

Nobel de literatura 2026. Los favoritos y candidatos al premio
El Premio Nobel de Literatura tiene una virtud que siempre he agradecido, la de conseguir que, durante unos días al año, millones de personas discutan sobre escritores que probablemente no habían leído la semana anterior. No conozco muchos premios capaces de producir semejante milagro. Quizá sea porque, durante unas semanas, logra que la literatura adquiera esa rara condición de asunto urgente que normalmente solo le concedemos cuando alguien acaba de morir o cuando aparece una novela que vende mucho.
A mí me gusta el Nobel por eso y por algo más personal, ya que he conocido a bastantes escritores gracias a él. Algunos han terminado entre mis autores favoritos y otros no han pasado la prueba de la segunda oportunidad, que es una de las prerrogativas que tenemos los lectores y que, por suerte, ninguna academia puede abolir. También he celebrado decisiones de Estocolmo y otras me han dejado bastante frío. Supongo que esa mezcla de admiración y desacuerdo es una relación bastante razonable con cualquier institución que pretenda decirnos quién ha escrito lo más importante de su tiempo.
Además, el Nobel lleva tanto tiempo concediéndose que ya forma parte de la historia de la literatura de una manera casi inseparable de ella. Desde que en 1901 se entregó el primero, han pasado por la lista Kipling, Thomas Mann, Faulkner, Camus, Hemingway, Beckett, García Márquez, Saramago, Toni Morrison y muchos otros escritores cuya sola enumeración podría servir para recordar hasta qué punto ha cambiado nuestra forma de entender la literatura durante el último siglo.
También han quedado fuera algunos nombres que hacen que cualquier lista de premios literarios resulte un poco extraña. Tolstói no recibió el Nobel, Proust tampoco, Kafka murió sin él, igual que Joyce, Virginia Woolf, Borges o Nabokov, qué tuvo que conformarse con la posteridad, que no entrega diplomas ni organiza ceremonias en Estocolmo, pero tiene la ventaja de disponer de muchísimo más tiempo.
Y después de todo este recorrido, toca volver al presente. ¿Quiénes son los nombres que aparecen con más fuerza en las quinielas para el Nobel de Literatura de 2026? He reunido aquí algunos de los principales candidatos, junto a otros que quizá tengan menos focos encima pero que podrían dar una sorpresa el día del anuncio. Las apuestas, como siempre, orientan. la Academia, como también siempre, guarda silencio mientras decide.
Can Xue

Voy a empezar por una pequeña deuda pendiente, puesto que todavía no he leído a Can Xue. Lleva bastante tiempo en mi lista de lecturas, debido a que su nombre aparece cada año con mayor insistencia entre los posibles candidatos al Nobel. Así que, en este caso, prefiero dejar claro desde el principio que lo que viene a continuación no es una opinión personal sobre sus libros, sino lo que he podido conocer sobre su obra y su trayectoria. Ya habrá tiempo, espero, de hablar de ella después de haberla leído.
Y hay bastante que contar, ya que Can Xue es el seudónimo de Deng Xiaohua, nacida en 1953 en Changsha, en la provincia china de Hunan. Sus padres fueron enviados al campo durante la Revolución Cultural y su educación formal terminó prácticamente en la escuela primaria. Más tarde aprendió inglés por su cuenta y se convirtió en una lectora apasionada de la literatura occidental, hasta el punto de escribir también sobre autores como Borges, Shakespeare y Dante.
Por lo que he podido leer sobre su literatura, su narrativa rompe deliberadamente con muchas de las convenciones habituales de la ficción, ya que los argumentos no siempre siguen una lógica reconocible, los personajes pueden comportarse de manera desconcertante y la frontera entre lo real, lo imaginado y lo simbólico se vuelve muy poco estable. En sus relatos se mezclan lo cotidiano y lo extraño, lo físico y lo espiritual, hasta construir una realidad que parece comprensible durante un instante y vuelve a escaparse inmediatamente después.
Las referencias que aparecen con más frecuencia al hablar de su obra son Borges, Kafka y Bruno Schulz, y esa comparación ayuda a hacerse una primera idea, aunque evidentemente no basta para definirla. La propia Can Xue ha explicado que concibe la escritura como una especie de proceso intuitivo y que no suele construir cuidadosamente la trama antes de escribir, en una entrevista reciente habla incluso de su método como una forma de «escritura automática». También considera que el lector debe participar activamente en la resolución de los enigmas que plantea la obra.
Entre sus libros más reconocidos están La calle de los Cinco Aromas, El último amante, Frontera y Amor en el nuevo milenio, además de colecciones de relatos como Vivo en los barrios bajos y Diálogos en el paraíso. De todos ellos, Amor en el nuevo milenio y Vivo en los barrios bajos han recibido una especial atención internacional: el primero fue incluido en la lista larga del International Booker Prize de 2019 y el segundo en la de 2021. La calle de los Cinco Aromas y El último amante, además, cuentan ya con traducción directa al castellano, publicadas en España en 2025 y 2026 respectivamente.
También hay otras obras de Can Xue disponibles en castellano que merece la pena mencionar: Hojas rojas, Al otro lado, publicada en 2024, y Bajos fondos, publicada en 2025. Las tres forman parte del catálogo de Aristas Martínez, que ha contribuido especialmente a la difusión de la escritora en España.
Todo esto explica, al menos en parte, por qué Can Xue lleva años apareciendo en las conversaciones sobre el Nobel. Y este año las quinielas han decidido colocarla directamente en la primera posición. Así que Can Xue llega a este Nobel con dos cosas que llaman especialmente la atención, una obra profundamente experimental y un reconocimiento internacional que lleva años creciendo. Yo, mientras tanto, tengo una asignatura pendiente, pero quizá este sea el año en que deje de formar parte de mi lista de pendientes y pase, por fin, a la de los autores que puedo juzgar por mí mismo.


