

- Título: Moby Dick
- Autor: Herman Melville
- Año de publicación: 1851
- Año de edición: 2024
- Editorial: Independently published
- Páginas: 504
Cómo no leer Moby Dick
Antes de empezar Moby-Dick conviene saber algunas cosas, no porque vayan a facilitar la lectura, sino porque ayudan a desactivar ciertos reflejos adquiridos a fuerza de novelas dóciles, bien educadas, que avanzan sin distraerse y se esfuerzan por no incomodar al lector más de lo estrictamente necesario. Este libro no pertenece a esa estirpe. De hecho, podría decirse que Moby-Dick empieza a funcionar de verdad justo en el momento en que uno acepta que no va a comportarse como espera.
Conviene saber, por ejemplo, que no hay que leerla con prisa, no por una cuestión de respeto al canon ni por temor reverencial a los clásicos, sino porque la novela parece detectar cualquier intento de aceleración y puede responder con una digresión inesperada, un capítulo sobre ballenas que no conduce a ninguna parte aparente, o una reflexión que llega cuando uno estaba mentalmente preparado para arpones y dramatismo. Conviene saber también que no es buena idea buscar desde el principio frases subrayables, esas sentencias redondas que justifican el esfuerzo y permiten decir después que el libro ha merecido la pena, Moby-Dick desconfía de ese tipo de lecturas utilitarias y tiende a esconder sus mejores hallazgos en lugares poco transitados, a menudo cuando ya hemos bajado la guardia.
Otra advertencia útil, es que no hay que impacientarse cuando la novela se detiene, cuando parece olvidarse de sí misma o desviarse con una tranquilidad casi provocadora, ya que Melville no se pierde, se demora. Y esa diferencia, que parece menor, es en realidad fundamental, puesto que la impaciencia es una forma de soberbia lectora, es la creencia de que el libro debería adaptarse a nuestro ritmo, a nuestras expectativas narrativas, a nuestra idea previa de lo que una novela “tiene que ser”. Moby-Dick, en cambio, propone lo contrario, un texto que avanza a su propio paso, que no pide perdón por sus excesos y que no ofrece garantías de recompensa inmediata.
Tampoco conviene leerla esperando una novela de aventuras en sentido estricto, aunque haya viajes, persecuciones y un océano de por medio. Eso sería como acercarse al mar con la intención de contar olas. Cierto que hay aventura, pero no siempre donde uno la busca; hay tensión, pero a menudo desplazada; y hay un conflicto central que, cuando aparece con claridad, ya ha sido rodeado, erosionado y multiplicado por decenas de páginas que parecían no tener relación directa con él. El error no está en la novela, sino en la expectativa.
Por último —y quizá esto sea lo más importante—, conviene aceptar que Moby-Dick no quiere ser dominada, ya que no se deja resumir con facilidad, no se agota en una interpretación, no se pliega del todo a lecturas simbólicas, filosóficas o morales, aunque invite a todas ellas. Es un libro que se resiste, que discute con su lector, que a veces parece llevarle la contraria deliberadamente. Y en esa resistencia, incómoda y fascinante a partes iguales, reside buena parte de su grandeza.
Todo esto no es una guía para leer Moby-Dick. Es, en todo caso, una advertencia, y es que si entras esperando controlar el viaje, probablemente salgas frustrado. Si aceptas perderte un poco, el libro hará el resto.
Sinopsis
Ismael, un joven inquieto, abandona Manhattan en pleno invierno y viaja hasta New Bedford con la intención de enrolarse como novato en una expedición ballenera. Allí, al no encontrar alojamiento, se ve obligado a compartir cama con Queequeg, un arponero polinesio tatuado al que en un primer momento cree caníbal. Lejos de confirmarse sus temores, entre ambos surge una amistad inmediata que continuará cuando se dirijan a Nantucket para buscar embarque.
En Nantucket, Ismael se alista en el Pequod, un ballenero propiedad de los cuáqueros Bildad y Peleg. El capitán del barco, Ahab, aunque no aparece en un primer momento, es descrito como una figura imponente, casi legendaria. Antes de la partida, un hombre llamado Elijah lanza ominosas advertencias sobre el destino del barco, pero a pesar de ello, el Pequod zarpa en un frío día de Navidad, con una tripulación heterogénea.
