

- Título: Bomarzo
- Autor: Manuel Mujica Lainez
- Año de publicación: 1962
- Año de edición: 2024
- Editorial: Seix Barral
- Páginas: 680
El arte de sobrevivir al tiempo
Llevo siglos aquí, aunque no sé cuántos, las piedras no contamos el tiempo del mismo modo que los hombres. Para ellos los siglos son una sucesión de fechas, guerras, coronaciones y entierros; para nosotros son apenas una lenta acumulación de lluvias.
Ocupo mi lugar en este bosque desde antes de que los nombres de quienes me esculpieron se volvieran inciertos. He visto desaparecer linajes que se creían eternos. He visto cómo la hiedra corregía la arrogancia de los muros y cómo el olvido, ese paciente artesano, iba borrando los rostros de los poderosos.
También he visto desfilar ejércitos imaginarios, pero no me refiero a los soldados que cruzaron Italia durante aquellas interminables disputas que los historiadores resumen con una frase y que los muertos experimentaron con minucioso detalle. Hablo de otros ejércitos más persistentes, los que avanzan por la imaginación de quienes llegan hasta aquí.
Algunos visitantes creen encontrarse en un jardín, otros creen encontrarse en una extravagancia arquitectónica. Los más instruidos hablan de manierismo, de símbolos herméticos, de caprichos renacentistas. Pronuncian esas palabras con la satisfacción de quien cree haber resuelto un enigma porque ha encontrado un nombre para designarlo.
Todos se equivocan, este lugar no fue construido para pasear, tampoco para admirar, ni siquiera para sorprender. Fue construido para recordar.
Los hombres suelen imaginar la memoria como una biblioteca, quizá porque necesitan creer que el pasado es algo ordenado. Yo sé que se parece más a este bosque, un territorio irregular poblado por monstruos, senderos que no llevan a ninguna parte y verdades que aparecen cuando uno ya ha dejado de buscarlas.
Cada piedra de Bomarzo conserva una derrota, aunque no hablo de las grandes derrotas que celebran los cronistas, ni de las ciudades perdidas, ni de las batallas malogradas. Conserva derrotas más íntimas y por ello más duraderas. como una humillación infantil, un deseo imposible, una belleza contemplada desde lejos o unas palabras que nunca llegaron a pronunciarse.
Todas ellas pertenecen al mismo hombre, lo llamaron Pier Francesco Orsini, aunque los siglos, que son poco imaginativos, prefirieron recordarlo como el duque jorobado.
Los hombres poseen una extraña inclinación a reducir una vida entera a una característica visible, acaso porque la complejidad los fatiga. Así, un cuerpo deformado termina pareciéndoles más importante que una inteligencia brillante, una sensibilidad atormentada o una voluntad capaz de desafiar al tiempo.
Orsini comprendió muy pronto que el mundo es una vasta ceremonia de exclusiones, comprendió que la belleza distribuye privilegios con una generosidad arbitraria, comprendió también que los hombres perdonan más fácilmente la crueldad que la diferencia, y comprendió, sobre todo, que ninguna victoria borra del todo ciertas heridas.
Por eso levantó monstruos. Los eruditos han propuesto innumerables interpretaciones, han buscado alegorías mitológicas, mensajes ocultos y sistemas filosóficos. No niego que existan, los hombres sienten debilidad por los laberintos intelectuales. Sin embargo, sospecho que la explicación es más sencilla y más terrible.
Orsini llenó este lugar de monstruos porque había descubierto que el verdadero monstruo no vive en la piedra, sino que vive en la conciencia, y en la distancia entre lo que somos y lo que soñamos ser.
Mucho después, un escritor argentino llamado Manuel Mujica Lainez comprendió esa verdad, comprendió que detrás del noble, del guerrero, del amante, del conspirador y del mecenas existía algo más fascinante, un hombre condenado a contemplarse sin tregua.
Entonces escribió una novela, pero no una novela histórica, como afirman quienes necesitan clasificar los libros para sentirse seguros, sino que escribió una larga confesión, una confesión tan vasta que terminó pareciéndose a una vida.
