye sin clausura definitiva, dejando abierta la interrogación sobre el destino de su protagonista y sobre la posibilidad de que, incluso en un escenario marcado por la enfermedad y la muerte, puedan afirmarse el amor y la vida.

    Estilo

    La montaña mágica posee una arquitectura narrativa sostenida por una ambivalencia muy consciente entre ironía y gravedad. En según que momentos me pareció una novela cómica, y lo digo sin restarle oscuridad, porque el humor que la recorre es constante, fino, muy sutil. Thomas Mann no ridiculiza a sus personajes, sino que los observa con una distancia intelectual que a mí me resultó deliciosa, como si los examinara bajo una luz fría pero no exenta de compasión.

    En cuanto al desarrollo de los personajes, me gustó el hecho de que no responde a una evolución dramática convencional. No sentí que Hans Castorp “progrese” en línea recta, sino más bien lo vi deslizarse hacia una forma de maduración suspendida. El sanatorio actúa, desde mi punto de vista, como un laboratorio narrativo, un espacio cerrado donde las ideas pesan más que los acontecimientos. Para mí, esta es una de las decisiones más inteligentes de la novela, ya que convierte el estancamiento en método formativo.

    Los largos debates entre personajes, como Settembrini y Naphta, dos pacientes, fueron, estilísticamente, uno de los rasgos que más me hicieron consciente de la ambición del proyecto. No me parecieron simples diálogos, sino auténticos injertos ensayísticos. En ocasiones pusieron a prueba mi paciencia, sí, pero también entendí que esa densidad forma parte del diseño. Mann encuadró esos discursos con una ironía sutil que deja entrever su teatralidad y, al mismo tiempo, su peligrosidad.

    También me impresionó la precisión descriptiva, como en algunas partes en las que Mann nos habla sobre la infancia del protagonista, o algunas escenas médicas, no me parecieron meros detalles ambientales, sino auténticos dispositivos narrativos. Aunque uno de los aspectos que más disfruté fue la manipulación del tiempo, ya que percibí con nitidez cómo el primer año se dilata con minuciosidad, mientras que los siguientes se contraen. Esa asimetría no me paració casual, ya que reproduce la experiencia subjetiva de Hans y, al mismo tiempo, me hizo sentir que la novela reflexiona sobre su propio mecanismo. Hay momentos en que el narrador interviene para pensar el tiempo como problema literario, y eso me resultó fascinante, ya que la obra no solo narra el tiempo, sino que lo examina.

    Finalmente, me sorprendió cómo, sin abandonar una base realista, la narración se permite incursiones en lo inquietante y lo casi onírico, pienso especialmente en el episodio donde realizan una excursión o por la nieve o en unas sesiones espiritistas, que no me parecieron una ruptura, sino una expansión natural del tono. Esa porosidad entre lo racional y lo extraño refuerza la sensación de que el sanatorio es un mundo autónomo, con leyes propias.

    En conjunto, desde mi lectura, el estilo narrativo se sostiene en una combinación muy calculada de ironía, densidad ensayística, precisión descriptiva y experimentación temporal. Los personajes no se definen tanto por lo que hacen como por las ideas y rutinas que los moldean lentamente. Y yo, como lector, tuve la impresión constante de estar ante una novela que piensa mientras se despliega, y que se analiza a sí misma al mismo tiempo que construye a sus criaturas.

    Conclusión

    Como ya he comentado, durante años mantuve una relación interrumpida con La montaña mágica. La primera vez que intenté leerla no logré atravesar más de un centenar de páginas; algo no terminaba de abrirse entre el libro y yo, y decidí dejarlo reposar. Más adelante leí La muerte en Venecia, que me impresionó profundamente y que sigo recomendando sin reservas. Aquella lectura sembró en mí la convicción de que debía regresar a la montaña cuando tuviera la paciencia, y quizá la madurez necesarias. Han pasado años, pero finalmente cumplí esa promesa. Y hoy puedo decir que el reencuentro no solo ha sido satisfactorio, sino que también ha sido revelador.

    Lo primero que afirmo sin titubeos es que esta novela, aun internándose en territorios sombríos, me ha resultado intensamente placentera. Su comicidad no es estridente, sino irónica y penetrante, se trata de una comicidad que convive con la enfermedad, la muerte y la amenaza histórica sin diluirlas. Esa mezcla me ha fascinado, puesto que he sentido que el humor funciona como una lente que no trivializa la gravedad, sino que la vuelve más nítida.