Haruki Murakami

Haruki Murakami ha conseguido algo bastante difícil, como convertir su candidatura en una tradición de octubre. Lleva tantos años apareciendo entre los favoritos que hablar de los posibles Nobel sin mencionarlo empieza a parecer una omisión imperdonable en cualquier quiniela que se precie
Nacido en Kioto en 1949, Murakami estudió Literatura en la Universidad Waseda y antes de dedicarse plenamente a escribir regentó un club de jazz, una experiencia que dejó una huella evidente en su obra. Su literatura ha construido un territorio muy reconocible, situado con frecuencia entre la vida cotidiana y lo extraño, entre la soledad, el deseo, la memoria y esos espacios donde la realidad parece perder durante un instante sus fronteras. Su primer gran éxito internacional llegó con Tokio blues, aunque después publicaría algunas de las novelas que han terminado definiendo su trayectoria, como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Kafka en la orilla, 1Q84 o La muerte del comendador. También ha cultivado el relato y la no ficción, además de ejercer como traductor de autores como Raymond Carver, Scott Fitzgerald, Truman Capote, Salinger y John Irving.
Su candidatura tiene, además, una particularidad que no todos pueden igualar, ya que Murakami no necesita ser descubierto por el Nobel. Es desde hace décadas uno de los escritores japoneses más conocidos internacionalmente, traducido a más de cuarenta idiomas y leído por millones de personas. Ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Jerusalén, el Franz Kafka y el Premio Princesa de Asturias de las Letras.
¿Tiene posibilidades este año? Más que en otros momentos, al menos según las quinielas. En septiembre de 2026 figura entre los nombres situados en la parte alta de las apuestas, por detrás de Can Xue, y continúa siendo el escritor que más regularmente aparece en este tipo de listas. Después de tantos otoños diciendo «quizá este año», 2026 podría ser otra espera más. O podría ser el año en que, por fin, el teléfono de Murakami reciba una llamada desde Estocolmo.


Cristina Rivera Garza

Con Cristina Rivera Garza me ocurre exactamente lo mismo que con Can Xue, ya que todavía no la he leído. Es uno de esos nombres que llevo tiempo viendo aparecer entre los grandes escritores contemporáneos y que, por una razón u otra, todavía no ha encontrado su momento en mi lista de lecturas. Así que prefiero dejar claro antes de hablar de ella, que lo que puedo contar aquí procede de lo que he leído sobre su trayectoria y sobre su obra, no de una experiencia personal como lector. Esa parte tendrá que esperar.
Cristina Rivera Garza nació en 1964 en Matamoros, Tamaulipas, y ha desarrollado buena parte de su carrera entre México y Estados Unidos. Es novelista, poeta, ensayista y académica, y su obra se caracteriza por una constante voluntad de cruzar fronteras entre géneros y formas de escritura. Desde Nadie me verá llorar, publicada en 1999, hasta sus trabajos más recientes, ha construido una literatura muy interesada por la memoria, la identidad, los archivos, la violencia y la manera en que una historia puede ser reconstruida desde distintas voces. Actualmente es profesora en la Universidad de Houston.
Por lo que he podido leer sobre su estilo, Rivera Garza parece entender la literatura como un territorio en el que las categorías tradicionales pueden ponerse en duda. Sus novelas y libros de no ficción incorporan documentos, testimonios, recuerdos, archivos y diferentes registros narrativos, y en ocasiones resulta difícil separar por completo la investigación de la creación literaria. Esa mezcla entre literatura, memoria y documentación alcanza una de sus expresiones más conocidas en El invencible verano de Liliana, donde la autora reconstruye la vida de su hermana a partir de cartas, cuadernos, documentos oficiales, recuerdos y otros materiales.
Entre sus obras más reconocidas están Nadie me verá llorar, La cresta de Ilión, La muerte me da, El mal de la taiga, Autobiografía del algodón y El invencible verano de Liliana. Esta última ha tenido una repercusión internacional extraordinaria, hya que recibió el Premio Pulitzer de Memoria o Autobiografía en 2024 por su edición inglesa y fue además finalista del National Book Award de No Ficción. En España, El invencible verano de Liliana fue publicado por Random House.
Así que aquí también tengo una asignatura pendiente, no puedo decir todavía qué me parece Cristina Rivera Garza, pero sí hay algo que resulta difícil pasar por alto, y es que una escritora que ha construido una obra tan interesada en la memoria, los documentos, las voces ajenas y las fronteras entre realidad y literatura, y que además llega al Nobel después de recibir un Pulitzer, tiene una trayectoria que merece ser tenida muy en cuenta. Ahora solo me queda hacer lo más sencillo: leerla.


