

- Título: Crimen y castigo
- Autor: Fiodor M. Dostoievski
- Año de publicación: 1886
- Editorial: Penguin Clasicos
- Edición: Junio 2015
- Páginas: 752
Crimen y castigo una inmersión en la mente del crimen
Hay noches en las que el sueño se torna en un inexorable juez . Cierro los ojos y, en lugar de la apacible oscuridad que debería envolverme, aparece un desfile de pensamientos incómodos, un murmullo de voces que se niegan a olvidar errores del pasado, decisiones cuestionables, oportunidades perdidas. No necesito un verdugo externo, mi propia mente es implacable, un fiscal que no descansa y que insiste en traer de vuelta palabras que nunca debí decir y otras que no me he atrevido a pronunciar, pasos equivocados, caminos que no he sabido tomar y silencios que duelen más que puñetazos. Trato de desviar los pensamientos hacia otros más agradables, intento distraerme con cualquier cosa, la respiración, el sonido lejano de la ciudad dormida, pero nada funciona. La culpa, cuando se instala, se acomoda como si siempre hubiera tenido derecho a estar ahí.
En algunos de esos momentos pienso en Raskolnikov, el protagonista de la genialidad que hoy nos ocupa, no porque haya hecho algo remotamente comparable a lo suyo, nunca he empuñado un hacha ni he cruzado ninguna línea irreversible, sino porque Dostoievski entendió mejor que nadie ese infierno privado al que nos arrastra la conciencia. Su novela es algo mucho más elevado que la simple historia de un asesinato, es la exploración de un alma que se debate entre la justificación y el arrepentimiento, que descubre que la verdadera condena no la dicta un tribunal, sino su propio reflejo en el espejo. Y eso, lo queramos o no, nos toca a todos.
Hay libros que se observan con reverencia, como cuando cruzas miradas con esa persona que te roba el sueño y a la que no puedes decirle ni un hola sin que se te quiebre la voz. Libros que no solo han sido leídos, sino que han sido venerados, diseccionados, elevados al olimpo de la literatura con una solemnidad casi litúrgica. Crimen y castigo es uno de ellos. Y yo, que soy la antítesis de la solemnidad, la obra cumbre de los inseguros y los ineptos, tenía miedo. Miedo de no estar a su altura, de que sus páginas fueran una fortaleza inexpugnable y yo me quedara fuera, golpeando la puerta con una torpeza que rozara el sacrilegio.
Me intimidaba tanto que tarde en lanzarme, pero finalmente, lo abrí. Y en cuestión de páginas, el miedo se convirtió en asombro. No solo entendía lo que leía, sino que lo vivía. No solo me atrapaba, sino que me absorbía hasta hacerme olvidar el mundo exterior. Dostoievski escribía con una profundidad tan abrumadora como natural, con una belleza que no necesitaba artificios, con una claridad que hacía que hasta los pensamientos más oscuros se iluminaran con una lógica aplastante. Me vi caminando por las calles de San Petersburgo con Raskolnikov, sintiendo su fiebre, su desesperación, su miedo y su orgullo, y al mismo tiempo sintiéndome, de algún modo, demasiado cerca de él.
Desde aquella primera lectura, cuando tenía poco más de veinte años, no me he alejado mucho de este libro. En su momento lo llevé conmigo a todas partes, leí sus páginas en el autobús, en el parque, incluso mientras caminaba por la calle, incapaz de esperar a sentarme en algún rincón tranquilo. Pocos años después lo releí y volví a devorarlo con la misma obsesión. Con los años, me he asomado a sus páginas muchas veces, leyendo fragmentos al azar, hasta que hace unos meses decidí que había pasado demasiado tiempo desde la última vez. Volví a abrirlo. Volví a dejarme arrastrar. Y cuando lo terminé, llegué a una conclusión: no pienso volver a dejar que pasen tantos años sin releerlo.
