

- Título:Ruth
- Autora: Adriana Riva
- Año de publicación:2024
- Año de edición:2026
- Editorial: Ediciones Destino
- Páginas: 192
Ruth de Adriana Riva
Las personas no llevan fecha de caducidad, se trata de algo evidente, pero la humanidad, que ha demostrado una innata capacidad para complicar incluso las verdades más elementales, lleva siglos intentando ponerla.
Ni es algo necesario, para eso están las costumbres, la familia, los vecinos, los expertos, los conocidos que saben perfectamente lo que uno debería hacer con su vida y, sobre todo, ese formidable organismo sin nombre que llamamos sociedad y que jamás ha desaprovechado la oportunidad de decirle a alguien que ya es demasiado pronto, demasiado tarde o que ya no corresponde.
A los veinte años todavía se permite casi todo, podonademos equivocarnos, cambiar de carrera, enamorarnos de la persona equivocada, abanr una ciudad, ponernos un pendiente, leer a Schopenhauer por puro masoquismo o decidir que queremos ser astronauta aunque no hayamos conseguido aprobar física. La juventud posee el extraordinario privilegio de considerar sus disparates como posibilidades.
Después llega la edad adulta y las posibilidades empiezan a convertirse en responsabilidades. Es necesario tener un trabajo razonable, una pareja razonable, una casa razonable, unas vacaciones razonables y, si es posible, una opinión razonable sobre todo aquello que no entendemos. A partir de cierta edad ya no se espera que descubramos quiénes somos, sino que nos comportemos de acuerdo con lo que los demás han decidido que es.
Y finalmente llega la vejez, una palabra que resulta sospechosa, aunque no porque sea falsa, sino porque contiene demasiadas instrucciones. Parece decirnos, entre otras cosas, que ha llegado el momento de sentarse, recordar, tomar las pastillas a su hora, cuidar a los nietos, hablar de las dolencias y contemplar con dignidad la caída de de todo aquello que durante décadas se nos vendió como futuro.
El futuro, por cierto, es un producto de juventud, una vez cumplidos los ochenta, parece que solo queda pasado. Es, sin duda, una de las bromas más crueles que hemos inventado.
Lamentablemente nadie le pregunta al viejo qué piensa hacer mañana, se le pregunta cómo está, se le pregunta si necesita algo, se le pregunta si ha comido, se le pregunta por los nietos, se le pregunta por sus achaques, se le pregunta incluso, con una ternura que a veces tiene algo de insulto, si está contento. Pero casi nunca se le pregunta qué desea o qué planes tiene para mañana.
Incluso creo que hay algo todavía más perverso, ya que cuando quien envejece es una mujer, esa fecha de caducidad parece llegar un poco antes. Durante siglos se ha esperado de ella que fuese muchas cosas, hija, esposa, madre, cuidadora, memoria doméstica, administradora de afectos, enfermera sin sueldo y, cuando la ocasión lo requería, santa, pero pocas veces se ha considerado necesario averiguar quién era cuando dejaba de ser útil para los demás.
Y en este mundo aparece Ruth, tiene ochenta y dos años, una edad a la que, según las normas no escritas que hemos ido acumulando con una eficacia burocrática digna de Kafka, debería haberse convertido en una persona razonablemente previsible. Una mujer que ya sabe quién es, qué lugar ocupa, qué debe esperar de la vida y, sobre todo, qué cosas ya no debería esperar.
El problema es que Ruth no parece demasiado interesada en colaborar con semejante clasificación. Ruth, más bien, parece pensar que envejecer no consiste únicamente en perder cosas, sino también en desprenderse, una después de otra, de todas aquellas obligaciones que confundimos con nuestra identidad. Quizá cuando la vida deja de ofrecerte tanto futuro como antes empieza a devolverte algo que durante años parecía imposible de encontrar: tiempo. Y el tiempo, cuando por fin pertenece a uno mismo, puede resultar peligrosísimo.