Desde mi inmovilidad de piedra he visto llegar a muchos lectores con ese volumen entre las manos algunos esperan encontrar el Renacimiento, otros esperan encontrar aventuras, y otros, tan solo buscan la reconstrucción de una época.
La mayoría encuentra algo distinto, se encuentran a sí mismos. Porque todos los hombres albergan una deformidad secreta, pero no necesariamente en el cuerpo, sino a veces en la memoria, otras en la ambición, en el amor, o en esa región imprecisa del alma donde habitan las derrotas que nunca terminan de aceptar.
Por eso siguen viniendo, por eso siguen leyendo, y por eso este bosque continúa creciendo en la imaginación de quienes lo abandonan. Los jardines comunes envejecen, Bomarzo no, Bomarzo tiene la rara costumbre de prolongarse dentro de quienes lo recorren. Yo lo sé, llevo siglos aquí observando cómo los visitantes se marchan, y cómo, sin advertirlo, una parte de ellos se queda para siempre entre estas piedras.
Bomarzo
Quizá no sea casual que haya sido una piedra quien nos haya dado la bienvenida, después de todo, pocas novelas parecen tan ligadas a un lugar como Bomarzo. Muchos libros podrían trasladarse a otro tiempo o a otro escenario sin perder demasiado por el camino. No es el caso de Bomarzo, ya que la obra de Manuel Mujica Lainez está unida de forma inseparable a ese bosque poblado de monstruos, símbolos y silencios que todavía hoy existe en Italia y que ha terminado convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de la literatura hispanoamericana.
Sin embargo, reducir Bomarzo a sus esculturas sería tan injusto como reducir una catedral a sus vidrieras. Lo que encontramos aquí es algo mucho más ambicioso, una reflexión sobre la belleza y la deformidad, sobre el poder, el deseo, el paso del tiempo y esa obsesión tan humana por dejar una huella capaz de sobrevivirnos.
Publicada en 1962, la novela no tardó en convertirse en una de las obras más celebradas de Manuel Mujica Lainez y, con el paso de las décadas, en un auténtico clásico contemporáneo. Su prestigio no se debe únicamente a la historia que cuenta, sino también a la extraordinaria capacidad de su autor para convertir una figura histórica y un escenario real en algo mucho más amplio y perdurable.
Pero antes de hablar de todo eso, conviene regresar al principio, a ese bosque, a esas piedras y, sobre todo, al hombre que sigue proyectando su sombra sobre ellas siglos después.
Veamos de qué trata Bomarzo.
Sinopsis
Desde ese umbral incierto entre la vida y la eternidad, Pier Francesco Orsini —noble italiano del siglo XVI y duque de Bomarzo— decide reconstruir su existencia y enfrentarse, por fin, a la verdad de su propio pasado. Nacido en el seno de una poderosa familia aristocrática, su infancia queda marcada por una grave deformidad física que lo convierte en objeto de desprecio, humillaciones y rechazo. Mientras sus hermanos encarnan el ideal de fuerza y belleza que exige su tiempo, él aprende a convivir con la soledad, el resentimiento y una constante sensación de extrañeza ante el mundo.
A medida que crece, el joven Orsini se ve arrastrado a las complejas luchas de poder que sacuden la Italia renacentista. Rodeado de conspiraciones, rivalidades familiares, guerras, intrigas políticas y alianzas cambiantes, emprende una larga ascensión que lo llevará a ocupar una posición privilegiada entre algunas de las figuras más influyentes de su época. Sin embargo, cuanto más se acerca al poder, más evidente resulta el vacío que se esconde tras él.
Pero Bomarzo no es únicamente la historia de una ambición. También es la historia de una búsqueda, ya que a lo largo de los años, Pier Francesco persigue aquello que cree capaz de completar su existencia, el amor, la belleza, el reconocimiento, el conocimiento oculto y, en última instancia, la posibilidad de trascender los límites impuestos por la muerte. Sin embargo, cada una de esas aspiraciones parece alejarse en el mismo instante en que cree alcanzarla.
