

- Título: El puente de Alcántara
- Autor: Frank Baer
- Año de publicación: 1991
- Año de edición: 2009
- Editorial: Editora y distribuidora Hispano Americana, S.A.
- Páginas: 1080
Mensaje de el puente de Alcántara
Habla quien casi nunca es escuchado, porque a las piedras se las pisa pero no se las interroga, y sin embargo yo, que llevo siglos sosteniendo pasos ajenos, sé más de los hombres que muchos hombres de sí mismos. Me llaman puente de Alcántara, y acepto el nombre como se acepta una cicatriz antigua, con resignación y con orgullo, porque no hay título más exacto que aquel que nombra la función, y la mía ha sido siempre la misma, la de permitir que alguien llegue al otro lado, incluso cuando no estaba del todo seguro de querer hacerlo.
He visto llegar ejércitos convencidos de su verdad y marcharse derrotados sin haberla perdido del todo, he visto rezar a unos mirando al cielo y a otros mirando al suelo, he escuchado lenguas que ya no se hablan y juramentos que todavía perviven en la piedra, y si algo he aprendido en esta larga quietud es que el ser humano cambia menos de lo que cree y más de lo que admite, aunque pocas veces lo hace para bien. No me conmueven las gestas, ni las coronas, ni los estandartes, sino que me conmueve el paso inseguro, la duda antes de cruzar, ese instante en que alguien, sea quien sea, entiende que avanzar implica dejar atrás algo, aunque no sepa todavía qué.
Por eso, entre todas las historias que han pasado sobre mí —y han sido muchas, demasiadas para la memoria de un hombre, pero no para la mía— hubo una que me sorprendió de un modo distinto, una que supo escuchar donde otros solo miraron. Me refiero a esa novela que lleva mi nombre, evidenciando que alguien, al fin, hubiera comprendido que no soy solo una obra de ingeniería ni un resto admirable del pasado, sino una pregunta tendida en el aire, o una tentativa obstinada de unir lo que parecía condenado a permanecer separado. No fue la época lo que me emocionó, porque ninguna lo hace del todo; fue la mirada. Aquella historia entendió que aquí no solo se cruzaban ríos, sino ideas, miedos, credos enfrentados y, aun así, hombres dispuestos a convivir sin necesidad de aniquilarse.
No idealicemos nada, yo no lo haré. Hubo desconfianza, hubo violencia, hubo sangre, como siempre la hay cuando los hombres creen que su idea merece más espacio que la del otro. Pero también hubo algo que hoy echo en falta, y no es otra cosa que la conciencia, tal vez inconsciente, de que el otro existía y no podía ser borrado sin más. Se discutía, se negociaba, se tensaba la cuerda hasta el límite, pero se compartía el suelo. Yo estaba ahí para recordar constantemente que nadie cruza solo, aunque camine en silencio.
Y ahora, que sigo en pie mientras el mundo corre, observo con una mezcla de perplejidad y tristeza cómo levantáis muros invisibles con la misma facilidad con la que antes tendíais puentes de piedra, y os separáis por ideas como si las ideas no hubieran nacido precisamente para ser cruzadas. Eso, para alguien como yo, no es solo un error histórico, sino que se trata de algo antinatural. Fui hecho para unir orillas, no para confirmar abismos.
Siempre supe —aunque nadie me lo enseñó— que no soy piedra ni arco ni cálculo romano, sino un gesto humano repetido hasta el cansancio, alguien avanzando hacia lo desconocido con la esperanza de no caer. Mientras haya quien se atreva a cruzar, seguiré teniendo sentido. Y quizá por eso esta novela me importa tanto, porque recuerda, sin alzar la voz, que un puente no existe para imponerse al paisaje, sino para permitir que el hombre se encuentre consigo mismo al llegar al otro lado.
El puente de Alcántara
Cuando ya tenía el primer párrafo de la reseña esbozado y me disponía a empezar por donde se supone que hay que empezar, el autor, la época, el contexto, ese orden tranquilizador que uno adopta para no perderse, ocurrió algo que no estaba previsto. Mi imaginación, que suele limitarse a sugerencias discretas, decidió esta vez actuar por su cuenta y me hizo llegar una carta. La firmaba el mismísimo puente de Alcántara.
No me detuve a pensar si eso era normal o no. A estas alturas de lector, discutir con la imaginación suele ser una pérdida de tiempo. Leí la carta, la dejé reposar y entendí que ya no podía escribir la reseña como tenía previsto, ya que cuando un puente —uno que lleva siglos viendo pasar la historia— se adelanta y habla, lo sensato es apartarse y escuchar.
