

- Título: Ocho millones de maneras de morir
- Autor: Lawrence Block
- Año de publicación: 1982
- Año de edición: 2018
- Editorial: RBA Libros
- Páginas: 352
Una ciudad hastiada, un detective y la culpa
El bar se encuentra en una calle secundaria, una de esas calles que no conducen a ningún sitio importante y que, por eso mismo, resultan esenciales. El rótulo, medio fundido, anuncia un nombre que ya no coincide con el del dueño ni con el recuerdo de quienes entran. Dentro huele a madera vieja, a humedad, a alcohol asentado en las paredes, y a una limpieza cumplida sin convicción. La barra tiene cicatrices visibles, golpes que nadie se molestó en disimular, y el espejo del fondo devuelve reflejos deformados, no por efecto estético, sino por puro cansancio del cristal.
Las mesas son pequeñas, pensadas para no permitir grandes gestos ni conversaciones grandilocuentes, ya que aquí nadie viene a extender los brazos ni a levantar la voz. El camarero sirve preguntando lo necesario, mientras observa lo justo, consciente de que mirar de más implica una responsabilidad sobrante. La luz cae desde arriba con desgana, sin emotividad, dejando zonas en penumbra donde las caras pierden precisión y ganan honestidad.
No es un bar de borrachos alegres ni de derrotados ruidosos, más bien es un bar de gente acostumbrada a sentarse sin esperar nada. Hombres y mujeres que ya no discuten con la vida porque han comprendido que la vida no responde. Bebidas sencillas, servidas sin pompa, tragos que ya no son tan ingenuos como para buscar el olvido, pero sí para sostener el peso de seguir despierto un rato más. Aquí el tiempo no se mata, sino que se soporta con algo más de levedad.
Desde la puerta se intuye la ciudad, ese organismo enorme que continúa respirando sin conciencia de sí mismo. Una ciudad agotada menos por la miseria, y más por el exceso de voluntad mal dirigida. No está muerta por abandono, sino por uso. El ser humano la ha ido vaciando de sentido con la misma obstinación con la que ha vaciado los bosques, los ríos, los cuerpos ajenos. La ha llenado de ruido, de prisa, de ambición elevada a virtud, de odio administrado con pericia, de envidia convertida en motor legítimo.
En esta ciudad, como en todas, se muere de muchas formas. Se muere por querer más de lo que se puede sostener. Se muere por mirar al otro como un obstáculo y no como una presencia. Se muere por cansancio, por resentimiento acumulado, por una violencia que a veces ni siquiera sabe por qué actúa. Se muere por razones grandilocuentes y también por ninguna en absoluto.
Y mientras tanto, el bar permanece, aunque no como salvación ni como refugio moral, sino como un punto fijo desde el que observar el desastre sin retórica. Un lugar donde la conciencia no se eleva, pero tampoco se disuelve del todo. Un espacio modesto para quienes no buscan sentido, sino lucidez suficiente para no engañarse más de la cuenta.
Matthew Scudder, detective protagonista de Ocho millones de maneras de morir, bebería aquí porque la ciudad está muerta, y no lo está por una catástrofe repentina ni por un castigo divino, sino porque el ser humano la ha ido matando con la misma naturalidad con la que mata la naturaleza y a sus iguales: por ambición, por odio, por envidia, por inercia, por una idea equivocada de triunfo, y, en demasiadas ocasiones, simplemente porque sí.
Ocho millones de maneras de morir
Empiezo esta reseña en un bar porque fue ahí donde entendí el libro. No en una página concreta ni en una frase brillante, sino en ese estado mental que la novela va construyendo poco a poco, cuando la ciudad deja de ser un escenario y empieza a parecerse demasiado a un organismo cansado, y uno comprende que lo que se va a contar no necesita alardes para hacer daño. Ocho millones de maneras de morir no entra a empujones, sino que se infiltra.
La novela fue publicada en 1982 y es la quinta entrega de la serie de Matthew Scudder, aunque lo digo casi como un dato administrativo, porque nada en su lectura exige antecedentes ni fidelidades previas. Yo llegué a ella sin haber leído antes a Lawrence Block y sin expectativas concretas, y quizá por eso el golpe fue más limpio, ya que no encontré una pieza de engranaje dentro de una saga, sino un libro con entidad propia, con una voz que no parece escrita para complacer ni para cumplir con el género.
Hay una historia que avanza, sí, pero lo que me retuvo no fue la curiosidad por el desenlace, sino la forma en que Block se detiene en lo que normalmente se pasa por alto. La novela observa y piensa al mismo tiempo, y en esa doble mirada va apareciendo algo incómodo, una sensación persistente de reconocimiento que no siempre apetece asumir.
Por eso este inicio no es un rodeo ni un adorno, sino que es la antesala natural de un libro que no se lee con prisa ni con distancia, y que tampoco se presta a resúmenes apresurados. A partir de aquí, entrar en la novela significa aceptar sus reglas y dejar que haga su trabajo.
Estilo
En este punto creo que debo comenzar destacando uno de los puntos fuertes de la novela, la forma en que hablan sus personajes. Hay diálogos secos, afilados, a ratos ácidos, e incluso con cierto humor crítico. Lawrence Block entiendió que una conversación bien escrita puede decir más de un personaje que páginas enteras de historia de fondo, y aquí lo demuestró con una naturalidad pasmosa. Cada voz tiene su ritmo, su forma de esquivar o de atacar, su manera particular de colocarse frente al mundo. No hace falta que nadie se explique demasiado, simplemente basta con escuchar cómo habla.