Mircea Cărtărescu

Con Mircea Cărtărescu no tengo la menor duda, me encanta. Y quizá por eso me resulte especialmente difícil hablar de él con cierta distancia. Theodoros me parece una novela monumental, de esas que parecen haber sido escritas con la intención de abarcar mucho más de lo que normalmente cabe dentro de un libro. Y algo parecido me ocurrió con sus dos grandes obras anteriores, Solenoide y la trilogía Cegador. Son libros desmesurados, imaginativos, ambiciosos y, en muchos momentos, sencillamente extraordinarios.
Aunque hay una pequeña excepción reciente que me ha obligado a discutir conmigo mismo. Hace poco leí uno de sus libros de poesía y me dejó completamente frío, no me gustó nada. Y tampoco voy a buscarle ahora una explicación elegante para salvarlo, ya que a veces, simplemente, un escritor que admiras publica un libro que no consigue decirte absolutamente nada.
Cărtărescu nació en Bucarest en 1956 y comenzó su trayectoria literaria como poeta antes de convertirse en uno de los grandes nombres de la narrativa rumana contemporánea. Su literatura ha ido creciendo alrededor de una mezcla muy particular de imaginación, memoria, sueño, autobiografía, historia y elementos fantásticos, con una prosa de enorme riqueza visual. En España su nombre quedó especialmente asociado a Cegador, la trilogía formada por El ala izquierda, El cuerpo y El ala derecha, y después a Solenoide, considerada por muchos lectores y críticos como la obra cumbre de su narrativa.
Solenoide es, para mí, una buena puerta de entrada para entender qué hace tan particular a Cărtărescu. Parte de la vida aparentemente gris de un profesor de literatura en la Bucarest comunista y termina convirtiéndose en algo muchísimo más difícil de clasificar, una novela sobre la memoria, los sueños, la percepción, la muerte, el cuerpo y la propia naturaleza de la realidad. La imaginación de Cărtărescu no parece tener demasiado interés en respetar las fronteras entre lo cotidiano y lo imposible.
Y después está Theodoros, publicada en castellano en 2024. Si Solenoide podía parecer ya una novela difícil de superar en ambición, aquí Cărtărescu vuelve a ampliar el campo de juego, aventuras, personajes históricos y ficticios, religión, mitología, violencia, amor y una concepción casi cósmica de la narración terminan formando una obra enorme, barroca y deliberadamente desbordada. A mí, sencillamente, me parece monumental.
Entre sus obras fundamentales están también Nostalgia, Lulu, Las bellas extranjeras y, por supuesto, la trilogía Cegador. A lo largo de su carrera ha recibido importantes reconocimientos internacionales, entre ellos el Premio Formentor de las Letras en 2018 y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en 2022. Su obra ha tenido además una recepción especialmente importante en España, donde se han traducido buena parte de sus principales libros. Y ojo con él este año, ya que Cărtărescu aparece muy arriba en las quinielas del Nobel de Literatura 2026. Y si gana el Nobel, probablemente tendré que volver a aquella poesía que me dejó frío. A veces los libros también tienen derecho a una segunda oportunidad.