En ese recorrido aparecen papas, cardenales, artistas, alquimistas, cortesanos y nobles que componen un fascinante retrato de la Italia del Renacimiento. Pero, por encima de todos ellos, permanece siempre la figura del propio Orsini, un hombre brillante, contradictorio, vulnerable y profundamente atormentado, condenado a contemplar el mundo desde una posición tan privilegiada como dolorosa.
Y cuando las pérdidas, los desengaños y el paso del tiempo terminan por erosionar sus últimas certezas, el duque decide volcar sus obsesiones en una creación extraordinaria que desafiará las convenciones de su época, un inquietante jardín poblado de monstruos, criaturas fantásticas y símbolos enigmáticos que aspira a convertir el dolor en memoria y la memoria en permanencia.
Entre la autobiografía imaginaria, la novela histórica y la reflexión existencial, Bomarzo nos invita a recorrer la vida de un hombre que nunca dejó de sentirse diferente y que, precisamente por ello, acabó construyendo uno de los universos más singulares de la literatura del siglo XX.
Estilo y personajes
No cabe duda que hay muchas novelas cuya historia podría resumirse sin que perdieran demasiado. Si alguien me pidiera contarle Bomarzo en diez minutos, probablemente podría hacerlo, aunque sería incapaz de resumir es la experiencia de leerla. Porque Manuel Mujica Lainez no utilizó la prosa como un simple vehículo para transportar la historia, sino que la convirtió en la propia historia.
Mientras leía, tuve la extraña sensación de que el argumento avanzaba unos pasos y la escritura otros tantos, a veces incluso me sorprendía demorándome más en una descripción que en un acontecimiento importante. Aunque no porque ocurriera poco, sino porque el verdadero espectáculo estaba en las palabras. Lo curioso es que nunca percibí esa exuberancia como una demostración de erudición, podría haber caído fácilmente en ese riesgo. Sin embargo, ocurre justo lo contrario, ya que todo parece escrito con la intención de convencerte de que has dejado el siglo XXI atrás. Poco a poco uno deja de leer sobre el Renacimiento para empezar a respirarlo. No recuerdo muchas novelas que me hayan producido esa sensación física.
También me llamó la atención que el narrador nos hable desde su propia muerte. Sobre el papel podría parecer un recurso llamativo, en la práctica termina impregnándolo todo. Pier Francesco Orsini recuerda su vida con la serenidad de quien ya no puede cambiarla, pero también con el resentimiento de quien nunca dejó de discutir consigo mismo. No intenta parecer mejor de lo que fue. Tampoco peor. Se limita a abrirnos las puertas de una conciencia llena de contradicciones, y ahí es donde la novela alcanza, para mí, su mayor grandeza. Porque Bomarzo no trata realmente sobre un duque renacentista, tampoco sobre las guerras italianas, ni siquiera sobre el famoso jardín de los monstruos, sino que trata sobre la mirada de un hombre que jamás consiguió reconciliarse consigo mismo.
Eso explica que todos los personajes que lo rodean —papas, emperadores, artistas, alquimistas, amantes o familiares— acaben teniendo una función casi gravitatoria. Algunos aparecen durante muchas páginas; otros apenas unos capítulos. Pero todos terminan girando alrededor de Vicino Orsini, que absorbe la novela con una fuerza extraordinaria. Y qué personaje.
Hacía tiempo que no encontraba un protagonista tan incómodo y tan humano al mismo tiempo. En algunos momentos sentía compasión por él; en otros me desesperaba su orgullo, sus celos o su incapacidad para aceptar aquello que la vida le había dado. Nunca conseguí admirarlo del todo, pero tampoco rechazarlo. Creo que ese equilibrio tan difícil es una de las mayores victorias de Mujica Lainez, ya que no se dedica a construir un héroe ni un villano. Construye una conciencia.
