

Advertencia Inicial: lea bajo su propio riesgo y acompañado de café.
Los diccionarios tienen una injusticia de origen, ya que pretenden que las palabras significan siempre lo mismo, y no es así.
Libro, por ejemplo, puede significar para una persona un objeto de papel encuadernado, para otra, trescientas páginas de felicidad; para otra, una promesa que lleva siete años acumulando polvo en una estantería. Y para un lector, además, puede significar «lo necesito» aunque tenga otros cuarenta y siete esperando en casa.
Ambrose Bierce lo entendió hace mucho tiempo, y en su Diccionario del Diablo decidió que las palabras necesitaban menos solemnidad y bastante más mala leche. Donde los diccionarios explicaban el mundo, Bierce prefería ponerlo patas arriba y demostrar que quizá las palabras decían mucho más cuando dejaban de comportarse como palabras respetables.
Voy a intentar hacer algo parecido, pero sin diablo o, al menos, sin uno que reconozcamos, puesto que el lector también necesita su propio diccionario. Uno que explique conceptos que la Real Academia, por algún extraño descuido, todavía no ha considerado dignos de definición. Aunque aviso, este no pretende ser un diccionario académico, pretende ser peor.
Aquí las palabras no tendrán necesariamente el significado que aprendimos en el colegio, sino que tendrán el que adquieren después de pasar demasiado tiempo entre libros, ya que un clásico no es simplemente una obra que ha sobrevivido al paso del tiempo, sino que también puede llegar a ser ese libro que llevamos diez años diciendo que vamos a leer. Una librería no es solamente un establecimiento comercial, es un lugar donde el dinero entra en estado líquido y sale convertido en literatura. Y una estantería no es un mueble, es una confesión, a veces tan solo de intenciones.
Así que abro este pequeño diccionario para intentar poner algo de orden en el caótico, maravilloso y ligeramente absurdo mundo del lector. No garantizo que estas definiciones sean correctas, después de todo, ¿quién ha dicho que la literatura tenga que ser correcta? Lo importante es que, al terminar de leerlas, quizá descubras que algunas palabras significan algo completamente distinto cuando uno las mira desde el lugar donde realmente importa, desde dentro de un libro.
Diccionario del lector
Abandonar
Verbo. Dejar un libro a medias sin tener muy claro si has abandonado el libro o si el libro te ha abandonado a ti.
Todo lector ha vivido ese momento, en el que llevas ciento cincuenta páginas, has conocido a cinco personajes, has soportado tres tormentas, dos asesinatos y un matrimonio infame y, de repente, descubres que te importa todo exactamente lo mismo que te importaría una discusión entre dos desconocidos en un autobús. Entonces cierras el libro y aparece la culpa.
«Debería terminarlo.»
¿Por qué? Nadie termina una mala película por respeto al director, nadie escucha un disco mediocre hasta el último segundo para demostrar su compromiso con la cultura. Sin embargo, ante una novela que llevamos doscientas páginas intentando disfrutar, nos comportamos como si hubiéramos firmado una hipoteca.
Abandonar un libro no siempre es fracasar, a veces es simplemente reconocer, con una humildad que cuesta bastante, que el tiempo es demasiado corto para emplearlo en fingir que lo estamos pasando bien.
Argumento
Sustantivo. Historia que alguien cuenta en dos frases y que, inexplicablemente, necesita cuatrocientas páginas para demostrar que esas dos frases eran insuficientes.
El argumento es ese animal que vive escondido en las novelas y que normalmente sale a pasear cuando alguien te pregunta:
—¿De qué va?
Entonces cometes el error de responder. Si dices demasiado, acabas contando la novela entera y acabas de arruinarle el libro a tu interlocutor. Si dices demasiado poco:
—Pues… pasan cosas.
La literatura tiene una relación bastante peculiar con el argumento, ya que lo importante no siempre es qué ocurre, sino cómo, por qué, y qué demonios significa que ocurra.
Podemos resumir Hamlet diciendo que un príncipe descubre que su padre ha sido asesinado y decide vengarse. También podemos resumir la vida diciendo que nacemos, sufrimos, hacemos algunas cosas y morimos. Técnicamente ambas descripciones son correctas, y completamente inútiles. Tal vez una historia no sea lo que sucede, sino lo que nosotros conseguimos ver cuando sucede.
Autor
Sustantivo. Persona que dedica años de su vida a escribir sobre individuos que no existen y consigue que millones de personas sufran por ellos.
Una profesión bastante extraña, puesto que el autor crea personajes, les concede una familia, un pasado, una infancia, determinados traumas y una casa en algún lugar concreto. Después hace que todo empiece a salir mal. Y el lector, que ha pagado por ello voluntariamente, continúa pasando páginas.
Algunos comparten un pequeño acto de arrogancia, ya que creen que tienen algo que decir y además esperan que alguien quiera escucharlo. La historia de la literatura demuestra que, de vez en cuando, esa arrogancia está justificada.
El verdadero problema llega cuando el autor deja de escribir para el lector y empieza a escribir para explicarle lo inteligente que es. Ahí suele aparecer una novela de seiscientas páginas que podría haber sido una carta.
Bibliófilo
Sustantivo. Persona que ha conseguido convertir una afición inocente en una especialidad técnica.
A simple vista parece un lector, pero conviene dejarse engañar. Pregúntele por una novela y es posible que termine hablándole de la traducción, la edición, la imprenta, el tipo de papel y algún impresor vienés fallecido hace ciento veinte años. El fenómeno puede prolongarse indefinidamente si no se toman medidas.
Lo extraordinario es que el bibliófilo considera perfectamente normal este comportamiento. De hecho, suele mirar con cierta compasión a quienes se limitan a leer el contenido de los libros. Para él, interesarse solo por la historia es como visitar una catedral y dedicar toda la atención a las sillas.
Bibliotecario
Sustantivo. Persona que ha conseguido el trabajo perfecto para un lector, estar rodeado de libros todo el día y cobrar por ello.
Su existencia sería idílica si no fuera porque también existen los lectores. Tiene que localizar libros cuyo título nadie recuerda, encontrar novelas «que daban mucho miedo pero no sé cómo se llamaban» y explicar, con una paciencia admirable, que una biblioteca no es una discoteca y que el silencio tiene una razón de ser.
El bibliotecario sabe cuándo alguien necesita un libro, cuándo necesita que le recomienden uno y cuándo simplemente ha entrado para estar un rato lejos del mundo. Quizá por eso su trabajo tenga algo de filosofía, ya que se encarga de recordarnos que el conocimiento puede estar al alcance de cualquiera y que, aun así, necesitamos que alguien nos diga dónde está.
Biblioteca
Sustantivo. Edificio donde la humanidad ha reunido durante siglos todo lo que sabe para que las generaciones siguientes puedan ignorarlo con mayor comodidad.
En una biblioteca cabe casi todo, filosofía, ciencia, poesía, historia, novelas y miles de respuestas a preguntas que todavía no se nos han ocurrido. También cabe un hombre que busca durante veinte minutos un libro que tiene delante se sus narices.