Enrique Vila-Matas

Este nombre, si apareciera en el anuncio del Nobel, me haría especial ilusión, ya que Enrique Vila-Matas me encanta. He recurrido a sus libros en más de una ocasión cuando he atravesado uno de esos bloqueos lectores en los que uno empieza a mirar la estantería con cierta desconfianza y ningún libro parece el adecuado y, sin embargo, Vila-Matas siempre ha conseguido sacarme de ahí.
Y además me parecería un premio merecido, pero no solo por la calidad de su obra, sino por la manera en que ha construido, a lo largo de décadas, una literatura absolutamente reconocible y difícil de encerrar en una categoría. Vila-Matas nació en Barcelona en 1948 y desde sus primeros libros ha ido construyendo una obra en la que narrativa, ensayo, autobiografía, crítica literaria y ficción se mezclan hasta hacer que las fronteras entre unos géneros y otros resulten casi innecesarias. Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas y ha recibido numerosos reconocimientos internacionales.
Hay algo especialmente vilamatiano en su manera de escribir, ya que la literatura no aparece únicamente como tema de sus libros, sino como una forma de entender el mundo. Escritores reales e imaginarios, libros, citas, obsesiones literarias, autores admirados y personajes que parecen vivir con un pie dentro de una novela y otro fuera de ella forman parte de un universo en el que realidad y ficción se contaminan constantemente. Historia abreviada de la literatura portátil, Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca, Doctor Pasavento, Dublinesca o Kassel no invita a la lógica son algunos de los títulos fundamentales de una trayectoria que ha convertido la literatura sobre la literatura en algo mucho más amplio que un simple juego metaliterario.
Entre todos ellos, yo tendría que destacar especialmente Bartleby y compañía, una obra que parece escrita para lectores que alguna vez se han preguntado qué lleva a un escritor a dejar de escribir. También El mal de Montano, donde la literatura llega a convertirse casi en una enfermedad, y París no se acaba nunca, con su mezcla de memoria, ficción, aprendizaje literario y humor. Son libros muy diferentes entre sí, pero comparten esa capacidad tan poco frecuente de hacer que leer sobre literatura resulte, paradójicamente, una forma de hablar de la vida.
Su nombre, en cualquier caso, no aparece de la nada, ya que lleva años formando parte de las conversaciones sobre el Nobel y su trayectoria acumula reconocimientos como el Premio Rómulo Gallegos, el Premio Nacional de la Crítica, el Prix Médicis Étranger, el Premio Formentor de las Letras y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, entre otros.
Así que, si el nombre de Enrique Vila-Matas apareciera este año en el anuncio de Estocolmo, yo lo celebraría especialmente. Después de tantos libros dedicados a escritores, lectores, libros, silencios y obsesiones literarias, quizá sería bonito que la literatura le devolviera a él una de esas visitas que tantas veces nos ha hecho a los lectores.


Margaret Atwood

Margaret Atwood lleva tantos años apareciendo en las quinielas del Nobel empiezo a sospechar que las casas de apuestas tienen una categoría especial llamada «algún día tendrá que ser». Y, bromas aparte, cuesta entender las conversaciones sobre el premio de los últimos años sin que aparezca su nombre en algún momento.
Atwood nació en Ottawa en 1939 y tiene una trayectoria literaria de más de seis décadas. Ha escrito novelas, relatos, poesía, ensayo y literatura infantil, y su obra ha sido traducida a más de cuarenta y cinco países. Entre sus numerosos reconocimientos están dos premios Booker, el primero por El asesino ciego, en 2000, y el segundo, compartido, por Los testamentos, continuación de El cuento de la criada, en 2019.
Y precisamente El cuento de la criada es probablemente el libro que ha terminado convirtiéndose en sinónimo de Margaret Atwood para buena parte de los lectores. Publicada en 1985, la novela imaginaba una sociedad totalitaria en la que las mujeres habían perdido sus derechos y eran sometidas a un sistema de reproducción impuesto por el Estado. Lo interesante es que Atwood siempre ha insistido en que no quiso inventar horrores completamente nuevos. los elementos que aparecen en la novela tienen antecedentes históricos o eran técnicamente posibles cuando escribió el libro.
Pero reducir a Atwood a El cuento de la criada sería dejar fuera una parte enorme de su obra. El asesino ciego, Alias Grace, Oryx y Crake, El año del diluvio, MaddAddam, La mujer comestible o Los testamentos muestran a una escritora que lleva décadas trabajando sobre asuntos como el poder, la identidad, el cuerpo, la memoria, la desigualdad, la supervivencia y las relaciones entre seres humanos y sistemas sociales.
Su estilo tiene además una característica que me parece especialmente importante, ya que Atwood puede escribir sobre cuestiones muy serias sin convertir necesariamente la literatura en un discurso solemne, ya que en su estilo hay ironía, humor negro, sátira y una cierta distancia que le permiten entrar en asuntos incómodos sin explicarlos constantemente. El resultado puede ser una literatura política en el sentido más amplio de la palabra, pero también profundamente narrativa. El cuento de la criada, por ejemplo, funciona tanto por las ideas que plantea como por la historia de Offred y por la tensión que sostiene el relato.
Atwood lleva tantos años escribiendo y acumulando reconocimientos que, si finalmente recibiera el Nobel, no habría que buscar demasiado lejos para encontrar argumentos literarios que explicaran su presencia en la conversación. Su obra ha conseguido algo tan complejo como entrar en el debate sobre el mundo sin dejar de ser, ante todo, literatura. y después de más de sesenta años escribiendo, quizá esa sea una de las mejores cartas de presentación que puede llevar una escritora a Estocolmo.