Lejos de ser un peso insoportable, esta novela nos libera. Nos enfrenta a las sombras que siempre tratamos de esquivar y nos obliga a mirarlas de frente, con la convicción de que la conciencia es un laberinto del que solo se sale atravesándolo. Por eso, cada vez que la releo, encuentro algo nuevo, una pregunta que antes no me había hecho, un matiz que me había pasado por alto, una verdad que duele pero que, en el fondo, alivia. No hace falta que diga que Crimen y castigo es una obra maestra de la literatura universal, eso ya lo sabemos todos. Lo que sí diré es que hay libros que nos cambian para siempre, y este es uno de ellos. No es una novela para amantes de la literatura, es una novela para cualquiera que alguna vez haya sentido el peso de sus propias decisiones. Y, si no la has leído aún, hazlo. No porque sea un clásico, ni porque se trate de una obra imprescindible. Hazlo porque hay pocas experiencias tan transformadoras como enfrentarse a uno mismo a través de las palabras de un genio.
Sinopsis
San Petersburgo, siglo XIX. Entre callejones angostos, aunque repletos de tabernas donde el vodka corre como falso antídoto contra la miseria, un joven estudiante, Rodion Romanovich Raskolnikov, deambula con la mirada perdida, mientras su mente hierve con pensamientos que son incapaces de dejarle en paz. Vive en una buhardilla miserable que es poco más que un cubículo bajo un tejado inclinado. Ahí pasa sus días, encerrado, abstraído, con la ropa ajada y el cuerpo consumido por el hambre y la fiebre. Solo baja cuando es imprescindible, cuando el estómago vacío lo obliga a salir o cuando la casera golpea la puerta exigiendo el pago atrasado del alquiler.
No tiene fuerzas ni ganas de enfrentarse al mundo, la ciudad entera parece pesar sobre él, con su ruido, su suciedad, su gente que siempre va con prisa, sin mirarle. Su vida se ha reducido a un estado de inercia, sobrevive a duras penas vendiendo sus escasas posesiones a una prestamista, la vieja Aliona Ivánovna, que le da apenas unas monedas por cada objeto que deja en sus huesudas manos. Camina sin rumbo, como un fantasma. No estudia, no trabaja, y ni siquiera el amor, si alguna vez lo pensó, tiene cabida en su mundo. Se siente encerrado en una jaula de barrotes invisibles imposibles de atravesar, ni de doblegar.
Un día, sus erráticos y desesperanzados pasos lo conducen hasta una taberna donde conoce a un funcionario alcohólico llamado Marmeladov, un hombre que se tambalea entre la culpa y la resignación. Entre tragos y sollozos, Marmeladov, le habla de su familia, compuesta por una esposa enferma, unos hijos hambrientos y, sobre todo, Sonia, su hija mayor, que tiene que vender su cuerpo para evitar que todos se hundan en la miseria más absoluta. Pero Marmeladov no tiene remedio, en cuanto consigue unas monedas, las gasta en más alcohol. Es un hombre derrotado, que se balancea entre la culpa y la resignación. Su historia, tal vez, despierta en Raskolnikov miedo por que su propio futuro acabe como el de Marmeladov, compuesto por deudas, desesperanza y una familia atrapada en el sufrimiento.
Poco después recibe una carta de su madre, Pulkeria Aleksandrovna. Sus palabras lo golpean aún más fuerte que las confesiones de Marmeladov. Le cuenta sobre sus dificultades económicas y, aun así, le dice que está intentando reunir algo de dinero para ayudarlo, porque sabe que él también pasa necesidades. Pero lo que realmente le turba es la noticia sobre su hermana, Avdotia Romanovna, «Dunia». Ha conocido a un hombre adinerado, Piotr Petrovich Luzhin, y va a casarse con él. La indignación lo devora, sabe que Dunia no ama a Luzhin, que su sacrificio es una transacción, un precio que está dispuesta a pagar para salvar a su madre y a su hermano de la miseria. Todo se acumula. La pobreza, la impotencia, la sensación de estar atrapado en una existencia sin salida. Hasta que su pensamiento se vuelve una idea fija, un punto de no retorno.
