Skip to content

Nada de Carmen Laforet. Reseña y análisis de la novela

03/10/2026
imagen de la portada de nada de Carmen Laforet en la que al lado de un fondo azul en el que aparece el título y la autora de la novela, se observa una foto en blanco y negro de una joven que camina por la calle muy abrigada
portada de la novela de Carmen Laforet Nada
  • Título: Nada
  • Autora: Carmen Laforet
  • Año de publicación: 1945
  • Año de edición: 2019
  • Editorial: Planeta
  • Páginas: 336
Index

    De Nada

    Sé que no me van a creer, y no se lo reprocho, pero resulta que yo soy la nada. También sé que os cuesta aceptar la existencia de aquello que no podéis ver, tocar o, al menos, imaginar con cierta precisión. Necesitáis que las cosas ocupen un lugar, que tengan un contorno y puedan ser separadas de las demás cosas mediante un nombre. Lo que no posee ninguna de esas propiedades os produce un malestar que soléis resolver de la forma más sencilla, que es diciendo que no existe.

    Pero haced una prueba, cerrar los ojos e intentar imaginarme, aunque no imaginéis una habitación vacía, porque una habitación sigue siendo una habitación aunque no haya nadie dentro. Tampoco penséis en un desierto, porque incluso allí quedarán la arena, el horizonte, el cielo y esa luz que, con una insolencia admirable, continúa cayendo sobre el mundo. Y ni se os ocurra pensar en el espacio negro que existe entre las estrellas, porque el negro también es algo y las estrellas, aunque lejanas, siguen estando allí.

    Quitarlo todo, absolutamente todo. Ahora decidme qué veis.

    Aquí es donde empiezo a divertirme, porque casi siempre aparece un color, Negro, blanco, gris, azul, cualquier cosa que vuestra imaginación haya decidido utilizar para vestir mi desnudez. Y en el mismo instante en que aparece ese color, por insignificante que parezca, ya habéis fracasado, puesto que habéis convertido la Nada en algo.

    Supongo que ese es mi verdadero problema, no el hecho de que yo no exista, sino que vosotros no sabéis imaginar mi existencia sin llenarla inmediatamente de alguna cosa. Lleváis miles de años intentando definir el vacío y todavía no habéis conseguido dejarlo vacío.

    Los filósofos me han perseguido con palabras, los poetas me han convertido en metáfora y los hombres que han perdido demasiado han llegado a conocerme de una forma mucho más íntima que quienes dedicaron su vida a pensar en mí. Hay momentos en los que dejo de ser una cuestión filosófica y me convierto en una experiencia, y eso sucede cuando una persona se marcha y la habitación permanece, cuando una vida desaparece y el mundo, con una crueldad casi ofensiva, continúa exactamente donde estaba, cuando una guerra termina y quienes han sobrevivido descubren que el final de los disparos no significa el final de la guerra.

    Aunque en general, después de una guerra, siempre queda algo, queda incluso aquello que parece que ya no está, como las ausencias, que quizá sean la forma más perfecta de la presencia, quedan las costumbres aprendidas durante el miedo, las conversaciones que nadie se atreve a mantener, las familias que han olvidado cuándo empezaron a hacerse daño y los jóvenes que reciben un país destrozado y, sin haber tenido ninguna responsabilidad en su ruina, tienen que aprender a vivir entre sus escombros. La historia suele ser bastante más ordenada cuando se escribe en los libros, comienza una guerra, termina una guerra y después llega la paz. Yo, que conozco mejor que nadie la naturaleza de las cosas que permanecen cuando todo parece haber terminado, puedo asegurarles que la realidad tiene bastante menos sentido del que le conceden los historiadores.

    Y fue precisamente en la España de posguerra, en una España que todavía respiraba entre las ruinas visibles e invisibles, cuando Carmen Laforet decidió pronunciar mi nombre.

    Nada.