Cesar Aira
Aira siempre me han producido una mezcla de curiosidad y admiración, porque en sus libros puede ocurrir prácticamente cualquier cosa y, lo más extraño, es que suele ocurrir con una naturalidad desconcertante.
César Tomás Aira nació en 1949 en Coronel Pringles, Argentina, y se instaló en Buenos Aires a finales de los años sesenta. Desde entonces ha construido una de las bibliografías más extensas y particulares de la literatura argentina contemporánea. Ha publicado más de un centenar de libros, fundamentalmente novelas breves, además de ensayos, relatos, poesía y traducciones. Entre los reconocimientos más importantes de su trayectoria están el Premio Roger Caillois, el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas y el Premio Formentor de las Letras, que recibió en 2020.
Y hablar de su literatura exige abandonar unas cuantas ideas preconcebidas sobre lo que debe hacer una novela, puesto que Aira suele partir de una situación relativamente reconocible para llevarla hacia lugares completamente inesperados. No parece demasiado interesado en construir una trama perfecta y cerrada, sino en seguir el movimiento de la imaginación mientras escribe. Él mismo ha definido en alguna ocasión sus novelas como «cuentos de hadas dadaístas» y «juguetes literarios para adultos», dos expresiones que ayudan bastante a entender una obra en la que el humor, lo absurdo, la fantasía y la improvisación conviven con reflexiones sobre el arte, la literatura y la realidad.
Entre sus obras más conocidas están Ema, la cautiva, Cómo me hice monja, La liebre, Los fantasmas, Un episodio en la vida del pintor viajero, Varamo, El congreso de literatura y Las curas milagrosas del Doctor Aira. Son libros muy diferentes entre sí, pero todos participan de esa particular concepción de la literatura en la que la imaginación puede cambiar las reglas en cualquier momento.
También es interesante recordar que Aira ha desarrollado una importante actividad como traductor, puesto que ha traducido al castellano obras de autores tan diferentes como Jane Austen, Raymond Chandler, Stephen King, Alejandra Pizarnik o Franz Kafka. Además, ha escrito ensayos sobre escritores y artistas como Copi, Pizarnik y Edward Lear. Es decir, detrás de esa imagen del novelista que parece escribir pequeñas historias disparatadas a una velocidad imposible existe también una relación muy profunda con la tradición literaria.
Su ritmo de publicación es, además, poco habitual, ya que desde principios de los años noventa ha mantenido durante décadas una producción extraordinariamente constante, con frecuencia de uno o dos libros al año, y eso hace que su bibliografía sea casi una obra en sí misma.
Aira sería, en cualquier caso, un nombre muy coherente con una determinada idea de la literatura latinoamericana contemporánea, una literatura que no necesita respetar demasiado las fronteras entre lo real y lo fantástico, entre la alta cultura y el disparate, entre la tradición y la experimentación. Más de cien libros después, César Aira ha conseguido algo tan difícil como el hecho de que su forma de escribir sea inmediatamente reconocible sin necesidad de repetirse.
Por eso, pienso, que la mejor forma de acercarse a él, es sin intentar averiguar primero qué clase de novela vamos a encontrar, aunque con Aira, sospecho que incluso él prefiere descubrirlo mientras la escribe.