Con su mente febril, urde un plan. Ha observado a Aliona Ivanovna, la vieja prestamista, una mujer que se enriquece con la necesidad de los más pobres y a la que él conoce bien. Para Raskolnikov, ella es un parásito, una vida que bien podría desaparecer en beneficio de otras. Así, con la convicción de que su crimen está justificado, entra en su vivienda y la asesina con un hacha. Pero la situación se descontrola cuando aparece Lizaveta, la hermana de Aliona, una mujer también inocente a la que acaba matando. El acto, en teoría calculado, se convierte en un baño de sangre torpe y caótico.
El crimen no le otorga la liberación que esperaba, y en lugar de eso, su mente se convierte en un campo de batalla donde la culpa y la justificación chocan con una violencia insoportable. Los días siguientes son un delirio febril, se repite que su crimen estaba justificado, que Aliona Ivanovna no era más que una sanguijuela que drenaba la vida de los pobres, que su muerte incluso podría haber sido un beneficio para la sociedad. Pero la realidad se filtra entre sus pensamientos como una sombra insidiosa, ha matado, y no se trata solo de una usurera despiadada como piensa, sino también de una mujer inocente.
Por su parte, la investigación por el asesinato de las dos mujeres avanza, el cerco se estrecha. El investigador Porfirio Petrovich, un hombre astuto y perspicaz, parece disfrutar el juego psicológico que despliega contra Raskolnikov. Sus preguntas, sus silencios, sus insinuaciones son como ganchos invisibles que se clavan en la conciencia de Raskolnikov. Los encuentros con él se convierten en una lucha entre su intelecto y su culpa, una tensa danza donde intenta mantenerse firme, mientras siente que el suelo tiembla bajo sus pies.
Pero hay otro factor que lo enfrenta a su crimen y se llama Sonia, la hija de Marmeládov, la muchacha que ha sacrificado su dignidad para mantener a su familia a flote. Hay algo en ella que lo perturba y lo atrae a la vez, una pureza indomable en medio de la sordidez del mundo que él mismo ha contribuido a ensuciar. Confesarle a ella su crimen es, en cierto modo, confesarlo ante sí mismo. Sin embargo la verdadera sentencia no vendrá de un juez ni de Porfirio Petróvich. No habrá cadenas ni barrotes más crueles que los que su propia mente ha erigido. Y cuando el peso de su conciencia le haga inclinar la cabeza, tal vez, solo tal vez, descubra que en la caída hay también una forma de salvación.
La maquinaria narrativa de un genio
Me impresiona la forma en la Dostoievski, escribió Crimen y castigo, como si diseccionara un alma en directo, con una técnica narrativa con algo de revolucionario, ya que usa la tercera persona, pero con un enfoque predominante en el monólogo interno de Raskolnikov. No es exactamente un flujo de conciencia en el sentido de Joyce o Woolf, pero sí un antecedente claro en el que el narrador no se limita a contar lo que sucede, sino que nos adentra en la intrincada e insondable psicológica del protagonista, con un estilo descriptivo, profundo, reflexivo, ingenioso, elegante y bello, aunque una belleza tan oscura como inquietante.
La novela es un torbellino de ansiedad, remordimiento y confrontación, pero que avanza con un ritmo que parece impropio de una obra tan introspectiva. Con cada una de sus lectura me he sentido como si estuviera asistiendo a un truco de alquimia narrativa en el que Dostoievski abre ventanas por todas partes, para dejarnos ver a Raskolnikov desde dentro, pero también a través de los ojos de los demás personajes, desde donde, a su vez, se refleja el contorno social de su época.
Además, Dostoievski logra lo que yo llamaría un «realismo febril», ya que aunque todo resulta muy verosímil, está narrado con tal intensidad que parece a punto de desbordarse. Me recuerda a lo que hace Céline en Viaje al fin de la noche, donde el realismo se tiñe de delirio, pero sin perder un ápice de autenticidad. En Crimen y castigo, hay momentos en los que uno siente que está dentro de un cuadro de Munch: los rostros desencajados, los pensamientos al límite, las escenas cargadas de una electricidad insoportable. Y, sin embargo, cada palabra está colocada con una precisión de orfebre.
