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La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa, una obra maestra sobre el fanatismo y la condición humana.

20/08/2026
  • Título: La guerra del fin del mundo
  • Autor: Mario Vargas Llosa
  • Año de publicación: 1981
  • Año de edición: 2023
  • Editorial: Alfaguara
  • Páginas: 824
Index

    Memorias de una bala de Canudos

    Nací en Canudos y morí en Canudos. Mi vida entera duró menos que un suspiro.

    Antes de mí hubo otras. Miles. Quizá decenas de miles. Mientras aguardábamos en cajas de madera, en cartucheras sudorosas o en los bolsillos de muchachos pobres que apenas sabían afeitarse, nos contábamos historias. Las balas siempre hablan del pasado, es una costumbre inevitable cuando el futuro apenas existe.

    Las más viejas hablaban de guerras lejanas, de emperadores cuyos nombres nadie recuerda, de reyes que prometían eternidad y terminaron convertidos en polvo. Decían que los hombres cambiaban de uniformes, de himnos y de banderas con una facilidad asombrosa, pero que en el fondo permanecían iguales. Siempre convencidos de que aquella vez era diferente. Aquella vez la muerte estaba justificada. Aquella vez la sangre abriría las puertas de un mundo mejor.

    Yo las escuchaba sin entender demasiado. Era joven. Las balas jóvenes creen que existe una razón detrás de las cosas.

    En Canudos conocí a los hombres, pero no a los hombres de los discursos ni a los de los libros de historia, a los de verdad. Vi campesinos que hablaban de Dios con la misma certeza con la que otros hablaban de la República. Vi soldados agotados caminar cientos de kilómetros para combatir a personas que jamás habían visto. Vi muchachos aterrados aferrarse a un fusil porque alguien les había asegurado que luchaban por una causa justa. Vi ancianos esperar el fin del mundo y oficiales convencidos de estar construyendo el futuro.

    Y cuanto más observaba, más me desconcertaban, porque parecían distintos, hablaban distinto, rezaban distinto y soñaban distinto. Pero cuando caían al suelo descubrías que todos compartían exactamente la misma fragilidad. Entonces empecé a sospechar que las balas viejas tenían razón y que tal vez la historia humana no sea más que una sucesión de certezas enfrentadas. Tal vez las guerras no nazcan del odio, sino de la convicción inquebrantable de poseer la verdad. Tal vez los hombres prefieran destruir el mundo antes que aceptar que podrían estar equivocados.

    Yo desaparecí poco después, apenas tuve tiempo de comprender nada. Pero años más tarde un novelista llamado Mario Vargas Llosa llegó a las ruinas de aquella locura y decidió hacer algo extraordinario: escuchar, escuchó a los vencedores, a los derrotados, a los creyentes, a los escépticos, a los fanáticos, a los oportunistas y a los inocentes, y descubrió lo mismo que habían descubierto mis hermanas mucho antes que él.

    Que la tragedia de Canudos nunca trató únicamente de Canudos. Trató de esa vieja enfermedad humana que consiste en amar las ideas más que a las personas.

    La guerra del fin del mundo

    Los hombres tenemos una extraña manera de complicar su existencia, necesitamos dioses para explicar el cielo, leyes para ordenar la tierra, banderas para distinguirnos unos de otros y palabras para convencer a nuestros semejantes de que nuestra manera de vivir es la correcta. Después, cuando las palabras dejan de bastar, inventamos algo mucho más sencillo: una pequeña pieza de metal capaz de terminar una discusión para siempre. Quizá por eso, al pensar en Canudos, imaginé una bala, pero no una bala concreta, sino una de aquellas que llegaron hasta allí junto a miles de hermanas, cargadas en los fusiles de hombres que habían cruzado medio Brasil convencidos de que iban a defender una verdad. La bala, naturalmente, no sabía nada de todo aquello, las balas nunca saben. Son los hombres quienes las cargan de razones.

    Y quizá ahí se encuentre una de las claves de La guerra del fin del mundo, su ambición no consiste únicamente en reconstruir una tragedia histórica, sino en asomarse al mecanismo que la hizo posible. ¿Cómo nace una guerra? ¿Cómo puede una comunidad aislada convertirse en una amenaza nacional? ¿Por qué personas honestas y bienintencionadas terminan participando en catástrofes que nadie parece desear y que, sin embargo, todos contribuyen a provocar? Son preguntas difíciles, antiguas y universales que sobrevuelan cada página de la obra.

