

- Título: El cuervo dormido
- Autor: Txus Torres
- Año de publicación: 2026
- Páginas: 129
El cuervo dormido
El cuervo dormido es mi primer poemario publicado y, probablemente, uno de los proyectos más personales que he escrito.
En sus páginas hablo de aquello que todos, de una manera u otra, llevamos dentro: el amor, la pérdida, la soledad, el deseo, los recuerdos, las heridas, el paso del tiempo y esa necesidad de seguir adelante incluso cuando no sabemos muy bien cómo hacerlo.
He escrito estos poemas desde la emoción, pero también desde la rabia, el humor y, en ocasiones, desde la oscuridad. Porque la vida no siempre es bonita, y creo que la poesía tampoco tiene por qué serlo.
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Y para que podáis haceros una idea de lo que encontraréis entre sus páginas, os dejo a continuación uno de los poemas como muestra.
Espero que os guste.
La triste historia de la historia
La historia se trazó
a zarpazos de tinta luctuosa
y coágulos de ayer.
Nada de gemidos,
nada de piel,
nada de bocas.
Hubo hombres que descubrieron el alfabeto
y, sin embargo, jamás descifraron
la sintaxis secreta de un abrazo.
Inventaron calendarios
para domesticar el tiempo,
pero nunca aprendieron
a demorarse besando un cuello.
Cartografiaron el mundo
con minuciosa crueldad,
trazando fronteras como quien divide un cuerpo
para no sentirlo entero.
Fundaron imperios,
erigieron columnas,
erigieron estatuas,
erigieron su propia importancia,
y no supieron sostener
la sencilla valentía de una mujer que ama
ni la claridad vulnerable de una piel confiada.
Ah, el pasado.
Tan industrioso,
tan admirable en sus logros,
tan inútil en lo esencial
Domesticó ríos,
ensilló caballos,
conquistó cielos invisibles,
y temblaba —sí, temblaba—
ante la desnudez que no prometía poder.
Redactaron códigos morales
para vigilar el deseo,
prefirieron el orden de los ejércitos
al desorden de dos cuerpos que renuncian a la guerra.
Quemaron lo que no comprendían,
porque el fuego siempre fue más sencillo
que la introspección.
Construyeron dioses a su imagen
—severos, vigilantes, célibes—
y luego se arrodillaron ante ellos
para no arrodillarse ante el amor.
La eternidad les obsesionaba.
La permanencia los seducía.
El monumento los consolaba.
El abrazo, en cambio,
era demasiado perecedero.
Demasiado humano.
Demasiado verdadero.
Hasta que llegamos nosotros,
herederos digitales de la misma torpeza.
Hemos sustituido la espada por la pantalla,
pero seguimos huyendo del vértigo.
Sabemos simular intimidad
con admirable destreza tecnológica.
Y yo, que escribo esto,
no me declaro inocente.
También he confundido el deseo con la urgencia,
la pasión con el exceso,
la compañía con la costumbre de no escuchar el silencio.
No aspiro a redimir la historia.
Sería una empresa desmesurada
y ligeramente ridícula.
Solo quisiera —con una modestia casi insolente—
que cuando el polvo nos reclame,
cuando la arqueología nos reduzca
a una hipótesis de huesos,
no encuentren medallas,
ni tratados,
ni discursos petrificados,
sino dos esqueletos inclinados el uno hacia el otro,
persistiendo en su abrazo
Que entonces, algún lector futuro,
irónicamente culto,
comprenda lo que los siglos ignoraron:
que la única revolución posible
ocurre en voz baja,
cuando alguien dice
quédate,
y el otro
se queda.