Es uno de los grandes inventos de nuestra especie, ya que ponemos por escrito lo que hemos aprendido, lo ordenamos cuidadosamente y después dejamos que el polvo se encargue del resto.
La biblioteca demuestra que el ser humano tiene una extraordinaria capacidad para acumular conocimiento y una capacidad todavía mayor para no hacerle caso. Es posible que la civilización consista precisamente en eso, en dejar suficientes libros para que nuestros descendientes puedan comprobar que tampoco nosotros teníamos ni idea.
Cita
Sustantivo. Frase ajena que utilizamos para expresar una idea propia sin correr el riesgo de que parezca que se nos ha ocurrido a nosotros, por si acaso.
Una cita bien elegida puede hacer que un idiota parezca profundo, que un profundo parezca idiota y que ambos crean tener razón.
Platón, Nietzsche, Borges, Shakespeare o quienquiera que haya tenido la desgracia de pronunciar aquella frase hace cuatrocientos años acaba de convertirse en nuestro asesor espiritual gratuito. También son una forma muy sofisticada de sacar una frase de su contexto, ponerla bonita y utilizarla para demostrar exactamente lo contrario de lo que probablemente quería decir su autor.
Lo curioso es que casi siempre escogemos las que confirman lo que ya pensábamos. Porque al ser humano le gusta mucho cambiar de opinión, siempre y cuando la nueva opinión sea exactamente la misma que tenía antes.
Clásico
Sustantivo. Libro que ha sobrevivido a generaciones enteras y que sigue esperando pacientemente a que dejemos de decir que algún día lo leeremos.
El clásico tiene una ventaja extraordinaria sobre el resto de los libros, ya que nadie necesita conocerlo para tener una opinión sobre él.
—¿Qué te pareció?
—Una obra fundamental.
No lo ha leído, naturalmente, pero conoce la importancia de la obra, que es mucho más cómodo y permite hablar durante diez minutos sin correr el peligro de que aparezca algún detalle del libro.
Hay personas que han leído veinte páginas de un clásico y cuarenta críticas sobre él y consideran que eso constituye una educación literaria. Es posible que la verdadera cultura no consista en conocer muchos libros, sino en tener la humildad suficiente para reconocer aquellos de los que no tenemos ni idea. Aunque eso, por supuesto, sería pedirle demasiado a alguien que acaba de decir que Dostoyevski «se hace un poco pesado».
Colección
Sustantivo. Conjunto de libros que comienza con una compra razonable y termina ocupando una superficie de la casa que originalmente estaba destinada a otra cosa.
Toda colección empieza de una forma inocente.
«Voy a comprar esta edición.»
Después aparece otra.
«Esta es diferente.»
Luego una tercera.
«Es ilustrada.»
La cuarta tiene una nueva traducción, la quinta lleva prólogo de alguien muy importante, la sexta viene en una caja preciosa, para la séptima ya no queda ninguna necesidad que justificar. Entonces aparece el lector frente a la estantería contemplando cuarenta ediciones del mismo autor mientras intenta recordar cuál era exactamente la que pensaba leer.
El coleccionista no persigue los libros sino que persigue una perfección que sabe perfectamente que no alcanzará. Y, en eso, la colección se parece bastante a la vida, ya que no acumulamos cosas porque vayamos a necesitarlas todas, sino que las acumulamos porque nos cuesta aceptar que algún día no estaremos aquí para seguir buscándolas.
Comprar
Verbo. Convencerse de que la solución a no tener tiempo para leer consiste en adquirir otro libro.
Comprar libros es una actividad profundamente optimista. El lector entra en una librería sabiendo perfectamente que ya posee más lecturas pendientes de las que podrá completar en un futuro razonablemente humano y, aun así, considera que el verdadero problema es que le falta una más.
Lo fascinante es la facilidad con la que encuentra argumentos. Si el libro es nuevo, hay que aprovechar el momento. Si es antiguo, quizá no vuelva a aparecer. Si está rebajado, sería irresponsable dejarlo escapar. Si no está rebajado, es una inversión cultural. La lógica participa muy poco en el proceso.
Es posible que en realidad el lector nunca compre el libro que tiene delante, sino que compra al lector disciplinado, constante y organizado que imagina ser algún día. Un desconocido encantador que, curiosamente, jamás aparece.
Dedicatoria
Sustantivo. Frase que el autor escribe en un libro para que el lector pueda presumir de conocerlo sin necesidad de conocerlo.
Un libro firmado por su autor deja inmediatamente de ser un libro y empieza a ser una propiedad. El lector que jamás permitiría que nadie escribiera una palabra en sus ejemplares paga encantado diez veces más porque el autor haya escrito una.
Hay algo profundamente humano en esto, ya que primero convertimos una obra en un objeto de culto, después convertimos al autor en una celebridad y finalmente pagamos una fortuna por una mancha de tinta que nos permita decir que estuvimos más cerca de él que los demás.
La dedicatoria es, por tanto, una de las formas más pequeñas de la literatura y una de las formas más grandes de vanidad. Especialmente cuando dice:
«Para mi querido lector».
Y el querido lector acaba de pagar trescientos euros.
Distopía
Sustantivo. Novela que describe un futuro horrible para advertirnos de lo que puede ocurrir y que, con bastante frecuencia, acaba resultando demasiado parecida al presente.
En un mundo donde todo funciona mal solo hacen falta unos cuantos seres humanos haciendo lo que mejor sabemos hacer: controlar, prohibir, clasificar, vigilar, consumir, mentir y convencernos de que todo eso se hace por nuestro bien.
Las mejores distopías no suelen asustarnos porque inventen monstruos extraordinarios, sino porque cogen cosas perfectamente normales y las llevan unos cuantos pasos más allá. Hasta que un día levantamos la cabeza y descubrimos que estamos viviendo exactamente en el lugar del que la novela llevaba trescientas páginas intentando advertirnos.
Por eso quizá la distopía no sea realmente literatura sobre el futuro. Es literatura sobre nuestra facilidad para aceptar el presente.
Por cierto, aquí te dejo un enlace a mi artículo sobre las mejores novelas distópicas que he leído en los últimos años. Algunas se parecen demasiado a la realidad. Ni para inventar desgracias somos originales: https://vocesdelibros.com/novelas-distopicas-recomendadas/
Edición
Sustantivo. Estrategia editorial destinada a demostrar que un libro que ya posees puede volver a ser imprescindible si le cambian la portada.
El lector sabe perfectamente que sigue siendo el mismo libro, también sabe que necesita esa nueva edición, porque tiene mejores márgenes, una cubierta más bonita o un prólogo distinto, incluso es posible que tenga una cinta para marcar la página. Razones totalmente objetivas.
La edición nos demuestra una cosa, y es que no siempre compramos libros por lo que contienen, sino por cómo queremos sentirnos al tenerlos. Y, por supuesto, hay sentimientos que necesitan tapa dura.