    Hans Castorp ha logrado despertarme una ternura inesperada, ya que es un protagonista que oscila entre la ingenuidad y la rigidez, entre la curiosidad genuina y una alarmante facilidad para dejarse moldear. Lo he visto crecer, sí, pero dentro de una burbuja que deforma el crecimiento mismo. Su enamoramiento de Madame Chauchat, su entusiasmo intelectual ante sus supuestos mentores, su obsesión casi hipocondríaca con el termómetro… todo ello me ha producido una mezcla de afecto y desasosiego. Hay algo inquietante en ese microcosmos donde la teoría desplaza a la acción y donde el progreso tangible parece quedar suspendido en una repetición elegante y mortuoria. Los fallecidos desaparecen con discreción, mientras los vivos continúan con sus reposos y sus banquetes. Esa normalización me pareció, francamente, perturbadora.

    Los extensos discursos ideológicos han sido, debo admitirlo, todo un desafío. En más de un momento sentí que mi paciencia estaba siendo puesta a prueba. Sin embargo, con el paso de las páginas he comprendido que esa incomodidad forma parte de la experiencia que la novela propone. Las ideas no son decorativas, sino que son fuerzas en pugna. Aunque algunas posturas me han resultado claramente anticuadas, especialmente en lo relativo a la mujer, he conseguido apreciar el valor casi documental de esos pasajes. Leer cómo se articulaban tales teorías me ha permitido comprender mejor el clima intelectual que precedió a la catástrofe europea. Cuando la discusión desemboca en violencia, comprendí que Mann no estaba exagerando, sino que estaba mostrando cómo la abstracción puede filtrarse en la realidad hasta incendiarla.

    El desenlace me ha dejado con una melancolía serena. Me despedí de Hans con la impresión de que había habitado una existencia excepcionalmente suspendida, pero no necesariamente plena. Cerré el libro preguntándome qué significa, en verdad, vivir con intensidad: si entregarse a la contemplación protegida o enfrentarse al vértigo del mundo cambiante. Aún no he logrado encontrar una respuesta definitiva, pero sí la certeza de que esta lectura me acompañará durante mucho tiempo.

    Superar esta novela ha sido para mí, una pequeña conquista personal. Lo que una vez abandoné por resistencia hoy lo reconozco como una de las grandes cumbres de la tradición clásica europea. Y esa reconciliación tardía, paradójicamente, ha hecho que la experiencia sea aún más valiosa.

    Thomas Mann

    imagen de thomas mann en la que aparece con rostro reflexivo, apoyando su rostro sobre su mano

    Thomas Mann (1875–1955) fue uno de los grandes novelistas europeos del siglo XX y una figura central de la literatura alemana moderna. Nacido en Lübeck, en el seno de una familia burguesa acomodada, convirtió muy pronto la experiencia de esa clase social en materia literaria. Su primera gran novela, Los Buddenbrook (1901), le otorgó reconocimiento internacional por su retrato minucioso de la decadencia de una familia mercantil, y sentó las bases de su prestigio.

    En 1929 recibió el Premio Nobel de Literatura, concedido principalmente por Los Buddenbrook, aunque ya entonces su obra había alcanzado una dimensión mucho más amplia. Con La montaña mágica (1924) consolidó su reputación como novelista de ideas, capaz de integrar reflexión filosófica, análisis psicológico e ironía en una arquitectura narrativa ambiciosa. Más tarde, en el exilio, escribió Doctor Faustus (1947), una de las interpretaciones literarias más complejas del alma alemana y del surgimiento del nazismo.

    Intelectual comprometido, Mann se opuso públicamente al régimen de Hitler, lo que lo llevó a exiliarse primero en Suiza y después en Estados Unidos. Desde allí se convirtió en una de las voces más influyentes de la emigración alemana antinazi.

    Su legado literario se caracteriza por la combinación de profundidad ensayística, rigor estructural y una ironía constante que examina la cultura europea desde dentro. Hoy es considerado un autor fundamental del canon occidental y una referencia ineludible para comprender la novela intelectual del siglo XX.

    Aviso

    Este artículo contiene enlaces de afiliados. Si realizas un compra a través de ellos, «Voces de Libros» recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti. Esto me ayuda a seguir creando contenido. ¡Gracias por tu apoyo!

    Configurar