    Tla vez Laforet comprendió que hay palabras que parecen demasiado pequeñas para contener una época, se escriben en una línea y, sin embargo, debajo de ellas puede quedar enterrado un mundo entero. Por eso, muchos años después, seguís encontrándome en una portada

    Nada

    Pues después de escuchar a la Nada, resulta difícil no concederle al menos el beneficio de la duda. Es posible que la Nada tenga razón y hayamos pasado demasiado tiempo creyendo que aquello que no hace ruido tampoco merece nuestra atención. Posiblemente algunas de las cosas más importantes que nos ocurren sucedan precisamente en ese territorio en el que, aparentemente, no sucede nada. Carmen Laforet debió de saberlo.

    En 1945 puso simplemente Nada en la portada de una novela y, con un título que parecía anunciar un vacío, terminó llenándolo de una época entera. Tenía entonces veintitrés años, una edad en la que todavía resulta posible mirar el mundo con la mezcla de asombro y desconcierto que la vida adulta suele encargarse de ir desgastando. España acababa de salir de una guerra y todavía estaba muy lejos de haber salido de sus consecuencias, sobre ese país herido, empobrecido y silencioso, Laforet escribió sin necesidad de convertir la literatura en un discurso sobre la Historia. Tuvo suficiente con mirar.

    La novela obtuvo el primer Premio Nadal en 1944, y desde su aparición se convirtió en uno de los grandes acontecimientos literarios de la España de posguerra y acabó traspasando las fronteras de nuestro idioma. Con los años fue traducida a numerosas lenguas, incorporada al canon de la narrativa española del siglo XX y leída por generaciones de lectores que ya pertenecían a un país muy distinto de aquel en el que Laforet la escribió. Su trayectoria resulta especialmente llamativa si recordamos que detrás de aquel libro había una autora de apenas veintitrés años y que se trataba de su primera novela.

    La Nada ya nos ha advertido de que las apariencias engañan, ahora podemos comprobar qué encontró Carmen Laforet dentro de ella.

    Sinopsis

    Andrea llega a Barcelona con dieciocho años para comenzar sus estudios universitarios. Procedente del campo y llena de expectativas ante la nueva etapa que está a punto de iniciar, se instala en la casa de sus familiares maternos, situada en la calle Aribau, donde vivirá durante su primer año en la ciudad.

    Allí convive con su abuela y sus tíos Angustias, Juan y Román, además de Gloria, la esposa de Juan, el hijo de ambos, la criada Antonia y un perro. La casa, marcada por las dificultades económicas de la posguerra, se convierte desde su llegada en un espacio dominado por las discusiones, los enfrentamientos familiares y la violencia entre Juan y Gloria. Angustias, profundamente religiosa, ejerce una estricta vigilancia sobre Andrea, mientras Román mantiene una relación conflictiva con el resto de la familia y utiliza su condición de músico y artista como parte de su forma de relacionarse con los demás.

    Fuera de la calle Aribau, Andrea comienza sus estudios y conoce a nuevos compañeros, entre ellos está Ena, una joven de una familia acomodada con la que establece una estrecha amistad, y Jaime, con quien Ena inicia una relación. Andrea también entra en contacto con Pons y su grupo de amigos, vinculados al ambiente artístico de Barcelona, y empieza a recorrer las calles de la ciudad, descubriendo poco a poco una realidad que contrasta con la que vive dentro de la casa familiar.

    A medida que avanza el curso, Andrea queda situada entre esos dos mundos: el de la calle Aribau, cada vez más difícil de soportar, y el de la universidad y sus nuevas amistades, donde encuentra experiencias y relaciones diferentes a las que ha conocido hasta entonces. Mientras tanto, los conflictos dentro de su familia continúan desarrollándose y las relaciones entre sus miembros irán adquiriendo una importancia creciente en su vida.

    Estilo

    Nada está narrada en primera persona por la voz de Andrea, quien habla desde su experiencia, naturalmente, pero su mirada permanece abierta hacia todo lo que la rodea, puesto que observa a las personas, los espacios, las conversaciones, los gestos y hasta aquello que permanece en silencio, de una forma que ella misma acaba convirtiéndose en una especie de testigo de cuanto sucede. Es protagonista, pero también parece caminar por la novela con algo de fantasma, presente en todas partes y, al mismo tiempo, ligeramente apartada de lo que contempla. Sus reflexiones le pertenecen, sus recuerdos le pertenecen, sus impresiones también, mientras que las vidas de los demás pasan ante ella sin que necesite apropiárselas.