Epílogo
Sustantivo. Parte final de una novela que aparece cuando el lector ya había empezado a despedirse de los personajes.
El epílogo es esa persona que, cuando la fiesta ha terminado, dice:
—Bueno, una cosa más.
Y tú sabes que no será una cosa, sino que será otra historia, que a veces sobra, aunque en ocasiones salva una novela. Hay veces en la que sirve para contarnos que todo aquello que acabamos de leer durante cuatrocientas páginas tuvo consecuencias, porque al parecer el autor no confía en que podamos imaginarlas solos.
Un buen epílogo no debería explicar el libro, sino que debería dejarlo respirando, ya que algunas historias terminan cuando termina la última página, las buenas, en cambio, siguen discutiendo contigo mucho tiempo después.
eREADER
Sustantivo. Aparato electrónico capaz de contener tres mil libros y una cantidad exactamente igual de excusas para no leer ninguno.
El eReader fue inventado para solucionar un problema que atormentaba a la humanidad desde hacía siglos, el de cómo llevar quinientos libros de vacaciones sin pagar exceso de equipaje. Y lo consiguió.
Ahora podemos llevar Guerra y paz, En busca del tiempo perdido y toda la obra de Shakespeare en un aparato que pesa menos que una novela de bolsillo. El lector moderno, liberado por fin de las limitaciones físicas, decidió utilizar esa maravillosa capacidad para descargar otros cuatrocientos libros, por si acaso.
El eReader también ha creado una nueva forma de lector, el que presume de tener una biblioteca de cinco mil títulos y, cuando le preguntas qué está leyendo, responde:
—Nada. Estoy buscando qué leer.
Una frase que resume bastante bien nuestra época.
Además, el eReader tiene una ventaja sobre el libro tradicional, nadie puede juzgarte por lo que llevas. Puedes estar leyendo a Tolstói en el autobús y, junto a él, tener descargadas quince novelas románticas, siete manuales de productividad y Cómo hacer que tu vida cambie en treinta días. Nadie lo sabrá, probablemente tampoco tú.
La tecnología consiguió que una biblioteca entera cupiera en el bolsillo. Lo que todavía no ha conseguido es meter ahí dentro las ganas de leerla.
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Estantería
Sustantivo. Mueble diseñado originalmente para colocar libros y que el lector termina utilizando para medir hasta dónde puede llegar su obsesión.
Su función principal es sostener libros, la secundaria, sostener las excusas del propietario. En ella conviven los libros que hemos leído, los que vamos a leer, los que deberíamos haber leído hace veinte años y aquellos que compramos convencidos de que la persona que seremos dentro de cinco años tendrá mucho más tiempo que nosotros.
Cada libro que lleva años sin moverse representa una promesa que seguimos aplazando. Y cada nueva balda es nuestra forma de negociar con una evidencia bastante incómoda, la de que no queremos tener tiempo para leer todos nuestros libros, sino que queremos tener una vida lo bastante larga como para seguir comprándolos.
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Estilo
Sustantivo. Forma particular de escribir que algunos autores tardan toda una vida en encontrar y otros confunden con utilizar palabras que nadie conoce.
El estilo es aquello que aparece cuando el escritor deja de intentar parecer escritor. Algunos escriben con frases de tres páginas para demostrar que tiene frases de tres páginas, hay quien utiliza palabras rarísimas porque las normales le parecen demasiado vulgares, y otros colocan una metáfora detrás de otra hasta que la novela necesita un chaleco salvavidas.
Sin embargo, también exiten escritores que lo hacen de una manera tan sencilla que uno termina preguntándose por qué demonios no se nos había ocurrido antes.
El problema del estilo es que no se puede aprender del todo. Puedes estudiar a Cervantes, a Joyce, a Faulkner o a quien te dé la gana. Puedes subrayarlos, imitarlos, admirarlos y llenar cuadernos con frases que te parecen geniales. Pero en cuanto intentas escribir como ellos, sucede algo bastante humillante, y es que dejas de parecer un escritor y empiezas a parecer alguien que ha leído demasiado a ese escritor.
El verdadero estilo quizá sea eso que queda cuando desaparece todo lo que intentamos añadir para parecer interesantes. Escribir bien no consiste en conseguir que el lector piense:
«Qué bien escribe»
Consiste en conseguir algo tan complejo como que el lector deje de pensar en cómo está escrito y empiece a pensar que esas palabras solo podían haber sido escritas así.
Final
Sustantivo. Momento en que una novela termina y el lector, que durante cuatrocientas páginas ha aceptado asesinatos, fantasmas, guerras y viajes en el tiempo, exige ahora que todo tenga sentido.
El final es una curiosa concesión que hacemos a nuestra necesidad de orden, ya que durante toda la novela aceptamos el caos con admirable entusiasmo, pero cuando llegamos a la última página queremos saber quién tenía razón, quién mintió, quién murió y, si no es mucho pedir, qué significa todo aquello.
El escritor puede negarse y dejarnos una puerta abierta, una duda, un cadáver sin explicación o un personaje mirando por una ventana con una expresión que significa, según el lector, absolutamente cualquier cosa.
Y entonces empiezan las interpretaciones.
«Es un final abierto.»
«No, es un final cobarde.»
«No lo has entendido.»
«No, el que no lo ha entendido eres tú.»
Es posible que la literatura nos guste tanto porque nos permite hacer algo que la vida rara vez concede:
llegar al final y discutir sobre qué demonios significaba todo.
Gafas
Sustantivo. Dispositivo óptico que permite leer la letra pequeña y descubrir, simultáneamente, que uno ya no tiene veinte años.
Las gafas tienen una relación extraña con la literatura, ya que sirven para ver mejor las palabras, pero no necesariamente para comprenderlas. Uno puede distinguir perfectamente cada letra de una novela y no tener la menor idea de qué demonios quiso decir el autor.
También tienen la desagradable costumbre de recordarnos que los años pasan. Primero las necesitamos para leer la letra pequeña, después para leer la letra normal, y finalmente las necesitamos para encontrar dónde hemos dejado las gafas.
Las gafas pueden enseñarnos a ver las letras. Para todo lo demás, seguimos siendo bastante miopes.
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Indice
Sustantivo. Parte del libro que finge saber adónde va la historia.
El índice posee una confianza admirable, ya que presenta capítulos, apartados y títulos como si el conocimiento pudiera organizarse limpiamente. Después empieza la lectura y todo se complica.
Las mejores novelas suelen desviarse, las mejores ideas también. Por eso nadie recuerda un gran libro por su índice, sino que lo recuerda por aquello que no esperaba encontrar.
Los mapas son útiles, pero los buenos descubrimientos suelen ocurrir lejos de ellos.
Lampara
Sustantivo. Aparato destinado a producir luz y utilizado principalmente para producir insomnio.
La lámpara de lectura es una cómplice que no juzga, ni pregunta, ni recuerda en ningún momento que mañana hay que madrugar. Simplemente ilumina la página mientras el lector toma una serie de malas decisiones perfectamente conscientes.
