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Reseña de El lugar de la herida de Laura Baeza

19/01/2026
portada de la novela de Laura Baeza, en la que sobre un fondo amarillo y rojo, aparece el rostro de una mujer con los ojos vidriosos.
portada de la novela de Laura Baeza, en la que sobre un fondo amarillo y rojo, aparece el rostro de una mujer con los ojos vidriosos.
  • Título: El lugar de la heria
  • Autora: Laura Baeza
  • Año de publicación: 2025
  • Editorial: Alfaguara
  • Páginas: 224
Índice

    Una conversación pendiente desde el más allá

    El más allá no tenía misterio, y esa era su primera decepción. No había penumbra sagrada, ni arquitectura simbólica, ni una lógica moral que permitiera orientarse. Era un espacio continuo, homogéneo, sin relieve ni jerarquías, donde todo estaba iluminado de un modo uniforme que no favorecía a nadie. No existían puertas ni límites visibles, pero tampoco la sensación de apertura. Era un lugar que ni oprimía ni liberaba. Simplemente estaba.

    Las almas lo atravesaban sin desplazarse, sin tan siquiera caminar, ni flotar. Permanecían en una especie de tránsito permanente, suspendidas en un estado que no exigía esfuerzo ni lo recompensaba. Muchas parecían desorientadas, aunque esa desorientación no generaba angustia. Otras daban la impresión de haber aceptado rápidamente que no había nada que entender. El más allá no castigaba la ignorancia ni premiaba la curiosidad. Ambas actitudes resultaban igualmente irrelevantes.

    No existía el tiempo, pero persistía la conciencia del antes. No existía el cuerpo, pero se conservaba la memoria de haberlo tenido. Esa contradicción estructural era lo único verdaderamente activo en aquel lugar. Todo lo demás funcionaba con una eficiencia mediocre, sin errores visibles y sin grandeza.

    Juan Rulfo llevaba allí suficiente tiempo para haber perdido la expectativa. No sabría decir cuánto. El más allá no ofrecíaherramientas para medir la duración, y pronto comprendió que insistir en hacerlo era una forma de nostalgia mal disimulada. Observaba el espacio con atención tranquila, no por interés, sino por hábito. Siempre había sido más atento que curioso.

    Percibió una alteración leve en la continuidad del lugar, aunque no se trataba de un cambio visual, sino una modificación en la densidad de la presencia. Supo que alguien había llegado antes de identificar quién. Esa certeza antecedió a cualquier rasgo reconocible.

    —Pensé que no aparecerías nunca —dijo, sin levantar la voz, sin dirigirla a ningún punto concreto.

    La respuesta no llegó de inmediato. En el más allá, las respuestas no se producían por reflejo, sino por decisión.

    —He tardado porque aquí todo tarda —contestó Carlos Fuentes—. Y porque hay demasiados muertos.

    Rulfo aceptó la frase sin ironía.

    —Siempre los hubo. La diferencia es que ahora estorban.

    No se veían con claridad y no tenían forma definida. Aun así, el reconocimiento fue inmediato, no necesitaron ni rostro ni nombre.

    —Tenía ganas de verte —dijo Fuentes—. Imaginé este encuentro durante años. No se parece en nada a lo que pensé.

    —Eso lo vuelve más honesto —respondió Rulfo.

    Fuentes examinó el espacio, si es que examinar era la palabra adecuada. No había nada que observar y, sin embargo, todo estaba expuesto.

    —Pues este es es el más allá, compadre —dijo—. Ni juicio, ni revelación, ni explicación tardía.

    —La explicación siempre fue una cortesía excesiva —replicó Rulfo—. Aquí no se practica.

    —Resulta ofensivo —continuó Fuentes—. Toda una vida de preguntas para terminar en un sitio que no responde ninguna.

    —Tal vez la respuesta era darse cuenta de que las preguntas no tenían importancia —dijo Rulfo.

    —Dime una cosa —preguntó Fuentes—. Ahora que estamos aquí… ¿qué es lo que más te ha sorprendido?

    Rulfo demoró la respuesta, aunque no por cautela, sino porque incluso responder exigía una adaptación. Allí, pensar no era una actividad separada de existir. Pensar era existir.

    —Encontrar a todos —dijo—. Y no poder encontrarlos.

    Fuentes captó la idea de inmediato.

    —Sí —dijo—. Esa multitud sin roce, esa cercanía sin contacto. Reconoces a alguien y ya está. No hay saludo, ni transición.

