

- Título: Middlemarch
- Autor: George Eliot
- Año de publicación: 1871
- Año de edición: 2000
- Editorial: Alba
- Páginas: 896
Queridos lectores del siglo XXI: tenemos que hablar.
Me han dicho que ahora las mujeres pueden estudiar, trabajar, viajar solas y elegir con quién casarse. Me han dicho también que pueden votar, administrar su propio dinero, ocupar cargos que en mi época habrían parecido reservados a los hombres y decidir sobre buena parte de su propia vida sin necesidad de pedir permiso a un padre, un marido o cualquier caballero que considere que su opinión merece más atención que la de ellas. Si todo eso es cierto, debo felicitaros, al parecer habéis hecho algunos progresos.
Pero me han contado también que todavía hay mujeres que tienen que demostrar dos veces su inteligencia para que se la reconozcan una vez, que todavía se juzga con mayor severidad su ambición, su carácter, su edad, su aspecto y hasta la manera en que deciden vivir. Me han dicho que una mujer segura de sí misma puede seguir siendo llamada arrogante, que una mujer ambiciosa todavía puede resultar sospechosa y que una mujer que no desea aquello que la sociedad ha decidido que debe desear tiene que explicar sus motivos con una paciencia que rara vez se exige a los hombres.
Supongo que cada época inventa sus propias formas de decirle a una mujer cuál es el lugar que le corresponde. En la mía podían hacerlo con una puerta cerrada, un matrimonio o una ley, siendo suaves. En la vuestra quizá sean más discretos y baste una mirada, una expectativa, una pregunta aparentemente inocente, una diferencia de salario, una carrera que se interrumpe, una opinión que se considera excesiva. El mecanismo cambia de vestido, pero la vieja costumbre de decidir por las mujeres parece tener una salud admirable.
No os escribo esto para reprocharos que no hayáis conseguido la perfección. La perfección es una de esas metas que los hombres inventan para poder declarar que el trabajo está terminado. Ninguna sociedad que necesite recordar constantemente a la mitad de sus habitantes que tienen los mismos derechos que la otra mitad puede considerarse completamente civilizada. Los derechos, además, tienen la desagradable costumbre de quedarse en el papel cuando no van acompañados de libertad real, de oportunidades reales y de la posibilidad de equivocarse sin que el error sea utilizado como prueba de que uno nunca debió tener libertad para decidir.
Creo que esa es una de las cosas que más me sorprenden de vuestro tiempo, ya que decís que las mujeres son libres para elegir, pero todavía parece preocuparos mucho qué eligen. Y ahí radica el problema, puesto que durante siglos se les negó a las mujeres la posibilidad de equivocarse y después se utilizó esa misma negación para afirmar que necesitaban que otros decidieran por ellas. No podían elegir porque podían equivocarse; y como no podían elegir, jamás podían aprender a hacerlo. Resulta una construcción extraordinariamente conveniente para quienes ocupaban el lugar de los que decidían.
Yo, que he cometido mis propios errores, encuentro cierta justicia en pensar que una vida verdaderamente libre debe incluir también el derecho a equivocarse. Nadie aprende a vivir siguiendo instrucciones escritas por otra persona. Y quizá por eso las mujeres hayan tenido que conquistar algo más difícil que el derecho a hacer ciertas cosas, como el derecho a ser consideradas responsables de su propia vida, incluso cuando toman decisiones que los demás juzgan absurdas.
Me han dicho, sin embargo, que hay cosas que no han cambiado tanto, por ejemplo, seguís equivocándoos de persona cuando os enamoráis.
No me sorprende, ya que el amor tiene la mala costumbre de presentarse acompañado de nuestras propias ilusiones y nosotros, en lugar de sospechar de ellas, solemos invitarlo a pasar. Vemos en otra persona aquello que necesitamos encontrar y después nos enfadamos con ella cuando descubrimos que estaba allí, desde el principio, todo aquello que no quisimos ver.
Es posible que el amor no consista tanto en encontrar a la persona adecuada como en aprender a mirar a la persona que tenemos delante sin convertirla en aquello que necesitamos que sea.
No sé si habéis progresado mucho en eso, pero n mi época, al menos, teníamos la ventaja de disponer de menos información. Vosotros podéis consultar una fotografía, una profesión, una opinión, un historial completo y probablemente hasta el restaurante en el que cenó anoche alguien antes de enamoraros de él. Y, aun así, sospecho que seguís cometiendo exactamente el mismo error.