Solo diez páginas más, solo este capítulo, solo hasta que el protagonista deje de cometer estupideces. Horas después la lámpara continúa allí, observando. Sabe perfectamente cómo terminará la historia, porque lleva años viendo la misma escena. La lámpara no alarga las noches, solo facilita que nosotros lo hagamos.
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Lector
Sustantivo. Persona que dedica una cantidad desproporcionada de tiempo a observar cómo otros arruinan sus vidas para intentar no arruinar la suya del mismo modo.
El lector es una criatura extraña, ya que pasa años metiéndose en problemas ajenos, asistiendo a matrimonios desastrosos, guerras evitables, asesinatos mal planificados, ambiciones ridículas y crisis existenciales que podrían haberse solucionado con una conversación razonable.
Lo sorprendente es que nunca aprende del todo, lee a Emma Bovary y sigue tomando malas decisiones sentimentales, lee a Raskólnikov y continúa creyendo que las ideas brillantes de madrugada son una buena idea, lee tragedias griegas, novelas rusas y varios siglos de errores humanos perfectamente documentados para terminar descubriendo que él también es capaz de cometer unos cuantos por su cuenta.
La literatura no existe porque enseñe a vivir, sino porque demuestra que nadie ha sabido hacerlo nunca. Y aun así seguimos intentándolo. El lector no busca respuestas en los libros, busca compañía para sus dudas.
Lectura
Sustantivo. Actividad consistente en permanecer inmóvil durante horas mientras alguien que lleva muerto doscientos años consigue convencernos de que tenemos un problema.
En un mundo en el que todo el mundo tiene una opinión sobre todo, leer empieza a parecer una peligrosa forma de prudencia. El que no lee sabe poco y suele compensarlo hablando mucho, el que lee bastante sabe que sabe poco y suele compensarlo leyendo más, y luego está el lector que ha terminado tres novelas de Dostoyevski y ya considera que está en condiciones de diagnosticar a sus vecinos, explicar la política internacional y decirte por qué tu relación sentimental está condenada.
Hay personas que después de leer se vuelven insoportables, otros pedantes, hay que utilizan a Nietzsche como otros utilizan una bocina, para hacer más ruido que los demás, y los hay que leen únicamente para poder decir que han leído. Pero incluso con todo eso, leer tiene una pequeña virtud subversiva, nos obliga a convivir durante unas horas con una inteligencia que no es la nuestra. Mientras el mundo entero parece empeñado en tener razón, un buen libro hace algo mucho más desagradable, como recordarnos que quizá no sabemos tanto como llevamos toda la vida diciendo.
Libreta
Sustantivo. Objeto que el lector compra convencido de que va a llenarlo de pensamientos extraordinarios y que suele terminar lleno de listas de libros que algún día leerá.
La libreta es el lugar donde nuestras grandes ideas van a morir con una dignidad bastante discutible. Al principio escribimos frases memorables, después apuntamos nombres de autores, luego títulos, más tarde una página entera dice: “Buscar este libro”, y ahí queda.
La libreta tiene una relación particularmente sospechosa con el futuro, ya que todo lo que anotamos parece destinado a una versión mejor organizada, más culta y, sobre todo, mucho más libre de procrastinación de nosotros mismos. Por eso acumulamos libretas, una para escribir, otra para leer., otra para las ideas, otra que es demasiado bonita para escribir en ella, y finalmente ninguna sirve para nada porque estamos esperando encontrar la frase perfecta que justifique estrenar una página perfecta.
Librería
Sustantivo. Lugar donde una persona entra buscando un libro y sale, con frecuencia, con una explicación bastante convincente de por qué necesita otros cuatro.
La librería es uno de los pocos lugares donde entrar a mirar puede considerarse una actividad de riesgo, ya que entramos buscando una novela concreta, la encontramos, después descubrimos otra que llevábamos veinte años queriendo leer, aunque hasta ese momento no sabíamos que llevábamos veinte años queriendo leerla. Luego vemos una edición preciosa de un libro que ya tenemos, y finalmente llegamos a la caja con una bolsa llena de problemas que hace una hora no existían.
También es uno de los últimos lugares donde todavía se puede pedir ayuda sin que aparezca una pantalla.
—Quiero un libro.
—¿Cuál?
—No sé.
—¿De qué tipo?
—Bueno… que esté bien.
Una exigencia razonable, teniendo en cuenta que hay unos cuantos millones de libros que aspiran exactamente a eso.
La librería también sirve para descubrir que el lector tiene gustos mucho más complicados de lo que creía. Quiere una novela negra, pero no demasiado negra, algo profundo, pero que no sea triste, que enganche, pero que no sea comercial, que tenga personajes complejos, pero no demasiados y, si puede ser, que se parezca al libro que leyó el verano pasado, cuyo título no recuerda y del que tampoco recuerda el autor, pero “salía una mujer” El librero asiente. Ha oído cosas peores.
Librero
Sustantivo. Persona que pasa tantas horas rodeada de libros que termina desarrollando una peligrosa esperanza en la humanidad.
El librero es un ser que ha cometido el error de pensar que trabajar entre libros significa trabajar con lectores. No es así, trabaja con personas. El librero, debe escuchar a quien entra preguntando si tienen “ese libro que sale mucho en Instagram”, soportar al que asegura que “lee muchísimo” y después descubre que no recuerda el nombre de ningún autor, y atender al individuo que devuelve una novela porque el protagonista “tarda demasiado en ponerse interesante”.
Con los años desarrolla ciertas habilidades. Sabe distinguir al lector que viene a comprar de quien viene a tocar libros, reconoce al que abre una novela por la mitad para comprobar si “se lee fácil”, y ha aprendido que cuando alguien dice “solo estoy echando un vistazo”, conviene apartarse discretamente de la estantería y ponerse a salvo.
También ha descubierto algo que probablemente no enseñen en ninguna escuela de librería, y es que la gente tiene opiniones sobre los libros que no ha leído con una seguridad que ningún lector serio se atrevería a tener sobre los que sí ha leído.
El librero escucha todo esto y sonríe, se trata de una sonrisa profesional. Aunque por dentro, probablemente está escribiendo una novela. Se titulará El día en que cerré la librería y me fui a vivir al monte. Tendrá quinientas páginas, ningún diálogo y un protagonista que no soporta que le hagan preguntas. Será un éxito, sobre todo entre libreros.
Libro
Sustantivo. Objeto rectangular capaz de provocar insomnio, discusiones, enamoramientos, crisis existenciales y la compra de más objetos rectangulares.
El libro tiene una ventaja considerable sobre los seres humanos, y es que suele decir exactamente lo que piensa. Uno sabe a qué atenerse. Si promete una novela policíaca, aparecen cadáveres, si promete filosofía, aparecen preguntas, si promete autoayuda, aparece alguien asegurando que tu vida mejorará mucho después de comprar otro libro. Lo extraño es que seguimos llamándolo objeto, aunque un objeto es una silla, o una cuchara. Un libro puede permanecer diez años olvidado en una estantería y, sin embargo, cambiar una vida el día que alguien decide abrirlo. Eso resulta excesivo para un simple objeto.