    —No hay presentación —añadió Rulfo—. Sabes quién es y eso agota el proceso.

    —He hablado con muchos —dijo Fuentes—. O algo parecido. No siempre quiero, a veces ocurre sin decisión. Otras, no ocurre aunque lo intente.

    —Aquí la voluntad funciona mal —observó Rulfo—, ya que no organiza nada.

    Fuentes dejó caer una ironía seca.

    —Toda la vida defendiendo la conciencia y resulta que en el más allá estorba.

    —No estorba —corrigió Rulfo—. Sobra.

    Ambos aceptaron la frase con una gravedad ligera.

    —Lo curioso —continuó Fuentes— es que el lugar no se deja nombrar. No es un espacio. Tampoco un estado. No se entra ni se sale.

    —No es un sitio —dijo Rulfo—. Es una condición sin contorno.

    —Y aun así —añadió Fuentes— todos estamos aquí.

    —Ese es el problema —respondió Rulfo—. La ausencia de afuera.

    Fuentes insistió:

    —Y el lenguaje, también me desconcierta. No hablamos, pero nos entendemos, no formulamos frases completas, pero el sentido llega entero.

    —La palabra ya no se gasta —dijo Rulfo—. No hay malentendidos. Eso la vuelve inútil.

    —Siempre pensé que escribir era intentar decir lo que no se podía decir —continuó Fuentes—. Aquí todo se dice solo.

    —Y por eso no se escribe —concluyó Rulfo.

    Permanecieron en esa constatación, sin pausa ni duración. Allí, detenerse no producía diferencia alguna.

    —Pero hay algo más —dijo Fuentes—. Algo que no encaja.

    Rulfo no preguntó. Sabía de qué se trataba.

    —La cultura —dijo—. Que siga llegando.

    Fuentes confirmó.

    —Libros, sobre todo. No aparecen, sino que se imponen.

    —Es algo muy cuerioso, no los buscamos —añadió Rulfo—. Pensamos en ellos y ya están completos. Los antiguos, los olvidados, los que nunca leímos. También los nuevos.

    —Exacto —dijo Fuentes—, los conocemos sin haberlos deseado.

    —No hay lectura —precisó Rulfo—. Tampoco proceso, es como si el libro se instalara entero en nuestra conciencia.

    —Sin páginas —añadió Fuentes—, sin ritmo, sin resistencia.

    —Eso anula la experiencia —dijo Rulfo—. Solo queda el contenido.

    —Y el contenido sin experiencia —continuó Fuentes— es información desnuda.

    Ambos comprendieron entonces que aquel acceso absoluto no era un privilegio, sino una amputación elegante. La literatura seguía viva, múltiple, incesante. Y ellos, por primera vez, no podían ejercer su oficio.

    —Este lugar —dijo Fuentes—ni castiga ni salva.

    —Desactiva —respondió Rulfo.

    Y aun así, permanecieron, pensando, hablando sin hablar, viendo sin ver. Aferrados a esa última costumbre humana, la de discutir incluso aquello que ya no puede cambiarse.

    —Dime algo, Juan —dijo Fuentes tras un intervalo que no podía medirse—. ¿Cuál ha sido el último libro que se te ha impuesto aquí y que, aun así, merezca la pena?

    Rulfo no respondió enseguida. No porque dudara, sino porque seleccionar un libro entre todos implicaba un gesto casi humano, una preferencia, un resto de voluntad que este lugar toleraba mal.

    La península de las casas vacías, de David Uclés—dijo al fin—. Ya sabes, Carlos. A mí todo eso del realismo mágico siempre me ha tirado. La imaginación que no huye del mundo, sino que lo deforma para hacerlo visible.

    Fuentes recibió la referencia con una aceptación tranquila.

    —Lo conozco —dijo—. Me gustó. Me sigue gustando. Tiene algo que aquí escasea, una relación honesta con la memoria.

    Rulfo no añadió nada. Sabía que la conversación no se detendría ahí.

    —Pero a mí —continuó Fuentes— me ha impactado más otra cosa. Algo menos dado a la metáfora y más a la herida profunda. El realismo real, si es que eso existe. El que no embellece ni protege. El que se fija en quienes no han podido vivir su vida porque otros decidieron que no merecían hacerlo.

    Rulfo entendió antes de oír el título.

    El lugar de la herida —dijo Fuentes—. De Laura Baeza.

    La frase quedó suspendida, más por solemnidad, que por peso.

