

- Título: Tierra de empusas
- Autora: Olga Tokarczuk
- Año de publicación: 2025
- Editorial: Anagrama
- Páginas: 344
Tierra de empusas, entre sombras y estrellas.
Tengo una asignatura pendiente con Thomas Mann. Lo intenté y fallé. Lo mío con La montaña mágica fue un suspenso total, con todas las de la ley.
Hace años, en un arrebato de pasión libresca, decidí dedicar unas vacaciones enteras a la lectura. Me armé hasta los dientes: García Márquez, Saramago, Galdos (imposible no invitarlo a un festín literario), Saroyan, alguno más que no recuerdo… una pila de libros que, si me descuidaba, amenazaba con aplastarme mientras dormía. Entre ellos, con su promesa de grandeza literaria, La montaña mágica. Pero, ay, Mann y yo no supimos conectar. No fue un desencuentro dramático, simplemente, su ritmo y el mío no coincidieron.
Lo intenté. Leí unas cien páginas con la mejor de las disposiciones. Pero en algún punto, entre tanto sanatorio y conversaciones densas, mi atención empezó a resbalar. Miraba de reojo otros libros, esos que me llamaban con el entusiasmo de un cachorro moviendo la cola. Y al final, con algo de culpa y mucho de alivio, bajé de la montaña, cerré el libro y me dije: «Otro día será». Han pasado veinte años.
Con Olga Tokarczuk la historia es parecida. Su nombre estaba en mi radar mucho antes del Nobel, pero se quedó ahí, en la lista de eternos «pendientes». Hasta ahora, que ha aparecido Tierra de empusas. Primera novela post-Nobel. Un aire de homenaje a La montaña mágica. Blanco y en botella. Esta vez no lo dudé.
¿Y qué me he encontrado? Una obra magnífica, sin duda. Tokarczuk es una escritora brillante, compone más que escribe y Tierra de empusas tiene ideas potentes, atmósfera hipnótica y una inteligencia que deslumbra. Pero… hay un «pero». Algo que falta o que sobra, una pequeña fricción que aún no sé si es culpa del libro, de mi propia expectativa o de mi capacidad
Lo iremos viendo. Por ahora, adentrémonos en este balneario literario, donde el tiempo parece detenerse y las ideas flotan en un aire un tanto extraño.
Sinopsis
En el verano de 1913, Miecysław Wojnicz, un joven polaco estudiante de ingeniería, llega a Görbersdorf, una pequeña localidad en Baja Silesia, en busca de aire puro y la promesa de una cura para su tuberculosis. Alojado en la pensión para caballeros de Wilhelm Opitz, a la espera de una plaza en el sanatorio, se encuentra con un microcosmos donde la enfermedad no es el único mal que acecha. Entre el crujido de los suelos de madera y el murmullo de las conversaciones nocturnas, Wojnicz se enfrenta a un entorno donde la vida y la muerte conviven con una naturalidad inquietante.
Los huéspedes del sanatorio y de la pensión conforman una galería de personajes fascinantes, como por ejemplo Walter Frommer, un paciente que parece saber más de lo que dice, o Thilo, quien tiene unas teorías un tanto inquietantes sobre el lugar, y un elenco de médicos y enfermos que, entre excursiones al bosque y acaloradas discusiones filosóficas, esconden sus propios secretos. En la mesa del comedor se debaten, entre otros temas, la existencia del alma, el derecho al voto de las mujeres, la evolución de Darwin, el papel de la mujer en la sociedad y los grandes movimientos artísticos.
Entre excursiones, charlas y debates los días transcurren mientras, poco a poco, va calando un turbia sensación de que algo no encaja del todo. Un suicidio inexplicable, muñecas femeninas hechas de piedra abandonadas en el bosque, asesinatos que cada año parecen repetirse sin que nadie haga preguntas. Y cuando Wojnicz cree haber encontrado una rutina dentro de este extraño universo, un acontecimiento inesperado lo obliga a cuestionarse todo lo que creía saber…y ser.
En Görbersdorf, la curación es un concepto ambiguo, mientras que algunos encuentran alivio en el aire de la montaña, otros terminan devorados por él.
Opinión
Voy a ser sincero: esta novela me ha dejado con sentimientos encontrados. Hay momentos en los que me ha fascinado, en los que la prosa brilla con una intensidad casi hipnótica y en los que las conversaciones entre los personajes me han parecido de lo mejor que he leído en mucho tiempo. Pero también hay tramos en los que la historia se vuelve demasiado estática, donde el ritmo decae y la narración se pierde en descripciones y detalles que, aunque bellos, no siempre aportan lo suficiente para sostener la lectura.
