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Reseña de A oscuras de Thomas Pynchon

10/08/2026
portada de la novela a oscuras de thomas pynchon, en la que bajo el titulo se ve la imagen de una ciudad de noche
portada de la novela a oscuras de thomas pynchon, en la que bajo el titulo se ve la imagen de una ciudad de noche
  • Título: A oscuras
  • Autor: Thomas Pynchon
  • Año de publicación: 2026
  • Editorial: Tusquets editores S.A.
  • Páginas: 410
Index

    RELACIÓN DE EFECTOS DEPOSITADOS TRAS LA LECTURA DE A OSCURAS, DE THOMAS PYNCHON

    Se informa a los lectores de que la Oficina ha recibido, durante las últimas semanas, un número inusualmente alto de pérdidas procedentes de la novela A oscuras de Thomas Pynchon. La mayoría de los afectados afirma haber entrado en ella con sus pertenencias, tales como una noción más o menos estable del argumento, cierta confianza en los narradores y la esperanza razonable de que, llegado el momento, alguien explicaría qué estaba pasando en perfecto estado. Sin embargo, nada de ello ha sido localizado todavía.

    En cambio, se han encontrado los siguientes efectos:

    —Una idea razonable de por dónde iba la trama, hallada hacia la página ciento y pico. Su propietario insiste en que ya la había perdido bastante antes.

    —Una explicación provisional de los acontecimientos, recogida en una cuneta entre dos capítulos. Presenta daños considerables y solo funciona si se la mira de reojo.

    —La sospecha de que todos los personajes saben algo que el lector ignora. Ha sido entregada por varias personas distintas, aunque ninguna ha querido firmar la declaración.

    —Un momento de claridad absoluta, de unos cuatro segundos de duración. Se ruega a quien lo reclame que no intente prolongarlo, la pieza se desintegra al contacto con la siguiente referencia.

    —Una teoría perfectamente coherente acerca de lo que está ocurriendo. Al abrirla, contiene otras seis teorías más pequeñas, todas ellas en desacuerdo.

    —Un lector que había venido a buscar una historia y terminó buscando conexiones. No lleva identificación. Responde con evasivas cuando se le pregunta qué relación guarda con los demás casos.

    —Dos o tres escenas que parecían decorativas y que ahora exigen ser revisadas en presencia de un abogado.

    —Una última página que no resolvía nada, pero que dejó en depósito una incomodidad difícil de clasificar y una extraña necesidad de volver al principio.

    Se recuerda a los interesados que esta Oficina no garantiza la devolución de los efectos. En determinados libros, recuperar lo perdido equivaldría a no haberlos leído.

    A oscuras

    No sé si todos los lectores de Pynchon terminan pasando por esa oficina, pero sospecho que muchos salen de sus novelas con la misma sensación, la de que alguien ha cambiado de sitio las piezas mientras uno estaba leyendo y, aunque no sabría señalar exactamente cuándo, el orden habitual del mundo ya no encaja del todo.

    Eso forma parte de su método. Thomas Pynchon, uno de los escritores más secretos de la literatura contemporánea —un autor que ha convertido su ausencia pública en una leyenda casi tan persistente como sus conspiraciones—, no escribe novelas que se limiten a contar una historia, sino que instala una centralita donde la paranoia, la cultura popular, la Historia, el humor y el miedo se llaman entre sí a cualquier hora. Una canción puede ser una pista, una casualidad puede venir con expediente propio y una escena aparentemente menor puede regresar más tarde con la serenidad de quien sabe algo que nosotros todavía ignoramos.

    Con La subasta del lote 49 y El arco iris de gravedad me ocurrió algo parecido. Me costó entrar en ambas; durante un tiempo leí como quien intenta seguir una conversación desde la mesa de al lado. Pero su estilo ya me tenía atrapado, con esa prosa juguetona, excesiva, brillante y peligrosamente adictiva. Y cuando conseguí encontrar el ritmo, las dos novelas me fascinaron todavía más, precisamente porque dejé de pedirles un mapa y empecé a disfrutar del laberinto.

    Por eso recibí A oscuras, su décima novela y la primera que publica tras más de doce años de silencio, con la mezcla habitual de curiosidad y una prudencia que, tratándose de Pynchon, nunca resulta excesiva. La novela llega rodeada del mismo secretismo que envuelve a su autor, sin entrevistas, sin fotografías recientes y sin que nadie pueda asegurar si será o no su última obra. Esta vez, Pynchon nos lleva al Milwaukee de 1932, en plena Gran Depresión, tras los pasos de Hicks McTaggart, antiguo rompehuelgas reconvertido en detective privado, al que un encargo aparentemente sencillo acabará arrastrando hacia una Europa donde ya empiezan a moverse demasiadas sombras.

    Así que toca abrir el expediente, revisar las pruebas y averiguar qué ha dejado Pynchon en depósito esta vez.