    Creo que de ahí procede buena parte de la nitidez de la novela, puesto que Laforet observó sin precipitarse hacia el sentimentalismo y tampoco trata de explicarle al lector qué debería sentir ante aquello que está contando. Hay una contención que me resulta especialmente poderosa porque no nace de la frialdad, sino del dominio de la escritura y, sobre todo, de una extraordinaria precisión para registrar las emociones sin subrayarlas.

    La prosa participa de esa misma naturalidad, a primera vista parece sencilla, sobria, incluso despojada, y precisamente por eso puede pasar desapercibido el trabajo que hay detrás. Laforet no hizo uso de una escritura ampulosa para conseguir intensidad y sabe alternar con mucha flexibilidad la narración, la observación, el diálogo y esos momentos en los que la realidad parece transformarse durante unos instantes en una percepción casi poética. Hay elegancia en el lenguaje, pero nunca tuve la impresión de que la elegancia esté ahí para hacerse notar.

    Me han llamado especialmente la atención esas imágenes sensoriales con las que Laforet consigue modificar nuestra percepción de los espacios, la luz, los colores, los olores, las texturas y las sensaciones físicas no funcionan como meros adornos descriptivos, sino que contribuyen a crear una realidad que percibimos a través de Andrea. En ese sentido, hay momentos de Nada que tienen una cualidad claramente impresionista, ya que hay elementos que parecen construirse a partir de impresiones sucesivas, de luces y sombras, de sensaciones que se superponen hasta formar una imagen que no siempre resulta completamente estable. Al mismo tiempo, Laforet condujo determinadas descripciones hacia una deformación mucho más áspera, casi expresionista, especialmente cuando la percepción de Andrea convierte los cuerpos y los espacios en reflejos de la tensión que los atraviesa. Ramón J. Sender señaló precisamente esta doble dimensión impresionista y expresionista de la novela, una lectura que me parece especialmente útil para comprender por qué su Barcelona y sus interiores poseen una apariencia tan particular.

    También encuentro un contraste muy bien resuelto entre la narración y los diálogos. Cuando hablan los personajes, el lenguaje adquiere una espontaneidad mucho mayor y aparecen giros propios de la conversación cotidiana, mientras que la voz de Andrea recupera en otros momentos una dimensión más íntima y evocadora. Laforet logró pasar de un registro a otro sin producir una ruptura perceptible, y esa flexibilidad hace que la novela conserve una sensación de naturalidad incluso cuando la prosa se vuelve más lírica.

    Y después está Barcelona, que para mí constituye uno de los grandes logros de la escritura de Laforet. La ciudad no se confroma con ser un simple escenario por el que los personajes se desplazan, sino que se presenta como una realidad que Andrea va descubriendo y que cambia según cambia también su propia percepción. Es una Barcelona sombría y luminosa al mismo tiempo, vieja y todavía llena de movimiento, marcada por la pobreza y capaz de ofrecer espacios en los que parece abrirse algo parecido a la libertad.

    Me ha sorprendido muchísimo la madurez de la prosa de Laforet, no encuentro en ella la necesidad de demostrar que sabe escribir, y esa ausencia de exhibicionismo termina siendo una de sus mayores demostraciones de dominio. La escritura se mueve con precisión, cambia de tono cuando lo necesita, observa con una enorme atención y deja que las emociones aparezcan sin forzarlas. Hay una comprensión muy profunda de la experiencia de Andrea, pero esa comprensión nunca se convierte en una explicación permanente de lo que siente. Laforet confió plenamente en la inteligencia del lector y, cuando un escritor confía de verdad en quien tiene al otro lado de la página, la literatura suele ganar espacio para respirar.