Eso sí, no me parece una novela para cualquier momento, puesto que exige concentración, exige calma, y exige aceptar que algunas páginas contienen más belleza que acción y que el autor nunca va a sacrificar una frase brillante para acelerar el ritmo. Estoy convencido de que muchos lectores la abandonarán demasiado pronto porque esperan una novela histórica convencional.
Y sería una lástima, porque Bomarzo se disfruta mucho más cuando uno deja de preguntarse qué va a ocurrir después y empieza a preguntarse cómo demonios ha conseguido Mujica Lainez escribir una página como la que acaba de leer.
Conclusión
He disfrutado muchísimo de Bomarzo, pero no solo porque me haya parecido una magnífica novela histórica, sino porque trasciende por completo esa etiqueta. Una vez terminé el libro tuve la sensación de haber recorrido algo más que la vida de Pier Francesco Orsini, tuve la sensación de haber atravesado una época, una conciencia y una forma de entender la literatura que hoy resulta cada vez más difícil de encontrar.
Vivimos rodeados de libros escritos para ser consumidos con rapidez. Novelas que parecen pedir al lector que pase páginas sin detenerse demasiado. Bomarzo hace exactamente lo contrario, ya que nos obliga a reducir la velocidad, a releer un párrafo por el simple placer de comprobar cómo está construido, a detenerse en una descripción como quien contempla un cuadro durante varios minutos. Y esa, para mí, es una de sus mayores virtudes.
No creo que la literatura deba ser siempre sencilla, tampoco creo que deba disculparse por ser ambiciosa. Obras como esta nos recuerdan que una novela puede aspirar a mucho más que entretener. Puede emocionarnos, deslumbrarnos, incomodarnos, obligarnos a pensar y permanecer durante años en nuestra memoria.
También me ha fascinado la confianza que Mujica Lainez deposita en el lector, ya que nunca simplifica, nunca subestima nuestra inteligencia y jamás renuncia a la riqueza de su lenguaje para facilitar el camino. Al contrario, nos invita a recorrerlo despacio, convencido de que la belleza también exige esfuerzo. Y agradezco profundamente que un escritor tenga esa fe en quienes lo leen.
¿Es una novela para todo el mundo? Probablemente no. Requiere paciencia, atención y cierta predisposición a dejarse llevar por una prosa exuberante. Pero sí creo que es una novela que cualquier amante de la literatura debería intentar leer al menos una vez, porque incluso quien no conecte plenamente con ella descubrirá una forma de escribir que merece ser conocida.
Para mí, Bomarzo ha sido una auténtica joya, una de esas novelas que parecen escritas sin concesiones, con una elegancia y una ambición poco comunes. Un libro de una belleza extraordinaria que demuestra que la literatura todavía puede aspirar a ser arte en el sentido más pleno de la palabra.
Quizá por eso sigo pensando en aquel bosque de monstruos con el que comenzaba esta reseña. Comprendo ahora que aquellas piedras no permanecen en pie porque desafíen al tiempo, sino porque alguien fue capaz de convertirlas en literatura. Y mientras existan novelas como Bomarzo, sospecho que seguirán encontrando lectores dispuestos a perderse entre ellas.
Manuel Mujica Lainez

Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires, 1910-1984) fue uno de los escritores argentinos más importantes del siglo XX. Novelista, ensayista, crítico de arte y periodista, destacó por una prosa refinada, culta y de una extraordinaria riqueza descriptiva. A lo largo de su carrera publicó obras tan reconocidas como Aquí vivieron, Misteriosa Buenos Aires, El unicornio y, sobre todo, Bomarzo, considerada su gran obra maestra y una de las novelas históricas más importantes escritas en español. Su trayectoria fue reconocida con numerosos galardones, entre ellos el Premio Nacional de Literatura de Argentina, además de ser miembro de la Academia Argentina de Letras. Hoy sigue siendo una figura imprescindible de la literatura hispanoamericana por la elegancia de su estilo, su vastísima erudición y su extraordinaria capacidad para fundir historia, arte e imaginación.
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