    Sinopsis

    Milwaukee, 1932. La Gran Depresión aprieta, la Ley Seca está a punto de convertirse en un mal recuerdo y Al Capone ya contempla el mundo desde una celda federal. En ese paisaje de fábricas exhaustas, negocios turbios y un país que intenta recomponerse a codazos, Hicks McTaggart trabaja para la agencia Unamalgamated Ops. Antes fue rompehuelgas; ahora es detective privado, que viene a ser una forma algo más elegante de meterse en problemas por encargo.

    Su nueva misión parece sencilla, debe localizar a Daphne, la heredera fugitiva de una descomunal fortuna quesera de Wisconsin, y traerla de vuelta a casa. Pero en una novela de Thomas Pynchon los encargos sencillos duran menos que una coartada bien escrita. Antes de poder averiguar demasiado sobre la joven, Hicks termina embarcado contra su voluntad en un transatlántico rumbo a Europa y aparece en Hungría, un país sin costa, con un idioma que le resulta impenetrable y una cantidad de repostería suficiente para distraer a cualquier investigador con una voluntad menos firme.

    A partir de ahí, la búsqueda de Daphne se convierte en una travesía cada vez más enrevesada por una Europa que empieza a llenarse de uniformes, consignas y amenazas. Nazismo en ascenso, agentes soviéticos, espías británicos, gánsteres, policías de lealtad dudosa, músicos de swing, médiums, fabricantes de bombas y extraños fenómenos electromagnéticos van cerrando el cerco alrededor de un detective que no entiende del todo qué está investigando, quién lo ha enviado realmente ni si Milwaukee sigue siendo el lugar al que merece la pena regresar.

    A oscuras combina la estructura del relato detectivesco con la sátira política, el espionaje, el absurdo y esa imaginación desbordante que convierte a Pynchon en un escritor imposible de confundir. Y mientras el mundo se desliza hacia una oscuridad mucho menos metafórica de lo que parece, Hicks McTaggart conserva una ventaja inesperada: sabe bailar. En una novela como esta, quizá no sea una habilidad tan inútil como parece.

    Una prosa que convierte el desorden en espectáculo

    No entendí todo lo que sucede en A oscuras, pero sospecho que, si hubiera entendido cada pieza a la primera, algo habría ido sospechosamente mal. Pynchon nunca ha escrito para que avancemos con una libreta de apuntes y la satisfacción de quien va tachando incógnitas; escribe para que aceptemos el exceso, la deriva y la posibilidad de que una conversación aparentemente trivial termine abriendo una compuerta hacia algo mucho mayor.

    Aquí, además, su prosa se mueve con una ligereza poco habitual en él. La historia sigue siendo frenética, caótica y propensa a desviarse por caminos secundarios, pero el relato avanza de forma bastante más lineal y menos compacta que en novelas como El arco iris de gravedad. Hay tramas paralelas, nombres que aparecen con vocación de quedarse y otros que irrumpen solo para dejar una frase memorable, pero la lectura no exige atravesar una selva de referencias a machetazos. Pynchon mantiene su maquinaria, aunque esta vez parece haber dejado algunas piezas a la vista.

    Su estilo continúa siendo absolutamente reconocible. Las frases se estiran, se pliegan y cambian de dirección con la soltura de una improvisación de jazz; pueden pasar de una observación histórica a una broma absurda, de una descripción minuciosa a un comentario que parece lanzado desde la barra de un club nocturno. La jerga de la época, el vocabulario policial, los giros del hampa, las alusiones políticas, la publicidad, la música y el lenguaje burocrático se mezclan en una prosa que nunca se limita a decorar el escenario, sino que lo convierte en ruido, velocidad y electricidad.

    Los diálogos tienen mucho que ver con esa sensación, ya que Pynchon los llena de réplicas rápidas, dobles sentidos, comentarios disparatados y personajes que parecen hablar como si supieran que alguien los está escuchando desde una habitación contigua. A veces una conversación sirve para hacer avanzar la investigación; otras, para que una banda de swing, un agente secreto o un gánster con problemas de logística se adueñe de la escena durante unas líneas. Y casi siempre queda la impresión de que, bajo el chiste, alguien ha deslizado una información importante sin avisar.

    Hicks McTaggart, el detective privado de Unamalgamated Ops, funciona como el punto de apoyo de ese desfile. Antiguo rompehuelgas y profesional de los encargos incómodos, recibe la misión de localizar a Daphne Airmont, heredera de la fortuna quesera de Bruno Airmont, conocido como “el Al Capone del queso”. Entre ambos existe, al parecer, una vieja “historia”, aunque Daphne se mueve ahora cerca de Hop Wingdale, clarinetista de los Klezmopolitans, una banda judía de swing que se dirige a Europa. Desde ese punto de partida, Pynchon despliega una galería de espías, policías ambiguos, gánsteres, músicos, agitadores, médiums, fanáticos y personajes que parecen haber entrado por error en la novela, pero terminan demostrando que quizá los equivocados éramos nosotros.

    El viaje de Hicks arranca entre Milwaukee y Chicago y continúa por barcos, trenes y submarinos hasta la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial: Viena, Budapest y Fiume, donde el absurdo industrial y la amenaza política parecen trabajar en el mismo turno. Hay clubes clandestinos, grandes orquestas, maniobras para esquivar la Prohibición, conspiraciones que se multiplican con facilidad y una presencia cada vez más oscura: el fascismo, que Pynchon no trata como una abstracción remota, sino como una maquinaria capaz de fabricar enemigos, borrar matices y convertir el miedo en espectáculo.

