
El club de los estafadores literarios.
Mucha gente (me incluyo) imagina a los escritores como seres ascéticos, consumidos por el fuego sagrado de la creación, encorvados sobre su escritorio como monjes medievales iluminando un códice. Tipos íntegros, casi sacerdotales, que sufren por la perfección estilística y a los que, en el peor de los casos, se les perdona una ligera inclinación por el alcohol (absenta, preferiblemente) o las depresiones románticas.
Pero seamos honestos, la literatura no es solo un templo del arte y la creación, también es un mercado, y donde hay mercado, hay tramposos. Mientras algunos escritores se dejan la vida puliendo cada palabra, otros han descubierto que es mucho más rentable fabricar un mito que una buena prosa. Algunos no existieron nunca, otros se inventaron a sí mismos y unos cuantos simplemente vendieron aire con una encuadernación bonita.
En mi insaciable curiosidad por la literatura, me he cruzado con estos estafadores de pluma afilada, virtuosos del engaño que convirtieron la impostura en su trampolín hacia la fama literaria. Y creedme, no solo lograron que la mentira pareciera verdad, sino que, en algunos casos, la hicieron mucho más atractiva. Así que, si os animáis a seguirme en este viaje por algunos de los mayores fraudes literarios de la historia, descubriréis que, en el reino de las palabras, la mentira puede resultar más atractiva que la realidad, y lo inverosímil, más rentable que lo auténtico. Y, ¿acaso no es eso también un arte?
El caso JT Leroy
El editor se inclinó sobre el teléfono con el ansia de un arqueólogo desenterrando un manuscrito perdido.
—Me alegra mucho hablar contigo, JT. Tu libro es… es pura electricidad.
Al otro lado de la línea, la voz temblorosa de un muchacho atormentado se deslizaba como un pétalo marchito arrastrado por el viento.
—Me pone nervioso hablar con gente. Es que… no sé… me cuesta. —dijo JT con la humildad de un santo en su travesía por el desierto.
El editor sintió un puñetazo en el corazón. Este chico era real. Se notaba en cada pausa, en cada respiro roto. Aquel no era un escritor cualquiera, era un superviviente, un genio desamparado que escribía sobre abuso infantil, drogadicción y prostitución con una crudeza que dejaría boquiabierto al mismísimo Bukowski.
En pocas semanas, JT Leroy pasó de ser un autor desconocido a convertirse en el nuevo enfant terrible de la literatura underground. Sus libros se vendían como drogas en una rave. Famosos como Madonna, Winona Ryder o Courtney Love querían conocerlo, abrazarlo, protegerlo. El mundo entero se preguntaba cómo alguien tan frágil podía escribir con tanta fuerza. Hollywood se peleaba por adaptar sus libros, habían encontrado a su próximo mito literario.
Solo había un pequeño detalle. JT Leroy no existía.
Detrás de la voz y las palabras estaba Laura Albert, una escritora de San Francisco con un talento descomunal y un pasatiempo ligeramente preocupante: hacerse pasar por adolescentes traumatizados.
Aunque a Laura Albert le surgió un problema logístico, ya que su alter ego literario era tan famoso que se requería presencia física. Fue entonces cuando Savannah Knoop, la cuñada de Albert, entró en escena. Con su complexión delgada y su aire de misterio, era perfecta para hacer de JT en apariciones públicas.
—Solo tienes que ponerte gafas de sol y una peluca.
—¿Y si alguien sospecha?
—Di que tienes ansiedad.
—¿Y si me piden que hable?
—Di poco. Y si puedes, susurra.
—¿Algo más?
—Sí. No olvides que eres un hombre.
Armada con este método infalible, Savannah empezó a asistir a fiestas, firmar libros y posar con celebridades. Con su chaqueta de cuero, su mutismo calculado y su aire de “me han roto el corazón en 32 países”, cautivó al mundo.
Todo funcionaba a la perfección hasta que unos periodistas tuvieron la brillante e innovadora idea de hacer su trabajo.
—Oye, ¿has notado que JT Leroy solo habla por teléfono?
—Sí. Y que cada vez que aparece en público, se pone gafas de sol y responde con monosílabos.
—Sí. Y que no existen fotos suyas de antes de ser famoso.
—Sí. Y que su autobiografía está llena de inconsistencias.
—Sí.
—¿Y si…no existiera?
Un par de llamadas, algunas investigaciones y un ataque de pánico más tarde, el New York Times publicó un artículo bomba: JT Leroy era un invento, un disfraz literario, una farsa monumental.