Quizá por eso los lectores tienen una relación tan irracional con ellos. Los compran aunque no tengan tiempo, los conservan aunque no vayan a releerlos, los mudan de casa como si fueran miembros especialmente silenciosos de la familia. Y, en cierto sentido, lo son.
Manuscrito
Sustantivo. Texto que todavía no es un libro, aunque su autor lleve meses tratándolo como si ya fuera inmortal.
Existe un momento muy particular en la vida de cualquier escritor. Termina una obra, la relee, corrige algunas cosas, luego corrige algunas más, después corrige las correcciones y, finalmente contempla el manuscrito con la mezcla exacta de orgullo, miedo y agotamiento que suele preceder a las malas decisiones.
El manuscrito posee una característica desconcertante, y es que mientras se está escribiendo parece genial, cuando se termina parece mediocre, tres meses después vuelve a parecer genial, luego mediocre otra vez.
Es difícil confiar en algo que cambia de calidad cada vez que lo miramos, quizá por eso tantos manuscritos duermen en cajones, pero no porque sean malos, sino porque publicar significa descubrir algo terrible, y es que la opinión de los demás existe.
Sin embargo, toda biblioteca comenzó siendo un manuscrito, toda obra maestra también, y una cantidad considerable de disparates igualmente. El problema es que, al principio, todos se parecen muchísimo.
Marcapáginas
Sustantivo. Objeto utilizado para recordar dónde dejamos una lectura y para demostrar que los lectores son incapaces de utilizar cualquier cosa para un único propósito.
Los fabricantes de marcapáginas viven engañados. Creen que compiten entre ellos, y no es cierto. Compiten contra billetes de metro, recibos, servilletas, fotografías antiguas, entradas de cine, sobres, facturas y cualquier pedazo de papel que se encuentre a menos de un metro del lector.
Un marcapáginas no marca únicamente una página, sino que marca a una persona. Alguien se detuvo exactamente allí, tal vez por sueño, tal vez por aburrimiento, tal vez porque la vida lo llamó desde fuera del libro…y nunca regresó. Los marcapáginas no señalan dónde dejamos de leer. Señalan dónde nos interrumpió la realidad.
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Metáfora
Sustantivo. Mentira elegante que, cuando está bien escrita, consigue que nadie tenga la decencia de llamarla mentira.
La metáfora consiste en decir que una cosa es otra porque decir simplemente lo que es parecía demasiado fácil. El escritor mira una ventana y no ve una ventana, ve una herida, mira la lluvia y descubre la tristeza, mira una escalera y encuentra el ascenso del alma, mira una cuchara y, si lleva demasiados años escribiendo, probablemente encuentre la infancia.
El lector acepta todo esto porque la literatura tiene la curiosa costumbre de permitirnos cosas por escrito que nos parecerían preocupantes en una conversación.
—Mi madre era una casa vacía.
—¿Perdón?
—Es una metáfora.
—Ah. Entonces estupendo.
El problema aparece cuando el escritor se enamora de su propia capacidad para encontrar significados. Entonces una puerta deja de ser una puerta, una taza es la fragilidad, un perro representa la pérdida, y tres páginas después el lector ya no sabe si está leyendo una novela o asistiendo a una sesión de espiritismo doméstico.
También existe la metáfora explicada, esa es especialmente triste. El autor escribe una metáfora magnífica y, dos líneas después, siente la necesidad de decirnos qué significa. Es como regalar un acertijo y entregar la solución pegada detrás, la buena metáfora no debería obligarnos a entenderla, sino que debería conseguir que entendamos otra cosa sin saber exactamente por qué.
Una buena metáfora no cambia el nombre de las cosas, cambia la realidad durante un instante. Y después nos deja la desagradable sospecha de que quizá siempre la habíamos estado mirando mal.
Narrador
Sustantivo. Individuo al que permitimos inventarse los hechos, entrar en la cabeza de desconocidos y decidir quién tiene razón, siempre que lo haga con suficiente buena prosa.
El narrador omnisciente es un cotilla con licencia, sabe quién engaña a quién, quién está pensando en acostarse con quién y qué pasó en una habitación cerrada hace treinta años. Si además conoce los sentimientos de un perro, estamos ante una novela rusa.
El de primera persona parece más honrado, pero solo porque nos avisa de que va a mentir desde dentro. Dice «yo nunca hice aquello» y nosotros seguimos leyendo para descubrir si lo hizo, como si no tuviéramos ya bastante experiencia con gente que empieza una frase así.
Hay narradores que lo saben todo, otros no saben absolutamente nada, y algunos no saben nada pero escriben con una seguridad que haría carrera en televisión. Lo extraordinario es que les creemos, les entregamos horas de nuestra vida a un desconocido que puede estar muerto, loco, borracho o inventándoselo todo y todavía nos molestamos cuando descubrimos que nos ha engañado.
A lo mejor por eso nos gusta tanto la literatura, porque durante unas horas podemos confiar en alguien que nos miente descaradamente, algo que en la vida real llamamos ingenuidad.
Página
Sustantivo. Hoja numerada que permite al lector saber exactamente cuánto le falta para terminar un libro y, por tanto, cuánto le queda para empezar a preocuparse por el siguiente.
Las páginas llevan un número en una esquina que sirve para que el lector compruebe cuánto ha avanzado, cuánto le falta y, sobre todo, cuánto debería haber avanzado. También es el escondite favorito de ciertas criaturas literarias. El fantasma aparece en la página 37, el asesino en la 112, el personaje insoportable suele instalarse alrededor de la 84 y, si el autor le tiene cariño, permanece allí hasta el final.
Hay páginas que se leen en diez segundos y otras que necesitan una vida entera, algunas contienen una muerte, otras una descripción de un árbol que ocupa tres párrafos y que, sinceramente, nadie había pedido.
Las peores contienen una nota del autor. “Véase página 347” y una vez que llegamos allí descubrimos que la página 347 dice: “Véase página 82.” Eso no es literatura, es venganza.
Y luego están las páginas que el lector dobla para volver después y, sin embargo, nunca vuelve. La página permanece doblada durante años, conservando para siempre la esperanza de un lector que, evidentemente, sobreestimó su memoria, su tiempo libre y su capacidad para recordar por qué había doblado aquella página.
Los libros están llenos de páginas porque la vida también lo está. Unas las pasamos deprisa, otras las releemos, algunas querríamos arrancarlas y hay unas pocas que nos gustaría conservar para siempre. La diferencia es que un libro nos permite pasar página, en cambio, la vida, bastante menos considerada, suele limitarse a pasarla sin preguntarnos si habíamos terminado de leerla.
Párrafo
Sustantivo. Conjunto de frases que colaboran temporalmente para fingir que una idea puede mantenerse ordenada.
El párrafo es el lugar donde el escritor intenta poner disciplina en el caos. A veces lo consigue, aunque la mayoría de las veces simplemente logra que el desastre tenga mejor aspecto.