Ya en alta mar, Ismael describe con detalle la vida a bordo y presenta a los oficiales y arponeros del barco: Starbuck, primer oficial prudente y religioso; Stubb, despreocupado y bromista; Flask, práctico y directo; y los arponeros Queequeg, Tashtego y Daggoo, cada uno con su carácter y su origen. La narración alterna la rutina del viaje con largas digresiones sobre cetología, historia natural y técnica ballenera.
La aparición del capitán Ahab marca un punto de inflexión, ya que será cuando les revele el verdadero propósito del viaje, que no es otro que la persecución de una enorme ballena blanca responsable de haberle arrancado una pierna, sustituida ahora por una prótesis hecha de hueso de ballena. Ahab promete una recompensa al primer hombre que aviste al animal y logra imponer su objetivo personal a la tripulación, pese a las reservas de Starbuck, que recuerda que el viaje es comercial y no una empresa de venganza.
El Pequod recorre el Atlántico, el Índico y el Pacífico, desviándose de las rutas habituales y encadenando encuentros con otros barcos balleneros. Estos encuentros aportan noticias inquietantes, relatos de accidentes y advertencias relacionadas con la ballena blanca. Al mismo tiempo, la tripulación caza ballenas, procesa sus cuerpos y almacena el aceite, mientras Ismael describe minuciosamente cada fase del trabajo y los distintos episodios que van marcando la travesía.
Durante el viaje surgen accidentes, enfermedades y presagios. Algunos miembros de la expedición sufrirán problemas y el barco se verá sacudido por tormentas, tifones y fenómenos que muchos interpretan como señales funestas. Ahab, cada vez más absorto en su propósito, manda forjar un arpón especial, junto a un grupo de seguidores leales encabezados por Fedallah, un personaje envuelto en misterio que trae sombrías profecías.
A medida que el Pequod se adentra en aguas donde la presencia de la ballena blanca parece más cercana, la obsesión de Ahab se intensifica y la tensión a bordo aumenta. Los encuentros con otros barcos dañados por el animal, las advertencias ignoradas y las decisiones cada vez más extremas del capitán conducen al viaje hacia un duro enfrentamiento que se anuncia inevitable.
Estilo
Adentrarse en Moby Dick es aceptar desde el principio que el lenguaje no va a comportarse de forma dócil. A mí, al menos, me ocurrió así, ya que Melville no escribió para acompañar una historia, sino como si la prosa fuera el verdadero océano de la novela, y la trama, los personajes y hasta la ballena tuvieran que aprender a nadar dentro de ella. Su estilo cambia de ritmo constantemente, se expande, se repliega, se vuelve técnico, luego lírico, después irónico, y en ocasiones directamente desbordado, como si la frase necesitara más espacio del que la página puede ofrecerle.
Hay momentos en los que una sola frase basta para detener la lectura. No porque sea oscura, sino porque está cargada de una poesía extraña, de ritmo y sonido, de imágenes que parecen pensadas tanto para ser entendidas como para ser escuchadas. Melville estiró la gramática sin romperla del todo, mientas jugaba con el lenguaje como si tensara una cuerda hasta el límite, alternando una prosa serena con arrebatos de retórica elevada, capítulos de exposición técnica con estallidos casi proféticos, jerga marinera con especulación filosófica y humor soterrado.
Esa densidad —que a veces puede resultar abrumadora— es también uno de los grandes placeres del libro. La prosa es sustanciosa, rica en significado, cargada de observación psicológica y de una imaginación visual constante. Sin duda alguna, Melville no estaba interesado en avanzar deprisa, sino en decirlo todo, o al menos en intentarlo, aunque eso implicara desviarse, acumular capas, insistir, repetir desde otro ángulo. Leerlo exige atención, pero a cambio ofrece una experiencia literaria poco frecuente, la sensación de estar dentro de una mente que piensa mientras escribe, que duda, que se contradice, que se deja llevar.