Tal vez por eso Middlemarch todavía tenga algo que deciros, ya que han cambiado las leyes, los vestidos y las habitaciones en las que hombres y mujeres toman sus decisiones. Pero seguimos entrando en la vida de los demás con nuestras propias ideas sobre cómo deberían ser, seguimos confundiendo lo que deseamos con lo que conocemos y seguimos descubriendo, a menudo demasiado tarde, que una persona puede pasar años viviendo junto a nosotros sin que hayamos aprendido realmente a verla.
Me han dicho que ya no se le dice a una mujer que debe obedecer. Qué progreso tan extraordinario, ahora se le explica que puede hacer lo que quiera, siempre que esté preparada para soportar las consecuencias de hacerlo. Puede ser inteligente, pero sería conveniente que no hiciera sentir estúpido a ningún hombre, puede tener autoridad, siempre que no parezca autoritaria, puede envejecer, aunque sería preferible que nadie lo notara, puede no casarse, pero tendrá que explicar por qué, puede no tener hijos, pero también tendrá que explicar por qué, puede tenerlos, siempre que consiga además ser una madre perfecta, una profesional ejemplar y una mujer que jamás parezca cansada de sostener el mundo sobre los hombros.
Durante mucho tiempo los hombres decidieron qué podía hacer una mujer porque estaban convencidos de que tenían derecho a hacerlo. Después llegó el progreso y descubrieron que ya no podían decirlo tan claramente. Así que cambiaron la pregunta, y ahora no preguntan “¿quién te ha dado permiso?”, sino que preguntan “¿por qué quieres hacerlo?”. Parece una pregunta inocente, pero no lo es. Cuando a una mujer se le exige una razón para ejercer una libertad que a un hombre se le concede por defecto, la desigualdad ya ha entrado en la habitación antes que ellos.
Y quizá lo más triste sea que todavía existan mujeres que hayan aprendido a llamar prudencia a ese miedo, responsabilidad a esa renuncia y felicidad a la costumbre de vivir como los demás esperan.
En mi época, al menos, la jaula tenía barrotes y una podía señalarlos. Vosotros habéis hecho algo mucho más refinado, habéis conseguido que algunas mujeres pasen toda la vida preguntándose si realmente quieren salir.
Con afecto,
Dorothea Brooke. Protagonista de Middlemarch
Middlemarch
Quizá Dorothea se haya enfadado un poco, y no puedo decir que le falten motivos, al fin y al cabo, lleva más de ciento cincuenta años esperando que nosotros, lectores del futuro, hayamos aprendido algunas cosas y lo mínimo que podríamos hacer es no obligarla a descubrir que la humanidad progresa con una parsimonia que haría perder la paciencia hasta al más optimista de los santos.
Pero hay algo particularmente apropiado en que sea ella quien nos escriba, ya que Middlemarch no es solamente una novela que ha sobrevivido a su siglo, sino que es una de esas obras que, cuanto más tiempo pasa, más embarazosa resulta, los clásicos tienen esa mala costumbre. Esperamos que el tiempo los convierta en piezas de museo y descubrimos, con cierta irritación, que siguen respirando. Cambian las sociedades, cambian las costumbres, cambian las palabras con las que intentamos describirnos y, sin embargo, algunas verdades humanas permanecen ahí, esperando pacientemente a que volvamos a tropezar con ellas. George Eliot sabía bastante de eso.
Mary Ann Evans publicó Middlemarch entre 1871 y 1872 bajo el seudónimo de George Eliot, en una época en la que ser mujer y querer ser tomada en serio como escritora no constituía precisamente una combinación que la sociedad recibiera con entusiasmo. El nombre masculino no fue un simple adorno literario, puesto que formaba parte de una época en la que una mujer que escribiera determinadas cosas podía ser juzgada antes incluso de que alguien hubiese leído una línea suya. Resulta casi inevitable imaginar a la historia observando aquel nombre en la portada y preguntándose quién demonios sería George Eliot. La respuesta, por supuesto, era una mujer, aunque no una mujer cualquiera.
Eliot terminó convirtiéndose en una de las grandes escritoras de la literatura inglesa y Middlemarch acabaría ocupando uno de esos lugares reservados a las obras que dejan de pertenecer a su época para empezar a pertenecer a la literatura. Su influencia y su prestigio no han hecho más que crecer con el tiempo, hasta convertirse en una referencia inevitable cuando se habla de la gran novela del siglo XIX y, para muchos lectores y críticos, en una de las cumbres de la narrativa universal.