La comunidad literaria se sintió como un niño que acaba de descubrir que Santa Claus es su tío con resaca.
—¡Nos ha engañado! —gritaron indignados los mismos que habían abrazado el mito con devoción ciega.
—¡Esto es una obra de arte conceptual! —defendía Laura Albert, con una convicción digna de Duchamp cuando puso un urinario en un museo.
—¿Qué pasa con los derechos de autor?
—Bueno… técnicamente, JT Leroy los firmó.
—¡Pero JT Leroy no existe!
—Exacto. ¿No es fascinante?
Al final, a Laura Albert la historia no le debió parecer tan fascinante cuando fue llevada a juicio y condenada por fraude. Hollywood canceló sus proyectos, las editoriales se horrorizaron y Savannah Knoop decidió que su futuro no incluía más pelucas rubias.

La invención de Ern Malley
El sol de los años 40 en Adelaida descendía con la parsimonia de un funcionario en vísperas de su jubilación, pero con el peso sofocante de una caldera a punto de estallar. Sobre las aceras, las sombras de las montañas se extendían como cicatrices en la piel de la ciudad, y en las librerías de viejo, las polillas se nutrían, con el apetito de un crítico literario, de versos de poetas olvidados.
En la redacción de Angry Penguins, Max Harris, joven, entusiasta e impermeable al escepticismo, sostenía entre las manos una carta que le había llegado esa misma mañana. El sobre, de un amarillo indeciso, exhalaba un perfume de tinta barata y desesperación. Dentro, una mujer llamada Ethel Malley le hablaba con la concisión de quien carga con un doloroso secreto:
«Mi hermano Ern falleció prematuramente dejando estos poemas. Eran su único legado. No quiero que su voz se pierda.»
Acompañaban la carta dieciséis composiciones de una extrañeza indiscutible. Las palabras se encadenaban con la inspirada genialidad de un visionario, cada verso era un hermoso vendaval de imágenes improbables. Harris se llevó una mano a la frente, no en un gesto de fatiga, sino de iluminación. Ern Malley no era un poeta. Era el poeta. Un Rimbaud antipódico, arrancado del mundo en plena maduración artística, un genio condenado a ser descubierto demasiado tarde.
Afuera, los tranvías traqueteaban con la solvencia de quienes saben que su destino está prefijado. Harris, en cambio, se sentía al borde de un hallazgo capaz de redefinir la poesía australiana. Ordenó de inmediato un número especial de Angry Penguins dedicado exclusivamente a Malley, con prólogo exaltado incluido.
La reacción no se hizo esperar. Los modernistas lloraban de emoción. Los conservadores temblaban de indignación. Los críticos más influyentes, tras una lectura rápida y un par de miradas furtivas a los ensayos europeos de moda, declararon que la voz de Malley condensaba la angustia del hombre moderno en una síntesis de imágenes tan desconcertante como genial… o algo así.
Fue entonces cuando llegó la segunda carta.
La recibieron en la redacción una mañana de otoño, cuando las aceras estaban cubiertas de hojas y cierto aire de impostura flotaba sobre la ciudad. El remitente era anónimo, el tono, frío y meticuloso:
«Ern Malley nunca existió. Ha sido una broma. Lo hemos inventado nosotros.»
McAuley y Stewart, los dos artífices de la estafa, eran poetas ellos mismos, aunque de una inclinación mucho más clásica y conservadora. Habían pergeñado los versos en una tarde de ocio, combinando citas al azar, imágenes absurdas y fragmentos extraídos de enciclopedias, convencidos de que los modernistas, en su ceguera, se tragarían cualquier disparate envuelto en solemnidad.
Y así sucedió.
Hasta que la revelación estalló en la prensa. Los periódicos, hambrientos de escándalos, se dieron un festín. Harris pasó del Olimpo a la picota en cuestión de días. Fue llevado a juicio, acusado de obscenidad por publicar versos que, en su libre uso del lenguaje, rozaban lo inconveniente. Durante el proceso, los jueces, incapaces de comprender del todo lo que leían, se sintieron ofendidos por ello, y dictaminaron una multa.
Mientras tanto, en un café sombrío, McAuley y Stewart bebían con discreta satisfacción. Su maniobra había sido un éxito. Habían expuesto la credulidad de los modernistas, habían dejado en ridículo a Harris, y, con ello, esperaban haber dado el golpe de gracia a esa “farsa literaria” que tanto despreciaban.
Sin embargo, no tuvieron en cuenta que el tiempo es un narrador bastante caprichoso. Décadas después, Ern Malley seguía allí.