Así que, una vez resuelto este pequeño incidente epistolar y devuelta la palabra a quien corresponde, ahora sí puedo empezar la reseña de El puente de Alcántara, novela histórica publicada en 1991 por el escritor alemán Frank Baer, ambientada en la España del siglo XI, considerada hoy una obra camino de convertirse en un clásico del género y que cuenta además con una continuación publicada posteriormente por el propio autor titulada El puente de Alcantara II.
No prometo objetividad absoluta, pero sí haber cruzado el libro con más preguntas de las que tenía al llegar.
Sinopsis
El puente de Alcántara sitúa su acción en la Península Ibérica de mediados del siglo XI y articula su relato a través de tres protagonistas pertenecientes a las tres grandes culturas de la época: Ibn Ammar, andalusí; Yunus, judío; y Lope, cristiano. Sus vidas, muy distintas en origen y formación, avanzan en paralelo y se cruzan en distintos momentos a lo largo de un extenso recorrido por ciudades como Sevilla, Córdoba, Murcia, León, Sepúlveda, Barbastro o Guarda.
Cada uno de ellos representa un ámbito diferente del mundo medieval peninsular. Yunus, médico judío, permite adentrarse en las costumbres, el saber y la vida cotidiana de las comunidades hebreas, así como en su papel fundamental en la transmisión del conocimiento; a través de su historia se introduce también a Karima, personaje clave en el desarrollo del relato. Lope encarna el itinerario de un joven cristiano que aprende el arte de la guerra bajo la tutela de un mentor y se forma como combatiente en un entorno marcado por la violencia y la lealtad cambiante. Ibn Ammar, personaje histórico real, aparece como poeta y diplomático al servicio de distintos príncipes de Al-Ándalus, moviéndose entre intrigas políticas, misiones diplomáticas y rivalidades cortesanas.
La novela alterna estas tres tramas, utilizando en cada capítulo el calendario correspondiente a la cultura del protagonista —cristiano, judío o musulmán— junto con sus equivalencias temporales, subrayando así la coexistencia de distintos modos de medir el tiempo y entender el mundo.
Sobre este entramado humano se despliega un amplio fondo histórico, ya que la obra aborda el tráfico de reliquias entre los reinos cristianos, utilizado como instrumento político y religioso para atraer peregrinaciones y prestigio, incluyendo el traslado de los restos de San Isidoro a León. Narra también las luchas internas entre los reinos cristianos tras la división del territorio de Fernando I, que desembocan en la batalla de Golpejera (1072) entre Sancho de Castilla y Alfonso de León.
En el ámbito musulmán, la novela muestra la fragmentación del Califato de Córdoba en los reinos de taifas, el auge y caída de distintas ciudades y la llegada de fuerzas africanas que alteran el equilibrio político y social. Episodios como la toma de Barbastro, fortaleza de gran valor estratégico y simbólico para ambos bandos, ocupan un lugar destacado en el desarrollo del relato. Figuras históricas como El Cid Campeador aparecen integradas en este contexto como líderes de ejércitos mercenarios al servicio de distintos poderes.
A lo largo de sus páginas, El puente de Alcántara retrata un mundo marcado por la convivencia, el conflicto, el comercio de personas, la presencia de esclavos y sirvientes, y unas relaciones humanas condicionadas por la religión, el poder y la supervivencia, componiendo un amplio fresco narrativo del siglo XI peninsular.
Estilo
No voy a engañar a nadie: este no es un libro cómodo. No se lee a la ligera ni se deja domesticar fácilmente. Frank Baer lo escribió como si no tuviera ninguna prisa, ya que su estilo es denso, trabajado, lleno de capas, y exige una lectura atenta, casi respetuosa. Aquí no se pasa páginas por inercia, sino que se avanza despacio, y cuando uno intenta correr, el propio texto le pone la zancadilla.
El ritmo es, en general, tranquilo, muy tranquilo. Solo en los momentos de acción el relato acelera y recuerda que también sabe ser emocionante, pero incluso entonces nunca pierde el control. Baer parecía más interesado en que entendamos dónde estamos y por qué que en llevarnos de la mano hacia el siguiente giro. Y cuando se detiene —que se detiene mucho— es para recrearse en un nivel de detalle que roza lo obsesivo, ciudades, palacios, mercados, baños árabes, casas, ropas, jerarquías domésticas… Todo está ahí, descrito con una precisión que hace imposible no imaginarlo.
Ese mismo cuidado extremo se traslada a los personajes y a su día a día. No son figuras épicas ni caricaturas históricas, sino personas profundamente condicionadas por su tiempo. Sus preocupaciones religiosas, sus dudas morales, su forma de entender la vida y la muerte están siempre presentes. La bondad y la crueldad conviven y, los intereses de las élites, nobles, gobernantes, cortes, se muestran con una naturalidad casi incómoda, ya que aquí la traición, incluso entre familiares, no es una excepción, sino una herramienta más del poder.
