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Oblómov, de Iván Goncharov. Uno de los grandes clásicos de la literatura rusa

05/11/2026
Portada de la novela Oblomov de Iván Goncharov en la que se observa una habitacón amueblada y en el centro un sofá y encima de el una bata y una manta
Portada de la novela Oblomov de Iván Goncharov en la que se observa una habitacón amueblada y en el centro un sofá y encima de el una bata y una manta
  • Título: Oblómov
  • Autor: Iván Goncharov
  • Fecha de publicación: 1859
  • Fecha de edición: 2025
  • Editorial: Alba Editorial
  • Páginas: 648
Index

    Oblómov y el arte de dejar de esperar algo de la vida

    La sociedad tiene una curiosa forma de repartir el mérito, ya que a unos les exige que se dejen la piel para ganarse la vida y a otros les basta con no arruinar demasiado lo que heredaron. Si alguien se levanta de madrugada, trabaja hasta la extenuación y consigue llegar a fin de mes, hablamos de esfuerzo, sacrificio y superación; si otro nace con la vida resuelta, lo llamamos afortunado, como si la fortuna fuese una virtud y no una lotería en la que algunos reciben el premio antes de comprar el boleto. Después, quienes han tenido la suerte de empezar varios kilómetros por delante suelen explicarnos que el secreto del éxito consiste en esforzarse. Una de las ventajas del privilegio es que permite convertir las propias circunstancias en méritos personales y, de paso, dar lecciones a quienes no han tenido tanta suerte.

    Pero ¿qué sucede cuando alguien recibe todas las ventajas y ni siquiera consigue hacer algo con ellas? Una cosa es pasarse la vida sorteando obstáculos y otra muy distinta quedarse inmóvil cuando nadie ha tenido la decencia de ponerlos en el camino. Estamos tan acostumbrados a medir a las personas por lo que producen, por lo que ganan y por la energía que invierten en mantenerse ocupadas que hemos terminado confundiendo la actividad con el sentido de la existencia. Al que se mata a trabajar lo admiramos, al que no hace nada lo despreciamos, aunque pocas veces nos detenemos a pensar si el primero está viviendo mejor que el segundo o simplemente ha aprendido a obedecer con entusiasmo.

    En la Rusia del siglo XIX, Iván Goncharov encontró en Iliá Ilich Oblómov un personaje capaz de poner en evidencia unas cuantas de estas contradicciones. Aristócrata y propietario rural, Oblómov pertenece a una clase de hombres para quienes el trabajo siempre ha sido una obligación ajena, alguien que resuelve sus necesidades mientras ellos pueden permitirse el lujo de no resolver absolutamente nada. Publicada en 1859, Oblómov es una de las grandes novelas de la literatura rusa del siglo XIX, una obra fundamental del realismo ruso y una de las exploraciones psicológicas más notables de la narrativa de su tiempo. Su importancia, además, desborda el ámbito literario, puesto que Goncharov creó un personaje que terminó convirtiéndose en un arquetipo y dio nombre a una actitud que trascendió las páginas del libro. La novela es también una sátira de la nobleza terrateniente y de una sociedad que ha organizado la existencia de tal modo que unos nacen para dar órdenes y otros para que no les falte nada a quienes las dan.

    Lo paradójico es que Oblómov tampoco parece saber qué hacer con semejante ventaja, a parte de dedicarse a paerderla, ya que no conquista, no emprende, no se esfuerza por mejorar su posición ni parece especialmente interesado en aprovecharla. Sencillamente, permanece inmóvil mientras la vida sucede en otra parte. De su apellido, Goncharov hizo nacer el oblomovismo, término que acabaría incorporándose a la lengua rusa para designar una actitud de apatía, indolencia e incapacidad para llevar a la práctica las propias intenciones. Su significado va más allá de la pereza, alude a una forma de inercia vital, a la renuncia a actuar, a la costumbre de aplazar indefinidamente cualquier decisión y a una dependencia de la comodidad que termina convirtiéndose en una prisión.