    Para Mario Vargas Llosa, además, esta novela representó mucho más que un nuevo título en su bibliografía. Publicada en 1981, fue el proyecto más ambicioso de su carrera hasta ese momento y una de las obras que terminarían consolidando definitivamente su prestigio internacional. El propio autor reconoció en diversas ocasiones la enorme dificultad que supuso su escritura. Durante años se documentó sobre la Guerra de Canudos, estudió la sociedad brasileña de la época y se enfrentó al desafío de construir una novela de gran aliento, poblada por decenas de personajes y múltiples perspectivas. El resultado fue una obra que muchos consideran su gran novela total, aquella en la que confluyen buena parte de las obsesiones que acompañaron su trayectoria literaria: la relación entre el individuo y el poder, los mecanismos de la violencia, el peso de las ideologías y la complejidad de la condición humana.

    No es casualidad que, cuando se menciona el nombre de Vargas Llosa, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo aparezcan casi siempre entre sus libros más celebrados. Con esta última, el escritor peruano demostró que era capaz de abordar un acontecimiento histórico concreto y transformarlo en una obra de alcance universal, una de esas novelas que, aun estando profundamente arraigadas en un tiempo y un lugar determinados, parecen hablar de cualquier sociedad y de cualquier época.

    Y quizá sea precisamente ahí donde reside su grandeza. Porque más de un siglo después de los sucesos de Canudos, y décadas después de que Vargas Llosa los convirtiera en literatura, las preguntas que plantea siguen tan vivas como entonces. Cambian los nombres, cambian las banderas y cambian las certezas, pero la naturaleza humana continúa siendo un territorio tan fascinante como peligroso. Y pocas novelas se han atrevido a explorarlo con una ambición semejante.

    Sinopsis

    La novela nos lleva al nordeste brasileño de finales del siglo XIX, una tierra castigada por la sequía, la pobreza y el abandono, donde miles de campesinos han quedado a merced de los terratenientes y de unas condiciones de vida extremas. En ese escenario aparece la figura de Antonio Conselheiro, el Consejero, un predicador mesiánico que lleva décadas recorriendo los caminos del sertón y que consigue reunir a su alrededor a una multitud de desheredados, campesinos, antiguos bandidos y marginados que encuentran en sus palabras una promesa de redención.

    Cuando sus seguidores se establecen en Canudos, la comunidad comienza a crecer hasta convertirse en un asentamiento que rechaza abiertamente algunas de las nuevas instituciones de la recién proclamada República brasileña. Para el Consejero, la separación entre Iglesia y Estado, el matrimonio civil, los nuevos impuestos y el censo constituyen señales de un mundo condenado y de un poder político enfrentado a Dios. Poco a poco, Canudos se transforma en una comunidad religiosa cerrada sobre sus propias creencias, mientras en el exterior crece la preocupación por una población que cada vez resulta más difícil de controlar.

    La situación se complica cuando los intereses políticos intervienen en el conflicto. Epaminondas Gonçalves, republicano y propietario de un periódico, utiliza su influencia para presentar a los habitantes de Canudos como peligrosos monárquicos dispuestos a conspirar contra la República. La acusación, alimentada por rumores, manipulaciones y noticias falsas, termina convirtiendo una comunidad religiosa en una supuesta amenaza política. Los antiguos monárquicos, por su parte, ven cómo el enfrentamiento puede servir a sus propios intereses, mientras los republicanos encuentran en Canudos un enemigo que justifica la intervención militar.

    A partir de entonces, el conflicto se transforma en una guerra. El ejército brasileño emprende sucesivas campañas contra Canudos y se encuentra con una resistencia mucho mayor de la esperada. Los jagunços, conocedores del terreno y dirigidos por hombres como Pajeú y Pedrão, consiguen derrotar una y otra vez a unas tropas superiores en número y armamento. Mientras tanto, la novela sigue las vidas de personajes tan diversos como el Barón de Cañabrava, antiguo representante de los intereses monárquicos; Galileo Gall, un revolucionario extranjero; el periodista miope que llega hasta el escenario de la guerra; el León de Natuba, encargado de poner por escrito las palabras del Consejero; María Quadrado; los hermanos Vilanova y numerosos hombres que han pasado del bandolerismo a la defensa de Canudos.

    Las derrotas del ejército hacen crecer todavía más la leyenda de la comunidad y alimentan la convicción de que detrás de ella existe una conspiración mucho mayor. La República prepara entonces una nueva campaña, cada vez más numerosa y mejor armada, mientras Canudos permanece aislado y sus habitantes se preparan para lo que consideran una batalla decisiva. El enfrentamiento irá adquiriendo una dimensión cada vez mayor hasta desembocar en la cuarta y última campaña militar, en la que miles de soldados serán enviados contra la ciudad.

    Así, lo que comenzó como el asentamiento de un grupo de campesinos y peregrinos en una región olvidada del Brasil terminará convertido en uno de los episodios más sangrientos y traumáticos de los primeros años de la República. Y mientras los ejércitos avanzan hacia Canudos, cada uno de los personajes parece enfrentarse no sólo a sus enemigos, sino también a sus propias creencias, lealtades y contradicciones.