Me gusta especialmente cómo Baer maneja las tres voces protagonistas, ya que no se limita a cambiar de escenario o de nombre, sino que realmente cambia de mirada. El judío, el cristiano y el musulmán no piensan igual, no miden el tiempo igual ni entienden el mundo del mismo modo, y eso se nota en la narración. El recurso de abrir cada capítulo con el calendario correspondiente a cada cultura no es solo un adorno erudito, sino una forma muy eficaz de recordarnos que estas historias transcurren simultáneamente, pero no desde el mismo lugar mental.
El rigor histórico es, sencillamente, abrumador, ya que la documentación se nota en cada página, desde los grandes acontecimientos hasta los gestos más cotidianos. A ratos tenía la sensación de estar leyendo una clase magistral de historia medieval, pero integrada en la narración, sin esquemas ni subrayados. Baer enlazo de forma magistral lo real con lo ficticio con una naturalidad pasmosa, a la vez que consigue que personajes históricos y creados compartan espacio sin que se vean las costuras.
En cuanto a los personajes, ninguno está ahí solo para hacer avanzar la trama. Todos cargan con su contexto, con su educación, con sus límites. No son héroes modernos disfrazados de medievales, y eso se agradece. Son criaturas de su tiempo, con todo lo que eso implica, para bien y para mal.
Conclusión
El puente de Alcántara me parece una novela importante y necesaria, y no lo digo como fórmula amable, sino como constatación tras una lectura exigente y, en muchos momentos, incómoda. Es una obra que no busca entretener a toda costa ni adaptarse a los hábitos de consumo narrativo actuales, y precisamente por eso resulta tan valiosa. Frente a tantas novelas históricas contemporáneas que parecen pensadas como tratamientos previos para una serie o un guion de cine, esta reivindica la literatura como espacio de complejidad, lentitud y pensamiento.
He disfrutado especialmente de su ambición, puesto que Baer no contó una simple historia ambientada en el siglo XI, sino que trató de reconstruir una mentalidad, una forma de habitar el mundo, de entender el tiempo, la fe, la violencia y la convivencia. Eso implica renunciar a la comodidad del lector moderno y aceptar que no todo será ágil, ni amable, ni fácilmente digerible. Pero también implica algo que echo mucho de menos: respeto por la inteligencia del lector y por el pasado que se está narrando.
No es un libro para leer con prisas ni para buscar evasión ligera, ya que exige atención, paciencia y una cierta disposición a dejarse arrastrar por un ritmo que hoy puede resultar casi antinatural. A cambio, ofrece la sensación de haber estado realmente allí, de haber caminado por ciudades vivas, contradictorias y brutales, habitadas por hombres y mujeres que no piensan como nosotros y que, sin embargo, resultan inquietantemente reconocibles.
Por todo ello, considero El puente de Alcántara un ejemplo de lo que la novela histórica puede ser cuando no se pliega a modas ni a expectativas comerciales. Una obra que no simplifica el pasado para hacerlo vendible, sino que lo respeta en su complejidad y en su aspereza. No es una lectura para todo el mundo, ni pretende serlo, pero sí una novela que permanece, y que, como el propio puente que le da nombre, sigue invitando a cruzar incluso una vez leído.
Frank Baer

Frank Baer fue un escritor y periodista alemán, nacido en 1938 y fallecido en 2004. A lo largo de su carrera combinó el trabajo periodístico con la escritura de ficción, destacando especialmente en el ámbito de la novela histórica.
Aunque su producción literaria no fue muy extensa, Baer alcanzó un notable reconocimiento gracias a la solidez de su documentación y a su manera rigurosa de abordar el pasado. Frente a enfoques más espectaculares o simplificados, su escritura se caracterizó por una atención minuciosa a los contextos históricos, culturales y sociales, así como por una clara voluntad de comprender las mentalidades de las épocas que recreaba.
Su mayor logro literario fue El puente de Alcántara (1991), obra que consolidó su prestigio internacional y que fue seguida por una continuación, El puente de Alcántara II. Ambas novelas fueron traducidas a varios idiomas y situaron a Baer entre los autores europeos más respetados dentro de la novela histórica de finales del siglo XX.
La aportación de Frank Baer a la literatura destaca menos por la cantidad de títulos que por la ambición y el rigor de su proyecto narrativo, que aspiraba a reconstruir el pasado con profundidad, complejidad y una evidente exigencia intelectual hacia el lector.
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