Los mismos versos que pretendían ser un fraude se habían convertido en parte del canon. Críticos de Nueva York y París los elogiaban sin saber (o sin querer saber) su verdadero origen. Poetas de las nuevas generaciones los analizaban con devoción. Y McAuley y Stewart, que habían querido enterrar el modernismo bajo una carcajada, descubrieron que su broma se había vuelto inmortal… y en su contra.
Clifford Irving y la biografía del hombre invisible
Palma de Mallorca, 1970. Paraíso de sol, mar, turistas y paellas de dudosa calidad. En algún café con vistas al mediterráneo, entre bocanadas de humo y cañas baratas, Clifford Irving, escritor de segunda y caradura de primera, y su amigo Richard Suskind, escritor de libros infantiles y cómplice ocasional, se miraron a los ojos, se dieron la mano y decidieron que había llegado el momento de hacer historia o, mejor dicho, de inventársela.
La idea, que solo podía nacer en un cerebro frito por el sol mallorquín (lo conozco bien), consistía en escribir la autobiografía de Howard Hughes. Pequeño detalle: Hughes no sabía nada de esto. Otro pequeño detalle: ni siquiera hablaba con la prensa, el gobierno o probablemente con su propio reflejo. El tipo vivía escondido como si lo persiguiera la mafia, la CIA o David Bisbal micrófono en mano
El siguiente paso fue conseguir pruebas “irrefutables” de que Hughes estaba detrás del proyecto. Aquí es donde la cosa se pone romántica. Irving reunió a un grupo de amigos en Ibiza (que siga la fiesta) y se dedicaron a imitar la caligrafía de Hughes. Su fuente de inspiración fueron unas cartas suyas publicadas en Newsweek. La revista probablemente pensó que informaba al público aunque en esta ocasión lo que hizo fue publicar un tutorial gratuito de falsificación a una banda de estafadores con ambiciones literarias.
Armado con su pila de papeles falsos y la segura fragilidad de un trilero en la Rambla, Irving fue a ver a su editorial, McGraw-Hill, y les vendió la historia con la labia de un comercial de aspiradoras.
—Señores, Hughes me ha elegido personalmente para escribir su autobiografía.
—¿Howard Hughes? ¿El tipo que no habla con nadie?
—Exactamente.
—¿Nos podría dar una prueba?
—Claro, aquí están sus cartas.
—¿Y su firma?
—Por supuesto.
La editorial McGraw-Hill no solo se tragó el anzuelo, sino también la caña y el gorro de pescador. Hughes, el ermitaño legendario, iba a “hablar” por fin. Firmaron un contrato multimillonario, le dieron un anticipo de 100.000 dólares y posteriormente otros 665.000, de los cuales 400.000 eran para Hughes. Sin embargo, para quedarse con todo el dinero Edith, la esposa de Irving, abrió una cuenta en Suiza bajo el nombre de Helga R. Hughes, el toque de glamour europeo que le faltaba a la estafa.
Todo iba sobre ruedas. La revista Life pagó por los derechos de publicación, los expertos en caligrafía aseguraron que la letra era genuina, y hasta un periodista que había entrevistado a Hughes juró que el manuscrito era legítimo. El engaño era tan bueno que hasta los estafadores empezaron a creérselo.
Pero entonces, ocurrió lo imposible. Hughes, el hombre que no hablaba con nadie, llamó por teléfono. Convocó a siete periodistas y, en una conferencia telefónica histórica, les soltó:
—Señores, no he visto ni he hablado con el señor Clifford Irving en mi vida.
Silencio absoluto. El fraude se había venido abajo como un castillo hinchable en una fiesta de erizos.
Irving intentó un último truco:
—¡Esa voz no es la de Hughes! ¡Es un impostor!
En esta ocasión nadie mordió un anzuelo que ya estaba bastante mordido. Se investigó la cuenta en Suiza, se descubrió el pastel, y Clifford y su mujer acabaron en juicio. Confesaron, devolvieron el dinero y pasaron diecisiete meses en prisión.
Fin de la historia, ¿verdad?. Pues no.
Décadas después, Hollywood llevó la historia al cine con la película La gran estafa, protagonizada por Richard Gere en el papel de Irving. Una ironía deliciosa, el hombre que inventó una autobiografía falsa acabó convertido en un personaje de película. De este modo, Clifford Irving además de ver su mentira convertida en leyenda, nos legó una lección muy importante: si te vas a meter con el hombre invisible, asegurate de que también sea mudo.