    Sin duda alguna, lo que más valoro de su estilo es precisamente esa combinación poco frecuente entre claridad y profundidad. Nada puede leerse con una facilidad engañosa, porque debajo de una prosa que parece avanzar sin esfuerzo existe una mirada extraordinariamente precisa sobre las personas, los espacios y las emociones. Laforet consiguió que una voz joven observe un mundo complejo sin necesidad de volverlo más sencillo para nosotros, tal vez en ese punto se encuentre una de las razones por las que la novela conserva todavía esa capacidad de inquietar, la escritura nunca levanta demasiado la voz, nunca necesita explicarlo todo y, sin embargo, deja muy pocas cosas verdaderamente fuera de nuestra mirada.

    Personajes

    Los personajes son el alma de la novela, y una de las cosas que más me gustó de ellos es que Laforet no los construyó para que los entendiéramos del todo, los dejó ahí, con sus miserias, sus deseos, sus pequeñas crueldades y sus contradicciones. Román es quizá el ejemplo más evidente, porque resulta difícil permanecer indiferente ante él, tiene inteligencia, talento y una capacidad casi hipnótica para influir sobre los demás, pero al mismo tiempo hay algo oscuro y mezquino en su modo de relacionarse con quienes lo rodean. Ena, por su parte, posee una seguridad que Andrea todavía no tiene y se mueve por el mundo con una libertad que la fascina, aunque tampoco ella resulta tan transparente como podría parecer al principio.

    Andrea es, naturalmente, el personaje principal, no solo por ser la protagonista, sino por la forma en que Laforet nos dio a conocer el mundo a través de sus ojos sin que ella tenga siempre una explicación para lo que está viendo. Llega a Barcelona con la ilusión de comenzar una vida nueva y se encuentra con una realidad que no se parece demasiado a la que había imaginado, pero lo interesante es que no se limita a sufrir ese choque, sino que observa, compara, se equivoca, se deja llevar y va descubriendo poco a poco qué clase de persona quiere ser. Su evolución no está marcada por grandes declaraciones ni por transformaciones espectaculares, sino por una acumulación de experiencias que van modificando su forma de mirar a los demás y también de mirarse a sí misma.

    En la casa de Aribau cada uno parece haber encontrado su propia forma de sobrevivir a lo que le ha tocado vivir. Angustias intenta imponer orden mediante la religión y las normas, Juan descarga su frustración sobre Gloria, Gloria busca cualquier resquicio que le permita seguir adelante, la abuela conserva una bondad que parece haber quedado completamente desarmada y Antonia permanece ligada a Román de una forma que añade todavía más extrañeza a aquella casa. Pons y los jóvenes que rodean a Andrea introducen fuera de allí otro modo de vida, relacionada con la amistad, el arte y una libertad que desde la distancia parece mucho más sencilla de alcanzar.

    Conclusión

    La lectura de Nada, me ha dejado con la sensación de que es una novela que comprende algo bastante complicado sobre la vida, y es que no siempre son los grandes acontecimientos los que nos cambian, sino la acumulación casi imperceptible de días que parecen no conducir a ninguna parte. Andrea pasa un año en aquella casa y, visto desde fuera, podría parecer que apenas ha sucedido nada digno de ser contado, ya que no hay grandes aventuras, descubrimientos extraordinarios ni acontecimientos capaces de ordenar retrospectivamente su existencia. Hay discusiones, silencios, humillaciones, amistades, paseos, deseos, pequeñas esperanzas y una convivencia cada vez más insoportable, es decir, esa materia aparentemente insignificante con la que está hecha buena parte de cualquier vida.

    Tal vez por eso el título me parece mucho más profundo después de haber leído la novela, Andrea cree que se marcha de Barcelona llevándose poco o nada, pero la palabra nada empieza a adquirir otra dimensión cuando comprendemos que aquello que no podemos señalar con el dedo puede ser precisamente lo que más profundamente nos ha transformado.

    También me interesa mucho la extraña arquitectura de la novela, porque mientras Andrea atraviesa Barcelona buscando algo que todavía no sabe nombrar, la casa de Aribau parece permanecer encerrada en una representación que se repite indefinidamente. Allí todos conocen demasiado bien sus papeles, incluso cuando los detestan, y Andrea llega sin saber qué personaje le corresponde interpretar. Fuera puede caminar, respirar, observar y probar distintas formas de estar en el mundo, dentro, en cambio, parece que hasta el aire pertenece a los demás. Esa diferencia me parece fundamental, porque Nada no cuenta únicamente el despertar de una joven, sino el desconcierto de quien empieza a sospechar que convertirse en adulto consiste, en buena medida, en descubrir que nadie posee un guion definitivo y que algunas casas, algunas familias e incluso algunos mundos han aprendido a sobrevivir mucho después de haber dejado de saber vivir.