Los buenos párrafos poseen una cualidad difícil de explicar, ya que empezamos a leerlos sin esfuerzo y terminamos en el punto final sin recordar cómo hemos llegado hasta allí. Los malos, en cambio, hacen que cada línea parezca una cuesta arriba administrativa.
Hay párrafos que contienen una novela entera comprimida. Otros contienen una idea tan poderosa que sobreviven al libro que los rodea. Y algunos consiguen la hazaña de ocupar media página sin comunicar absolutamente nada, una habilidad especialmente apreciada por determinados autores contemporáneos.
Quizá la diferencia entre escribir y amontonar palabras se encuentre, precisamente, en saber dónde termina una idea antes de que empiece a aburrirse de sí misma.
Personaje
Sustantivo. Individuo inexistente capaz de provocar emociones perfectamente reales.
Los personajes constituyen uno de los mayores fracasos de la lógica, ya que sabemos que no existen, sabemos que nunca han existido, sabemos que son el resultado de combinar tinta, papel y cierta dosis de imaginación, y aun así sufrimos por ellos, nos preocupamos, los admiramos, los odiamos, y a veces incluso discutimos sobre ellos como si acabaran de salir un momento de la habitación.
Lo más inquietante es que algunos terminan ocupando un lugar estable en nuestra memoria. Hay lectores que recuerdan mejor a ciertos personajes que a compañeros de trabajo con los que llevan diez años compartiendo oficina. Y quizá sea comprensible, ya que los personajes de ficción tienen una ventaja considerable sobre las personas reales, y es que el autor se ha tomado la molestia de hacerlos interesantes.
Pila
Sustantivo. Formación geológica compuesta por libros que todavía no hemos leído y que continúa creciendo independientemente de cualquier esfuerzo razonable por reducirla.
La pila de libros empieza siendo algo provisional, un volumen sobre la mesa, dos sobre la silla, tres junto a la cama, y después adquiere conciencia de sí misma y comienza a expandirse.
El lector suele justificar su existencia apelando a la organización. La realidad ofrece otra explicación, da pereza colocarlos en la estantería. Existe además una diferencia fundamental entre una biblioteca y una pila, ya que la biblioteca transmite cultura, en cambio la pila transmite urgencia.
Cada ejemplar parece decir:
—Léeme.
—No, a mí.
—No, a mí primero.
Y el lector, incapaz de satisfacer a todos, termina empezando otro libro distinto.
Porque una pila de libros no es un conjunto de lecturas pendientes. Es una demostración física de que el deseo siempre lee más deprisa que el tiempo.
Poesía
Sustantivo. Género literario que utiliza quinientas palabras menos que una novela para provocar exactamente los mismos problemas.
La poesía lleva siglos soportando una acusación injusta, la de que es difícil de entender. No es cierto, difícil de entender es una declaración de Hacienda, la poesía suele ser bastante clara, el problema es que no siempre habla de cosas que puedan explicarse.
Un poema intenta poner nombre a aquello que normalmente se escapa, como el amor, el tiempo, la pérdida, la belleza, la memoria o esa extraña sensación de nostalgia que aparece cuando todavía no hemos perdido nada.
Por eso muchos lectores la evitan, pero no porque no la comprendan, sino porque sospechan que podrían comprenderla demasiado bien.
Además, la poesía posee una virtud que la vuelve peligrosa, puede acompañar durante años, en cambio una novela termina. Un poema espera, permanece escondido en la memoria hasta que un día la vida le da la razón, y entonces comprendemos que los poemas no envejecen, somos nosotros los que tardamos años en alcanzarlos.
Portada
Sustantivo. Superficie decorativa que permite al lector juzgar un libro antes de empezar a indignarse porque otros lo juzgan por la portada.
La portada es una de las grandes contradicciones de la literatura, ya que todos sabemos que lo importante está dentro, sin embargo todos seguimos mirando primero fuera. Las editoriales lo saben, los diseñadores lo saben, los autores lo saben, incluso los lectores lo saben, aunque suelen fingir que no.
Por eso existen cubiertas elegantes, minimalistas, ilustradas, sobrias, extravagantes y otras que parecen diseñadas específicamente para impedir que alguien se acerque al libro. Sin embargo, una buena portada cumple una función mucho más importante que llamar la atención, la de hacer una promesa. Le susurra algo al lector, le dice: “Aquí dentro hay una historia para ti.” y en algunas ocasiones cumple, otras no.
En eso se parece bastante a las personas, la diferencia es que un libro suele tardar menos en decepcionarnos, yo lo hace. muchas veces no lo hace.
Préstamo
Sustantivo. Ficción jurídica según la cual un libro entregado a otra persona regresará algún día.
El préstamo de libros se basa en la confianza, y la historia demuestra que la confianza es una cualidad admirable, especialmente cuando no tenemos libros.
Todo lector experimentado conoce las estadísticas, hay préstamos que duran semanas, otros meses, algunos alcanzan una longevidad suficiente para adquirir derechos históricos sobre el ejemplar.
Lo más fascinante es que solemos recordar perfectamente cada libro prestado, incluso décadas después, olvidamos cumpleaños, contraseñas, números de teléfono, pero recordamos quién se quedó aquella edición de Crimen y castigo en 2014. Eso no es memoria, es resentimiento organizado.
Quizá porque prestar un libro tiene algo de acto de fe, ya que entregamos una historia que nos importa a alguien que nos importa, y esperamos que ambas regresen intactas. Por desgracia, los libros suelen comportarse mejor que las personas.
Prólogo
Sustantivo. Texto situado antes del libro que intenta convencernos de que merece la pena leer el libro que ya hemos decidido leer.
El prólogo vive una existencia complicada, ya que quiere ser importante, pero aparece en el único lugar donde el lector tiene prisa. La mayoría de las personas abre una novela con el mismo entusiasmo con el que un niño abre un regalo, y entonces aparece alguien diciendo: “Antes de empezar, unas palabras.” No siempre es el mejor momento.
Sin embargo, los prólogos tienen su utilidad, ya que permiten a un experto explicarnos por qué una obra es extraordinaria, también permiten al autor justificarse y, ocasionalmente, permiten destripar media trama con una alegría verdaderamente alarmante.
Por eso muchos lectores los saltan, no por falta de respeto, sino por instinto de supervivencia. Aun así, existe algo entrañable en ellos, porque un prólogo es, en esencia, una muestra de optimismo, la creencia de que alguien que está deseando entrar en una historia querrá detenerse unos minutos para escuchar a otra persona hablar sobre ella.
Es la versión literaria de quien se coloca delante de una puerta para explicarte lo bonita que es la casa que estás intentando visitar.
Prosa
Sustantivo. Forma de escribir sin versos, aunque algunos autores consiguen que una página de prosa tenga más música que un poema y otros consiguen que parezca el manual de instrucciones de una lavadora.
La prosa parece sencilla porque no tiene rima, ni métrica, ni la obligación de terminar cada línea de una forma determinada. Puede ser clara, brutal, hermosa, absurda o deliberadamente insoportable.