Sobre todo para quien ha pasado media vida utilizándolo en beneficio de los demás. Ruth empieza entonces a hacer algo que, visto desde fuera, podría parecer insignificante, como vivir un poco más para sí misma. Va a la ópera, aprende, se interesa por cosas que no producen ningún beneficio práctico, habla, observa, recuerda, desea, se permite incluso esa extravagancia que la sociedad tolera mal a cualquier edad pero especialmente en una mujer mayor, que es, nada menos, que descubrir que todavía puede cambiar de opinión.
No parece gran cosa, y, sin embargo, quizá haya pocas formas más radicales de rebelión, ya que una mujer que a los ochenta años decide que su vida todavía le pertenece está cometiendo una pequeña herejía contra todo un sistema de expectativas.
Adriana Riva publicó Ruth en Argentina en 2024. Era su segunda novela, después de La sal, pero el libro pronto dejó de comportarse como una segunda novela cualquiera, alcanzó diez ediciones en Argentina y recibió la mención especial del Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2025. En junio de 2026 llegó finalmente a España, donde aquella mujer de ochenta y dos años que se resiste a aceptar que la vida tenga un último capítulo empezó a encontrar nuevos lectores.
Tal vez por eso Ruth tenga algo más interesante que una historia sobre la vejez, tiene una pregunta bastante más complicada: ¿en qué momento decidimos que una persona ha vivido suficiente para dejar de tener derecho a imaginar lo que viene después?
Algunas personas cumplen años, otras, de vez en cuando, cumplen condena. Ruth empieza a preguntarse si no habrá llegado el momento de salir de la suya.
Y yo, voy con la reseña.
Sinopsis
Ruth es una mujer de avanzada edad que, desde la muerte de su marido, parece haber quedado suspendida en una existencia en la que los días se suceden con una lentitud casi insoportable. Hace buena parte de su vida en la cocina de su casa, donde toma café instantáneo, ve películas y deja pasar las horas. “Es mi manera de matar el tiempo”, viene a decirnos, aunque el tiempo, mucho más obstinado que ella, parece empeñado en no matarla.
Antigua médica, Ruth conoce demasiado bien la enfermedad y la muerte, puesto que ha visto morir a muchos pacientes, pero ninguna muerte se parece a la de su marido. Desde entonces, su propia relación con la vida ha cambiado. La edad le ha traído colesterol, sordera, una preocupante carencia de vitamina D y unos huesos tan frágiles que cualquier caída puede tener consecuencias graves. También ha tenido que renunciar a conducir y acostumbrarse a las visitas médicas, los dolores y los calmantes, un territorio que conoce tanto por experiencia personal como por sus años ejerciendo la medicina.
Su mundo cotidiano se sostiene en buena medida sobre las personas que la rodean. Blanca, la mujer que se ocupa de las tareas domésticas y a la que conoce desde hace cuatro décadas, mantiene la casa en funcionamiento. Sus hijos forman parte de su rutina a través de llamadas telefónicas, el mayor, abogado, suele llamarla mientras conduce hacia el trabajo, el otro, cuando sale a pasear al perro. También está su nieta, con quien comparte películas y algunos momentos de complicidad.
Pero ninguna de esas relaciones consigue llenar completamente las horas. Ruth experimenta la vejez como una transformación que los demás no siempre comprenden, ya que el cuerpo impone sus límites, las actividades se reducen y el futuro parece convertirse progresivamente en un territorio ajeno. Incluso empieza a confundir nombres y busca ayuda psicológica, en un intento por recuperar una felicidad que parece haberse quedado en algún punto del camino.
Sin embargo, Ruth está lejos de ser una mujer sin intereses, participa en clases de arte por Zoom y encuentra refugio en la cultura, en sus recuerdos y en las conversaciones que mantiene con sus amigas. El arte, la historia, la literatura y la mitología aparecen constantemente en sus pensamientos y diálogos. Lee y reflexiona sobre los libros con la misma franqueza con la que habla de la vida, aunque sus preferencias literarias sean bastante poco democráticas: para ella, después de Shakespeare y los griegos, queda poco que merezca realmente la pena.