Anne Carson

Anne Carson también lleva años apareciendo en las conversaciones sobre el Nobel y, además, tienen algo especialmente interesante, ya que sería una apuesta por la poesía en un premio que en las últimas décadas ha distinguido con mucha frecuencia a narradores. Carson, sin embargo, tampoco encaja olgadamente en la categoría de poeta. Su obra se mueve entre la poesía, el ensayo, la traducción, el teatro y los estudios clásicos, y quizá precisamente esa dificultad para colocarla en un único género sea una de sus principales características.
Nació en Toronto en 1950 y es profesora de Literatura Clásica y Comparada. Su relación con la Antigüedad griega es fundamental en su obra. Descubrió a Safo siendo adolescente y aquella lectura terminó marcando buena parte de su trayectoria posterior. Su formación académica sobre la literatura clásica convive en sus libros con una libertad formal extraordinaria, ya que puede partir de un mito griego, pasar por un poema, introducir una reflexión filosófica y terminar construyendo algo que se parece muy poco a lo que entendemos habitualmente por un libro de poesía.
Carson mezcla pensamiento y emoción sin separarlos demasiado, y utiliza la tradición clásica como una materia que puede ser transformada, desmontada y vuelta a construir desde el presente. Hay poemas, fragmentos narrativos, diálogos, traducciones, ensayos y elementos teatrales conviviendo en un mismo libro, su escritura puede ser muy intelectual, pero también profundamente emocional, y en muchas ocasiones parece interesada en descubrir qué ocurre cuando una idea filosófica se encuentra con una experiencia íntima.
Entre sus obras más conocidas está Autobiografía de rojo, una novela en verso que parte del mito de Gerión y lo traslada a un escenario contemporáneo. También destacan La belleza del marido, Un ensayo narrativo en 29 tangos; Decreación; Hombres en sus horas libres; Nox, uno de sus libros más singulares, construido alrededor de la muerte de su hermano
Su trayectoria ha recibido también un reconocimiento considerable, ya que ganó el Premio T. S. Eliot por La belleza del marido, el Griffin Poetry Prize en dos ocasiones y, en 2020, el Premio Princesa de Asturias de las Letras, cuyo jurado destacó precisamente la intensidad de su escritura y la manera en que combina tradición y contemporaneidad.
Carson sería, en definitiva, una candidata muy particular, puesto que hablamos de una escritora que ha conseguido convertir la tradición clásica, la poesía, la filosofía y la experiencia personal en una obra difícil de clasificar y todavía más difícil de imitar. Y quizá esa sea precisamente la mejor manera de presentar su candidatura, no como una poeta que escribe al margen de otros géneros, sino como una escritora que lleva décadas empeñada en demostrar que esas fronteras nunca fueron demasiado sólidas.

Joyce Carol Oates

Y llegamos a otro de esos nombres que parece que llevan toda la vida esperando una llamada de Estocolmo. Joyce Carol Oates es una candidata habitual al Nobel desde hace décadas, hasta el punto de que cuesta imaginar unas quinielas literarias sin que aparezca su nombre. Ya en 2006 y 2008 figuraba entre las grandes favoritas de las casas de apuestas, y esa condición de eterna candidata ha sobrevivido al paso del tiempo.
Nacida en Lockport, Nueva York, en 1938, Oates ha construido una obra sencillamente descomunal, ya que ha publicado más de un centenar de libros, entre novelas, relatos, poesía, teatro y ensayo, y ha convertido buena parte de la sociedad estadounidense en materia literaria, la violencia, las desigualdades, la familia, el sexo, el poder, la marginalidad, la religión o esa zona bastante compleja en la que la vida cotidiana empieza a revelar su lado más oscuro.
Entre sus obras más conocidas están Blonde, su monumental recreación de la vida de Marilyn Monroe; Qué fue de los Mulvaney, La hija del sepulturero, Ellos, y Carnicero, publicada en español en 2024. Ha recibido el National Book Award, el Prix Femina Étranger, la Medalla Nacional de Humanidades estadounidense y otros importantes reconocimientos, y ha sido finalista del Pulitzer en cinco ocasiones.
Su literatura tampoco cabe fácilmente en una sola etiqueta. Oates puede escribir novela social, ficción psicológica, gótico, suspense, literatura histórica o relatos de una enorme tensión, y suele hacerlo con una atención especial a la violencia y a los mecanismos psicológicos que pueden convertir una situación aparentemente normal en algo inquietante. La oscuridad en Oates no suele estar en el escenario, sino dentro de sus personajes.
Y sigue escribiendo a un ritmo que resulta casi desconcertante, en 2026 ha publicado El señor Fox, una novela de suspense psicológico ambientada en una exclusiva academia y construida alrededor de un profesor cuya identidad y pasado esconden bastantes cosas. Además, este año ha aparecido en Estados Unidos The Frenzy, una nueva colección de relatos, que llegará a España como Frenesí el 22 de octubre.
Hay, además, un detalle que me parece significativo para una candidatura al Nobel: en 2024 recibió el Raymond Chandler Lifetime Achievement Award por su trayectoria en el thriller y el noir literario. Es decir, su relación con la literatura de género no es una desviación de su carrera, sino otra de las muchas vías por las que ha explorado la violencia y la condición humana.
Joyce Carol Oates tiene una obra enorme, una trayectoria larguísima, reconocimiento internacional y una capacidad de producción extraordinaria. Si finalmente Estocolmo decidiera acordarse de ella, desde luego no habría que buscar demasiado para explicar por qué su nombre estaba allí desde hacía tantos años.


