

- Título: Oxígeno
- Autora: Marta Jiménez Serrano
- Año de publicación: 2026
- Editorial: Alfaguara
- Páginas: 160
Palabra de caldera
Yo estaba ahí antes que ellos. Antes que la escritora, antes que su novio, también escritor, y que el gato de ambos, que aprendió a dormirse confiando en un calor que yo producía sin saber para quién. Yo estaba instalada, fija, legalmente invisible, cumpliendo esa función humilde que nadie agradece y que solo se recuerda cuando falla, la de calentar el agua, dar calor y crear esa ilusión mínima de hogar que hace creer que una casa alquilada puede parecerse, aunque sea un poco, a un lugar seguro.
No era nueva. Tampoco era inocente. Un año antes alguien había escrito sobre mí en un informe: Pequeñas pérdidas. Debería repararse. Nada urgente, ni nada dramático, ni nada que obligara a detener el engranaje perfecto del alquiler, ese mecanismo en el que lo importante no es que las cosas funcionen bien, sino que funcionen lo justo para que nadie reclame demasiado. Revisarme costaba dinero. Repararme implicaba reconocer que algo no estaba bien. Y en el mercado de la vivienda reconocer algo así siempre llega tarde, porque el negocio no entiende de matices, sino que entiende de llaves entregadas, de contratos firmados, y de personas que entran en casas que no han elegido del todo.
Yo seguí funcionando. Eso es lo que hacemos las calderas cuando nadie nos cuida. Seguimos aunque algo falle por dentro, aunque perdamos un poco de lo que no debería perderse, aunque el aire empiece a cargarse de una amenaza tan silenciosa que puede acabar siendo mortal. Seguí funcionando mientras ellos vivían, escribían, se querían, discutían, y pensaban que esa casa era un paréntesis aceptable, una estación provisional en una vida que, como casi todas, se sostiene sobre acuerdos frágiles y confianzas delegadas.
Ellos confiaron. Confiaron en la dueña del piso, que no vivía allí. Confiaron en el papel firmado. Confiaron en que alguien, en algún momento, había hecho bien su trabajo. Confiaron, incluso, en mí. Y yo no estaba diseñada para merecer confianza, simplemente, estaba diseñada para obedecer.
A veces se habla de los accidentes como si fueran irrupciones del azar, como si la desgracia cayera del cielo sin avisar, pero yo sé —porque soy parte del sistema— que casi nunca es así. Lo que ocurrió en Oxígeno no fue un fallo repentino, sino una suma paciente de descuidos, una cadena de decisiones aplazadas, una manera muy contemporánea de entender la vivienda: lo mínimo indispensable, lo justo para que otro viva sin molestar, lo suficiente para que nada explote… todavía.
Yo no quise matar a nadie. No tengo voluntad, ni intención, ni ética. Pero formo parte de un engranaje que sí las tiene, aunque prefiera no ejercerlas. Soy la consecuencia material de una idea abstracta, que habitar es un privilegio, no un derecho, que cuidar cuesta, que revisar puede esperar, que mientras no pase nada, todo está bien. Hasta que no lo está.
Ellos hacían sus cosas, y respiraban. Yo seguía funcionando. Y el aire —ese elemento al que nadie presta atención hasta que falta— empezó a volverse otra cosa. Sin ruido, sin una señal, sin ningún tipo de alarma. Solo una casa haciendo lo que tantas casas hacen hoy, que no es otra cosa que fallar por dentro sin que nadie se haga responsable.
Si me escuchas hablar ahora no es para pedir perdón. Es para recordarte que no soy una excepción, que hay miles como yo en pisos alquilados, en contratos apresurados, en hogares prestados. Que lo raro no es lo que pasó, sino que no pase más veces. Que mientras la vivienda siga tratándose como mercancía y no como espacio vital, siempre habrá una caldera funcionando un poco mal en algún rincón, esperando que alguien decida, por fin, que vivir no debería ser un acto de fe.
Oxígeno
Oxígeno parte de un hecho muy concreto, una intoxicación por monóxido de carbono provocada por una caldera defectuosa en una vivienda alquilada. Un accidente doméstico, silencioso, casi invisible, que transforma de golpe el cuerpo, la casa y la idea misma de seguridad. Todo ocurre ahí, en el interior de un piso que debía ser un lugar neutro, funcional, habitable.