Entre todas esas relaciones ocupa un lugar especial Fanni, una amiga con la que habla por Whatsapp de una forma llena de humor, inteligencia y complicidad. A través de sus mensajes, ambas hablan de la vejez, de las novedades de un mundo que cada vez les resulta más extraño, de sus recuerdos y de todo aquello que todavía consiguen observar con curiosidad. Sus conversaciones revelan también una experiencia compartida, la sensación de encontrarse en una edad que los demás contemplan desde fuera sin comprender verdaderamente lo que significa vivirla desde dentro.
Mientras Ruth reconstruye episodios de su pasado y observa con una mezcla de ironía, lucidez y desconcierto su presente, la novela va componiendo el retrato íntimo de una mujer enfrentada al paso del tiempo, a la pérdida, al deterioro físico y a la conciencia cada vez más cercana de la muerte. No participa de los rituales destinados a mantener viva la memoria de su marido y prefiere relacionarse con sus pérdidas a su manera, lejos de las convenciones que otros consideran necesarias. Ruth demuestra que el futuro no necesita ser largo para seguir siendo futuro.
Estilo
Hay algo que me ha gustado especialmente en la forma en que Adriana Riva cuenta esta historia, y es que la autora confía muchísimo en Ruth, no ha necesitado colocarla dentro de un molde literario ni explicar continuamente lo que debemos pensar de ella. Deja escucharla y, a partir de ahí, somos los lectores los que vamos descubriendo a la mujer que hay detrás de cada recuerdo, de cada conversación y de cada una de sus pequeñas observaciones sobre la vida.
La novela está narrada en primera persona y esa elección resulta fundamental, puesto que Ruth posee una voz extraordinariamente lúcida, ágil y reflexiva, una voz que puede pasar de una consideración sobre la muerte a un recuerdo, de ahí a una enfermedad, una película, un libro o una conversación cotidiana sin perder nunca su personalidad. Hay en ella una inteligencia muy despierta, pero también una forma de mirar el mundo sin demasiadas concesiones, sin necesidad de levantar la voz resulta muy mordaz.
La prosa de Riva es limpia y económica, las frases suelen ser breves, precisas, y la autora sabe detenerse justo antes de explicar aquello que ya ha conseguido sugerir. Me gusta especialmente esa confianza en lo que queda entre líneas, ya que muchas veces una observación aparentemente sencilla termina adquiriendo un significado mayor precisamente porque Riva no la subraya. Hay momentos en los que la narración se acerca al aforismo, Ruth piensa, sentencia, recuerda y continúa adelante, no necesita convertir cada pensamiento en una disertación filosófica.
Y ahí entra uno de los grandes aciertos del estilo: el humor, ya que Ruth podría haber caído con una facilidad considerable en el sentimentalismo. Una mujer mayor, la pérdida del marido, las enfermedades, la soledad, el deterioro físico, los amigos que desaparecen… material no le falta a Riva para fabricar una novela de esas que nos obligan a sacar el pañuelo cada veinte páginas. Por suerte, no lo hace.
En su lugar aparece una ironía constante, a veces delicada y otras bastante más afilada, que permite que Ruth hable de asuntos dolorosos sin convertirlos en tragedia permanente. Se ríe de sí misma, de su cuerpo, de sus médicos, de sus olvidos, de las costumbres y de esa peculiar manera que tenemos los seres humanos de organizar la existencia para después descubrir que la existencia no tenía ninguna intención de respetar nuestros planes.
El resultado es un tono tragicómico que me parece muy difícil de conseguir, ua que la tristeza está ahí, pero nunca se adueña completamente de la narración. El humor tampoco funciona como una simple válvula de escape, puesto que forma parte de la manera que tiene Ruth de enfrentarse a aquello que le ocurre.
También me ha llamado la atención el lenguaje de la protagonista. Ruth tiene ochenta y dos años y su manera de expresarse conserva naturalmente determinadas palabras, giros y referencias que pertenecen a otra época. Pero esa voz no queda atrapada en el pasado. Convive con una realidad absolutamente contemporánea:, como WhatsApp, Zoom, las nuevas formas de comunicarse, las clases de arte a distancia y esa tecnología que para Ruth forma parte de su vida aunque, en ocasiones, parezca haber sido diseñada por alguien que disfruta poniendo pequeñas trampas a los seres humanos.