    Estilo

    Una de las cosas que más me ha sorprendido de La guerra del fin del mundo es que una novela de semejante dimensión pueda estar escrita con una prosa tan poco interesada en llamar la atención sobre sí misma. Vargas Llosa no necesitó adornar cada página ni demostrar al lector cuánto sabe, ya que su escritura se mueve con una claridad casi obstinada, directa, contenida, sin un vocabulario especialmente sofisticado ni grandes alardes retóricos. Incluso cuando la historia se vuelve desmesurada, la prosa permanece firme, como si el narrador supiera que tiene delante una montaña demasiado grande como para perder el tiempo decorando el camino, no se trata de una prosa que busque cantar, su fuerza se halla en otro lugar.

    Y ese lugar es la arquitectura. Vargas Llosa construyó una novela gigantesca sin que dé la impresión de estar intentando demostrar que puede hacerlo. Más de cuarenta personajes atraviesan sus páginas y ninguno termina de convertirse por completo en dueño de la historia. Militares, campesinos, bandoleros, terratenientes, periodistas, revolucionarios, fanáticos, comerciantes y hombres que simplemente intentan sobrevivir aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer, y sus vidas terminan formando una especie de enorme organismo narrativo. No hay un único protagonista porque, en cierto modo, el protagonista es Canudos y todo aquello que ocurre alrededor de Canudos. La historia pertenece a todos y a nadie.

    Lo más admirable para mí es la forma en que consigue manejar esa multitud sin convertir la novela en un laberinto ilegible. La narración se desplaza continuamente de un personaje a otro, de un lugar a otro y de un momento a otro. Vargas Llosa puede adelantarnos una consecuencia para regresar después a las circunstancias que la provocaron, interrumpir una historia para retomarla muchas páginas más tarde o mostrarnos un acontecimiento desde una perspectiva completamente diferente. Son movimientos narrativos que podrían resultar artificiosos en otras manos, pero aquí forman parte de una estructura cuidadosamente calculada. Sabemos a menudo lo que va a suceder, pero no sabemos todavía cómo se llegará hasta allí, y esa diferencia mantiene una tensión constante.

    También me interesa mucho que el narrador no parezca tener demasiadas ganas de juzgar a sus criaturas. Y eso, en una novela poblada de fanáticos, asesinos, oportunistas, militares y hombres capaces de cometer atrocidades en nombre de una idea, tiene bastante mérito. Vargas Llosa se acercó a ellos, penetró en sus pensamientos y nos permitió comprender sus motivos sin convertir necesariamente esas motivaciones en una justificación. Incluso cuando uno de sus personajes sostiene ideas absurdas o terribles, la narración procura comprender primero y condenar después, si es que llega a condenar. La mirada puede pasar de un campesino analfabeto a un aristócrata, de un bandido a un general, de un revolucionario extranjero a un periodista, y todos parecen formar parte de la misma maquinaria humana.

    Y luego está el espacio. El sertón brasileño no funciona simplemente como escenario, puesto que la sequedad, el polvo, el calor, la miseria, las calles de Canudos, las distancias interminables y aquella tierra casi hostil terminan adquiriendo una presencia propia. Hay descripciones de una enorme fuerza visual, especialmente cuando Vargas Llosa muestra el paisaje árido o la pobreza del poblado, y es ahí donde esa prosa aparentemente sencilla alcanza algunas de sus mejores páginas. No necesita convertir cada paisaje en un poema, le basta con colocarlo delante de nosotros con precisión.

    Quizá por eso, después de tantas páginas, me quedo menos con una frase concreta que con la sensación de haber contemplado una multitud avanzando lentamente hacia una tragedia que conocemos de antemano. La prosa no intenta eclipsarla, la estructura la sostiene, los personajes la multiplican y las distintas voces la hacen cada vez más compleja. Vargas Llosa escribió aquí como un arquitecto más que como un estilista, levanta una construcción enorme, aparentemente sobria, pero llena de habitaciones, pasillos, puertas que comunican historias y personajes que uno creía olvidados y que reaparecen cuando menos lo espera. Y quizá esa sea precisamente la razón por la que una novela tan extensa consigue mantenerse en pie sin derrumbarse bajo su propio peso.

    Personajes

    Entre todos los personajes, Antonio Conselheiro es, inevitablemente, el centro de gravedad de la novela. Vargas Llosa lo presenta como una figura mesiánica y enigmática que pasa de ser un predicador errante a convertirse en el guía espiritual de miles de desheredados. A su alrededor se reúnen personajes tan diferentes como el Beatito, cuya devoción absoluta lo convierte en su mano derecha; el León de Natuba, un hombre físicamente deformado pero de inteligencia extraordinaria que termina ejerciendo de escribiente del Consejero; o João Abade, antiguo bandido conocido como João Satán, cuya conversión transforma su violencia en una entrega igualmente absoluta a la causa de Canudos. Son personajes que, pese a sus diferencias, encuentran junto al Consejero un lugar, una fe y una razón para existir.