Personajes
Los personajes de Moby Dick no se desarrollan de forma convencional, y eso es algo que como lector se nota enseguida. Aparecen con fuerza, se perfilan con precisión, y luego pueden desaparecer durante decenas de páginas mientras Melville se entrega a sus digresiones sobre ballenas, mares o ideas. No hay continuidad psicológica al uso, hay presencias que vuelven cuando el libro lo necesita, o cuando el lector las reclama.
Ahab es, sin duda, el centro gravitatorio de la novela, ya que todo parece girar en torno a él, incluso cuando no está en escena. Curiosamente, Moby Dick, la ballena, funciona menos como antagonista real que como proyección mental, puesto que existe sobre todo en la cabeza de Ahab, como idea fija, como imagen absoluta contra la que medirlo todo. Cuando Melville escribe sobre Ahab, el libro alcanza sus momentos más intensos, más eléctricos, más memorables. Ahí la prosa se tensa, la novela parece concentrarse, como si toda la dispersión previa encontrara por fin un punto de combustión.
Y, sin embargo, Ahab no domina el libro tanto como cabría esperar. Su presencia es intermitente, poderosa pero dosificada. Melville no lo convierte en protagonista absoluto, quizá porque el verdadero interés no está solo en él, sino en el espacio que deja, en la manera en que su obsesión contamina a los demás, en cómo su sombra se proyecta sobre la tripulación y sobre el propio relato.
El resto de personajes —Starbuck, Stubb, Flask, Queequeg, Pip— funcionan más como contrastes que como desarrollos completos. No están ahí para evolucionar, sino para reflejar actitudes distintas ante el mando, el miedo, el trabajo o el destino. Algunos, como Queequeg o Pip, adquieren momentos de intensidad inesperada; otros permanecen más esquemáticos, casi funcionales. Melville no parece que estuviera interesado en equilibrarlos, sino en utilizarlos cuando la narración lo requiriera.
En conjunto, Moby Dick no es una novela de personajes en el sentido clásico, sino una novela de fuerzas:, como la voluntad, la obsesión, el miedo, el conocimiento y el azar. Los personajes entran y salen de escena como lo hacen las ballenas en el mar: aparecen, se sumergen, y a veces solo sabemos de ellos por la estela que dejan.
Conclusión
Moby-Dick, a pesar de lo que sugiere su título y de lo que durante años se ha repetido hasta el agotamiento, no trata realmente sobre una ballena o, al menos, no solo. Para mí, es una novela sobre el hombre, sobre la mente humana y sobre el mar como espacio físico y mental donde ambas cosas se enfrentan sin red. Las ballenas, y en especial la ballena blanca, funcionan como una metáfora enorme, violenta y persistente, una superficie contra la que observar cómo los pensamientos, cuando no se gobiernan, pueden volverse obsesión, delirio y finalmente destrucción.
Ismael se hace a la mar para huir de lo que él mismo llama el “noviembre lluvioso” de su mente, y ese gesto inicial me parece clave para entender todo lo que viene después, ya que pasamos gran parte del libro dentro de su cabeza, acompañándolo mientras analiza la fisiología de las ballenas hasta el último hueso, reflexiona sobre su significado filosófico, compara la vastedad del océano con la brevedad y fragilidad de la vida humana, justifica la caza de ballenas como oficio, describe el uso de cuerdas, arpones y aparejos, y, en el proceso, convierte la narración en una mezcla extraña y fascinante de crónica, tratado, confesión y divagación.
Es cierto que hay partes del libro que pueden resultar insoportablemente densas, no creo que negarlo aporte nada. Pero incluso en esos tramos, Melville encuentra maneras creativas de usar el lenguaje, giros inesperados, imágenes poderosas o asociaciones extrañas que obligan a detenerse y pensar. En una época dominada por la gratificación instantánea y la lectura impaciente, Moby Dick avanza a contracorriente, ya que es extensa, verbosa, tangencial, y aun así, o quizá precisamente por eso, logra adentrarse con una profundidad poco habitual en terrenos como la naturaleza humana, la filosofía, la ciencia, la historia o la teología.