Esa combinación funciona porque no pretende convertir a Ruth en una anciana pintoresca ni en una reliquia de otro tiempo. Es una mujer de su época y, al mismo tiempo, una mujer que vive plenamente en el presente. Su lenguaje conserva su historia, pero su mirada permanece despierta.
Y quizá esa sea la característica que más define el estilo de Ruth: la novela habla de la vejez sin adoptar una voz envejecida. La narración puede tratar sobre la enfermedad, la muerte, la pérdida o las limitaciones del cuerpo, pero la escritura mantiene una extraordinaria sensación de movimiento. Ruth recuerda, piensa, se contradice, se ríe, conversa, lee, mira películas, se interesa por el arte y continúa haciéndose preguntas.
La vida puede haberse estrechado alrededor de ella, pero su voz no, y eso hace que la novela avance con una ligereza engañosa, ya que debajo de unas frases aparentemente sencillas hay una mujer pensando constantemente en el tiempo, en la muerte, en la memoria y en esa extraña tarea que consiste en seguir viviendo cuando la sociedad empieza a comportarse contigo como si ya fueras un recuerdo.
Conclusión
Ruth me ha parecido una novela muy valiosa, sobre todo por la manera en que consigue que una mujer de ochenta y dos años ocupe el centro de la narración sin convertirla en una figura pasiva, resignada o dependiente. Ruth tiene deseos, curiosidad, sentido del humor, inteligencia y, sobre todo, una vida interior que no desaparece porque hayan pasado los años.
Creo que ahí está una de las mayores virtudes del libro, También tiene importancia más allá de lo estrictamente literario, ya que nos obliga a mirar de otra manera a las personas mayores y a recordar algo que con demasiada facilidad olvidamos, que cumplir años no significa dejar de ser una persona completa, con opiniones, deseos, contradicciones y ganas de seguir viviendo a su manera. En ese sentido, Ruth reivindica una etapa de la vida que la literatura y la sociedad suelen representar con demasiados prejuicios.
También me ha gustado que Riva se aparte del tópico de la madre abnegada que continúa viviendo exclusivamente para sus hijos. Ruth puede querer a su familia y, al mismo tiempo, preferir una conversación con una amiga, una película o una tarde dedicada a sus propios intereses. Parece algo elemental, pero literariamente resulta bastante menos habitual de lo que debería.
Mi única reserva importante tiene que ver con la profundidad, ya que por momentos he echado de menos que algunas de las cuestiones que plantea, como el paso del tiempo, la muerte, la memoria, la pérdida o la conciencia de envejecer, fueran llevadas un poco más lejos. Ruth posee una experiencia vital enorme y una mirada suficientemente lúcida como para haber permitido una exploración filosófica todavía más profunda. Hay reflexiones que me han resultado interesantes y que, personalmente, me habría gustado que Riva desarrollara más.
Aun con esa pequeña carencia, me parece una novela inteligente, humana y necesaria, especialmente para quienes disfrutan de historias centradas en los personajes, la memoria y la vida interior más que en la acción. Ruth no necesita grandes acontecimientos para resultar interesante, le basta con darle voz a alguien a quien demasiadas veces la literatura, y también la sociedad, prefiere dejar en segundo plano.
NOTA:3,8/5
Adriana Riva

Adriana Riva (Buenos Aires, 1980) es escritora y editora. Ha publicado el libro de cuentos Angst (2017), la novela La sal (2019), traducida al inglés, y el poemario Ahora sabemos esto (2022). Ruth, publicada originalmente en Argentina en 2024, es su segunda novela y la obra que le ha dado una mayor repercusión: alcanzó diez ediciones en Argentina y recibió una mención honorífica del Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2025.
Riva también cofundó la editorial infantil Diente de León, para la que escribió libros ilustrados, y es coeditora de la revista literaria El Gran Cuaderno. En 2026 publicó Entre otras, su novela más reciente.
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