Middlemarch es un clásico en el sentido más exigente de la palabra, pero no solo porque haya conseguido escapar del paso del tiempo, sino porque ha conseguido atravesarlo, y después de hacerlo, todavía tiene cosas que decirnos. Por eso considero Middlemarch una auténtica joya de la literatura y una de esas lecturas que deberían formar parte de la educación sentimental e intelectual de cualquier lector que quiera entender algo más que las historias que le cuentan. No es una reliquia, ni una obligación académica, ni uno de esos libros que se colocan en una estantería para que la cultura parezca más respetable, es una obra viva, enorme y profundamente humana.
Sinopsis
En la ciudad de Middlemarch, donde las aspiraciones personales, las convenciones sociales y las ambiciones de sus habitantes se entrecruzan constantemente, varias vidas avanzan en direcciones que no siempre coinciden con aquello que sus protagonistas habían imaginado.
Dorothea Brooke es una joven idealista y de buena posición que aspira a dedicar su vida a algo más importante que las comodidades reservadas a una mujer de su clase. Convencida de que ha encontrado en Edward Casaubon, un erudito entregado a una ambiciosa investigación, al hombre con quien podrá compartir sus inquietudes intelectuales, decide casarse con él a pesar de las dudas de quienes la rodean. Sin embargo, pronto descubrirá que las ilusiones que había depositado en su matrimonio no coinciden necesariamente con la realidad. La aparición de Will Ladislaw, un joven pariente de Casaubon de carácter muy distinto al suyo, introducirá nuevas incertidumbres en su vida.
Al mismo tiempo, el joven médico Tertius Lydgate llega a Middlemarch dispuesto a desarrollar sus ideas reformistas y a contribuir a la modernización de la medicina local. Su talento y sus ambiciones profesionales parecen augurarle un futuro prometedor, pero su matrimonio con Rosamond Vincy, una mujer acostumbrada a imaginar para sí misma una existencia muy diferente, pondrá a prueba sus aspiraciones. Entre las dificultades económicas y las relaciones de poder de la ciudad, Lydgate descubrirá que ejercer una profesión con ideales no siempre resulta compatible con las exigencias de la sociedad en la que vive.
La familia Vincy proporciona también otra de las historias centrales de la novela. Fred, hermano de Rosamond, es un joven impulsivo que todavía no ha encontrado un rumbo para su vida y que arrastra las consecuencias de algunas decisiones poco afortunadas. Su relación con Mary Garth, una joven sensata, franca y mucho menos dispuesta a dejarse llevar por las ilusiones que él, le obligará a enfrentarse a sus propias responsabilidades y a decidir qué clase de hombre quiere llegar a ser.
Junto a ellos aparecen personajes como el señor Brooke, tío de Dorothea y hombre de opiniones cambiantes que intenta abrirse camino en la política, Caleb Garth, cuya honestidad y sentido del trabajo contrastan con buena parte de las ambiciones que atraviesan Middlemarch; y Nicholas Bulstrode, un rico financiero y filántropo cuya posición de respeto dentro de la comunidad esconde aspectos de su pasado que terminarán adquiriendo una importancia decisiva.
Así, mientras unos buscan el amor, otros una profesión, otros reconocimiento social y otros simplemente una manera digna de vivir, las vidas de los habitantes de Middlemarch van quedando atrapadas unas en otras. Sus decisiones afectan a quienes los rodean, sus prejuicios condicionan la vida de los demás y aquello que cada uno cree saber sobre sus vecinos rara vez coincide por completo con la verdad.
En Middlemarch nadie vive realmente una historia aislada, ya que cada matrimonio, cada ambición, cada deuda, cada error y cada decisión tiene consecuencias que pueden alcanzar a personas que ni siquiera saben que forman parte de la misma historia.
Estilo, prosa y personajes
La prosa de Middlemarch exige una lectura atenta, pero no porque George Eliot pretendiera hacerla innecesariamente complicada, sino porque hay mucho pensamiento dentro de cada página. Es una escritura profunda, intelectual y extraordinariamente introspectiva, capaz de detenerse en un gesto, una duda o una contradicción para explorar todo lo que puede esconder una conciencia humana. A mí es precisamente esa profundidad la que más me interesa de su estilo, puesto que Eliot no se conformó con contar lo que hacen sus personajes, sino que trató de entrar en los mecanismos que los llevan a hacerlo.
La narración está sostenida por un narrador omnisciente que conoce tanto los acontecimientos como la vida interior de sus personajes, pero su presencia no se limita a organizar la historia. Interviene, reflexiona, ironiza y, en determinados momentos, se detiene para extraer de una situación concreta una consideración sobre la naturaleza humana. Utiliza incluso el “nosotros” para acercarnos a aquello que está contando, como si quisiera recordarnos que las debilidades que observa en Middlemarch no pertenecen únicamente a sus habitantes. Sin embargo, lo verdaderamente importante no es esa presencia del narrador, sino todo lo que permite hacer con ella.