    Sin embargo, sería demasiado sencillo despachar a Oblómov como un aristócrata perezoso, del mismo modo que resulta demasiado sencillo admirar a quien trabaja hasta quedarse sin vida y llamar virtud a su agotamiento. Quizá la pregunta que plantea Goncharov sea bastante menos simple de lo que parece: ¿es Oblómov quien ha renunciado a vivir o somos los demás quienes hemos aceptado una idea de la vida en la que no hacer nada resulta más escandaloso que no saber para qué hacemos tantas cosas?

    Sinopsis

    Iliá Ilich Oblómov es un noble propietario rural de unos treinta y dos años que vive en un apartamento de San Petersburgo sumido en una apatía casi absoluta. Pasa los días tumbado en el diván, vestido con su bata, incapaz de convertir sus preocupaciones en decisiones. Su hacienda, Oblomovka, atraviesa dificultades económicas y necesita reformas urgentes, pero Oblómov lleva años imaginando planes que nunca llega a poner en práctica. También su vida cotidiana se encuentra paralizada por pequeños asuntos que, lejos de resolverse, se convierten en nuevas fuentes de preocupación. A su lado está Zajar, su viejo criado, con quien mantiene continuas discusiones y una relación de profunda dependencia y fidelidad.

    Los conocidos que acuden a visitarlo intentan sacarlo de su aislamiento y devolverlo a la vida social, pero Oblómov contempla con desgana una existencia que considera demasiado agitada y llena de obligaciones. Una de las claves de su carácter aparece con especial claridad en el capítulo «El sueño de Oblómov», donde regresa a la infancia vivida en Oblomovka, un mundo protegido del esfuerzo, en el que todo se hacía por él y donde la tranquilidad, la abundancia y el descanso constituían la norma.

    Su gran amigo de la infancia, Andréi Stolz, representa justamente lo contrario. Hijo de padre alemán y madre rusa, es activo, disciplinado y emprendedor, y lleva tiempo intentando sacar a Oblómov de su letargo. Stolz le presenta a Olga Ilyínskaya, una joven inteligente, culta y vivaz con quien Oblómov termina enamorándose. La relación provoca en él un auténtico despertar, ya que comienza a salir, pasear, leer, relacionarse con otras personas y plantearse seriamente la posibilidad de cambiar de vida. Olga se implica profundamente en esa transformación y espera que Oblómov consiga dar el paso hacia una existencia diferente.

    La posibilidad del matrimonio obliga, sin embargo, a Oblómov a enfrentarse a todo aquello que lleva años aplazando, como los problemas de Oblomovka, sus dificultades económicas y las responsabilidades que implica construir una vida junto a Olga. Mientras Stolz se encuentra de nuevo fuera de Rusia, la situación se complica por las maniobras de Tarantiev y Mijéi Andréievich Mukhoyárov, que aprovechan la pasividad de Oblómov para perjudicarlo con un contrato de alquiler firmado sin la debida atención, lo que termina llevándolo a trasladarse al barrio de Vyborg.

    Allí se instala en casa de Agafia Matvéievna Pshenítsyna, una viuda dedicada a las tareas domésticas que le proporciona un entorno tranquilo, cómodo y protegido. La abundancia de comida, los cuidados constantes y la ausencia de exigencias hacen que Oblómov encuentre allí una vida muy parecida a la que conoció durante su infancia. Mientras tanto, Olga sigue esperando que dé el paso definitivo hacia una vida compartida, pero las diferencias entre ambos se hacen cada vez más evidentes

    Estilo

    Siempre he apreciado a los escritores capaces de contar mucho sin hacer que la escritura parezca un esfuerzo. Goncharov consiguió precisamente eso en Oblómov, con una prosa clara y elegante que combina la observación minuciosa, la ironía y una notable capacidad para el análisis psicológico. Basta pensar en las primeras páginas, con Oblómov instalado en su apartamento, con su bata, el diván y esa sucesión de pequeños asuntos que parece incapaz de resolver, para entender hasta qué punto Goncharov puede construir un personaje a partir de elementos cotidianos. No necesitó presentarnos su carácter mediante largas explicaciones, le bastó con mostrarnos cómo vive.