Mentes atormentadas y almas en llamas
Pocas novelas pueden presumir de un elenco de personajes tan memorable como Crimen y castigo. Cada uno de ellos está construido con un equilibrio perfecto entre simbolismo y realismo, lo que los hace profundamente humanos y, al mismo tiempo, casi arquetípicos.
Raskolnikov es uno de los protagonistas más complejos que he encontrado en la literatura. Me cautiva y me inquieta a parte iguales cómo encarna la idea del «hombre extraordinario», pero también su propio fracaso para sostener esa teoría. Es un personaje atrapado en su propio experimento filosófico, asesina para probar que puede estar por encima de la moral convencional, pero termina consumido por su propio juicio interno.
Sonia es otro personaje muy destacable, una figura de inquebrantable bondad y redención que, a pesar de su caída y el rechazo social, su fuerza, su fe y su ternura devuelven a Raskolnikov la posibilidad de redimirse. Dunia, por su parte, encarna una nobleza que va más allá de las apariencias, su fortaleza y compromiso, incluso frente a la incomprensión de su propio hermano, hacen de ella un pilar fundamental. Porfirio Petrovich no es un simple investigador, es todo un maestro del juego psicológico. Con él, Dostoievski convierte el interrogatorio en un duelo mental donde la confesión parece inevitable desde el primer momento, aunque el protagonista aún no lo sepa.
Y en medio de este universo cargado de conflictos, Razumikin, un amigo de Raskolnikov supone, tanto para él como para los lectores un alivio y, al mismo tiempo, un contraste vital, gracias a su optimismo y capacidad para ver lo bueno en el mundo. Aparecen muchos más, aunque Dostoievski y su genialidad fueron incapaces de lanzarlos al escenario como meros figurantes, ya que cada uno está perfilado con tal maestría y con un peso tan medido en la trama que no hay sensación de caos ni de abrumo, sino una extraña claridad, como si cada nuevo rostro iluminara un ángulo distinto del inmenso retrato de su época.
Conclusión
Cada vez que cierro Crimen y castigo, me quedo con la sensación de haber pasado días en la cabeza de alguien que no es precisamente buena compañía. Y eso, lejos de ser un problema, me parece su mayor triunfo, Dostoievski consigue atraparte del mismo modo que se encuentra el protagonista en su propia mente.
No retrata la culpa como un castigo externo, sino como una enfermedad que carcome desde dentro. No hay jueces ni verdugos más implacables que nosotros mismos cuando cruzamos ciertas líneas y, esa idea, que es el eje central de la novela, es tan inquietante como cierta, o al menos debería serlo.
Al final, lo que más me fascina de Crimen y castigo no es solo su profundidad psicológica ni su retrato de la culpa. Es que, a pesar de la distancia en el tiempo, sigue siendo un libro que no me deja intacto. Que me obliga a preguntarme cosas que preferiría no pensar. Y que, como todo gran clásico, nunca se agota.
Cada vez que lo cierro, respiro hondo, y sé que volveré a él. Siempre vuelvo.
Fiodor M. Dostoievski

Fiódor Mijáilovich Dostoievski nació el 11 de noviembre de 1821 en Moscú y murió el 9 de febrero de 1881 en San Petersburgo. Novelista, pensador y maestro del drama psicológico, fue un hombre marcado por la tragedia, huérfano joven, condenado a muerte y salvado en el último segundo, desterrado a Siberia, adicto al juego, enfermo crónico… Su vida fue un campo de batalla, y de esa lucha nacieron algunas de las obras más intensas de la literatura universal.
Crimen y castigo, Los hermanos Karamázov, El idiota, Los demonios… Sus novelas no son simples historias, sino expediciones a los abismos de la moral, la culpa y la redención. Dostoievski no se conformó con describir la sociedad rusa del siglo XIX, la diseccionó, la expuso y la convirtió en un reflejo universal de nuestras propias contradicciones. No hay escapatoria en sus páginas, tan solo la seguridad de que, una vez que entras, ya no sales siendo el mismo.
Aviso
Este artículo contiene enlaces de afiliados. Si realizas un compra a través de ellos, «Voces de Libros» recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti. Esto me ayuda a seguir creando contenido. ¡Gracias por tu apoyo!