Cómo vender humo con esvásticas
Peter Koch el redactor jefe de Stern tenía las pupilas dilatadas como si hubiera visto a Dios… o, mejor dicho, al mismísimo diablo con lápiz y papel en la mano.
—Es un hallazgo sin precedentes —susurró, sosteniendo el manuscrito con la reverencia de un arqueólogo ante la Atlántida—. Los diarios personales de Adolf Hitler.
Konrad Kujau, con la seguridad de un hombre que se ha tomado su propio timo demasiado en serio, asintió solemnemente.
—Ochenta volúmenes. Escritos por el Führer de su puño y letra. Reflexiones, estrategias, su lado humano…
—¿Lado humano? ¿Hitler?—susurró Peter, hojeando las páginas, mientras las giraba con cuidado, temiendo que la tinta pudiera desvanecerse como la humanidad perdida de un nazi.
«Querido diario: Hoy ha sido un día duro. Himmler no entiende mi visión. Goering ha engordado otra vez. Y Speer insiste en que el mármol blanco es mejor que el negro. ¿Es que tengo que hacerlo todo yo mismo?»
El redactor tragó saliva.
—Dios mío, es… impresionante.
El precio del manuscrito se cerró a toda velocidad, con la euforia de quien cree haber comprado un diamante por el precio de una docena de huevos. La noticia se disparó: Los diarios secretos de Hitler. Por fin, la humanidad conocería los pensamientos más íntimos del hombre que hundió a Europa en el horror.
Pero pronto aparecieron los problemas.
—Aquí menciona una reunión con un tal «Dr. Müller» en una ciudad que no existía en 1943… —señaló un historiador.
—Este pasaje es idéntico a una biografía escrita veinte años después de su muerte.
Y la guinda del pastel, la tinta, supuestamente de los años cuarenta, tenía la frescura de un graffiti hecho ayer.
La redacción de Stern se convirtió en una morgue emocional. Periodistas cabizbajos, jefes de sección huyendo por las salidas de emergencia. Kujau, en cambio, mantenía la compostura de un falsificador en su salsa.
—Bueno, al menos mis diarios son más creíbles que el Mein Kampf.
Cuando la policía lo arrestó, el oficial que lo interrogaba hojeó una página y leyó en voz alta un estracto.
«Querido diario: Si mi plan no funciona, siempre puedo fingir mi muerte y huir a Argentina, o a España, con mi buen amigo Franco, siempre dispuesto a apoyar la causa nazi«
Kujau sonrió.
El oficial también, aunque sabía que el juez iba acabar borrando por completo la sonrisa de Kujau cuando lo condenara a cuatro años de cárcel.
Mientras tanto, el prestigio de Stern ardía como Berlín en el 45.
Por su parte,Kujau, una vez cumplida su condena, recuperó su sonrisa y se convirtió en una especie de celebridad menor en Alemania, aprovechando su notoriedad para vender «obras de arte» falsas y autografiadas, e incluso llegó a montar exposiciones de sus falsificaciones.
Se acabo la estafa…¿o no?
Y hasta aquí hemos llegado por este modesto recorrido por algunas del las estafas más sonadas de la literatura, fraudes que nos muestran no es solo la audacia del impostor, sino la necesidad desesperada del mundo por creer. Detrás de cada falsificación exitosa hay un público ansioso por que sea verdad. No se trata tan solo del sucio arte de mentir con estilo, sino del arte de contar la mentira exacta que la gente quiere escuchar.
Creo que, por ejemplo, el tema del diario de Hitler no fue un fraude cualquiera, sino un espejo incómodo en el que se reflejó hasta qué punto estamos dispuestos a romantizar la historia si nos la presentan en el envoltorio adecuado. ¿Por qué iba alguien a querer leer el diario de un genocida? ¿Por morbo? ¿Por una necesidad absurda de encontrar humanidad en lo inhumano? Quizá por ambas cosas. Y es que la historia no solo se falsifica con tinta y papel, sino también con nuestras expectativas.
Y peor todavía, ya que estos escándalos revelan algo aún más inquietante: la fragilidad de la verdad cuando compite con una buena narrativa. No importa cuán absurdo sea el engaño, si lo que nos dicen es exactamente lo que queremos escuchar. Al fin y al cabo, la verdad exige esfuerzo, pero la mentira, cuando se ajusta a lo que queremos creer, nos la tragamos sin rechistar. Tal vez por eso algunos de estos fraudes han perdurado más que muchas obras genuinas.