    Esa atención al comportamiento constituye uno de los principales recursos de la novela, puesto que Goncharov dibuja la psicología de sus personajes a través de sus pensamientos, sus conversaciones, sus hábitos y, sobre todo, de la distancia entre sus deseos y sus actos. Aunquue Oblómov quiere cambiar, hace planes, imagina una vida diferente e incluso llega a convencerse de que puede llevarla a cabo, pero sus propósitos rara vez llegan a convertirse en decisiones. El cápitulo titulado El sueño de Oblómov completa este retrato al remontarse a su infancia y mostrar cómo la educación recibida y el ambiente de Oblomovka contribuyeron a formar su carácter. Me parece especialmente acertado que Goncharov no impusiera una explicación psicológica cerrada, sino que proporcionara los elementos necesarios para comprender las contradicciones del protagonista.

    La sintaxis y el ritmo también desempeñan un papel fundamental, ya que Goncharov utilizó frases amplias, con digresiones, incisos y observaciones que permiten al narrador detenerse en una escena, examinarla desde distintos ángulos y deslizar una reflexión o un comentario irónico. Es una prosa reposada, de cadencia pausada, pero no por ello monótona. Su elegancia reside precisamente en esa naturalidad con la que alterna la descripción, el diálogo, la introspección y la intervención del narrador. La narración se toma su tiempo porque necesita observar, y esa elección formal encaja con un protagonista cuya existencia parece transcurrir al margen de cualquier urgencia.

    El humor es otro de sus grandes aciertos, ya que Goncharov tira bastante de mala leche y sabe encontrar lo ridículo en las costumbres, las pretensiones y las contradicciones de sus personajes. Su ironía no depende de los chistes ni de situaciones disparatadas, sino de la forma en que presenta comportamientos que, vistos de cerca, resultan absurdos. Los diálogos entre Oblómov y Zajar son un buen ejemplo, con sus continuos reproches, que tienen una comicidad magnífica, pero también revelan una relación de dependencia y familiaridad que va mucho más allá del enfrentamiento entre amo y criado. Algo parecido sucede con las visitas que recibe Oblómov, cuyos interlocutores representan distintas formas de entender la vida social y terminan retratándose a sí mismos a través de sus discursos y preocupaciones.

    Esa mirada irónica es también uno de los instrumentos de la crítica social, ya que Goncharov retrató a una aristocracia acostumbrada a los privilegios, las convenciones y una determinada idea del prestigio, sin necesidad de interrumpir la narración para formular juicios explícitos. Le bastó con poner en escena a sus representantes y dejar que sus palabras y comportamientos expongan sus propias contradicciones. La sátira surge así de la distancia entre la imagen que esos personajes tienen de sí mismos y lo que realmente muestran.

    El tono cambia cuando la narración se adentra en los recuerdos de Oblómov y en la vida de Oblomovka. Aparece entonces una veta lírica y melancólica que contrasta con la ironía de otros pasajes. Goncharov evoca la infancia, los paisajes y la seguridad de aquel mundo con cierta idealización, pero sin convertirlo en un paraíso sin fisuras. Esa tranquilidad que Oblómov recuerda con nostalgia es también el origen de su dependencia y de su dificultad para desenvolverse fuera de aquel entorno. La belleza de esos recuerdos convive, por tanto, con una lectura crítica de lo que representan.

    La caracterización de los personajes completa el trabajo. Oblómov, Zajar, Stolz y Olga tienen voces, temperamentos y formas de relacionarse muy diferentes. Goncharov no recurrió constantemente al retrato psicológico directo, sino que los definió mediante sus decisiones, sus conversaciones y el contraste que se establece entre ellos. Esa variedad permite que cada uno tenga una presencia propia y que sus diferencias contribuyan a desarrollar las ideas centrales de la novela.

    El resultado es una prosa que se toma su tiempo, pero que rara vez se detiene sin motivo. La novela avanza mientras Oblómov parece permanecer inmóvil, y esa relación entre la quietud del protagonista y la riqueza de la narración es, precisamente, una de sus mayores virtudes.