    Frente a ellos aparece el mundo del poder, representado especialmente por el Barón de Cañabrava, terrateniente, político y antiguo defensor de la monarquía, un personaje mucho más complejo de lo que podría parecer inicialmente y cuyas decisiones personales terminarán vinculándolo al destino de Canudos. Junto a él, y alrededor de la comunidad, desfila una auténtica galería de figuras marcadas por la miseria, la violencia, la fe o la supervivencia. Desde el misterioso Galileo Gall hasta Jurema, el periodista miope o el peculiar enano de circo, Vargas Llosa construyó un mosaico humano en el que prácticamente nadie queda reducido a una simple función dentro de la historia. Incluso los personajes más secundarios terminan aportando una pieza a ese enorme retrato colectivo de un mundo que se dirige inevitablemente hacia la tragedia.

    Conclusión

    Terminé La guerra del fin del mundo con esa sensación que sólo me dejan las grandes novelas, la de haber leído algo que pertenece a otra época de la literatura y que, sin embargo, sigue teniendo mucho que decirnos. A estas alturas, para mí, ya es un clásico, pero no uno de esos libros que reciben la etiqueta de clásico porque el tiempo ha decidido concedérsela, sino una obra que parece haber nacido con esa condición, con una ambición, una densidad y una confianza en la literatura que hoy encuentro cada vez con menos frecuencia.

    Vivimos en un momento en el que buena parte de la narrativa parece escrita con miedo a exigir demasiado al lector. Novelas que quieren entretener antes que despertar, que explican antes que sugerir, que buscan ser ágiles, inmediatas y fácilmente consumibles. No tengo nada contra la literatura que entretiene, por supuesto, pero echo de menos esa otra clase de novela que no pide permiso para ser extensa, compleja, exigente y ambiciosa, esa que entiende que leer también puede significar perderse, detenerse, esforzarse y permanecer durante cientos de páginas dentro de un mundo que no ha sido construido para nuestra comodidad.

    Por eso valoro tanto una obra como esta. Porque Vargas Llosa no parece que escribiera pensando en cuánto tardará el lector en llegar al final, sino en cuánto mundo puede contener una novela. No rebajó la ambición, no simplificó a sus personajes para hacerlos más cómodos, no conviertió una tragedia histórica en un argumento fácil de consumir. Se tomó la literatura en serio, y quizá esa sea hoy una de las formas más extrañas de rebeldía.

    No digo que La guerra del fin del mundo sea perfecta, ni que su lectura vaya a resultar igual de gratificante para todo el mundo. Pero sí creo que pertenece a una especie que cada vez aparece con más cuentagotas: la de las novelas que aspiran a ser algo más que una buena historia. Novelas que quieren construir un universo, enfrentarse a la Historia, preguntarse por el ser humano y permanecer en la memoria mucho después de haber cerrado el libro.

    Yo, al menos, ya no puedo pensar en ella como una novela más de Vargas Llosa. Para mí es una de esas obras que justifican por sí solas la existencia de la literatura entendida como arte mayor. Una novela enorme, imperfecta quizá, pero viva, ambiciosa y profundamente humana. Y cuando una obra consigue que, décadas después de haber sido escrita, uno cierre el libro y siga pensando en sus personajes, en sus preguntas y en aquello que nos dice sobre nosotros mismos, creo que hay poco más que añadir.

    Salvo una cosa: La guerra del fin del mundo ya me parece un clásico. De los de verdad.

    Mario Vargas Llosa

    Mario Vargas Llosa nació en Arequipa, Perú, en 1936. Estudió Letras y Derecho en Lima y Madrid y comenzó muy pronto a trabajar como periodista y escritor. Su consagración llegó con La ciudad y los perros (1963), novela que lo situó entre los grandes nombres del llamado Boom latinoamericano. A ella siguieron obras fundamentales como La casa verde, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo, además de una importante producción de ensayos, artículos y teatro.

    A lo largo de su carrera recibió algunos de los principales reconocimientos de la literatura en español, entre ellos el Premio Rómulo Gallegos, el Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio Cervantes. En 1994 ingresó en la Real Academia Española y en 2010 recibió el Premio Nobel de Literatura, por una obra que el jurado destacó por su representación de las estructuras del poder y de la resistencia, rebelión y derrota del individuo. En 2021 fue elegido miembro de la Academia Francesa, convirtiéndose en el primer escritor de lengua española en ingresar en ella. Falleció en Lima el 13 de abril de 2025.

    Vargas Llosa ocupa, por tanto, un lugar central en la literatura hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX y dejó una de las obras narrativas más ambiciosas y reconocidas de la literatura en español.

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