    —No ha sido un libro fácil de recibir —continuó—. Aquí llegan todos enteros, ya lo sabes. Pero este no se deja neutralizar. Se instala y no se acomoda. Habla de la trata de mujeres, de las víctimas y de las familias que quedan atrapadas en un daño que no se cierra. Y habla, además, de México. De esa normalización obscena de la violencia que se disfraza de estadística, de costumbre, de problema estructural que siempre se pospone.

    Rulfo permaneció atento.

    —Lo más perturbador —añadió Fuentes— es que uno llega aquí pensando que lo peor ya pasó. Que la muerte concede algún tipo de distancia. Y resulta que no. Piensas mucho en lo que ocurrió en la Tierra. En lo que no se corrigió. En lo que se toleró demasiado tiempo. Y la trata no es una anomalía. Es un sistema. En México, en tantos lugares del mundo. Un engranaje que funciona porque demasiados aceptaron mirar hacia otro lado.

    —Aquí —dijo Rulfo— no hay justicia retrospectiva.

    —No —respondió Fuentes—. Solo conciencia sin posibilidad de huir.

    Guardaron silencio. No uno respetuoso, sino inevitable.

    —Tal vez por eso este libro resulta incomodo incluso aquí —concluyó Fuentes—. Porque recuerda que hubo vidas a las que no se les permitió ni siquiera llegar a esta decepción ordenada que llamamos más allá.

    El lugar no reaccionó. Nunca lo hacía.

    Y así permanecieron. Donde nada exigía ser pensado, ellos seguían pensando, donde todo estaba dado, insistían en desconfiar. Era lo único que habían traído consigo y lo único que el más allá, con toda su neutralidad impecable, no había logrado volver irrelevante.

    El lugar de la herida

    Llegados a este punto conviene hacer una aclaración, no vaya a ser que alguien esté ya buscando la salida de emergencia de la reseña. Ni he muerto, ni tengo línea directa con el más allá, ni Juan Rulfo y Carlos Fuentes me dictan textos por la noche. Pensé en presentar El lugar de la herida como se presentan casi todos los libros, con una sinopsis correcta, un par de adjetivos bien peinados y alguna cita subrayada. Pero algo no encajaba, ya que este no es un libro que admita una entrada limpia.

    Así que viajé, con más imaginación que rigor metafísico, hasta dar con Rulfo y Fuentes. No los he traído para que presenten nada ni para que hagan de padrinos ilustres. Bastante trabajo hicieron ya en vida, sino que los he llamado porque ayudan a colocar las cosas en su sitio, la violencia como estructura, el dolor como paisaje y la literatura como una forma de no mirar hacia otro lado sin ponerse heroico.

    Que sean ellos quienes introduzcan El lugar de la herida no es un homenaje ni un truco. Es una advertencia, ya que esta novela de Laura Baeza no viene para hacerte pasar el rato, ni a emocionar con cuidado, ni a ofrecer consuelos narrativos. Viene a hacer visible lo que se prefiere mantener en penumbra. A hablar de la trata de mujeres, de las víctimas y de las familias atrapadas en un daño que no se cierra, en un país donde la violencia lleva demasiado tiempo funcionando con puntualidad administrativa.

    Así que ya podemos dejar el más allá tranquilo y volver a este mundo, que bastante material ofrece. Porque El lugar de la herida no necesita fantasmas para asustar. Le basta con la realidad.

    Sinopsis

    El lugar de la herida articula su relato a través de dos voces que avanzan en paralelo y, poco a poco, se aproximan hasta tocarse en el punto más doloroso. Por un lado, Lucero, una adolescente marcada por la repetición escolar, un hogar fracturado y una temprana necesidad de aprender a cerrar los ojos para sobrevivir. Por otro, Dolores, maestra de primaria y madre de Nancy, una joven aplicada y responsable cuya desaparición abrirá una grieta irreversible en su vida.

    Lucero narra desde la adolescencia temprana. Tiene dieciséis años y una sensación constante de desajuste, por lo que le sucede en casa, donde las discusiones de sus padres y la prostitución de su madre construyen un entorno hostil; en la escuela, donde arrastra el estigma de haber repetido curso; y en el parque, espacio de fuga donde se inicia en el alcohol y se enamora de Beto, un motero mayor que ella, seductor y violento, cuya atención se convierte en una forma precaria de refugio. Lucero sueña con ser diseñadora, estudia corte y confección y encuentra en Nancy, una nueva compañera, una amistad que pronto se verá atravesada por los celos, el deseo y una amenaza latente.