Desde el principio, Tokarczuk demuestra un dominio asombroso de la descripción. No es solo que sepa pintar escenarios con palabras, es que logra hacer que los sientas, que los habites. Huelga decir que esta es una novela de atmósferas, no estamos ante una trama repleta de giros inesperados ni ante un relato que se devora con ansias. Aquí lo importante es el ambiente, la forma en que la autora nos introduce en la época, en la vida de los personajes, en las conversaciones que mantienen. Y esas conversaciones son, sin duda, lo mejor del libro, ahí sí que no tengo dudas. Se habla de arte, política, moral, el paso del tiempo… y todo con una naturalidad que engancha.
Sin embargo, no todas estas conversaciones resultan agradables. Hay momentos en los que los personajes vierten opiniones que me resultaron molestas, comentarios abiertamente misóginos, retrógrados, machistas, y lo más inquietante es que en muchas ocasiones no son rebatidos por nadie. No es que la autora los justifique, pero durante buena parte de la novela quedan ahí, flotando en el aire, como si fueran verdades incuestionables. Eso me generó cierta incomodidad. Sin embargo, y aquí viene lo realmente impactante, al final del libro hay una nota aclaratoria en la que Tokarczuk explica el origen de algunas de estas opiniones. No voy a entrar en detalles para no arruinar la experiencia a quienes no lo hayan leído, pero basta decir que todo cobra un nuevo sentido y que la lectura se transforma de golpe.
Pero, como os comentado, hay un “pero”. Y es que entre ese inicio tan prometedor y ese final tan revelador, la novela sufre un bajón considerable en su parte central. Hay un momento en el que todo se vuelve un poco plano, tuve la impresión de que la historia entrara en pausa. Las conversaciones, que hasta entonces habían sostenido el interés, ya no son suficientes, y los pasajes descriptivos, aunque bien escritos, no logran evitar cierta sensación de repetición. Lo peor es que la prosa continua siendo excelente pero, en mi opinión, ya no basta para sostener el ritmo.
Por suerte, en la parte final la novela despierta y nos brinda un excelente e inesperado final, en el que encajan piezas que, en algunos momentos, me dio la impresión de que estaban allí a modo de relleno. Sin duda, se trata de uno de los aspectos más logrados del libro. No solo porque vuelve a atraparte con su intensidad, sino porque te obliga a replantearte todo lo leído hasta ese momento.
En definitiva, una novela que, con sus altibajos, me ha gustado lo suficiente como para seguir interesándome por la obra de Olga Tokarczuk . Sus diálogos y su capacidad para sumergirte en una época son innegables, aunque la falta de dinamismo en ciertos momentos le resta algo de fuerza. Pero si hay algo que no se puede negar es que es un libro que te deja pensando mucho después de haberlo terminado. Y eso, en literatura, siempre es un logro.
Estilo
Si hay algo que me ha parecido destacable desde el inicio de esta novela es su capacidad evocadora. Olga Tokarczuk posee un dominio del lenguaje que resulta casi hechizante, especialmente en los primeros capítulos, donde las descripciones alcanzan un nivel de precisión y belleza que no son sencillos de encontrar. Su estilo es pausado, minucioso, con un lirismo que en ciertos momentos roza lo poético. No es una narración que busque el impacto inmediato, sino una que se despliega con paciencia, hasta construir un mundo propio con una textura densa y evocadora.
Las descripciones son una de sus grandes fortalezas. No se limitan a ser meros apuntes visuales, sino que están cargadas de matices sensoriales que enriquecen la lectura. No es difícil encontrar pasajes en los que un paisaje, una estancia o incluso la luz en determinada hora del día adquieren una presencia casi tangible. Tokarczuk, también juega con las cadencias del lenguaje de forma magistral, ya que hay frases largas, envolventes, que te sumergen en la narración como si fueran corrientes de agua, y otras breves, incisivas, que rompen ese fluir y generan contraste.
Las conversaciones entre los personajes tienen un peso fundamental en la construcción de la novela. No se trata de simple intercambio de información, más bien funcionan como pequeños ensayos encubiertos, donde se confrontan ideas, visiones del mundo y conflictos generacionales. La forma en que están escritas resulta muy natural, pero al mismo tiempo revelan una gran elaboración. Se percibe un esfuerzo consciente por darles ritmo y profundidad, evitando que se conviertan en monólogos encorsetados o artificiosos.
Otro aspecto que me ha resultado interesante es el uso de la metáfora y la imagen poética. Hay momentos en los que Tokarczuk abandona la descripción convencional para adentrarse en un terreno más abstracto, donde lo visual se mezcla con lo simbólico. Este recurso está empleado con mesura, sin caer en el exceso, lo que contribuye a que la prosa tenga un tono elegante sin volverse barroca o pretenciosa.
Sin embargo, también hay pasajes en los que este mismo estilo, tan cuidado y envolvente, se torna un tanto autorreferencial. Hay fragmentos en los que la narración parece deleitarse en su propia cadencia, sin avanzar realmente. Momentos donde la belleza de la prosa podría haberse dosificado un poco más en favor de la fluidez narrativa.