Eliot indagó constantemente en la conciencia de sus personajes y lo hizo mediante una prosa que puede pasar de la narración externa a sus pensamientos casi sin que percibamos la frontera. El estilo indirecto libre tiene aquí una importancia fundamental, ya que conocemos las ideas, prejuicios, deseos y autoengaños de los personajes sin necesidad de que el narrador tenga que explicárnoslos siempre desde fuera. En algunos pasajes la narración adquiere incluso una intensidad cercana al flujo de conciencia, siguiendo asociaciones, dudas y razonamientos que reproducen el movimiento irregular del pensamiento. No se trata de una corriente desordenada, sino de una exploración minuciosa de cómo una persona puede convencerse de aquello que necesita creer.
La prosa también tiene momentos de auténtico lirismo. Eliot escribió Middlemarch con una precisión casi analítica sobre las relaciones humanas, mientras se detenñia en una imagen, una emoción o una percepción para darle una dimensión mucho más poética. Esa combinación me parece especialmente valiosa, ya que la novela puede ser rigurosa e intelectual sin renunciar a la belleza de la frase. Hay pasajes en los que la escritura parece observar a los personajes con la precisión de un científico y otros en los que se acerca a ellos con una sensibilidad casi poética.
Su sintaxis contribuye a esa sensación de profundidad, son frecuentes las frases largas, llenas de subordinaciones, matices y precisiones, en las que una idea conduce a otra hasta construir una reflexión completa. Es una prosa que pide tiempo y que recompensa precisamente esa lectura pausada.
También resulta notable la variedad de registros, ya que la voz narrativa mantiene una elaboración intelectual muy característica, pero el lenguaje se adapta a cada personaje y a su posición social, a su educación y a su manera de entender el mundo. Casaubon, por ejemplo, habla y piensa desde su pedantería erudita, otros personajes utilizan un lenguaje mucho más cotidiano y directo. Esa diferencia no sirve únicamente para caracterizarlos, sino que hace que Middlemarch parezca realmente una comunidad formada por personas que hablan, piensan y entienden la realidad de formas muy distintas.
Y después están los personajes, que son probablemente la mayor demostración de lo que Eliot consiguió con esta forma de escribir. Dorothea es idealista, apasionada y generosa, pero también puede ser ingenua y equivocarse al interpretar a los demás. Casaubon convierte su erudición en una especie de refugio personal y su necesidad de reconocimiento condiciona su relación con quienes lo rodean. Will Ladislaw representa una personalidad mucho más libre e intuitiva, mientras que Lydgate vive dividido entre sus ambiciones intelectuales y las dificultades prácticas de la vida que ha elegido. Rosamond posee una inteligencia muy distinta de la de su marido y contempla el mundo desde unas expectativas sociales y materiales que chocan constantemente con las de él.
Lo que más valoro de este conjunto es que Eliot no necesitó convertir a sus personajes en símbolos perfectos de una virtud o un defecto, sino que los dejó vivir dentro de sus contradicciones. Los vemos pensar, equivocarse, justificarse, desear algo y, al mismo tiempo, actuar de una manera que los aleja de aquello que desean. Y esa atención constante a la vida interior es la que convierte una novela sobre una pequeña comunidad inglesa del siglo XIX en algo mucho más amplio, como un estudio extraordinariamente preciso de cómo pensamos, deseamos y nos engañamos.
Conclusión
Para mí, Middlemarch pertenece a ese grupo de novelas que justifican por sí solas que sigamos hablando de los clásicos, pero no solo porque esté extraordinariamente escrita, ni porque George Eliot construya un mundo literario de una riqueza difícil de encontrar, sino porque después de más de ciento cincuenta años su mensaje no ha perdido fuerza. Si acaso, ha ganado urgencia.
La novela habla de personas que quieren ser felices y no siempre saben cómo, de quienes confunden sus deseos con la realidad, de las decisiones que tomamos creyendo conocer a los demás y de las consecuencias que pueden tener nuestras propias limitaciones. Pero también habla de una sociedad que condiciona las vidas de quienes la forman, de las oportunidades que se conceden a unos y se niegan a otros y de la facilidad con la que una comunidad termina aceptando como normal aquello que debería cuestionar. Todo eso sigue formando parte de nuestro mundo.