    Conclusión

    Hay algo que me reconcilia con la literatura cada vez que me encuentro con una novela como Oblómov, y es la sensación de que todavía es posible escribir para algo más que entretener durante unas horas. Me gusta esta literatura que no tiene miedo a detenerse, que confía en la inteligencia de quien lee y que deja espacio para pensar, descubrir y regresar sobre una frase porque su significado va bastante más lejos de lo que parecía a primera vista. Echo de menos esa ambición, no porque crea que la literatura actual carezca de grandes escritores, sino porque la conversación literaria presta con frecuencia demasiada atención a la trama, los giros, el ritmo o la capacidad de una novela para mantenernos pegados a sus páginas. Casi estamos llegando al punto de valorar los libros por lo bien que se adaptarían a una plataforma audiovisual, como si el mayor elogio que pudiéramos hacerle a un escritor fuese imaginar a un productor de Netflix llamándolo por teléfono. Y, mientras tanto, podemos olvidar que la literatura tiene posibilidades que ninguna pantalla puede sustituir, como enseñarnos a mirar, ampliar nuestro conocimiento, obligarnos a pensar y maravillarnos ante lo que una inteligencia excepcional puede hacer con las palabras.

    Oblómov es una de esas obras que justifican por sí solas la existencia de los clásicos, no porque debamos reverenciar cualquier libro antiguo ni porque el pasado fuese un paraíso literario en el que todos escribían maravillosamente, sino porque hay novelas cuya riqueza no se agota en la historia que cuentan. Goncharov construye unos personajes, unas ideas y unas contradicciones que continúan creciendo en nuestra cabeza cuando la lectura ya ha terminado. Hay humor, belleza, crítica y una extraordinaria capacidad para observar la conducta humana sin convertirla en una lección. Y quizá uno de sus mayores méritos sea conseguir que nos riamos de Oblómov, que nos desesperemos ante su comportamiento y que, poco después, sintamos ternura por él. No es fácil despertar simpatía por alguien que parece empeñado en desperdiciar su propia existencia, pero Goncharov comprende tan bien a su personaje que consigue mostrarnos sus limitaciones sin convertirlo en una caricatura ni absolverlo de sus responsabilidades. Nos permite conocer las raíces de su comportamiento, entender de dónde viene esa incapacidad para actuar y, aun así, no nos oculta las consecuencias que tiene para quienes lo rodean.

    Esa complejidad se aprecia especialmente en la oposición entre Oblómov y Stolz. Estamos acostumbrados a asociar la inmovilidad con la falta de oportunidades, con la pobreza o con el cansancio de quien lleva años trabajando para sobrevivir y apenas conserva tiempo para preguntarse qué habría querido hacer con su vida. Goncharov coloca esa parálisis, sin embargo, en un aristócrata que dispone de medios, tiempo y una posición privilegiada. Oblómov no necesita luchar por conseguir aquello que otros apenas pueden permitirse imaginar, ya que lo tiene prácticamente todo a su alcance y, aun así, no consigue hacer nada con ello. Me resulta profundamente irónica esa situación, ya que mientras unos entregan la vida trabajando para que otros puedan vivir sin necesidad de hacerlo, uno de esos privilegiados termina siendo incapaz de vivir siquiera la suya.

    Stolz encarna justamente lo contrario, el movimiento, la disciplina, la iniciativa y la voluntad de progreso. Su energía resulta necesaria frente a la pasividad de su amigo, pero no estoy seguro de que Goncharov nos esté proponiendo convertirlo en el modelo perfecto de existencia. ¿De verdad basta con estar siempre ocupado para haber vivido? ¿Es suficiente llenar los días de proyectos, obligaciones y objetivos para darles sentido? Ahí reside, para mí, una de las mayores virtudes de la novela, ya que no se limita a contraponer al perezoso y al trabajador, al hombre inútil y al hombre productivo, sino que nos invita a mirar qué hay detrás de ambas formas de estar en el mundo. Oblómov puede desperdiciar sus posibilidades por no actuar, pero también nosotros podemos desperdiciar la vida actuando sin descanso, persiguiendo objetivos que ni siquiera hemos elegido y confundiendo el movimiento con el progreso. A veces sospecho que hemos perfeccionado tanto la capacidad de mantenernos ocupados que ya casi nadie se pregunta para qué.