    La llegada de Nancy altera el frágil equilibrio. Beto se fija en ella, la desplaza, la utiliza. Lucero se entrega a él más por miedo a perderlo que por deseo, en experiencias marcadas por la incomodidad y la falta de afecto. Cuando Lucero decide irse a vivir con Beto, mintiendo a su madre y rompiendo los últimos vínculos de protección, el relato cruza definitivamente un umbral.

    En paralelo, la voz de Dolores reconstruye la vida de su hija desde el recuerdo,su embarazo, el traslado a Tlaxcala, la infancia de Nancy, su disciplina escolar, su carácter responsable. Tras la desaparición de la joven, comienza una búsqueda desesperada marcada por la pasividad institucional, la burocracia policial, las falsas pistas y el desgaste emocional. Dolores y su marido empapelan la ciudad con carteles, reciben llamadas engañosas, mensajes escritos desde el móvil de Nancy que no reconocen como suyos y se enfrentan a un sistema que parece diseñado para diluir el dolor ajeno.

    La narración de Lucero desciende entonces al encierro. Traicionada y utilizada, es recluida junto a otras jóvenes en un espacio de explotación donde el hambre, el miedo y la confusión forman parte del castigo cotidiano. Allí conoce a Nadia, que le revela el funcionamiento del lugar, la red de hombres implicados y el destino de las chicas. Llegan nuevas víctimas, cada vez más jóvenes, rebautizadas con nombres que las despojan de identidad. Nancy reaparece en ese espacio, embarazada, transformada, y la ambigüedad de su comportamiento obliga a Lucero a enfrentarse a su propia culpa y a su incapacidad para comprender del todo el horror que las rodea.

    Mientras tanto, Dolores continúa una búsqueda que se convierte en una forma de resistencia. Vuelve a trabajar sin fuerzas, vive con culpa constante, sospecha, investiga por su cuenta, choca una y otra vez con la indiferencia policial. La posibilidad de que su hija haya sido secuestrada para la trata comienza a tomar forma, aunque nadie se atreva a confirmarlo. Las llamadas pidiendo dinero, las noticias sobre detenciones parciales, las esperanzas truncadas, todo va construyendo un retrato devastador de la desprotección de las familias y de la normalización de la violencia estructural.

    Estilo

    La escritura de Laura Baeza me ha convencido desde el inicio por su claridad y por ese oído fino que sabe captar el lenguaje cotidiano sin convertirlo en algo plano o inerte. Hay en su prosa hay una fluidez constante, un ritmo que empuja hacia adelante incluso cuando lo que se cuenta resulta casi insoportable. Es un estilo directo, limpio, sin ornamentos innecesarios, que no esquiva la dureza de las situaciones, pero que tampoco se recrea en una crudeza gratuita o exhibicionista.

    Baeza escribe sin filtros, pero con control, la violencia está ahí, la humillación, el miedo, la degradación, y sin embargo nunca tuve la sensación de que la autora quisiera provocar por puro impacto. Su escritura sangra, sí, pero no por exceso de detalle, sino por acumulación emocional, ya que cada página suma angustia, rabia, tristeza, hasta construir un clima que asfixia y que obliga a mirar de frente una realidad profundamente normalizada.

    Uno de los mayores aciertos estilísticos de la novela es la elección de las voces. Al estar narrada únicamente desde la perspectiva de Lucero y Dolores, sin diálogos tradicionales, el texto adquiere una intensidad particular. No asistimos a escenas, sino que habitamos pensamientos, recuerdos, obsesiones,todo ocurre dentro de la conciencia de las protagonistas, y eso hace que no tengamos escapatoria.

    El lenguaje es evocador, sensorial, casi táctil, la ansiedad que experimentan Lucero y Dolores se traslada con eficacia, y hace que lleguemos a sentir un nudo constante en el estómago. Es una novela que duele porque no concede tregua y porque su peso emocional resulta demasiado cercano, demasiado reconocible.

    Además, la escritura sostiene una crítica social clara y contundente. La trata de personas, la violencia de género, la desaparición de mujeres, la pasividad institucional y la colusión de las autoridades no aparecen como telón de fondo, sino como parte orgánica del relato. Y lo más perturbador es precisamente esa normalización, esa sensación de que todo ocurre a plena luz del día y aun así nadie parece dispuesto a intervenir.