En definitiva, el estilo Tokarczuk es uno de los grandes atractivos de la novela. Su capacidad para construir imágenes, generar atmósferas y dar profundidad a los diálogos la sitúa en una tradición literaria de gran refinamiento. Es una prosa que exige atención y tiempo, pero que recompensa con una experiencia rica y envolvente, aunque con algún que otro pequeño bache.
Personajes
Los personajes de esta novela me han dejado una muy grata impresión. Están construidos con un realismo y una profundidad que los hace creíbles, con sus ideas bien asentadas y sus intensos diálogos. Aunque claro, algunos resultan más fascinantes que otros, como por ejemplo Thilo, con su nerviosismo y su tendencia a la desconfianza, me ha parecido un observador intrigante, aunque siempre un poco a la sombra. Frommer quien se mueve con una elegancia natural, sin necesidad de imponerse, pero con una presencia que se nota.
Y luego está Ospitz, el dueño del hostal donde se hospedan todos, seco y poco dado a la comprensión, alguien que parece construido a base de firmeza y falta de concesiones, un tipo de personaje que siempre añade tensión a la ecuación. August, por otro lado, es una figura muy reconocible: el intelectual que se saborea a sí mismo, que disfruta demostrando su erudición, un tipo que siempre encontramos en los círculos culturales y que, aunque a ratos puede resultar cargante, también tiene algo de entrañable. Y el doctor Semperweib, con su ironía y su firmeza en la defensa del método científico, es el tipo de personaje con el que resulta un placer intelectual debatir, incluso si a veces su seguridad roza lo exasperante.
Aunque claro, la estrella es Wojcnicz, quien, por momentos, se muestra como un observador un poco distante de todo lo que sucede a sus alrededor, peor que finalmente es quien guarda la mayor sorpresa: su transformación. Algo que no vi venir, y eso siempre es un punto a favor. En conjunto, los personajes funcionan bien, sus interacciones son lo mejor de la novela, y aunque algunos me han parecido más logrados que otros, todos aportan algo a este extraño y fascinante microcosmos.
Conclusión
Tierra de empusas es una de esas novelas que, aunque te sientas tentado a etiquetar como «de ritmo lento» o «reflexiva», te deja con una sensación mucho más compleja al final. Como lector, me resultó imposible no sentirme atraído por la atmósfera tan envolvente que Tokarczuk crea desde la primera página. Su prosa es como un canto lejano que te envuelve sin que te des cuenta, sin prisa, sin estridencias. Pero, y aquí está el meollo de mi «pero», esa misma lentitud, esa paciencia a veces tan admirada, juega un poco en su contra. Hay pasajes que se estiran innecesariamente, que parecen alargar una reflexión que ya ha llegado a su fin, y ahí es donde la novela puede perder algo de dinamismo, y por momentos nos arrastra a una lectura que se hace, no incómoda, pero sí algo inerte.
Sin embargo, lo que realmente salva la obra, lo que te hace volver a ella, es su final, esa revelación que hace que todas las piezas encajen de una forma inesperada, y que logra que la novela deje de ser una simple narración de un sanatorio, una simple crítica de una época, para convertirse en un reflejo de la fragilidad humana, de nuestras convicciones más profundas y de la capacidad de algunos acontecimientos para transformarnos.
En resumen, Tierra de empusas es una obra que se aleja de la gratificación inmediata, pero te recompensa con preguntas y reflexiones profundas. No es una novela para devorar en un par de tardes, pero si te dejas arrastrar por su ritmo, te hará pensar en algunas cuestiones, incluso cuando hayas cerrado el libro. Y eso, al final, es lo que da sentido a un buen libro, ¿verdad? Que te siga hablando cuando ya no hay palabras.
Así que, aunque quizás no sea una novela para todos, es, sin lugar a dudas, una obra que deja huella. Y si bien mi relación con ella no ha sido tan épica como la que uno podría esperar tras un Nobel, la autora ha logrado algo mucho más interesante: dejarme con un montón de preguntas y ganas de leer otras obras suyas. Aunque por ahora, dejo a un lado la necesidad de respuestas definitivas y me quedo con la incertidumbre, que, por supuesto, siempre tiene un sabor mucho más delicioso que las respuestas fáciles.
NOTA: 3,8/5
Olga Tokarczuk

Olga Tokarczuk, nacida el 29 de enero de 1962 en Sulechów, Polonia, es una de las escritoras más destacadas de la literatura contemporánea. En 2018, fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura por su «imaginación narrativa que representa el cruce de fronteras como una forma de vida». Ese mismo año, también ganó el Premio Internacional Booker por su novela «Los errantes», una obra innovadora que combina relatos breves y reflexiones sobre el viaje. Entre sus obras más reconocidas se encuentran «Sobre los huesos de los muertos», un thriller filosófico, y «Los libros de Jacob», una novela histórica que le valió el premio Nike en Polonia. Tokarczuk es, sin duda alguna, una voz esencial de la narrativa actual.
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