Hay quien escribe prosa para contar una historia, hay quien la utiliza para demostrar que conoce muchas palabras. Estos últimos suelen tener una especial afición por las subordinadas y una relación complicada con los puntos. La buena prosa tiene algo de magia, ya que consigue que olvidemos que estamos leyendo palabras y nos haga creer que estamos viendo, escuchando o viviendo algo.
Escribir bien no consiste en utilizar palabras extraordinarias, consiste en conseguir que unas palabras normales empiecen a parecerlo todo.
Protagonista
Sustantivo. Persona ficticia a la que el autor condena a vivir una historia que probablemente habría preferido evitar.
El protagonista tiene una vida tranquila, hasta que empieza la novela. A partir de entonces pierde familiares, descubre secretos, se enamora de la persona equivocada, recibe llamadas a horas intempestivas y acaba metido en asuntos que cualquier persona razonable resolvería cambiando de número de teléfono y mudándose de ciudad. Y todavía esperamos que nos caiga bien.
El protagonista es, en el fondo, un pobre desgraciado con una función narrativa. Nosotros sufrimos con él desde el sofá, mientras él tiene que hacerlo sin poder cerrar el libro ni preguntarle al autor qué demonios está pasando.
Quizá por eso los buenos protagonistas se parecen tanto a nosotros, no porque sean héroes, sino porque, igual que nosotros, casi siempre tienen que seguir adelante sin tener la menor idea de lo que viene en la siguiente página.
Relectura
Sustantivo. Acto de volver a leer un libro que ya conocemos porque sospechamos que el libro ha cambiado, aunque en realidad quien ha cambiado somos nosotros.
La primera lectura descubre una historia, la segunda empieza a descubrir al lector. Encontramos frases que no recordábamos, detalles que ignoramos y personajes que ahora nos parecen completamente distintos. A veces incluso descubrimos que aquel libro que considerábamos maravilloso era bastante menos maravilloso de lo que recordábamos. La memoria también hace crítica literaria, y suele ser bastante generosa.
Pero hay libros que mejoran con los años, aunque no porque hayan cambiado, sino porque lo hemos hecho nosotros. Una novela leída a los veinte años puede hablarnos de amor, a los cuarenta puede hablarnos de pérdida, a los sesenta quizá nos hable de cosas que ni siquiera sabíamos que estábamos buscando.
Releer es descubrir que un libro puede permanecer inmóvil durante décadas mientras nosotros nos pasamos la vida cambiando, y quizá esa sea una de las mejores definiciones de la literatura, algo que permanece para que podamos volver a encontrarnos con nosotros mismos.
Reseña
Sustantivo. Texto que pretende explicar si un libro merece la pena y que normalmente consigue que el lector quiera saber si quien la escribe sabe realmente de lo que habla.
Una reseña puede recomendar, puede advertir, puede analizar, puede destripar una novela sin querer y provocar que alguien te mire con un odio perfectamente justificado. El problema de reseñar literatura es que debemos explicar por qué un libro funciona sin quitarle al lector el placer de descubrirlo por sí mismo.
Y después está la pregunta:
—¿Pero te ha gustado?
Pregunta aparentemente sencilla que puede destruir quinientas palabras de análisis, tres referencias a Dostoyevski y una tarde entera de trabajo. Porque a veces un libro es extraordinario y no nos gusta, y a veces nos encanta un libro que sabemos perfectamente que no es extraordinario.
La crítica intenta juzgar los libros, el lector, por suerte, solo tiene que vivirlos. La literatura tiene una pequeña insolencia que ningún crítico puede corregir, puesto que puede gustarnos un libro por razones que no sabemos explicar y podemos despreciar otro por razones que tampoco nos atrevemos a confesar.
Silencio
Sustantivo. Sonido imprescindible para leer y uno de los bienes más escasos de la civilización.
El lector necesita silencio, por eso suele buscarlo en lugares donde hay otras personas, teléfonos, obras, vecinos y algún perro que ha decidido comunicar sus pensamientos al barrio entero.
El silencio permite escuchar una novela, pero también permite escucharnos a nosotros mismos, que es bastante más peligroso. Tal vez por eso buscamos ruido constantemente, encendemos la televisión, miramos el móvil, ponemos música, revisamos mensajes y, cuando por fin conseguimos cinco minutos de silencio, sentimos la necesidad urgente de comprobar si alguien nos ha escrito.
Un libro necesita silencio para hablar, pero nosotros también, y tal vez esa sea la razón por la que el silencio nos incomoda tanto, ya que cuando desaparece todo el ruido, ya no podemos culpar a nadie de lo que pensamos.
Spoiler
Sustantivo. Información importante que alguien te proporciona sobre una historia justo después de decir: «No te voy a contar nada importante».
El spoiler es una forma de violencia cultural que suele comenzar con una sonrisa.
—¿La has terminado?
—No.
—Ah. Pues ya verás cuando…
Demasiado tarde.
El culpable suele defenderse:
—Pero eso no es importante.
Naturalmente, tampoco es importante saber quién muere, quién es el asesino, quién traiciona a quién o si el protagonista consigue sobrevivir. Son pequeños detalles sin importancia que, casualmente, suelen ser el motivo por el que llevábamos trescientas páginas leyendo.
La literatura lleva siglos enseñándonos que el viaje importa más que el destino, aún así, nadie quiere que le cuenten el destino antes de comprar el billete.
Y hay algo todavía peor, el lector que da un spoiler y después añade:
—Bueno, pero eso pasa al principio.
Ese hombre no necesita una definición, necesita vigilancia.
Terror
Sustantivo. Género literario en el que una persona oye ruidos extraños de forma reiterada en el sótano y, en lugar de buscar ayuda, o incluso mudarse de casa, decide bajar con una vela.
El terror exige una suspensión temporal de la inteligencia, ya que nadie sensato abre una puerta de la que salen arañazos, ni sigue un rastro de sangre, ni pregunta “¿hay alguien ahí?” cuando vive solo. El protagonista de terror, sin embargo, lo hace todo.
Por eso seguimos leyendo, porque queremos saber hasta dónde puede llegar un ser humano cuando se le retira el instinto de supervivencia y se le deja únicamente la curiosidad.
Después vienen los demonios, los muertos que regresan, las casas encantadas y esa simpática costumbre de las muñecas de cambiar de sitio cuando nadie las mira. El monstruo puede ser inmortal, ancestral y capaz de poseer treinta cuerpos a la vez, pero siempre encontrará a alguien dispuesto a preguntarle:
—¿Quién eres?
Es reconfortante pensar que existen fantasmas, ya que al menos ellos tienen la educación de avisar antes de matarnos. La realidad suele ser bastante menos considerada. Tal vez esa sea la razón por la que inventamos monstruos, porque necesitamos creer que el mal tiene colmillos, vive en una casa abandonada y sale de noche. Nos tranquiliza pensar que, si algún día aparece, podremos reconocerlo.