    Olga ocupa un lugar fundamental en esa reflexión. Su inteligencia, su independencia y su voluntad de comprender a Oblómov le conceden una entidad propia que va mucho más allá de su función dentro de la historia. No se trata simplemente de alguien que aparece para despertar al protagonista ni de una figura construida alrededor de las necesidades de un hombre. Tiene expectativas, contradicciones, deseos y una idea de la vida que también se pone a prueba. Me interesa especialmente esa dimensión porque demuestra que Goncharov no estaba repartiendo papeles sencillos, sino observando a personas que intentan encontrar su lugar en el mundo. También me parece significativo que la novela pueda despertar tanta ternura hacia Oblómov sin ocultar las consecuencias de su comportamiento para quienes lo rodean. Comprender a alguien no obliga a justificarlo, y sentir compasión por sus limitaciones no significa que los demás deban vivir atrapados en ellas.

    Hay, además, algo profundamente triste en el personaje que da título a la novela. Oblómov no es un villano, ni un hombre especialmente cruel, ni siquiera alguien incapaz de sentir afecto. Precisamente por eso resulta tan difícil reducirlo a una caricatura del perezoso. En él hay sensibilidad, bondad y una manera de contemplar el mundo que despierta simpatía, pero también una incapacidad persistente para convertir sus deseos en decisiones. Su tragedia no consiste únicamente en dejar pasar las oportunidades, sino en que parece haber perdido incluso la capacidad de imaginar una existencia diferente. Quizá una de las formas más silenciosas de la desgracia sea acostumbrarse tanto a no vivir que uno termine considerando la renuncia una forma de tranquilidad.

    Por todo ello considero Oblómov una de las grandes novelas de la literatura universal. No debería quedar reducida a una lectura obligatoria ni desaparecer bajo el ruido de las novedades que duran lo que dura su campaña de promoción. Su grandeza no depende de que pertenezca al siglo XIX, sino de que Goncharov consiguió convertir una situación muy concreta en una pregunta que todavía podemos reconocer. Los clásicos sobreviven precisamente por eso, no porque estén libres de defectos ni porque debamos leerlos con reverencia, sino porque encuentran el modo de seguir hablándonos cuando las circunstancias que los vieron nacer ya han desaparecido.

    Oblómov habla de una sociedad muy distinta de la nuestra, pero sus preguntas siguen aquí, quizá con otros nombres y otras vestimentas. ¿Qué hacemos con nuestra vida? ¿Qué entendemos por progreso? ¿Para qué queremos tener más? ¿Qué aportamos a los demás, aparte de nuestra capacidad para competir y consumir? No espero que una novela resuelva estas cuestiones, y precisamente por eso agradezco que Goncharov no lo intentara. Prefiero que me deje pensando, que me haga sonreír ante una contradicción y que me descubra la belleza de una frase antes que recibir una respuesta prefabricada. He terminado Oblómov con la satisfacción de haber leído una obra importante, pero también con algo más difícil de explicar, como la sensación de que una novela escrita hace más de siglo y medio puede obligarnos a mirar nuestra propia vida con un poco más de atención. Y me niego a aceptar que tengamos que elegir entre leer para disfrutar y leer para pensar. Las grandes novelas llevan siglos demostrando que ambas cosas pueden ir juntas.

    Iván Goncharov

    Sobre el autor: Iván Goncharov (1812-1891)

    Iván Aleksándrovich Goncharov nació el 18 de junio de 1812 en Simbirsk (actual Uliánovsk), Rusia. Fue uno de los grandes representantes del realismo ruso del siglo XIX. Tras estudiar Filología en la Universidad de Moscú, se trasladó a San Petersburgo, donde trabajó durante décadas como funcionario del Estado, compaginando su actividad profesional con la escritura.

    Su trayectoria literaria quedó marcada por tres grandes novelas: Una historia corriente (1847), Oblómov (1859) y El precipicio (1869). También destacó como escritor de viajes con La fragata Pallada (1858), obra en la que recogió las experiencias de una expedición diplomática alrededor del mundo, incluido su paso por Japón.

    Su mayor reconocimiento llegó con Oblómov, considerada una de las obras fundamentales de la narrativa rusa. Con ella creó un personaje que trascendió la literatura y dio origen al término oblomovismo, incorporado a la lengua rusa para describir la apatía, la inercia y la incapacidad de transformar las intenciones en acciones. Su capacidad para combinar la crítica social, la ironía y el análisis psicológico lo convirtió en uno de los novelistas más destacados de su generación.

    Falleció en San Petersburgo el 15 de septiembre de 1891, dejando una obra cuya influencia y vigencia han superado ampliamente su época.

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