Thomas Pynchon

Thomas Pynchon es un escritor que parece haber sido hecho para recibir el Nobel y, al mismo tiempo, para hacer todo lo posible por no enterarse de que se lo han concedido. Su relación con la literatura lleva décadas acompañada por el misterio que él mismo ha construido alrededor de su vida. Nacido en Nueva York en 1937, estudió Literatura Inglesa en Cornell y publicó su primera novela, V., en 1963. Desde entonces ha ido construyendo una de las obras más singulares, complejas y ambiciosas de la literatura estadounidense contemporánea.
Yo aquí tengo que reconocer una debilidad personal, y es que Pynchon me parece genial. He leído La subasta del lote 49 y El arco iris de la gravedad, dos libros que al principio pueden exigirle al lector bastante paciencia, pero que después terminan abriendo un mundo literario de una riqueza extraordinaria. Y este año, además, he leído A oscuras, su última novela, publicada en España por Tusquets en mayo de 2026.
Paranoia, conspiraciones, entropía, tecnología, poder, ciencia, guerra, historia y cultura popular se mezclan en sus novelas con humor, sátira, juegos lingüísticos y una cantidad de referencias que a veces parece concebida para demostrar que un escritor puede meter medio siglo de cultura occidental dentro de una novela y todavía encontrar sitio para otra página. Sus libros suelen ser laberínticos, enciclopédicos y deliberadamente desbordantes.
Su bibliografía contiene algunos de los grandes títulos de la narrativa estadounidense de la segunda mitad del siglo XX: V., La subasta del lote 49, El arco iris de la gravedad, Vineland, Mason y Dixon y Contraluz, además de Vicio propio, Al límite y, ahora, A oscuras. El arco iris de la gravedad recibió el National Book Award en 1974 y fue considerada para el Pulitzer, aunque finalmente el consejo del premio rechazó la propuesta del jurado.
En su caso, además, hay algo que me parece difícil de discutir, yaque si el Nobel quisiera reconocer una obra que haya ampliado hasta extremos extraordinarios las posibilidades de la novela, Pynchon tendría argumentos de sobra. Su influencia, la ambición de sus libros y la importancia de El arco iris de la gravedad dentro de la narrativa contemporánea hacen que su nombre lleve muchos años apareciendo en estas listas.
Yo lo incluiría sin ninguna duda entre los candidatos que merece la pena tomarse en serio. Si algún día llega el Nobel para Pynchon, sería un premio a una trayectoria literaria enorme, pero también una especie de reconocimiento a todos esos lectores que alguna vez nos hemos perdido en una de sus novelas y, contra todo pronóstico, hemos decidido seguir avanzando.
Por cierto, aquí te dejo el enlace a la reseña que hice de su última obra, A oscuras: https://vocesdelibros.com/resena-de-a-oscuras-de-thomas-pynchon/


Lidia Jorge

Pues Lídia Jorge también es una de esas escritoras que todavía tengo pendientes. Su nombre me resulta familiar desde hace tiempo, pero no he leído ninguna de sus novelas, así que no tendría sentido fingir aquí una opinión personal sobre una obra que aún no conozco. Lo que sí puedo hacer es acercarme a ella a través de su trayectoria y de lo que se ha escrito sobre su literatura.
Nacida en Boliqueime, en el Algarve, en 1946, Jorge publicó su primera novela, El día de los prodigios, en 1980. Desde entonces ha construido una obra muy vinculada a la historia reciente de Portugal, especialmente a la dictadura, la Revolución de los Claveles, la guerra colonial y las transformaciones sociales que experimentó el país durante la segunda mitad del siglo XX.
Uno de sus libros más conocidos es La costa de los murmullos, publicada en 1988, una novela relacionada con la guerra colonial portuguesa en Mozambique y con las consecuencias que aquel conflicto tuvo sobre quienes lo vivieron. A ella se suman títulos como El día de los prodigios, El muelle de las meriendas, Los memorables, Estuario y Misericordia. Su obra abarca también el cuento, el ensayo y el teatro y ha sido traducida a numerosas lenguas.
Por lo que he podido leer sobre su literatura, la memoria ocupa un lugar central en su escritura, pero no entendida únicamente como recuerdo individual. Jorge suele poner en relación las experiencias personales con la historia de Portugal y con cuestiones como la identidad, la condición femenina, la violencia y los cambios políticos y sociales. Su prosa ha sido descrita como poética, simbólica y muy atenta a la dimensión colectiva de la experiencia.
Este año, además, Lídia Jorge llega al Nobel con un argumento reciente de bastante peso, ya que en julio recibió el Premio Camões, el reconocimiento más importante de la literatura en lengua portuguesa. Las quinielas la mantienen entre los nombres destacados. Yo, de momento, solo puedo dejar constancia de una deuda lectora que espero saldar pronto. Quizá el Nobel consiga, una vez más, hacer lo que tantas veces ha hecho conmigo, como ponerme delante de un nombre que llevaba tiempo escuchando y darme el empujón definitivo para abrir su primer libro.