El libro está lleno de diálogos, y ese es uno de sus grandes aciertos. Block no se recreó en largas explicaciones ni en antecedentes innecesarios, sino que dejó que los personajes se revelen a través de lo que dicen y, sobre todo, de lo que evitan decir. Las perspectivas, las actitudes, incluso la inteligencia o la mezquindad de cada uno, emergen en la conversación con una inusitada y particular claridas. En más de una ocasión pensé que sabía hacia dónde iba una escena, qué respuesta iba a dar un personaje o qué giro se avecinaba, y Block hizo exactamente lo contrario, desmontando mis expectativas con una lógica interna impecable.
La narración en primera persona resulta fundamental para que todo esto funcion, ya que estar dentro de la cabeza de Matthew Scudder no significa asistir a grandes discursos interiores, sino convivir con una conciencia cansada, honesta a su manera, que observa la ciudad y a sus habitantes sin idealizarlos. Esa voz permite explorar sus dilemas, su relación con el alcohol, su culpa y su necesidad de seguir adelante sin convertirlo en un héroe ni en una víctima ejemplar. Scudder vive al límite, pero no en el sentido espectacular del término, sino en ese límite más silencioso donde cada día se sostiene por pura inercia.
El estilo de Block es directo, realista, sin adornos superfluos, con una prosa dura, concisa, profundamente ligada a la tradición del hardboiled, pero ya asentada en una madurez que desplaza el foco de la acción hacia la psicología y el desgaste emocional. No estamos ante una novela de carreras, persecuciones y clímax constantes, sino ante un relato que avanza con paso firme, deteniéndose cuando es necesario para mirar alrededor y dejar que el entorno pese sobre los personajes.
Nueva York no es solo un escenario, es una presencia constante, casi un personaje más, una ciudad violenta, paranoica, en decadencia, donde la criminalidad forma parte del paisaje cotidiano y donde cada mañana los periódicos recuerdan que hay tantas formas de morir como habitantes. Esa mirada sobre la ciudad amplía el alcance del relato y permite que la novela trate de algo más que de un crimen concreto. Trata de un tiempo, de un lugar, de una forma de vivir y de sobrevivir dentro de un sistema que desgasta.
Los personajes secundarios, muchos de ellos perdedores, inadaptados o figuras moralmente ambiguas, refuerzan esa sensación de realismo. No están ahí para adornar la trama, sino para completar un mosaico humano coherente con el mundo que se describe. Block los utiliza para explorar la psicología humana sin subrayados ni lecciones explícitas, confiando en la inteligencia del lector y en la fuerza de la observación.
En conjunto, Ocho millones de maneras de morir se sostiene menos por lo que ocurre que por cómo se mira lo que ocurre. Y en esa mirada —áspera, lúcida, sin consuelo fácil— reside gran parte de la potencia del libro.
Conclusión
Mi relación como lector suele inclinarse hacia novelas más elaboradas en lo formal, más densas en lo literario, libros que se toman su tiempo para construir capas y que exigen una implicación distinta. No suelo moverme de manera habitual en los márgenes más clásicos del género negro, y quizá por eso esta lectura ha sido una sorpresa tan clara. Ocho millones de maneras de morir no juega en el terreno que frecuento, y aun así ha conseguido llegarme con una fuerza que no esperaba.
Lo que más me ha convencido no ha sido el caso en sí, ni siquiera el suspense, sino la forma en que la novela entiende al ser humano. Aquí no hay personajes diseñados para caer bien ni para funcionar como arquetipos cómodos, ya que Block perfiló a sus figuras desde sus heridas, desde sus contradicciones y desde todo aquello que solemos esconder o justificar. Hay egoísmo, cobardía, deseo, culpa, necesidad de afecto y una enorme dificultad para hacer lo correcto incluso cuando se sabe qué sería lo correcto.
Precisamente porque no responde a lo que suelo buscar de entrada en una novela, es por lo que la recomiendo con tanta convicción. Hay libros que nos confirman en nuestros gustos y otros que los ponen en cuestión. Este pertenece al segundo grupo. Me ha recordado que salir de la zona de confort lector puede ser una forma muy eficaz de reencontrarse con el placer de leer sin prejuicios, dejando que una historia, aunque venga de otro lugar, haga su trabajo.
Lawrence Block

Lawrence Block (Buffalo, Nueva York, 1938) es uno de los grandes nombres de la novela negra estadounidense del siglo XX y comienzos del XXI. Autor prolífico y versátil, ha publicado más de un centenar de libros a lo largo de su carrera, consolidándose como una referencia fundamental del género hardboiled y del policial contemporáneo.
Es especialmente conocido por varias series protagonizadas por detectives y antihéroes memorables, entre ellas la de Matthew Scudder, iniciada en los años setenta y considerada una de las más profundas y consistentes del género, tanto por su evolución psicológica como por su retrato de la ciudad de Nueva York. A esta se suman otras series muy reconocidas, como las de Bernie Rhodenbarr y Evan Tanner.
A lo largo de su trayectoria ha recibido los principales galardones del género, incluidos el Edgar Award, el Shamus Award y el Grand Master Award otorgado por la Mystery Writers of America, reconocimiento reservado a autores con una contribución excepcional y duradera a la literatura criminal.