La experiencia de lectura que propone es, al menos para mí, excepcional, puesto que no se parece a casi nada de lo que solemos leer hoy. Hay una ambición desmedida en su forma de abarcarlo todo, en su voluntad de conectar una historia concreta con un universo entero. Ese impulso enciclopédico, que intercala la trama de Ismael y Ahab con capítulos sobre ballenas, barcos, jerarquías, comercio, derecho internacional, mitología, arte, alimentación o biología marina, no busca distraer, sino ampliar el campo de visión, situar la historia en un contexto más amplio y recordarnos que ningún relato existe aislado.
Quizá uno de los aspectos que más claramente refleja la identidad de la novela sea el Pequod como microcosmos de la América de sus orígenes, ya que a tripulación está formada por rebeldes, marginados, fugitivos y hombres procedentes de lugares muy distintos, que dejan en suspenso muchos prejuicios porque en el mar todos dependen de todos. La habilidad, el trabajo y la utilidad práctica se convierten en factores de igualdad más poderosos que el origen o la raza. Sin embargo, esa convivencia no es idílica ni plenamente democrática, puesto que persiste un pesimismo evidente respecto al progreso, al sueño americano y a cualquier utopía terrenal.
En el fondo, Moby-Dick también habla de límites. Aunque el mundo esté cartografiado, la oscuridad, el peligro y el terror siguen ahí. La naturaleza no puede ser domesticada, y quien intenta someterla lo hace bajo su propia responsabilidad. La ballena blanca, como símbolo de esa naturaleza indiferente, no actúa por venganza ni por maldad; simplemente es. No tiene cuentas pendientes con Ahab. La destrucción que provoca no es personal, del mismo modo que la naturaleza no distingue entre culpables e inocentes.
Recomendar Moby-Dick implica, por tanto, una advertencia. No es un libro para lectores impacientes ni para quienes buscan una historia que avance sin desviarse. Pero para quien esté dispuesto a perderse, a aceptar la densidad, las digresiones y los cambios de ritmo, la recompensa es enorme. Pocas novelas me han hecho sentir que estaba leyendo algo verdaderamente inagotable, algo que no concluye al cerrar el libro, sino que continúa en nuestro interior mucho después. Por eso, a pesar de sus excesos, o gracias a ellos, Moby-Dick sigue siendo una experiencia literaria difícil de igualar.
Herman Melville

Herman Melville nació en Nueva York en 1819, en el seno de una familia venida a menos tras la ruina económica de su padre. Esa temprana inestabilidad marcó tanto su vida como su obra. Abandonó pronto los estudios formales y, tras desempeñar diversos trabajos, se embarcó como marinero en varios viajes oceánicos que resultarían decisivos para su formación literaria. Sus experiencias en la marina mercante y en la industria ballenera proporcionaron el material vital del que surgirían sus primeras novelas.
En 1851 publicó Moby-Dick, la obra que hoy nos ocupa, considerada su gran logro y una de las novelas fundamentales de la literatura universal. Sin embargo, el libro fue recibido con incomprensión y frialdad por el público y la crítica de su tiempo, lo que marcó el inicio de un prolongado declive en su carrera como novelista. A pesar de su audacia formal, su profundidad filosófica y su originalidad extrema, Melville no volvió a alcanzar el reconocimiento en vida.
En sus últimos años se volcó principalmente en la poesía y en relatos breves, entre los que destaca Bartleby, el escribiente, una de las piezas más influyentes de la narrativa moderna por su estilo sobrio y su exploración del absurdo y la alienación. Murió en 1891 prácticamente olvidado, trabajando como inspector de aduanas en Nueva York.
Fue solo a comienzos del siglo XX cuando su obra fue redescubierta y reevaluada, situando a Herman Melville como una figura central del canon literario estadounidense. Hoy es reconocido por la ambición intelectual de su escritura, su innovación formal y su capacidad para fusionar aventura, filosofía y simbolismo en una obra que sigue desafiando y enriqueciendo a los lectores contemporáneos.
Aviso
Este artículo contiene enlaces de afiliados. Si realizas un compra a través de ellos, «Voces de Libros» recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti. Esto me ayuda a seguir creando contenido. ¡Gracias por tu apoyo!