    Ahora bien, si tengo que señalar una única objeción, diría que en algunos momentos eché en falta una mayor profundidad literaria, una ambición estilística ligeramente más arriesgada. El estilo es eficaz, valiente y honesto, pero en determinados pasajes me hubiera gustado que se permitiera una mayor complejidad formal, una exploración más intensa del lenguaje que acompañara la enorme carga moral y emocional del relato. No es una carencia grave, pero sí una oportunidad que, en mi opinión, podría haber elevado aún más la experiencia de lectura.

    Con todo, El lugar de la herida se sostiene sobre una prosa sólida, comprometida y profundamente incómoda. Es una escritura que no busca agradar sino generar conciencia y, en eso, Laura Baeza demuestra un dominio claro del relato y una valentía que no es tan frecuente en la literatura contemporánea.

    Conclusión

    Creo firmemente que novelas de este tipo no solo son necesarias, sino urgentes. El lugar de la herida no está escrita para entretener en el sentido cómodo del término, ni para ofrecer un refugio narrativo al que uno entra y del que sale intacto. Este libro existe para interrumpir la costumbre de mirar hacia otro lado, para romper esa burbuja frágil en la que fingimos que ciertas cosas ocurren lejos, en otros cuerpos, en otros barrios, en otras vidas que no nos conciernen.

    A mí me ha impactado de manera directa y persistente, ya que es una lectura que se queda adherida, vuelve en forma de pensamiento recurrente, obliga a revisar certezas morales y literarias. Hay momentos en los que avanzar resulta difícil, no por falta de interés, sino por exceso de realidad. Uno sabe que lo que está leyendo no pertenece únicamente al territorio de la ficción. Es una herida abierta que sigue supurando en México y en demasiados lugares del mundo.

    Siempre he pensado que el oficio de escribir no debería limitarse al entretenimiento. Contar historias es también una forma de dejar constancia. Todos nos iremos, sin excepción, pero los libros permanecen, y precisamente por eso el escritor tiene una responsabilidad que va más allá del placer estético o del ingenio formal. La literatura puede, y en ocasiones debe, señalar lo que duele, lo que avergüenza, lo que se ha normalizado hasta volverse invisible. Bien para crear conciencia, bien para impedir que ciertas atrocidades se repitan, bien para que nadie pueda decir que no sabía.

    Laura Baeza asume esa responsabilidad sin rodeos, puesto que expone un sistema podrido, una red de impunidad que devora vidas y deja a las familias suspendidas en una espera interminable. La trata de personas, convertida en negocio, sostenida por el silencio y la complicidad institucional, aparece aquí sin disfraces ni coartadas narrativas. Lo verdaderamente perturbador no es solo la violencia, sino su normalización, esa sensación de que el horror ha sido integrado al paisaje cotidiano.

    Durante la lectura sentí rabia, impotencia, tristeza, una mezcla incómoda que no se ordena ni se resuelve. Y quizá ahí radique uno de los mayores logros del libro, el de no ofrece consuelo. No hay cierre amable ni redención impostada. Hay verdad, y la verdad rara vez tranquiliza. Este tipo de novelas no buscan gustar, buscan permanecer, y lo hacen dejando una marca que obliga a pensar en lo vivido, en lo permitido, en lo tolerado.

    Por todo ello, considero que El lugar de la herida cumple una función esencial dentro de la literatura contemporánea. No solo por lo que cuenta, sino por el gesto ético que implica contarlo. Es un recordatorio incómodo de que escribir también significa asumir riesgos, señalar responsabilidades y negarse a embellecer aquello que exige ser mirado sin concesiones.

    NOTA: 4/5

    Laura Baeza

    imagen frontal de laura baeza

    Laura Baeza nació en Campeche, México, en 1988. Es licenciada en Literatura y ha desarrollado una trayectoria literaria que la ha posicionado como una de las voces más prometedoras de la narrativa mexicana contemporánea.

    A lo largo de su carrera ha obtenido reconocimientos importantes. En 2017 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri convocado por Tierra Adentro con Ensayo de orquesta y el Premio Nacional de Narrativa Gerardo Cornejo con Época de cerezos. En 2018 fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara dentro del programa Al ruedo: ocho talentos mexicanos, destacándola como una propuesta narratival relevante para el futuro.

    Niebla ardiente (Alfaguara, 2022) fue su primera novela, y con El lugar de la herida (Alfaguara, 2024/2025) ha consolidado aún más su presencia en la literatura actual, explorando con profundidad temas sociales urgentes y mostrando un estilo narrativo maduro y contundente.

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