Por eso considero especialmente importante que una novela como esta siga leyéndose. Middlemarch no pretende decirnos qué debemos pensar y mucho menos regalarnos respuestas sencillas, pero nos obliga a mirar. A mirar a los personajes, pero también a nosotros mismos, a preguntarnos por nuestras decisiones, nuestros prejuicios, nuestras ambiciones y esa extraordinaria capacidad que tenemos para justificar aquello que hacemos cuando la realidad no coincide con la imagen que nos hemos construido de nosotros mismos.
Y aquí es donde más echo de menos una literatura como esta en la actualidad. Como lector, echo de menos novelas que no tengan tanta prisa por atraparnos, que no estén permanentemente preocupadas por mantener nuestra atención, por acelerar la trama o por conseguir que pasemos una página tras otra sin levantar demasiado la cabeza. Echo de menos libros que confíen en que un lector puede aburrirse un poco, detenerse, perderse en una reflexión y continuar leyendo sin necesidad de que cada capítulo tenga que pagar un peaje de entretenimiento.
Porque una novela puede entretenernos, por supuesto, a mí también me gusta que una historia me entretenga. El problema aparece cuando el entretenimiento se convierte en su única obligación y leer termina pareciéndose demasiado a consumir cualquier otra cosa que haya sido diseñada para impedir que nos marchemos.
Middlemarch exige otra actitud, nos pide tiempo, atención y cierta disposición a pensar y, a cambio, nos ofrece algo que considero mucho más valioso que una trama perfectamente calculada, nos ofrece la posibilidad de comprender mejor a otros seres humanos y, de paso, comprender algo más de nosotros mismos. También nos permite mirar alrededor y reconocer injusticias, prejuicios, desigualdades y contradicciones que quizá preferiríamos considerar asuntos del pasado.
Después de tantos años leyendo, sigo pensando que uno de los mayores regalos que puede hacer un libro es no confirmar lo que ya creemos, sino obligarnos a mirar un poco más lejos. Y tal vez por eso me resulta tan difícil aceptar que una literatura así parezca cada vez más rara. Quiero seguir encontrando libros que no tengan miedo de ser profundos, que no consideren un defecto exigir esfuerzo al lector y que entiendan que leer no consiste únicamente en saber qué ocurre después. También consiste en detenerse a pensar por qué ocurre, qué dice de quienes lo viven y qué tiene que ver todo ello con nosotros.
Aquí te dejo el enlace a otras dos novelas que tal vez puedan interesarte:
Orgullo y prejuicio: https://vocesdelibros.com/orgullo-y-prejuicio-jane-austen-novela-clasica/
Cumbres borrascosas: https://vocesdelibros.com/cumbres-borrascosas-emily-bronte/
George Elliot

Mary Ann Evans nació en Warwickshire en 1819 y murió en Londres en 1880. Fue novelista, periodista, traductora y una de las grandes figuras literarias de la Inglaterra victoriana. Antes de convertirse en novelista ya había desarrollado una sólida formación intelectual y trabajado como editora de la prestigiosa Westminster Review, además de traducir obras de autores como David Strauss, Ludwig Feuerbach y Spinoza.
Comenzó a publicar ficción bajo el nombre de George Eliot en 1857. La elección de un seudónimo masculino tenía una razón evidente en una época en la que las escritoras seguían siendo juzgadas bajo numerosos prejuicios y la literatura escrita por mujeres se asociaba con frecuencia a un tipo de novela sentimental y poco ambiciosa. Evans quería que sus obras fueran tomadas en serio y valoradas por su calidad literaria, además de separar su ficción de la reputación que ya había adquirido como crítica y editora y mantener cierta protección sobre su vida personal.
Su primera gran novela, Adam Bede (1859), obtuvo un enorme éxito y fue seguida por obras como El molino del Floss, Silas Marner, Romola y Felix Holt, el Radical. Después llegaron Middlemarch, publicada en ocho entregas entre 1871 y 1872, y Daniel Deronda (1876), con las que consolidó su lugar entre los grandes novelistas de la literatura inglesa.
Su obra se caracteriza por el realismo, la profundidad psicológica, la atención a los dilemas morales y una extraordinaria capacidad para comprender las contradicciones de sus personajes. Middlemarch se ha convertido con el tiempo en su obra más célebre y en uno de los grandes referentes de la novela en lengua inglesa. Virginia Woolf llegó a considerarla una de las pocas novelas inglesas escritas verdaderamente para adultos.
George Eliot consiguió algo que no era sencillo en su tiempo, que detrás de un nombre masculino terminara imponiéndose una voz literaria que ya nadie podía confundir con la de un hombre concreto. El nombre de George Eliot acabó siendo, sencillamente, el de una de las grandes escritoras de la historia de la literatura.
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