    Aunque lo que más me impresiona es que Laforet consiguiera escribir todo esto con poco más de veinte años. Hay en Nada una inteligencia literaria que no depende de la experiencia acumulada, sino de una mirada capaz de penetrar en aquello que todavía no comprende completamente. Por eso pienso que la novela conserva una juventud extraña, ya que pertenece de forma indiscutible a una España concreta, pero las preguntas que plantea no envejecen.

    Yo recomendaría Nada especialmente a quienes disfrutan de las novelas en las que la acción no está en primer plano y prefieren descubrir cómo una existencia se va modificando a través de detalles, conversaciones, silencios y relaciones que se vuelven progresivamente más complejas. También creo que puede encontrar un lector especialmente receptivo quien disfrute de la literatura de iniciación cuando esta no necesita convertir el crecimiento en una sucesión de enseñanzas. En cambio, quien necesite una trama muy dinámica, acontecimientos constantes o personajes cuyas motivaciones queden perfectamente explicadas probablemente encontrará aquí una lectura demasiado pausada y deliberadamente ambigua.

    A mí, precisamente, esa ambigüedad me ha resultado muy interesante. Nada no pretende decirnos qué debemos pensar de Andrea ni ofrecer una explicación tranquilizadora de aquello que ha vivido. La novela termina, pero algunas de sus preguntas permanecen abiertas, sin buscar una conclusión, simplemente prefieren dejarnos durante un tiempo en ese territorio extraño en el que todavía no sabemos qué hemos perdido, qué hemos ganado y cuánto de todo ello llevábamos dentro sin saberlo.

    Carmen Laforet

    Carmen Laforet nació en Barcelona en 1921 y pasó buena parte de su infancia y juventud en Las Palmas de Gran Canaria. A los dieciocho años regresó a Barcelona, donde comenzó a estudiar Filosofía y Letras, y posteriormente se trasladó a Madrid para estudiar Derecho, aunque no terminó ninguna de las dos carreras. Fue allí donde comenzó a dedicarse seriamente a la literatura.

    En 1944, con apenas veintitrés años, presentó Nada a la primera convocatoria del Premio Nadal y se convirtió en su primera ganadora. La novela, publicada en 1945, obtuvo un enorme éxito de crítica y público y se convirtió en una de las obras fundamentales de la narrativa española de posguerra. En 1948 recibió además el Premio Fastenrath de la Real Academia Española.

    Después publicó La isla y los demonios (1952), La mujer nueva (1955), que obtuvo el Premio Menorca de Novela y el Premio Nacional de Literatura, y La insolación (1963), concebida como el primer volumen de la trilogía Tres pasos fuera del tiempo. Su obra incluye también cuentos, novelas cortas, artículos y literatura de viajes.

    Laforet fue una figura fundamental de la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX y una de las voces que renovaron la literatura de la posguerra. Su temprana consagración con Nada, escrita cuando apenas había cumplido los veinte años, marcó una trayectoria literaria singular, caracterizada también por su progresivo alejamiento de la vida pública. Murió en Majadahonda, Madrid, en 2004.

    Tal vez te pueda interesar:

    Reseña de Marianela de Benito Pérez Galdós: https://vocesdelibros.com/marianela-perez-galdos/

    Reseña de El árbol de la ciencia de Pio Baroja: https://vocesdelibros.com/el-arbol-de-la-ciencia-de-pio-baroja/

    Reseña de Niebla de Miguel de Unamuno: https://vocesdelibros.com/niebla-de-miguel-de-unamuno/

    Aviso

    Este artículo contiene enlaces de afiliados. Si realizas un compra a través de ellos, «Voces de Libros» recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti. Esto me ayuda a seguir creando contenido. ¡Gracias por tu apoyo!

    Configurar