    Por eso la novela puede parecer una aventura detectivesca disparatada y, al mismo tiempo, una historia sobre un mundo que empieza a bailar al borde del abismo. Pynchon llena el escenario de música, chistes, persecuciones y personajes extravagantes, pero deja que, entre una carcajada y la siguiente, se escuche el ruido de algo mucho más grave acercándose.

    Conclusión

    A oscuras me ha gustado mucho, aunque no porque se trate de una novela sencilla —Pynchon no parece haber escrito jamás una sola página con la intención de facilitarnos el trabajo—, sino porque conserva algo cada vez más infrecuente, como la ambición de una literatura que no se conforma con entretener, aunque entretenga de sobra; que no renuncia a la complejidad, aunque sepa ser divertida; y que no rebaja su voz para parecer más inmediata, más consumible o más fácil de recomendar en una frase.

    En A oscuras, Pynchon levanta una maquinaria disparatada, llena de detectives desorientados, herederas fugitivas, espías, gánsteres, músicos, conspiraciones y amenazas que avanzan entre bambalinas. Sin embargo, debajo de ese carnaval de nombres, persecuciones y situaciones improbables hay una inteligencia narrativa muy precisa. Todo parece desmadrarse, pero nunca da la impresión de que esté escrito al azar. Su caos tiene método; su extravagancia, arquitectura; y hasta sus desvíos parecen saber adónde quieren llevarnos, aunque nosotros tardemos unas cuantas páginas en descubrirlo.

    Me resulta admirable que, en una época tan inclinada a la literatura de lectura rápida, a las novelas que se explican antes de empezar y a las voces que parecen diseñadas para no molestar a nadie, Pynchon siga escribiendo a su manera. Su prosa es alocada, sí, pero también elegante; técnica, pero nunca fría; juguetona, pero capaz de tocar asuntos muy graves sin convertirlos en una lección. Puede encadenar una escena cómica con una intuición política inquietante, pasar de un diálogo delirante a una imagen de enorme fuerza y hacer que una novela de espías, persecuciones y música de swing tenga, al mismo tiempo, el peso de una reflexión sobre la historia, el miedo y la facilidad con la que una sociedad puede empezar a aceptar lo intolerable.

    Por eso me parece un escritor destinado a convertirse —si es que no lo es ya— en uno de los grandes clásicos de nuestro tiempo. No porque sea inaccesible ni porque haya que leerlo con gesto solemne, sino porque posee algo que no se puede imitar: una mirada. Pynchon reconoce que el mundo es absurdo, violento, cómico, excesivo y, a menudo, incomprensible; pero en lugar de simplificarlo para que podamos sentirnos cómodos, lo devuelve a la página con toda su confusión, su música y su amenaza.

    A oscuras tiene la apariencia de una aventura desquiciada, pero respira alta literatura por cada uno de sus desvíos. Y cuando uno termina de leerla, quizá no conserve una explicación ordenada de todo lo que ha ocurrido, pero sí algo más difícil de encontrar, como la sensación de haber estado ante un escritor que todavía entiende la novela como un territorio sin límites.

    NOTA: 4,1/5

    Thomas Pynchon

    imagen de de thomas pynchon tomada en 1953 en la que aparece agachado de frente.

    Thomas Pynchon nació en Glen Cove, Nueva York, en 1937. Estudió Ingeniería Física y Literatura Inglesa en la Universidad de Cornell, una combinación que ayuda a entender una obra donde la ciencia, la tecnología, la historia, la política, la cultura popular y la teoría de la conspiración conviven con absoluta naturalidad.

    Tras trabajar durante un tiempo como redactor técnico para Boeing, publicó su primera novela, V., en 1963, con la que obtuvo el premio de la Fundación William Faulkner a la mejor primera novela. Desde entonces ha construido una de las trayectorias más singulares y admiradas de la literatura estadounidense contemporánea. Entre sus títulos más importantes se encuentran La subasta del lote 49, El arco iris de gravedad —galardonada con el National Book Award y considerada una de las grandes novelas del siglo XX—, Vineland, Mason y Dixon, Contraluz, Vicio propio, Al límite y A oscuras.

    Su literatura se caracteriza por las tramas laberínticas, la sátira política, las conspiraciones, el humor absurdo, la música, la ciencia y una mirada crítica sobre los sistemas de poder. Pynchon ha sido señalado en numerosas ocasiones como uno de los grandes renovadores de la novela posmoderna y como un autor imprescindible para comprender la narrativa estadounidense de las últimas décadas.

    A esa importancia literaria se suma el misterio que rodea su figura. Pynchon ha evitado durante décadas las entrevistas, los actos públicos y las apariciones fotográficas, hasta el punto de que su vida privada se ha convertido en parte de su mito. Su ausencia, sin embargo, nunca ha debilitado su presencia, ya que cada nueva novela suya sigue siendo recibida como un acontecimiento literario.

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