Si te gustan las novelas de terror te dejo un enlace en el que recomiendo las mejores novelas de terror actuales que he leído: https://vocesdelibros.com/mejores-novelas-de-terror-actuales/
Thriller
Sustantivo. Género literario en el que todo el mundo oculta algo, nadie llega a tiempo y abrir un mensaje desconocido puede costarte la vida.
En el thriller nadie dice toda la verdad. El policía oculta algo, el marido oculta algo, la mujer que acaba de aparecer en el capítulo tres oculta algo, el vecino oculta algo, el perro probablemente oculta algo, y cuando por fin descubrimos quién es el culpable, resulta que también tenía una infancia complicada.
El género funciona porque todos sabemos que, si un desconocido nos sigue durante seis manzanas, lo sensato es llamar a la policía. El protagonista llama a la policía, la policía está implicada, llama a un amigo, el amigo está muerto, llama a su madre, pero la madre sabe demasiado. A estas alturas, lo sensato sería comprarse un billete de avión, pero el protagonista decide investigar. Por eso existe el thriller.
Quizás lo verdaderamente inquietante no sea descubrir que alguien quiere matarnos, sino descubrir que llevamos toda la novela tomando decisiones que, con un poco de sentido común, habrían evitado la mitad del argumento.
Tiempo
Sustantivo. Sustancia invisible que sobra cuando somos jóvenes, falta cuando somos adultos y desaparece por completo cuando encontramos un libro que realmente nos gusta.
El tiempo es el gran enemigo del lector, pero no porque no tengamos suficiente, sino porque lo administramos como unos completos imbéciles. Tenemos tiempo para mirar una pantalla durante cuarenta minutos sin recordar absolutamente nada, pero no para leer veinte páginas. Tenemos tiempo para mirar durante una hora cómo desconocidos discuten sobre cosas que no nos importan, para preocuparnos por cosas que probablemente no ocurrirán, para hacer planes que cancelaremos cuando llegue el momento de hacerlos, pero, naturalmente, nunca tenemos tiempo para leer.
El lector conoce perfectamente esta tragedia y ha desarrollado una solución, la de comprar libros para cuando tenga tiempo. Es una estrategia brillante, el único inconveniente es que ese día lleva años sin aparecer. Los libros permanecen en las estanterías esperando pacientemente, mientras nosotros envejecemos, y ellos no
Quizá por eso nos inquieta tanto el tiempo, porque no lo perdemos cuando no hacemos nada, lo perdemos haciendo cosas que, en el momento de hacerlas, nos parecen demasiado importantes para admitir que eran una pérdida de tiempo.
Villano
Sustantivo. Individuo que podría acabar con el héroe en diez segundos, pero prefiere explicarle su plan durante cuarenta páginas.
El villano literario tiene una confianza conmovedora en su capacidad para hablar, ya que podría disparar, podría escapar, podría matar al protagonista, pero antes necesita contarle su infancia, explicarle su filosofía y revelar con extraordinario detalle cómo piensa dominar el mundo. Es un hombre con un plan perfecto y una alarmante incapacidad para guardar silencio.
Además, el villano necesita presencia. Entra en una habitación y el autor nos informa de que todos sienten frío, sonríe y alguien recuerda una tumba, mira una copa de vino y el lector comprende que esa copa contiene el mal, cuando probablemente solo quería beber.
Los villanos también tienen una relación peculiar con la inteligencia, ya que son capaces de construir una máquina que destruya la humanidad, pero nunca de comprobar que la puerta de la celda esté bien cerrada.
Y siempre subestiman al héroe, siempre. Después de haber estudiado durante veinte años su vida, sus hábitos, sus amigos y hasta su grupo sanguíneo, el villano llega a la conclusión:
—No será capaz.
Lo será, naturalmente, lo será, porque el villano no está diseñado para ganar, está diseñado para perder con estilo, tenía un plan perfecto y no había previsto que los demás también tenían uno.
Conclusión
Y aquí termina este Diccionario del lector, que ya era hora, porque hasta los libros necesitan saber cuándo dejar de hablar, aunque rara vez tengan la cortesía de hacerlo. He dedicado un número preocupante de horas a definir palabras que, en realidad, no necesitaban definición alguna y a buscarle algún sentido a esa extraña especie llamada lector, criatura que puede pasar una tarde entera discutiendo sobre la importancia de la literatura y después emplear cuarenta minutos decidiendo qué serie empezar. No sé si he conseguido aclarar gran cosa, pero al menos he confirmado una sospecha, la de que el ser humano es un animal bastante absurdo y, cuando aprende a leer, se vuelve todavía más interesante.
Un diccionario serio habría intentado poner orden, separar lo correcto de lo incorrecto y explicar las palabras con esa tranquilidad burocrática de quien cree que la realidad acepta ser metida en una casilla. Este diccionario ha preferido hacer preguntas, burlarse un poco y, cuando ha sido posible, señalar con el dedo. No me parece una mala manera de tratar con la literatura, que lleva siglos demostrando que las cosas importantes rara vez caben en una definición y que las personas que están completamente seguras de haber entendido un libro suelen ser las que menos ganas dan de hablar sobre él. También he descubierto que el lector es una criatura particularmente contradictoria, ya que quiere finales sorprendentes pero no demasiado, personajes profundos pero simpáticos, novelas largas que no se hagan pesadas y libros que cambien su vida siempre que no le obliguen a cambiar demasiadas cosas.
Tal vez por eso me gustan tanto los libros y me desconcierta tanto el mundo. En los libros, hasta la gente insoportable tiene una función, fuera de ellos, uno puede pasarse una vida escuchando a un imbécil hablar de sí mismo sin que aparezca un narrador que tenga la decencia de poner «fin del capítulo». Un diccionario puede decir qué significa una palabra, pero un libro puede conseguir algo bastante más molesto, como hacer que una palabra que creíamos conocer nos obligue a reconsiderar una vida entera. Y para eso no hace falta que el libro sea bueno, basta con que llegue en el momento adecuado, que es una de las pocas injusticias que la literatura comete con verdadera elegancia.
Así que cierro este Diccionario del lector sin haber encontrado una definición definitiva de nada, lo cual, después de todo, me parece un resultado bastante digno. Si algo he aprendido es que leer no nos hace necesariamente más inteligentes, ni más cultos, —la historia está llena de lectores perfectamente imbéciles—, pero al menos nos proporciona una ventaja considerable, ya que nos permite descubrir que también lo fueron muchos antes que nosotros y que algunos, además, tuvieron la amabilidad de escribirlo.
Ahora sí, se acabó. Puede usted cerrar el diccionario, volver a su estantería y fingir que mañana empezará ese libro que lleva seis meses mirándole con una mezcla de reproche y superioridad moral. Yo no voy a juzgarle, bastante tengo con mis propios libros sin leer. Después de todo, quizá para eso exista la literatura, para recordarnos que el mundo es un lugar bastante ridículo, que nosotros formamos parte del problema y que, mientras haya un libro cerca, siempre podemos hacer algo mucho más sensato que arreglarlo: sentarnos a leer sobre ello.