Quizá por eso, al terminar el libro, tuve la sensación de que faltaba una voz. No la de la autora, ni la de quienes la rodean, sino la de ese objeto imprescindible y mudo que lo desencadena todo. La caldera. Así que, para empezar esta reseña, decidí asumir el papel de reportero imaginario, doméstico y ligeramente metafísico, y sentarme a escuchar a un artefacto que nunca pidió ser protagonista, pero que terminó siéndolo.
Dicho esto, toca volver al libro y a quien lo escribe. Oxígeno es el cuarto libro publicado por Marta Jiménez Serrano, una autora cuyo nombre llevaba tiempo apareciendo, con demasiada insistencia como para ignorarlo, en críticas, conversaciones y lecturas ajenas en las que suelo detenerme. Era cuestión de tiempo que acabara llegando a ella. Tras hacerlo, tengo claro que no será la última vez que me acerque a su obra. Y ahora sí, a partir de aquí comienza la reseña propiamente dicha.
Sinopsis
Oxígeno parte de un hecho real y concreto, una intoxicación por monóxido de carbono provocada por una caldera defectuosa en un piso de alquiler, que deja a la autora inconsciente y sitúa a su pareja al borde del colapso. A partir de ese accidente doméstico, silencioso y casi invisible, la narración se abre en varias direcciones y convierte la experiencia cercana a la muerte en un eje desde el que repensar el cuerpo, la memoria y la vida cotidiana.
La novela reconstruye paso a paso lo ocurrido aquel día, las primeras sensaciones físicas, el mareo, la confusión, la caída, mientras intercala explicaciones médicas sobre la intoxicación, datos objetivos sobre el monóxido de carbono y reflexiones sobre la llamada “muerte dulce”. Pero Oxígeno no se limita al relato del accidente, sino que la conciencia intermitente de la protagonista da paso a una escritura fragmentaria que salta con naturalidad entre el presente del hospital, la investigación posterior de lo sucedido y distintos momentos del pasado.
En ese movimiento aparecen la infancia, los abuelos, los primeros contactos con la muerte a través de los accidentes de su madre, los inicios de la relación con Juan, las dificultades para escribir y publicar, y, de forma constante, la problemática de la vivienda, compuesta por las mudanzas encadenadas, los alquileres precarios, los precios desorbitados, las exigencias abusivas y la negligencia normalizada de quienes alquilan pisos sin asumir responsabilidades. El accidente no se presenta como una fatalidad aislada, sino como el resultado de una suma de descuidos y decisiones aplazadas que forman parte de un sistema.
La narración avanza mediante capítulos breves, testimonios y conversaciones —con personal sanitario, técnicos, psicólogos y con el propio Juan— que ayudan a recomponer lo que la autora no recuerda y a pensar cómo escribir sobre aquello que ocurrió, en parte, fuera de la conciencia. A lo largo del libro se alternan la recuperación física y emocional, el intento fallido de depurar responsabilidades legales y una reflexión constante sobre la fragilidad, la suerte y la persistencia de la vida después del accidente.
Sin cerrar del todo las heridas ni ofrecer conclusiones tranquilizadoras, Oxígeno se construye como un relato de supervivencia íntimo y lúcido, en el que lo doméstico, lo político y lo existencial se entrelazan para mostrar cómo un suceso mínimo puede reordenarlo todo y dejar una pregunta abierta, la de qué significa seguir viviendo después de haber estado tan cerca de dejar de hacerlo.
Estilo
Desde el punto de vista del estilo, Oxígeno me ha parecido un libro especialmente logrado, ya que no estamos ante una ficción, sino ante un relato muy personal, y eso condiciona por completo la escritura, ya que no hay voluntad de deslumbrar, sino una prosa que busca comprender, ordenar y decir lo vivido con la mayor honestidad posible. Y lo consigue.
Me ha gustado mucho la forma en que Marta Jiménez Serrano articula el relato a partir de fragmentos, saltando con naturalidad entre tiempos, recuerdos, reflexiones y datos objetivos, sin perder nunca el hilo ni el pulso narrativo. Es una escritura que avanza por asociaciones, por aproximaciones sucesivas, y que consigue hilar materiales muy distintos, como la infancia, el amor, el miedo, la vivienda, el cuerpo o la escritura, sin que nada suene forzado ni accesorio. Todo encaja porque todo responde a una misma necesidad de sentido.