Gerald Murnane

Gerald Murnane tampoco se encuentra este nombre entre mis lecturas y, sin embargo, aquí está, debido a que se encuentra bastante arriba en las quinielas del Nobel de 2026. Después de más de treinta años leyendo, he terminado aceptando que siempre habrá autores importantes que se me escapen.
Murnane nació en Melbourne en 1939 y publicó su primera novela, Tamarisk Row, en 1974. Desde entonces ha construido una obra muy personal y, sobre todo, muy vinculada a la memoria, la imaginación y la forma en que nuestra mente reconstruye aquello que creemos haber vivido. Su trayectoria se ha desarrollado durante décadas con una discreción bastante alejada del ruido habitual de la literatura internacional.
Su título más conocido es Las llanuras, publicada en 1982. La novela sigue a un joven que llega al interior de Australia con la intención de realizar una película sobre una región y las familias que viven en ella. El proyecto cinematográfico acaba convirtiéndose en una exploración mucho más profunda del paisaje, la memoria, la percepción y la manera en que un lugar puede existir de forma diferente en la imaginación de cada persona.
En castellano también podemos encontrar Una vida en las carreras, sus memorias sobre el mundo de las carreras de caballos; Distritos de frontera, novela publicada originalmente en 2017, y Última carta a un lector, en la que Murnane vuelve sobre sus propios libros y sobre su trayectoria como escritor.
Por lo que he podido investigar, la memoria parece ser uno de los grandes centros de su literatura, aunque entendida de una manera bastante particular, ya que no se trata únicamente de recordar el pasado, sino de observar cómo los recuerdos se deforman, se mezclan con la imaginación y terminan convirtiéndose en otra cosa. El lenguaje tiene también una importancia enorme en su escritura: Murnane ha hablado en distintas ocasiones de su preocupación por la construcción de las frases y por encontrar la forma exacta de expresar una percepción.
Su reconocimiento internacional llegó lentamente, durante muchos años fue una figura especialmente respetada en Australia, pero su obra comenzó a recibir una atención mucho mayor fuera de su país ya en una etapa avanzada de su carrera. Distritos de frontera recibió en 2018 el Prime Minister’s Literary Award for Fiction y contribuyó a consolidar esa creciente consideración internacional.
Todavía no puedo opinar qué me parece Murnane como escritor porque todavía no lo he leído. Pero ya tengo localizado Las llanuras, y eso significa que las quinielas del Nobel han conseguido, al menos en mi caso, una de las cosas más interesantes que puede conseguir un premio literario, que no es otro cosa que poner un libro nuevo en la lista de lecturas pendientes.


Conclusión
Y llegamos al final de la quiniela. Entre todos los escritores que he ido repasando, mis dos favoritos son Haruki Murakami y Can Xue. Murakami porque llevo tantos años encontrándolo en estas listas que casi forma parte del paisaje del Nobel. Can Xue, en cambio, representa para mí una posibilidad mucho más inesperada y, precisamente por eso, fascinante. Además, las apuestas actuales los sitúan primero y segundo, respectivamente: 10/1 para ella y 14/1 para él. Conviene recordar, eso sí, que las casas de apuestas no tienen acceso a una lista oficial de candidatos, ya que las nominaciones permanecen secretas durante cincuenta años.
Pero el Nobel tiene una saludable costumbre de recordarnos que las quinielas son solamente eso, quinielas. Y aquí es donde yo dejaría abierta la puerta a una sorpresa. Michel Houellebecq, Delphine de Vigan, Salman Rushdie o Lyudmila Ulitskaya son nombres que no descartaría en absoluto. Ulitskaya aparece, de hecho, entre los nombres mejor situados en las listas actuales, mientras que Houellebecq y Rushdie continúan figurando en los mercados de apuestas.
El Nobel nos obliga cada año a jugar a adivinar una decisión que no está hecha para que podamos adivinarla. Nosotros ponemos nombres sobre la mesa, Estocolmo guarda silencio, nosotros buscamos patrones, la Academia se reserva los suyos, nosotros hacemos listas, y luego llega un escritor que quizá ni siquiera aparecía en ellas para recordarnos que la literatura, por fortuna, no casa demasiado bien con las quinielas.
Dentro de unos días sabremos quién ha ganado. Hasta entonces, me quedo con Murakami y Can Xue, mantengo unos cuantos nombres en la recámara y dejo espacio para equivocarme. Después de todo, tal vez esa sea la única manera razonable de acercarse al Nobel, con algunos candidatos en la cabeza, muchos libros por leer y la suficiente humildad para admitir que, en Estocolmo, probablemente haya alguien que sabe algo que nosotros todavía no sabemos.
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