Su estilo me ha parecido hondo y elegante, pero también muy ingenioso, puesto que reflexiona con profundidad sin ponerse grave, es crítica cuando hace falta y contenida cuando el tema exige silencio. Hay una atención constante al detalle, a lo pequeño, a lo cotidiano, y desde ahí se construye una mirada amplia, existencial, que no necesita subrayados. La prosa es sobria y precisa, más cercana al testimonio que al lirismo, y gana especialmente cuando se detiene en escenas íntimas.
En conjunto, me he encontrado con una voz muy consciente de lo que hace, capaz de hablar de temas universales desde un lugar muy cercano, incluso incómodo a veces, pero siempre honesto. Es una prosa que no se pierde en arabescos, que no busca la frase bonita por la frase bonita, y que, precisamente por eso, resulta tan bella, tan reflexiva y tan eficaz.
Conclusión
Desde mi punto de vista, Oxígeno es una novela necesaria, y lo es precisamente porque parte de una experiencia íntima, casi doméstica, pero no se queda ahí, sino que se abre hacia problemas estructurales que seguimos arrastrando como sociedad y que rara vez se miran de frente con esta claridad. Que el punto de partida sea una vivencia traumática real no convierte el libro en algo ensimismado o autorreferencial, más bien al contrario, ya que funciona como un detonante para hablar de lo que nos atraviesa a muchos, cómo el miedo, la fragilidad del cuerpo, la ansiedad posterior al trauma y, muy especialmente, la indefensión cotidiana en la que vivimos.
Me ha resultado muy potente cómo la novela va desplazando el foco desde el suceso en sí hacia todo lo que se mueve alrededor, hasta el punto de que lo ocurrido importa menos que sus consecuencias, que ese después largo, confuso y lleno de momentos fastidiosos que nadie suele contar. En ese sentido, el libro me parece muy honesto al mostrar no solo el impacto emocional del trauma, sino también la incomprensión del entorno, la dificultad para volver a una supuesta normalidad y esa sensación persistente de no encajar del todo en un mundo que sigue funcionando como si nada.
Y luego está la cuestión de la vivienda, que aquí no aparece como un tema accesorio ni como un guiño social, sino como un problema central, real, reconocible, que da miedo precisamente porque es cotidiano. La figura de la casera, su irresponsabilidad, su reacción posterior y esa manera tan española de escudarse en el “no haber hecho nada” cuando no hacer nada es, en realidad, una forma de negligencia, me han parecido de lo más acertado del libro. Ahí la novela gana una dimensión claramente política, sin discursos ni consignas, mostrando la absoluta vulnerabilidad del inquilino medio frente al casero-sátrapa urbano, esa figura tan común en las grandes ciudades, y lo hace con una mezcla muy eficaz de lucidez, ironía amarga y rencor legítimo, que se lee, no lo voy a negar, con cierta delectación.
También me ha convencido mucho que el texto no busque un cierre ejemplar. Hay una especie de vendetta dulce, contenida, nada grandilocuente, que no pretende justicia universal, sino dejar constancia de lo ocurrido, señalar responsabilidades y no conceder una clemencia que no corresponde. Eso, para mí, refuerza la sensación de verdad del libro.
Al final, lo que más me ha quedado es esa idea constante de amor y de cuidado que atraviesa toda la novela, incluso en los momentos más duros, y esa reflexión sobre el hogar como algo inestable, provisional, que no siempre coincide con un espacio físico, sino con lo que uno arrastra consigo, con la memoria, con la experiencia, con el otro. Puede que haya lectores a los que Oxígeno les parezca menor o demasiado cercano, pero a mí me ha funcionado precisamente por eso, porque habla de cosas enormes desde un lugar pequeño, vulnerable y reconocible, y porque consigue que salgas del libro pensando no solo en la muerte o en el miedo, sino en lo difícil que a veces resulta, simplemente, vivir.
NOTA: 4,2/5
Marta Jiménez Serrano

Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) es una de las voces más interesantes de la literatura española reciente. Formada en Filología Hispánica y Estudios Literarios, debutó en poesía con La edad ligera, accésit del Premio Adonáis, y dio el salto a la narrativa con la novela Los nombres propios, recibida con entusiasmo por la crítica y finalista de un premio internacional. Posteriormente publicó No todo el mundo, un libro de relatos galardonado con el Premio Nollegiu y señalado como uno de los títulos del año por distintos medios culturales. Además de su obra literaria, colabora habitualmente en prensa, dirige espacios dedicados a la literatura y combina la escritura con la docencia y la divulgación cultural. Su último libro, Oxígeno, confirma una trayectoria marcada por la mirada íntima, la lucidez y el compromiso con lo real.
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